
CRÍTICA:
La palabra recuperada
Por Rosa MORA
Gil de Biedma conversó durante 40 años sobre los principales postulados de su obra y de su época, y trazó en más de dos centenares de cartas su "memoria intelectual y moral"
"Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir / es el único argumento de la obra". Este verso de 'No volveré a ser joven', uno de los poemas más bellos de Jaime Gil de Biedma, da título a El argumento de la obra. Correspondencia, un libro imprescindible que nos abre una nueva perspectiva de lectura. Las más de doscientas cartas seleccionadas, la mayoría inéditas, nos devuelven la palabra del poeta, fallecido hace 20 años, que irradia sobre el conjunto de su obra. Cómo se hace para hacer un buen poema es el principal argumento. A partir de ahora será indisociable de Las personas del verbo (1975), de El pie de la letra (1980) y de Retrato del artista en 1956 (1991). La primera carta es de 1951 y la última del 29 de noviembre de 1989 (murió el 8 de enero de 1990). Más intensas en los años cincuenta, conversa en ellas sobre los principales postulados de su poesía y de la poesía en general, con Carlos Barral, Joan Ferraté, Gabriel Ferrater, con José Ángel Valente, con José Manuel Caballero Bonald, con María Zambrano... Es emocionante poder leer las primeras versiones de sus poemas y el diálogo que sobre ellos mantuvo con sus amigos. En conjunto forman el retrato de una generación, el grupo poético del cincuenta, y de una época.
Como sus poemas o su prosa, Jaime Gil de Biedma (JGB) escribió sus cartas para la posteridad. De la calidad literaria no hace falta hablar, sería imposible otra cosa en JGB. No faltan la ironía y el humor, y esa acerada mordacidad que mostraba de cuando en cuando. En busca de su poema perfecto, supo desde muy joven qué le gustaba y qué no. Con apenas 23 años, rechaza, por ejemplo, la tesis de Carlos Bousoño acerca de que poesía es igual a comunicación. En una carta a Caballero Bonald, hablando de la moda del realismo, que hace dudar al poeta andaluz, le dice: "Mi consejo -nada original- es que te despreocupes de lo que escriben tus contemporáneos y amigos, para buscar orientación en los grandes poetas de otras épocas -y también en los pequeños- cuya obra te parezca inopinadamente afín a la poesía que a ti te gustaría hacer, aquí y ahora. Es lo que he hecho yo en los últimos tiempos con Espronceda, con Byron, con José Hernández y con Baudelaire...". A José Ángel Valente le revela uno de los fundamentos de su poesía, que marca la diferencia entre su primer libro, Compañeros de viaje -"(...) la experiencia de mi desarrollo moral e intelectual"-, y el segundo, Moralidades -"(...) hablaría de los demás y de las cosas más dispares (...)"-. El tipo de poesía que quiere escribir ahora requiere "la conversión del yo que habla en personaje: lo que en ellos está es Jaime Gil de Biedma impersonating Jaime Gil de Biedma". Joan Ferraté fue uno de los escritores con quien más conversó epistolarmente sobre la posibilidad de dejar de escribir. En una carta en abril de 1969, le dice: "Es probable, casi seguro, que no vuelva a escribir poesía en cierto tiempo -y es posible, temo, que no vuelva a escribir-; creo pues que quod decet es prepararme para la otra vida". Vemos en esa correspondencia todas las facetas de Gil de Biedma. La de crítico y la de editor de textos, por ejemplo. En una carta a Carlos Barral, del 29 de agosto de 1956, le sugiere que debe rehacer toda la última parte de 'Mendigo al pie de un cartel', un poema de Metropolitano. En otra posterior, le dice: "Lamento que mis objeciones te tuvieran tres semanas en huelga poética". En cuestión del trabajo de los otros, era generoso pero implacable. Las cartas suelen empezar con un "me ha gustado mucho, pero si tuviera que poner algún reparo...". "Tu deseo de escribir sobre el erotismo en mi obra y ser muy claro al respecto me ha dejado muy preocupado", escribió a Dionisio Cañas cuando éste preparaba una antología en la que iba a hablar explícitamente de la homosexualidad del poeta. Estaba ya muy enfermo. La carta produce enorme congoja pero, afortunadamente, Cañas respetó los deseos de Biedma. En el otro extremo, es hilarante la correspondencia que mantuvo con Jesús Aguirre tras su boda con la duquesa de Alba, en la que con su fino estilo se cachondeaba de los membretes que el duque utilizaba. Aguirre encajó más o menos bien, pues la correspondencia prosiguió.
Las cartas de Gil de Biedma son un regalo que esperábamos desde hace años y la edición que ha hecho Andreu Jaume es magnífica. Desde su estudio Narciso en Calibán, que al igual que la correspondencia se convierte en guía de lectura, Jaume no ofrece una ordenación cronológica y autobiográfica de las cartas, que, como él pretende, pueden leerse como una "memoria intelectual y moral". Traza una semblanza del poeta y de su trayectoria y desmonta buena parte de los mitos y manipulaciones que le han acompañado. De la lectura de El argumento de la obra y de la libertad con que el poeta habla se desprende que no está lejos el día en que se publique su diario de 1978. Ojalá. –
El argumento de la obra. Correspondencia (1951-1989)
Jaime Gil de Biedma
Andreu Jaume, editor
Lumen. Barcelona, 2010
493 páginas. 23,90 euros
Extracto:
El argumento de la obra. Correspondencia (1951-1989)
A Carlos Barral
La Nava [de la Asunción , otoño de 1953]
Oposito. Cosa horrible. Tengo un horrible complejo de opositor; a veces me miro los pies, temiendo ver aquellos zapatos rojos de becerro que Montaner consideraba emblema inconfundible del opositor español. Vivo en un Colegio, voy a clase: le tout n’est qu’ordre et beauté! Siento terribles nostalgias de Inglaterra –país al que casi considero mi segunda patria– y de París –el gran París–, donde amé mucho y fui feliz. Pensar que estuvimos allí al mismo tiempo, por entonces yo ya no estaba en Armenia sino que vivía en un piso. Dulce vida. Hubiera amado pasear contigo, tomar café en el Luxembourg y presentarte a mi amante, mi bedmate. Pero basta.
¿Por qué volvéis a la memoria mía
tristes recuerdos del placer perdido?
A Jorge Guillén
14 de mayo de 1954
Le envío a usted mis versos: casi los únicos que he publicado y que publicaré –me temo– en mucho tiempo, pues casi hace un año que apenas escribo –subrayo el “apenas” porque más bien debiera decir “a duras penas” –; lo poquísimo que he hecho me ha costado un trabajo ímprobo, sin que los logros alcanzasen a compensarme de ello. A veces tengo miedo y me pregunto si no habré sido yo un poeta de ramalazo –o, mejor dicho, de adolescencia– que al llegar a la edad adulta se seca; la cosa sería grave. Ya que toda la organización de mi vida presente y futura, en lo moral y lo práctico, descansa sobre la base de que yo soy, y aspiro a seguir siendo, poeta –bueno o malo, grande o pequeño es cuestión que, de momento, me interesa menos: estoy en el puro instinto de conservación; se trata de que si no soy poeta no soy nada y que tendré que empezar otra vez desde el principio. ¡Y Dios sabe cuánto trabajo cuesta llegar al principio!
A María Zambrano
Manila, 14 de enero [1956]
Mi querida amiga,
Queda Europa tan lejos de aquí y me siento tan desplazado en estos primeros días de vida filipina que mis horas de Roma, recordadas a menudo, han cobrado un valor simbólico, algo así como el último promontorio de la costa, que tarda tiempo en perderse de vista; encaramada en él está usted, diciendo adiós o saludándome, lo mismo que la estatua de la Libertad pero en tamaño más razonable y no de piedra, sino viva y muy simpática.
Dejándome de imágenes, la tarde con usted fue deliciosa y lo pasé muy bien. Deseo que haya perdonado mi impertinencia; le aseguro que a pesar de haberla cometido inocentemente me escuece un tanto cuando la recuerdo; ayúdeme usted a quitarme ese remordimiento. Me temo, además, que abusé de su hospitalidad, sobre todo en lo que se refiere al consumo de coñac; creo que al final estaba un si es no es calamocano –como dirían los personajes de Valle-Inclán, que siempre tienen que expresarse de una manera rara.
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La palabra recuperada
Por Rosa MORA
Gil de Biedma conversó durante 40 años sobre los principales postulados de su obra y de su época, y trazó en más de dos centenares de cartas su "memoria intelectual y moral"
"Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir / es el único argumento de la obra". Este verso de 'No volveré a ser joven', uno de los poemas más bellos de Jaime Gil de Biedma, da título a El argumento de la obra. Correspondencia, un libro imprescindible que nos abre una nueva perspectiva de lectura. Las más de doscientas cartas seleccionadas, la mayoría inéditas, nos devuelven la palabra del poeta, fallecido hace 20 años, que irradia sobre el conjunto de su obra. Cómo se hace para hacer un buen poema es el principal argumento. A partir de ahora será indisociable de Las personas del verbo (1975), de El pie de la letra (1980) y de Retrato del artista en 1956 (1991). La primera carta es de 1951 y la última del 29 de noviembre de 1989 (murió el 8 de enero de 1990). Más intensas en los años cincuenta, conversa en ellas sobre los principales postulados de su poesía y de la poesía en general, con Carlos Barral, Joan Ferraté, Gabriel Ferrater, con José Ángel Valente, con José Manuel Caballero Bonald, con María Zambrano... Es emocionante poder leer las primeras versiones de sus poemas y el diálogo que sobre ellos mantuvo con sus amigos. En conjunto forman el retrato de una generación, el grupo poético del cincuenta, y de una época.
Como sus poemas o su prosa, Jaime Gil de Biedma (JGB) escribió sus cartas para la posteridad. De la calidad literaria no hace falta hablar, sería imposible otra cosa en JGB. No faltan la ironía y el humor, y esa acerada mordacidad que mostraba de cuando en cuando. En busca de su poema perfecto, supo desde muy joven qué le gustaba y qué no. Con apenas 23 años, rechaza, por ejemplo, la tesis de Carlos Bousoño acerca de que poesía es igual a comunicación. En una carta a Caballero Bonald, hablando de la moda del realismo, que hace dudar al poeta andaluz, le dice: "Mi consejo -nada original- es que te despreocupes de lo que escriben tus contemporáneos y amigos, para buscar orientación en los grandes poetas de otras épocas -y también en los pequeños- cuya obra te parezca inopinadamente afín a la poesía que a ti te gustaría hacer, aquí y ahora. Es lo que he hecho yo en los últimos tiempos con Espronceda, con Byron, con José Hernández y con Baudelaire...". A José Ángel Valente le revela uno de los fundamentos de su poesía, que marca la diferencia entre su primer libro, Compañeros de viaje -"(...) la experiencia de mi desarrollo moral e intelectual"-, y el segundo, Moralidades -"(...) hablaría de los demás y de las cosas más dispares (...)"-. El tipo de poesía que quiere escribir ahora requiere "la conversión del yo que habla en personaje: lo que en ellos está es Jaime Gil de Biedma impersonating Jaime Gil de Biedma". Joan Ferraté fue uno de los escritores con quien más conversó epistolarmente sobre la posibilidad de dejar de escribir. En una carta en abril de 1969, le dice: "Es probable, casi seguro, que no vuelva a escribir poesía en cierto tiempo -y es posible, temo, que no vuelva a escribir-; creo pues que quod decet es prepararme para la otra vida". Vemos en esa correspondencia todas las facetas de Gil de Biedma. La de crítico y la de editor de textos, por ejemplo. En una carta a Carlos Barral, del 29 de agosto de 1956, le sugiere que debe rehacer toda la última parte de 'Mendigo al pie de un cartel', un poema de Metropolitano. En otra posterior, le dice: "Lamento que mis objeciones te tuvieran tres semanas en huelga poética". En cuestión del trabajo de los otros, era generoso pero implacable. Las cartas suelen empezar con un "me ha gustado mucho, pero si tuviera que poner algún reparo...". "Tu deseo de escribir sobre el erotismo en mi obra y ser muy claro al respecto me ha dejado muy preocupado", escribió a Dionisio Cañas cuando éste preparaba una antología en la que iba a hablar explícitamente de la homosexualidad del poeta. Estaba ya muy enfermo. La carta produce enorme congoja pero, afortunadamente, Cañas respetó los deseos de Biedma. En el otro extremo, es hilarante la correspondencia que mantuvo con Jesús Aguirre tras su boda con la duquesa de Alba, en la que con su fino estilo se cachondeaba de los membretes que el duque utilizaba. Aguirre encajó más o menos bien, pues la correspondencia prosiguió.
Las cartas de Gil de Biedma son un regalo que esperábamos desde hace años y la edición que ha hecho Andreu Jaume es magnífica. Desde su estudio Narciso en Calibán, que al igual que la correspondencia se convierte en guía de lectura, Jaume no ofrece una ordenación cronológica y autobiográfica de las cartas, que, como él pretende, pueden leerse como una "memoria intelectual y moral". Traza una semblanza del poeta y de su trayectoria y desmonta buena parte de los mitos y manipulaciones que le han acompañado. De la lectura de El argumento de la obra y de la libertad con que el poeta habla se desprende que no está lejos el día en que se publique su diario de 1978. Ojalá. –
El argumento de la obra. Correspondencia (1951-1989)
Jaime Gil de Biedma
Andreu Jaume, editor
Lumen. Barcelona, 2010
493 páginas. 23,90 euros
Extracto:
El argumento de la obra. Correspondencia (1951-1989)
A Carlos Barral
La Nava [de la Asunción , otoño de 1953]
Oposito. Cosa horrible. Tengo un horrible complejo de opositor; a veces me miro los pies, temiendo ver aquellos zapatos rojos de becerro que Montaner consideraba emblema inconfundible del opositor español. Vivo en un Colegio, voy a clase: le tout n’est qu’ordre et beauté! Siento terribles nostalgias de Inglaterra –país al que casi considero mi segunda patria– y de París –el gran París–, donde amé mucho y fui feliz. Pensar que estuvimos allí al mismo tiempo, por entonces yo ya no estaba en Armenia sino que vivía en un piso. Dulce vida. Hubiera amado pasear contigo, tomar café en el Luxembourg y presentarte a mi amante, mi bedmate. Pero basta.
¿Por qué volvéis a la memoria mía
tristes recuerdos del placer perdido?
A Jorge Guillén
14 de mayo de 1954
Le envío a usted mis versos: casi los únicos que he publicado y que publicaré –me temo– en mucho tiempo, pues casi hace un año que apenas escribo –subrayo el “apenas” porque más bien debiera decir “a duras penas” –; lo poquísimo que he hecho me ha costado un trabajo ímprobo, sin que los logros alcanzasen a compensarme de ello. A veces tengo miedo y me pregunto si no habré sido yo un poeta de ramalazo –o, mejor dicho, de adolescencia– que al llegar a la edad adulta se seca; la cosa sería grave. Ya que toda la organización de mi vida presente y futura, en lo moral y lo práctico, descansa sobre la base de que yo soy, y aspiro a seguir siendo, poeta –bueno o malo, grande o pequeño es cuestión que, de momento, me interesa menos: estoy en el puro instinto de conservación; se trata de que si no soy poeta no soy nada y que tendré que empezar otra vez desde el principio. ¡Y Dios sabe cuánto trabajo cuesta llegar al principio!
A María Zambrano
Manila, 14 de enero [1956]
Mi querida amiga,
Queda Europa tan lejos de aquí y me siento tan desplazado en estos primeros días de vida filipina que mis horas de Roma, recordadas a menudo, han cobrado un valor simbólico, algo así como el último promontorio de la costa, que tarda tiempo en perderse de vista; encaramada en él está usted, diciendo adiós o saludándome, lo mismo que la estatua de la Libertad pero en tamaño más razonable y no de piedra, sino viva y muy simpática.
Dejándome de imágenes, la tarde con usted fue deliciosa y lo pasé muy bien. Deseo que haya perdonado mi impertinencia; le aseguro que a pesar de haberla cometido inocentemente me escuece un tanto cuando la recuerdo; ayúdeme usted a quitarme ese remordimiento. Me temo, además, que abusé de su hospitalidad, sobre todo en lo que se refiere al consumo de coñac; creo que al final estaba un si es no es calamocano –como dirían los personajes de Valle-Inclán, que siempre tienen que expresarse de una manera rara.
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CRÍTICA:
Ninguna clase de sueños
Por Ángel RUPÉREZ
Pocas veces un poeta de obra tan breve ha adquirido una reputación tan sólida e influyente. En efecto, Gil de Biedma escribió sólo tres libros de poemas -Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968)- y con ellos se ha alzado a uno de los puestos más rutilantes de la poesía española de los últimos años. Sus seguidores son numerosos y sus imitadores no cesan de darle vueltas al molinillo de sus invenciones. Un cierto efecto bumerán perjudica al creador original puesto que la degeneración de sus fórmulas originales en manos de los epígonos termina por proyectar una cierta forma de sospecha sobre su propia poesía, como si hubiera nacido ya convertida en tópico. Sin embargo, tal consideración sería gravemente injusta con la poesía de este poeta, ciertamente original y arriesgada, además de verdadera.
Si se toman en cuenta las opiniones más extendidas -las del propio poeta en primer lugar- estamos ante un universo poético caracterizado por la creación de un personaje que se afianza poco a poco como un cínico descreído, abatido por la experiencia desoladora de la existencia, tan poco propicia a regalar conquistas perdurables, del tipo que sean. Pronto el tiempo se enseñorea de la vida y adquiere un protagonismo claramente destructivo, puesto que, al imponer su ley, consigue igualmente que la felicidad soñada, asociada a la vitalidad de la juventud, deje de ser posible, con el efecto desmoralizador en quien sufre esa experiencia. El amor, que poco a poco se había convertido en el santo y seña de esa posible vida fulgurante y feliz, deja de ser una posibilidad real, y toda clase de experiencias, vinculadas al afecto, como las de la infancia, se debilitan en el sumidero de la memoria, que es el gran protagonista de estos poemas. Todo se percibe a partir de cierto momento desde el recuerdo, reconociendo así la fatalidad de la existencia, sometida a esa ley invencible por la que todo, absolutamente todo, degenera en espectro, por más deslumbrante que sea.
Esa identidad, fraguada de esa manera, apoyada en esa clase de lucidez, busca lenta su desintegración, como si de ese modo pudiera salir del callejón sin salida de la vida. La muerte, vista así, es una liberación, y de ahí esa muerte del personaje, como si de una novela se tratara. El autor, convertido en ser de ficción, muere, pues nada puede hacer en esa vida a la que le faltan sus principales alientos. En nada se puede confiar puesto que la vida consiste en demoler y en hacer imposible cualquier clase de sueño.
Sin embargo, algo queda en medio de esa desolación y eso que queda lo aportan los poemas que escapan, por decirlo así, al radio de acción del personaje abocado a morir. Poemas como 'La ribera de los alisos', de Moralidades, aportan una especie de fe en otra cosa, que es la fe en un descubrimiento, no asociado al desgaste, sino, en cierto modo, a la perduración. Todo ese universo de sensaciones de infancia, al retomarlo en la madurez, no se desintegra en nada, sino que alienta una especie de fe en la comunión con lo otro y con los otros que invita a pensar en la permanencia de lo sagrado, de la vida en su versión más intocable. Aunque haya muerto el personaje Gil de Biedma, no ha muerto el hombre que supo ver esa parte de la vida pues, en cierto modo, se ha alzado contra él, declarando lo que aquel, cínico y abatido, no hubiera sido capaz de decir.
Junto a todo este fascinante fulgor sombrío se asocia una crítica literaria llena de filos agudos y de cortante inteligencia, además de un diario, escrito en 1956, que afirma cómo se forma un poeta en medio de la enfermedad, cómo se alza el deseo como motor de la existencia, cómo el sexo lo es y no lo es todo y cómo el lirismo es la única verdadera fe, la fe de los descreídos, la fe, en definitiva, en los lugares sagrados de la infancia en los que surge "Algo que ya no es casi sentimiento, / una disposición / de afinidad profunda / con la naturaleza y con los hombres, / que hasta la idea de morir parece / bella y tranquila. Igual que este lugar". –
Poesía y prosa
Jaime Gil de Biedma
Introducción de James Valender
Edición de Nicanor Vélez
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2010
1.374 páginas. 39,90 euros
Articulo: http://www.elpais.com 27/03/2010
Articulo: http://www.elpais.com 27/03/2010
Ninguna clase de sueños
Por Ángel RUPÉREZ
Pocas veces un poeta de obra tan breve ha adquirido una reputación tan sólida e influyente. En efecto, Gil de Biedma escribió sólo tres libros de poemas -Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968)- y con ellos se ha alzado a uno de los puestos más rutilantes de la poesía española de los últimos años. Sus seguidores son numerosos y sus imitadores no cesan de darle vueltas al molinillo de sus invenciones. Un cierto efecto bumerán perjudica al creador original puesto que la degeneración de sus fórmulas originales en manos de los epígonos termina por proyectar una cierta forma de sospecha sobre su propia poesía, como si hubiera nacido ya convertida en tópico. Sin embargo, tal consideración sería gravemente injusta con la poesía de este poeta, ciertamente original y arriesgada, además de verdadera.
Si se toman en cuenta las opiniones más extendidas -las del propio poeta en primer lugar- estamos ante un universo poético caracterizado por la creación de un personaje que se afianza poco a poco como un cínico descreído, abatido por la experiencia desoladora de la existencia, tan poco propicia a regalar conquistas perdurables, del tipo que sean. Pronto el tiempo se enseñorea de la vida y adquiere un protagonismo claramente destructivo, puesto que, al imponer su ley, consigue igualmente que la felicidad soñada, asociada a la vitalidad de la juventud, deje de ser posible, con el efecto desmoralizador en quien sufre esa experiencia. El amor, que poco a poco se había convertido en el santo y seña de esa posible vida fulgurante y feliz, deja de ser una posibilidad real, y toda clase de experiencias, vinculadas al afecto, como las de la infancia, se debilitan en el sumidero de la memoria, que es el gran protagonista de estos poemas. Todo se percibe a partir de cierto momento desde el recuerdo, reconociendo así la fatalidad de la existencia, sometida a esa ley invencible por la que todo, absolutamente todo, degenera en espectro, por más deslumbrante que sea.
Esa identidad, fraguada de esa manera, apoyada en esa clase de lucidez, busca lenta su desintegración, como si de ese modo pudiera salir del callejón sin salida de la vida. La muerte, vista así, es una liberación, y de ahí esa muerte del personaje, como si de una novela se tratara. El autor, convertido en ser de ficción, muere, pues nada puede hacer en esa vida a la que le faltan sus principales alientos. En nada se puede confiar puesto que la vida consiste en demoler y en hacer imposible cualquier clase de sueño.
Sin embargo, algo queda en medio de esa desolación y eso que queda lo aportan los poemas que escapan, por decirlo así, al radio de acción del personaje abocado a morir. Poemas como 'La ribera de los alisos', de Moralidades, aportan una especie de fe en otra cosa, que es la fe en un descubrimiento, no asociado al desgaste, sino, en cierto modo, a la perduración. Todo ese universo de sensaciones de infancia, al retomarlo en la madurez, no se desintegra en nada, sino que alienta una especie de fe en la comunión con lo otro y con los otros que invita a pensar en la permanencia de lo sagrado, de la vida en su versión más intocable. Aunque haya muerto el personaje Gil de Biedma, no ha muerto el hombre que supo ver esa parte de la vida pues, en cierto modo, se ha alzado contra él, declarando lo que aquel, cínico y abatido, no hubiera sido capaz de decir.
Junto a todo este fascinante fulgor sombrío se asocia una crítica literaria llena de filos agudos y de cortante inteligencia, además de un diario, escrito en 1956, que afirma cómo se forma un poeta en medio de la enfermedad, cómo se alza el deseo como motor de la existencia, cómo el sexo lo es y no lo es todo y cómo el lirismo es la única verdadera fe, la fe de los descreídos, la fe, en definitiva, en los lugares sagrados de la infancia en los que surge "Algo que ya no es casi sentimiento, / una disposición / de afinidad profunda / con la naturaleza y con los hombres, / que hasta la idea de morir parece / bella y tranquila. Igual que este lugar". –
Poesía y prosa
Jaime Gil de Biedma
Introducción de James Valender
Edición de Nicanor Vélez
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2010
1.374 páginas. 39,90 euros
Articulo: http://www.elpais.com 27/03/2010
Articulo: http://www.elpais.com 27/03/2010
