
Cuentos del escritor, periodista y educador, WALTER PIMIENTA JIMÉNEZ, oriundo del Municipio de Juan de Acosta (Colombia); tomado del libro en preparación “Cuentos cortos acerca de… Lo ni tan común ni tan corriente”
E-mail: walter53pimienta@hotmail.com
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Walter E. Pimienta Jiménez sobre Azul@rte :- http://revistaliterariaazularte.blogspot.com/search?q=WALTER+PIMIENTA+JIM%C3%89NEZ
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Disquisiciones de la vida doméstica
PACHITO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Hay fiesta en las cocinas del barrio cuando, Pachito, parado en una esquina, hace sonar su pito de afilador y los cuchillos viejos, abandonando su larga convalecencia de oxido y melladuras, gracias al carrusel endiablado de su esmeril de estrellas fugaces, vuelven a recuperar su categoría de cosa familiar irremplazable. Igual ocurre a las dormidas tijeras que, guardadas en alguna gaveta por ahí, perezosas se despiertan con hambre de tela en tanto que la voz de chiflo nos queda retumbando en los oídos como un pájaro perdurable y en un oscuro rincón intemporal, la espada del bisabuelo dentro de su vaina se tensa y como algo propio de su oficio reclama guerras civiles, aventuras y combates de libertad. Diariamente, a las diez de la mañana, el silbo de Pachito, como un clarín de gallo, hace recordar a los dueños de los metales cortantes esa irrevocable vocación de músico anónimo que el afilador tiene y que le lleva de barrio en barrio para probar con la yema de sus dedos, el filo extinguido de sus navajas.
Pachito es un patrimonio legendario y expresivo del barrio donde yo vivo, su carrizo musical de serenata atrasada va y viene sobre sus labios tocando un pentagrama vagabundo pero diciente, rompiendo ese largo silencio natural que dejan las últimas voces de los niños que, apurados, salen para el colegio. Pachito es un enmudecedor de pájaros; todos los cantos de éstos están comprimidos en su silbato sereno y apacible. El hace de su trabajo una jornada poética, él es una costumbre sana del barrio, sobreviviente de un mundo donde los hombres estaban siempre con las manos ocupadas haciendo caso omiso de lo mecánico y lo técnico e ignorando lo artificial como nueva política de vida.
Pachito es uno de esos personajes fabulosos que cabe perfectamente en los cuentos fantásticos de las abuelas; él, con su oficio y su apariencia de organillero acorta distancias e historias ante los ojos asombrados de los niños que quieren cambiar su "Nintendo" por su manubrio o su pito dulcemente humano. Con el primero -el manubrio- girando el esmeril sobre el cuchillo, jugando a ser niños, fabricarían una lluvia de estrellas al alcance de las manos... y, con el segundo, con el pito, descubrirían que la música tiene la propiedad de curar para siempre el peligroso aburrimiento infantil...
Pachito es el Beethoven de los afiladores de cuchillo que aún quedan...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
DE MI MAMÁ ESCUCHANDO RADIONOVELAS Y, DE PASO, YO TAMBIÉN
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Cursaba yo estudios de escuela primaria y durante esos años no tuve la suerte de que cayeran en mis manos muchos libros ni obras cultas pero, a decir verdad, fue gracias a un radiorreceptor marca PHILIPS, regalado por mi papá a mi mamá, como llegaron a mis oídos, y a los de ella, cualquier cantidad de radionovelas (transmitidas por "Emisoras Riomar del Circuito Todelar de Colombia"), con las cuales, por cosas del destino, reemplacé alguna lectura que, de haber sido posible, hubiese hecho a las letras de entonces. Digo de haber sido posible porque, en ese tiempo, en mi pueblo natal (Juan de Acosta), la vida tocaba vivirla de salida y no de entrada si se entiende que en tal momento de fortuna desmandada y de milagros, la pródiga naturaleza, exasperada de tanto parir, permitía a mis coterráneos sacar de la cultivada tierra suficientes productos agrícolas y agropecuarios en venta hacia la la ciudad (Barranquilla); pero no así el fácil ingreso de libros de amena literatura que me sedujeran a temprana edad por la buena lectura. Total, de mis impresiones literarias nada podré decir a menos les confiese, con cierta vergüenza, que le leía con alguna perturbación la Biblia a mi abuela Cristina y a mi abuelo Hernán, el "Almanaque de Bristol" lleno de predicciones ciclónicas, descuajados inviernos y veranos desarraigantes por él ya sabidos de memoria. Si se quiere, diré que a falta de Homero y su Ilíada tenía mis ratos de niño excéntrico y sombrío pues, apartado de los juegos de mis compañeros, me gozaba también en el silencio de escuchar atento, junto con mi madre, narraciones y dramatizaciones radiales de las que hacían llorar...
...Claro, niño al fin y al cabo, di de patadas a una pelota de fútbol, volé cometas, cacé grillos y chicharras "para sacarles el pito" así como jugué a los botones y cambié, de vez en cuando, algunos puñetazos con algunos de mi edad y así, así viví ni más alegre ni más triste que los demás y si algo en aquel tiempo me parecía incomprensible, ese algo no fue otra cosa distinta que mi propio nombre (Walter), porque, hundido en mis secretos monólogos, éste no me parecía original y, sintiéndome desterrado de la memoria de la gente, desesperado, nadie me daba informe de por qué me llamo así mientras los apelativos de mis más cercanos amigos del barrio (Jaime, Ernesto, Galo, Tomás Ariel, Romelio), de manera ingenua, me resultaban demasiado conocidos, fácilmente pronunciables y exentos de olvido.
Si más les dijera sería que, a pesar de rebuscar y rebuscar en los archivos de mi memoria algún documento que acredite en la infancia mi nobleza intelectual, nada hay si no lo antes ya dicho: el simple y doméstico acto de escuchar radionovelas que, escritas en su gran mayoría por una señora llamada Caridad Bravo Adams (erudita en truculentos libretos de amoríos que se consumían en el fuego interior de amantes prohibidos), me sirven hoy para reconocer dieron orden a mi temprana aptitud para la escritura por conducto de las ondas radiofónicas que, cual recurso artificioso, trajeron hasta mis oídos el sufrimiento estremecedor e inconcebible de un tal Albertico Limonta en "El derecho de nacer". Y así, por las tardes, mientras mi madre a sus muebles el polvo sacudía; mientras lavaba, barría, cocinaba o colgaba en las paredes de la sala cuadros de doncellas a las que con un trapazo limpiador infundía un soplo de vida; entre oficio y oficio, día tras día, semana tras semana y mes tras mes, ella y yo, disfrutábamos a placer de "Infierno verde", "Perdón para una mujer", "Raíz amarga", "Corzo,el pirata", "Capablanca", "Los tres mosqueteros (que dicho sea de paso eran cuatro)", "Arandú", "Don Juan Tenorio", "Flor de fango", "Kalimán", "Cristina", "Amor comprado", "María", "Juan, el valiente", "La dueña", "Pueblo chico", "Juan del diablo", "Kabir, el árabe" y tantas otras con las cuales conocí personajes increíbles que parecían vivir con nosotros y eran como de la familia. Debo la verdad a mis lectores y no está de más decir que, por esa magia de la radio de antes, en forma imaginaria, me alegraba con sus alegrías, me entristecía con sus tristezas o, en otras, sintiéndome en confianza, me sentaba a sus mesas y con ellos bebía de lo que bebían, comía de lo que comían y, como si estuviera presente y todo fuera verdad, me hacía también el distraído cuando la encantadora María, según el narrador, a escondidas, se besaba con Efraín y, viviendo ese momento, estaba enteramente resuelto a prestarles mi más eficaz ayuda para avisarles en forma oportuna si era que alguien venía...
Por lo que leen, mi formación literaria no tuvo para leer a Homero y su Ilíada, es cierto, sólo para escuchar radionovelas de pronto deplorables pero nada al mismo tiempo tan ligado a nuestras almas y en estrecho contacto con la realidad. La mía (mi realidad), fresca en ese entonces, hasta se embelleció incluso con la música de fondo de un Beethoven, de un Mozart o un Stravinski, por igual, sublimes y humanos...
Y, ¿por qué deplorables?... Nada de eso... Ninguno de los de mi generación puede negar ahora que, tendido en el viejo sofá de la casa y con la radio a "a todo timbal", no gozó con las aventuras de "Kalimán" o que, de pronto, no se vio alguna vez en sueños, espada en mano, ayudando a luchar a "Renzo, el gitano" por el amor de la bella Miosotis, ¿se acuerdan?... No les miento, toda mi vida evoco estos momentos y aquellas horas felices y he bendecido la pluma que dichas novelas escribió no para que yo las leyera si no para que las oyera... y por eso...¡Quién pudiera hoy resucitar su niñez y su adolescencia y sentir aquellas dulces emociones que tan felices nos hicieron cuando la radio, en verdad, distraía y recreaba!... Hoy, ¡ qué decepción! ¡Qué amargo desengaño! No se oye en la nueva radio lo bueno que en otro tiempo se oyó..., por ejemplo, radionovelas, radionovelas con narraciones profundas, llenas de un lenguaje florido y retórico, nunca faltas de imaginación y de vida... ¿Será que la vida ahora carece de todo esto?... No, qué va...quienes carecemos de eso, somos nosotros...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
JOSEFA
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Les hablaré de Josefa, una mujer que bien puede llamarse Hospitalidad. Hospitalidad no es un nombre cualquiera, es más que un nombre, es una virtud, y Josefa tiene la virtud de saber avivar la llama azul y vacilante que sale de las brazas del fogón de su cocina para que su casa, íntima y amable, se llene de humo y, en romería, se llene también de hambrientos comensales y de desvalidos peregrinos que en apacible silencio, sentados a mantel, presienten en el ambiente el aderezo y la sazón penetrante en el secreto de sus viandas.
Josefa ha tenido siempre un oficio de mujer: es cocinera, cocinera de delantal y de buena fe, poseedora de un extraño sentido de la caridad y de los sentimientos humanitarios pues a los ojos de Dios, de su fonda complaciente, gratis o acomodando la paga, nadie se ha ido nunca sin comer o probar siquiera un caldo de hueso cristiano o sin degustar a bien un reconstituyente plato de sopa caliente.
Josefa cocina sin recetas, sin títulos y sin libros de gastronomía; pero...¡Ahhh carajo!...Cocina sabroso y a ella rinden tributo las almas de sus ollas y peroles relucientes, sus calderos sin alivio y las salsas en su punto... No hay plato, por humilde y deprimente que éste sea, que preparado por Josefa, al arribo del mediodía no se deje comer en forma impenitente y como banquete y rico manjar se goce... Yo, personalmente, "al ilustre y noble mondongo" que ella prepara y cocina, rindo ahora pleitesías porque es digno de aparecer en la historia como efectivo calmante del hambre e inspirador de poesías...
Josefa es una enemiga vehemente del hambre, del hambre que por las calles del pueblo cual venenosa serpiente se arrastra y se enrosca, y se merece por ello, como premio, una medalla grande de pan colocada al cuello con la cual nutrir al mundo y sumir así en la derrota, de una manera oficial, el apetito voraz que punza y roe el alma y las entrañas de los pobres.
Hacedora de viandas proletarias, como inmersa en un juego fantasioso o no sé si envuelta en un trasfondo de historia y de eternidad, la negra Josefa, con el don de sus manos, noble y cordial, sabiendo que en su mesa no faltan sillas, en el rezago del día, para el maestro, el cacharrero, el policía, el lotero, el locutor, el músico, el mago, el adivino, el prendero, el saltimbanqui, el ruletero, el curandero, el juez, el latonero, el sacristán, el herrero, el chofer, el notario, el carpintero, el alcalde, el telegrafista, el médico, el albañil, la enfermera, el personero, el panadero, el estudiante, el dueño del cine, el relojero, el aprendiz de guitarrista, el borracho, el concejal, el dulcero, el periodista, el preso, el abogado, el buhonero, el loco, el mecánico, el dentista, el boxeador, el futbolista, el fácil de contentar, el zapatero, el electricista, el trashumante, el pícaro, el cantante, el honrado, el tahúr, el escritor, el billarista, el payaso, el comerciante, el culebreo, el fotógrafo, para la gente de todos los caminos y para mi, tiene comida a cualquier hora del día y un café tinto de sobremesa..
Ochenta mil palabras tiene el diccionario de la lengua castellana y una de ellas, la palabra Hospitalidad, por derecho de oficio y de vida, le pertenece a Josefa, dueña y ama de una virtud y de una buena disposición de alma que hoy penosamente no se enseña en la casa ni en la escuela. Donde Josefa, como en casa propia, saboreando a placer y masticando lento, con deleite he degustado pasteles que enaltecen y que me han hecho como el sabio decir: "Barriga llena, corazón contento"...
Un sabor característico da Josefa a todo cuanto cocina, le viene de ancestro, le viene de herencia, de la vieja casona, Brígida, su mamá, la doctrinó en hacer siempre las cosas con amor y, por eso, una sombra de nostalgia pone ella a todo cuanto sazona.
Yo sabré llevar en mis afectos a la fraternal Josefa, a la negra Josefa de la "Calle del Repaso". mediadora con sus guisos y sus platos entre mi padre y mi madre cuando entre éstos surgían momentos desagradables de los cuales es mejor no hablar.
Hay mujeres que harían bien en no morir nunca; una de ellas es Josefa. Haría bien no morir nunca Josefa porque ha hecho un grande bien al género humano. Dar de comer al hambriento... ha sido su filosofía de vida y de pronto ha dado más: casa, lecho y pan al viajero desamparado y por ello le pido al Señor, eterno Dios, que si en el invierno de su vejez achacosa, en la claridad malva y serena de un crepúsculo lejano, marcharse quiere con ella, antes le de fuerza y aliento para que a todos en el pueblo nos haga su última cena...
NOTA: Veinte meses después de escribir esta disquisición, cerna a los noventa años de edad, Josefa Hernández murió y se fue al cielo a ocupar un gran cargo que muchas mujeres ya quisieran: es ahora la cocinera de Dios...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
EL LUTO DE LA GENTE DE ANTES
Por Walter E. Pimienta Jiménez
El luto de la gente de antes se llevaba en el alma porque, la gente de antes, en el alma llevaba lo que no se olvidaba y porque la gente de antes, en el alma, llevaba el dolor de sus muertos...y, entonces, con una serie de hechos convencionales, centrados en años de episodios cotidianos y domésticos, luego de devolverle a la tierra lo suyo (el muerto), daba inicio a su luto cerrando la casa por dentro y por fuera para que en ella no hubiese lugar a fiestas y así, quienes allí vivían, no se dejaran alborotar por ninguna tentación del mundo pues un peso abrumador y nostálgico que envolvía la vivienda del difunto, obligaba e imponía que en ella se hablara en susurros, que todo allí se hiciera en silencio - menos la plegaria del rosario tres veces al día- y hasta los oficios que demandaban una acción atronadora y ruidosa tenían cierta sonoridad fúnebre, casi inaudible, tragada por la conformidad y la pesadumbre con que se exaltaba la memoria del fallecido. Así fue siempre..., así...
Podría decirse que la gente de antes tenía vocación definida para el luto, en especial las abuelas y las madres quienes, con disciplina inflexible, se cerraban de "negro incontrariante". Hasta las niñas, de blanco o de gris, eran capaces de sacrificarse aceptando obedientes el luto del abuelo por incómodo que fuera y dejando de lado colorines y modas porfiadas.
Resistentes a las parrandas y, recatados en el vestir, los hombres también, por su parte, estoicos ante el recuerdo del finado y ajenos a las exhibiciones del mundo, acostándose temprano, con dieta de encierro, pagaban el precio de la aflicción despertando por ello la admiración entre comadreos de vecinos y amigos que con voz lastimera terminaban diciendo: ..."Cómo quería al difunto"...
No era que el luto de la gente de antes fuese un elixir de resurrección para el fallecido ni mucho meno una forma hipócrita de guardar las apariencias ni un retorcijón de conciencia sino que, en callada tribulación, era también la manera más pública de sentir a toda hora vivo a un muerto al que el tiempo no alcanzaría jamás y sin medidas... Mi abuela Cristina, por ejemplo, desprovista de toda facultad sobrenatural para olvidar fácilmente a los suyos, con los ojos humedecidos en llanto, fiel a la vida, refugiada en la memoria que de su nieto Arturo Fabio por siempre hizo, murió de luto eterno y sin quien le pudiera sacar aquella idea de la cabeza porque, según sus propias palabras, "mis muertos viven conmigo en mi casa y en mi alma"...
Hoy en día...¡qué pesar!..., abandonados por un miserable estado de desmoralización social, los muertos sí que están bien muertos porque, "eso del luto ya no se usa", y todo indica que nadie parece tener el espíritu dispuesto para ocuparse en recordarlos ya que simplemente no existen ni han existido nunca... Llevar luto siquiera por tres días es, para algunas personas, en este tiempo, algo insoportable y contrario a la voluntad cuando antes fue un acto de íntima determinación y congoja voluntaria. Hoy, el pasado no tiene voces ni nostalgias y el mundo (yo diría mejor la gente), arrastrada por la frivolidad alucina ser feliz desarraigando del alma todo humano dolor, todo humano sentimiento...¡Qué desgracia! ... ¡Qué lástima!...
La diferencia entre los muerto de antes y los muertos de ahora radica en que, los de este tiempo están más muertos que los primeros porque se sienten olvidados con el olvido irremediable de los malos corazones...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
EL HOMBRE QUE JUGABA CON EL FUEGO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Este era un hombre que tenía una primitiva y prehistórica virtud: jugaba con el fuego y no se quemaba. Que nadie ose hacer esto, lo digo en prevención... como tampoco le propongo a alguien lo intente porque, sencillamente, no lo haría igual ya que, reitero, este hombre, con la abnegación de un científico y aún a riesgo de su propia vida, gozaba con su arte y se entretenía con él, llevándose hasta la muerte esa cara de satisfacción y placer que uno siempre pone cuando sabe que ha hecho las cosas bien. Diré más, diré que a este hombre le apetecía divertirse con el fuego y, como zambulléndose en éste, sin miedo, pienso yo, dado su arduo trabajo, ha sido el viviente que, mientras estuvo en la tierra, más se ha acercado hasta hoy al sofocante infierno sin hacerse parte de las huestes de la chusma del diablo porque él, él fue un hombre bueno, servicial y honesto y a las puertas de la casa de las tinieblas ni siquiera se asoman los buenos ni los serviciales ni mucho menos los honestos sino los que mueren sin agonía y sin Dios...
...De eso vivía este hombre, de jugar con el fuego como cuando uno juega al dominó con un embaucador y en franca contradicción, con dignidad, le reclama por haber querido "meter una cabra"*... Se "apuebló" (es decir, se hizo del pueblo), después de darle novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve veces la vuelta al mundo y cuando consideró que para llegar a este lugar (a Juan de Acosta), no tenía más que empujar suavemente el portón de la honradez... y así lo hizo... encontrando de inmediato para su familia y para él, refugio y hierbas de alivio, de sosiego y estima pues trajo consigo un noble oficio que nadie aquí ejercía: era herrero, herrero de los de antes, herrero de viva y encendida fragua en la que, caldeando los metales al rojo vivo, a éstos volvía domésticos, maleables, complacientes y sutiles..., herrero de martillo aplanador, de yunque de acero, de prensoras tenazas y de reverberante fuelle atizador de llamas que, ocultas, siempre dormían escondidas entre cenizas tibias y coloradas brazas.
Cuando el hombre que jugaba con el fuego llegó al pueblo, hacía mucho tiempo que el óxido del olvido y los severos colmillos de la intemperie y la escasez, asombrosamente, habían desfondado ya los calambuco de la abundancia, los baldes de los ríos de leche, los calderos de "la hartancia", las ollas de los convites, los fondos del despilfarro, las palanganas de la gloria; las bacinillas de la alcurnia, de la estirpe y el linaje; las pailas del jubileo y los peroles de las sopas de la buena salud; trebejos de lo inservible y que en las colas de los patios de las casas formaban un anticuario de riqueza en decadencia pero que, de pronto, gracias a él y a la calentura delirante de la soldadura enmendante, volvían a adquirir existencia y regresaban relucientes a las quiméricas cocinas.
Agréguele usted al hombre que jugaba con el fuego, muchas y otras tareas y ajetreos propios de la forja porque de su casa que tuvo siempre voces entrañables, jamás dejaron de surgir ruidos metálicos y acompasados y era tanta verdad su faena que, a veces, sin darse cuenta, sudando y con la cara sucia de hollín, interrumpiendo su intimidad, salía a recibir clientes. Alguna vez yo, invitado por su hijo Aristóteles, compañero de escuela primaria, visité su taller al cual entré sin anunciarme. Tomé asiento en un banco que allí estaba, eché una mirada en derredor y fascinado por toda esa realidad inmediata, pregunté: - "Señor, ¿qué es esa cosa?"- señalando algo que me llamó la atención. No hubo respuesta inmediata. El, inalterable, parecía ignorarme intencionalmente ocupado con dinamismo en lo suyo, de pronto accionando un soplador, sin mirarme, contestó: -"No es una cosa. Se llama fuelle y sirve para esto"- Y, entonces, ya no me pareció el herrero del pueblo sino un viejo patriarca de delantal blanco, sereno y santo hacedor de un asombroso milagro: hizo crepitar el carbón que en su fragua, lanzando remolinos de chispas y llamas como lenguas pálidas a veces, doradas, azules y resplandecientes en otras, enrojecían, al brillo del fuego, largas barras de hierro que luego colocaba sobre el yunque y enseguida...¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!.., las aplastaba a martillazos como si quisiera aplastar así sus malos recuerdos...
No sé cuántos años vivió en el pueblo el hombre que jugaba con el fuego pero, aquí le alcanzó el tiempo para encontrar con cara de sabio otras aplicaciones prácticas a su conocimiento. Que yo sepa, arreglaba bombas hidráulicas; lámparas de gasolina a prueba de las noches más oscuras de septiembre y, con su rara crisopeya* de caldero trató de encontrar un virtual exorcismo, seguro y fuerte, con el cual ponerle puntos de soldadura a la mala suerte...
...Y finalizo diciendo que en la hora una de un día cualquiera, con el alma indispuesta y desmantelada, el hombre que jugaba con el fuego, así como vino, se fue del pueblo y después de este mundo durmiendo para siempre sin reloj despertador... y en un lugar sin historia, con las lágrimas que su mujer y sus hijos por él derramaran, como aleteante paloma herida, se apagó lentamente la llama con la cual en el infierno de su fragua GENITOR OTERO jugaba con el fuego sin quemarse y enseñándonos a todos con su partida que: no es más la dureza del hierro que la dureza de la vida...
*"Meter cabra": colocación de una ficha del dominó que no corresponde según el orden numérico del juego.
*Crisopeya: alquimia.
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
A MI PRIMER PANTALON LARGO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Fue por la lenta pero segura aparición peluda de mis primeros pendejos que mis padres, rondándome y sin necesidad de entrar en mi habitación, descifrando miradas de reconocimiento que entre sí se cruzaban y guiados por el súbito cambio de "mi voz haciendo estupendos gallos", decidieran comprarme mi primer pantalón largo. Lo recuerdo como si fuera hoy; era de color marrón claro, marca "El Roble". Traía en la pretina un pasador de cuero en el que, pintado de manera graciosa, por el talaborte* se veía suspendido de un garfio a un pequeño vaquerito. Todo aquello así se dio después de cierto cuchicheo nocturno que entre mis progenitores a escondidas escuché y que al parecer les hacía gozar a satisfacción del notable milagro que en mi se estaba dando y que esto les hacía decirse en tono de engreída conformidad: "Ya es un hombrecito y cuanto antes hay que volverlo inmune contra las incertidumbres del sexo y de los malos amores".
Mis últimos pantalones cortos, era cierto, por lo cortos, no alcanzaron con eficiencia a mi adolescencia y como no estaba acostumbrado a usar calzoncillos, dejaban ver a veces al aire libre esa legitimidad testicular que, habiéndome cambiado de tamaño y volviéndoseme repentinamente más rugosa, puso fin a una infancia feliz pero ya consumada.
...Y fue entonces cuando caí en la cuenta de que, asomado a mi mocedad, también se me asomaban encima del labio superior y en la barbilla unos incipientes pelos que en forma obstina pretendían darme otra apariencia personal y, en tal caso, empecé a preocuparme más por mi, a mirarme con frecuencia al espejo y a coger a escondidas la maquinilla de afeitar que mi padre usaba; en tanto que ahora demoraba más bañándome y, enjabonado de pie a cabeza, cerrando los ojos y pecando con la mano, se me daba por pensar de otra manera en mi bonita vecinita... y, a partir de allí, con amigos de mi edad, más salidas a la calle gozando de permiso nocturno hasta las nueve y tratando de encontrar por ahí una muchacha de sigilosa belleza para no decirle nada con palabras pero sí con la mirada y con la torpeza y los nervios del momento.
Mi mundo, desde esa vez, luciendo vanidoso el primer pantalón largo que mis padres me compraran, ya no era el mismo: era otro y yo también, sintiendo que una imagen mía, diferente, deambulaba por la casa. En ocasiones, lo confieso, me reía de esa nueva apariencia que ahora lucía y, con cierta nostalgia y pesar, recordaba la infancia fugitiva porque lo que sentía ahora, lo llevaba en la sangre, lo llevaba en los cinco sentidos, mas esa especie de acercamiento a una nueva existencia, hacía insondable el triste adiós que le di a aquella lejana niñez de zapatos calzados al revés y con cordones insoldables, de calcetines caídos hasta los talones, de camisas con uno que otro botón en un mundo creado por mi y donde nada era imposible. Sobretodo, yo mismo... Mi cuerpo, desde esa fecha, hace más de cuarenta años, dio refugio a otra persona porque, expulsado el niño que fui, di inicio a mis "planes de hombre", de hombre de pantalón largo con sueños que tendrían algún día cumplimiento respirando aires de juventud y bailando en tiempos de radiola..., eso, en mucho, compensaba la diferencia...
...Y vestido de hombrecito -como decía mi mamá- vendría en consecuencia "la primera novia", novia a cincuenta metros de distancia y que vestida de domingo, me parecía la mujer más bella de la tierra..., capricho transitorio que envuelto en una nube de pesares y defraudes terminó sin comenzar y, de manera infranqueable, sin besos ni abrazos..., como terminan los malos amores...
-No te preocupes, en cualquier lugar hallarás otra- me dijo sonriendo mi papá quien, para mi sorpresa, lo sabía todo y entonces comprendí que nada como la propia meticulosidad de mi silencio, había hecho más público y locuaz mis sentimientos y también yo sonreí con los labios apretados viendo en él a un cómplice cariñoso cuando, mirándome a la cara, volvió a decirme: "Para el amor nunca es tarde"..., y, en esos días, vestido de pantalón largo, descubrí que a mis catorce años de edad, y con todo un mundo por delante, apenas empezaba a vivir...
*Talaborte: lo mismo que pretina, del español más antiguo.
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
LA CASA CERRADA DE LA ESQUINA
Por Walter E. Pimienta Jiménez
...Hasta hoy no ha habido persona alguna que pueda decirme con exactitud desde cuándo dejó de estar abierta la vieja y señorial casa de la esquina abandonada para siempre por los que fueran sus dueños y de quienes, después de todo, nadie sabe qué se hicieron. Toda ella habla del esplendor de su pasado; pero la misma, ahora, con ímpetu de sismo anticipado, pareciera tener ganas atroces de caerse por necesidad. La voracidad del olvido y de la desidia, poco a poco, la carcome por dentro y por fuera dejando sólo de ella desmemorias intactas de un principio y de un fin.
Vencida por la negligencia y la indolencia humana, la casa cerrada de la esquina, perdido su encanto y su esplendor, detenta para sí toda la ruina y el infortunio de su presente; es aquella una ruina perfectamente regulada y metódica, amontonada a la vista y que hace tarde ya salvar de algún modo en su mustio jardín: dos trinitarias, tres tiestos de begonia y algunos amarillentos helechos que, en sus macetas, agónicos, aún quedan...y como doliéndose de su propia inclemencia remotos espíritus parecen habitarla enclaustrando allí sus frustraciones, sus impaciencias y derrotas luego de haber perdido no sólo incontables bienes y caudales sino también su estirpe su alcurnia y linaje... Un grito descolorido transmite la pintura plomiza de sus paredes avejentadas y descascarándose en pedazos y, su patio, su patio, caído el portón, deja ver en su interior un basurero de "deslumbrantes desperdicios" del pasado. Es ésta una casa de tristes despedidas y no de alegres bienvenidas...
Alguien, de paso por allí, como para dejarse oír por mi, en actitud de desafuero verbal y con voz de siglos de conformidad, atragantado por una infame satisfacción rencorosa, dijo: "Así terminan las fortunas que da el diablo"... Y sin el más leve remordimiento, volvió a decir: "Se acabaron los baúles de la grandeza"...
Del último habitante que de la casa cerrada de la esquina una mañana salió, se cuenta que el día en que lo hizo, repudiando afinidades, se fue con cara de triste cirineo errante y que pasó por la calle principal del pueblo sin levantar la vista, sin saludar a nadie y creyendo que no le veían; pero lo delataban, a la distancia, las finas y vistosas botas de charol que de su decadente riqueza le quedaban. Era casi igual al abuelo rico pues de aquél, heredó no solamente su parecido físico sino también la facultad de olvidar con facilidad las cosas, tanto así que al cerrar la puerta principal de la vieja y señorial vivienda, lo hizo porque el seguro candado que usaba para eso estaba abierto y sin embargo lo puso a sabiendas de no recordar en qué lugar dejó las llaves que le abrían...Este es el recuerdo más antiguo que se tiene de quienes allí vivieran llevándose consigo, y por distintos rumbos, la nostalgia empañada de los tiempos de bonanza.
Cierto forastero, a lo mejor conocido de las personas que en la casa cerrada de la esquina habitaran, creyendo que éstos se encontraban allí aún, un día de octubre, tocó y tocó con insistencia a su puerta hasta que una vecina saliera a verle y así, a voz en cuello, le dijera:
"¡ No insista! ¡Unos duermen y otros sueñan!"...El hombre, como si lo que le dijeran fuera una orden, paró el fragor de su golpeadora de cobro y cayendo en el apremio del tiempo, mirando su reloj de leontina, a quien a su espalda le hablara, sin volver la cara, a voces, contestó:
"¡ Dígale, por favor, al primero que se despierte que, Renzo, el de Juan de Acosta, vino por la plata del caballo !"..., y sintiéndose como si no hubiese ido a ninguna parte, pero al mismo tiempo habiendo ido, se dio media vuelta y en el prodigio de la tarde se dispersó.
-"Es un gitano vendedor de caballos tristes"- dijo la vecina que saliera a verle, confirmando así, una vez más, que la soledad miserable de las casas cerradas no tiene puertas abiertas para las viejas deudas y que en ellas, cuando tocamos con afán, no se encuentra ni el olvido...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
PARABOLA CONTRA EL ABURRIMIENTO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Poniendo en práctica este ancestral y sabio consejo lleno del más sano propósito y que a la letra reza: "...que te coja el diablo ocupado y así no te lleve" , la gente de antes - y no creo que la de ahora- para no morirse de aburrimiento repetido y de inhumana flojera, cuando estaba desocupada en su casa y no encontraba qué hacer, se entregaba en cuerpo y alma a la bienaventurada tarea de componer los numerosos desperfectos de las cosas estropeadas y, sin hacer mucho ruido en lo posible, procurar también un mejor mantenimiento y conservación a los trastos todavía útiles y provechosos. Para ello, librando una dura batalla contra lo pernicioso ( madre y padre a la vez de todos los vicios, de los defectos y de lo perjudicial), con el infaltable "ACEITE TRES UNO", por ejemplo, previo tres soberanos martillazos ajustantes sobre los marcos de madera de las puertas y ventanas, aceitaba goznes y bisagras librándolas así del legendario destino con el cual, chirreando por causa de la herrumbre,"éstas se ponían hablar temas de espanto y de vigilia en su idioma de vaivén, permitiendo, ahora sí, franqueables entradas y salidas a los distintos aposentos de las viviendas"... Igual lubricaban pestillos, aldabas, cerrojos y candados que, bajo llave, aseguraban y resguardaban valiosas pertenencias y los secretos y acontecimientos más íntimos y recónditos de la familia y el alma...y, mientras, silbando quedo una vieja tonada de irremediable nostalgia, manipulando aquí y allá, atornillaban lo destornillado, clavaban lo desclavado, amarraban lo desamarrado, cuadraban lo descuadrado, pegaban lo despegado; nivelaban el declive que en el piso de la sala no permitía un caminar y un bailar exitoso; reparaban goteras invernales aprovechando la abstinencia obliga de un día de verano; ensebaban ( con sebo de chivo) cueros cuarteados y apergaminados; armaban lo desarmado sin que les sobraran piezas y, con un connatural conocimiento sobreentendido, dejaban caer meticulosamente tres goticas del mismo aceite sobre engranajes y acoples de los más finos relojes de pared cuidando con esmero que éstos jamás perdieran el acompasado y oscilante principio regulador del péndulo.
La ocasión, se recuerda, tampoco se desaprovechaba para embetunar y desentrañar el otrora lustre que, con insinuación de espejo, tuvieran los botines viejos, dueños para siempre de peladuras perpetuas y trémulos tropezones... Para clasificar asimismo sobrantes botones según tamaño y color en distintos frascos bocones y, para con una bayeta roja, sacudir el polvo de los años que por igual cubría la pianola de la abuela, sus cuadros y gobelinos, su gato vaciado en estuco y los diplomas de los tiempos de grandeza en espera permanente de soplos de bienestar y riqueza..., al tiempo que, echando mano del estropajo, frotando con sal y vinagre y luego con ceniza y jugo de limón, a las cadenas, a las esclavas y anillos de oro antiguo les sacaban el más deslumbrante brillo y, con olorosas bolitas de naftalina trastornante, en los baúles arzobispales daban muerte a la polilla y la carcoma... Y en función de lo dispuesto, era esa también la ocasión en que, sacando y colocando todo cosa por cosa, se registraban armarios y guardarropas y entonces acontecía que ese día, los objetos considerados perdidos y olvidados, por ahí aparecían, fijo, en el lugar menos buscado... Y, así, entre murmullos de obligación y sin quejidos de protesta, la laboriosidad en las casas de antes y de la gente de antes - y no creo que en las de ahora- andaba a la par, desde el amanecer hasta muy entrada la noche, pues todavía faltaba cepillar dentaduras postizas depositarias de blancas sonrisas cuyos dueños, con la boca medio abierta y de perfil, orgullosos lucían con dominio pleno de la juventud restaurada... y era por igual imprescindible esa vez, enseñarle una nueva y buena palabra al loro casero que, enganchado en el destino eterno de su estaca, pintado con la fortuna de todos los colores posibles, se empecinaba siempre en recitar: lorito real/ visto de verde y soy liberal/... rematando su cantilena molesta, de amenaza y de advertencia, con el anuncio anticipado de este grave delito en su contra fraguado: ... corre, corre lorito que te coge el gato/ miau, miau...
No falta si no decir que en estas nobles tareas, disfrutadas como un recreo y llevadas a cabo con ardor y destreza por todos los de la casa, el secreto consistía en que uno siempre encontraba el modo de estar ocupado en algo de provecho, casi que jugando y sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo que, agobiado en la esfera del reloj, estático y marginal, parecía perdido por senderos invisibles en pos de la luz del otro día...
La gente de hoy en día, en cambio, desobligada de todo y sin importarle que la casa le caiga encima, dueña de una enérgica voluntad para lo nocivo, en oposición a todo lo aquí consignado, hay que decirlo con dolorosa meditación, de ordinario y según ella, no le divierten los quehaceres domésticos y, entonces, enchufada a esa especie de televisión que patrocina sueños sórdidos y telenovelas desmoralizantes, indiferente, desdeñosa, hostil e irracional, goza lo indecible matando las valiosas horas de su vida, aburrida de hacer nada...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
ELEGIA DE LOS SILBIDOS LEJANOS
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Siempre he creido que lo más semejante al canto es el silbido, pienso inclusive que saber silbar es como esa acertada excusa admitida de quien no sabe cantar o no canta muy bien. En el camino del canto, pero unos cuantos pasos atrás, de alguna manera, va el silbar; fruncido de labios que el hombre de las cavernas, después de una inmensurable distancia de siglos, tardó en ejercitar y que nació por envidia de la buena cuando éste, en su afán de parecerse en algo a los pájaros, al verse sin alas, decidió de buena fe imitar.
Cuando el hombre primitivo, luego de muchos ensayos, descubrió el milagro del sonido haciendo con el aire y con su boca una bocina, nada en él se podía considerar más natural e implícito pues, al mismo tiempo, hizo de aquello algo solamente para varones.
Parecerán, a lo mejor, estas disquisiciones poco trascendentales y quizás redichas; pero tampoco es menos cierto que se trata de un tema cotidiano, doméstico y hasta poético, jamás ajeno a la vida de muchos y que, en el ayer, se volvió menester de un mundo propio lleno de realidades simples que, precisamente por lo sencillas y casi ingenuas, deslumbran. El silbido, como la risa, como el llanto, el sexo y tantas otras cosas inherentes a uno, es innegable, rondó continuamente en la vida de los hombres de antes. Era un atributo connatural con el que nacían unos pocos capaces de transformar en notas melodiosas y con la flauta de sus labios, los secretos de la conciencia..., capaces de sentirlo como algo bueno para el espíritu y alimento del corazón... Silbar era antes algo inspirado en la quietud de laboratorio que requiere el alma y que demanda la fascinación mágica de la inspiración y la presencia infaltable del estro* ... Silbar, si se me permite, era antes oficio de labios con ansias de melodías... Silbar, en algunos casos, era antes un dejo de triunfo o de derrota que, en uno u otro caso, buscaba oídos solidarios; en tanto que chiflar, chiflar es hoy una burla sin pudor. Silbar era antes llenar de amenas notas las calles por donde el silbador paseaba llevando consigo y en su canto, el prodigio de lo agradable... Silbar era antes bajar el rostro con ademán de pena y, sin cruzar una mirada con la mujer de nuestros seños, anticipo secreto de un amor previsto y que se masticaba entre labios con delirio.
Régulo Padilla, Rafael Molinares, Víctor Hernández, Modesto Olivares y otros, por ejemplo, silbadores de silbadores en mi pueblo, deshechos en un torrente de musicales notas preciosistas, dueños de serenatas gratas, silbando en la complicidad de la noche, sin cantar, hicieron pública en infinidad de veces su callada promesa a un torturante amor sin nombre...Silbar era antes costumbre noble y cordial, placer de esquina solitaria que suponía a la distancia la gracia y el fervor de un discreto enamorado. La soledad no estaba sola si alguien en la calle silbaba. El hombre solitario silbaba para serlo, para demostrar así su existencia en torno a aquello de lo que no podía participar porque todo confluía en la emoción que sus labios querían sustentar... Silbar era antes vuelo imaginativo de canto, aventura del lenguaje con inquietud de música...
Hoy, nadie silba. El ruido aparatoso del chiflido vulgar anuló esta sana iniciativa bucal y la puso fuera de contexto, cuando años atrás, de algún modo, fue reivindicación personal de un anónimo músico frustrado. Hoy por hoy, silbar ya no es una estética de la vida, en cambio chiflar, chiflar es un signo favorable de pandillas. Se fueron ya los silbadores de otro tiempo en medio de la paz envolvente de una noche callada y con sus sentimientos, allí, debajo de la piel...No silba el hombre de hoy pero sí chifla, chifla en forma descompuesta, estrafalaria y de mal gusto...Silbar era antes una forma de llorar por ausencias. Era, por lo demás, una legendaria y efectiva conspiración contra la tristeza...El infierno, supongo yo, ha de estar lleno de chiflidos estridentes, ecos del dolor...En el cielo, por el contrario, el suave y lejano silbido de los que no cantaban y ya con nosotros no están, con permiso de Dios, tiene su melódico dominio...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
HIPOLITO, EL POLICIA DEL PUEBLO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
El policía del pueblo se llama Hipólito. Hipólito sabe bien quién es el ladrón de gallinas que, habiendo tenido ya cuatro avisos de muerte de parte de él, sigue asolando por las noches los gallineros del vecindario pero no le arresta porque, el ratero del pueblo es una especie de símbolo municipal que tiene a su favor la profunda admiración y el respeto de quienes le reconocen la virtud y la eficiencia de saber entrar, calladamente, a los patios ajenos sin dejar huellas y cuando el dueño de las gallinas duerme a pierna suelta y su perro guardián, en su letargo, fantasea con carnosos y esperanzadores huesos de placer.
Hipólito, el policía del pueblo, hilando suposiciones, gastando ingenio e inteligencia, conoce como el que más al delincuente responsable de un hurto y lo mira con gafas oscuras y con ganas de torcerle la suerte y de echarle mano para llevárselo consigo en nombre de la ley y la justicia; pero éste -el ladrón- astuto como la zorra, adoptando siempre una pose de ministro honrado, parece decirle: -"Yo no me he robado nada"- y entonces, con el taco de la esplendidez en las manos, a tres bandas, hace en el billar unas carambolas de asombro y de hechizo que el mismo alguacil, sin poder creer en la evidencia y olvidando su misión, termina por aplaudir festivamente quedando así el delito impune y olvidado.
Hipólito, el policía del pueblo, con sólo mirarle a la cara, conoce al aprendiz de ladrón sin futuro, capaz de devolver lo robado antes del amanecer... y el pillo, no es que le tema a él y a su garrote sino a la rápida divulgación de la noticia y a las sospechas del alcalde que, enseguida, buscando la manera de dejar grabado su nombre para la posteridad y en los corazones de la gente, ordenará le erijan una estatua ecuestre en la plaza principal al haber ordenado contra éste le pongan preso porque..."el que manda, manda"...
Vive feliz el policía del pueblo cansado de hacer nada en un pueblo donde nunca pasa nada; pero sí pasa, y, dándose todo el tiempo del mundo, con su gorra sobre la cara, a la sombra de los almendros, agobiado por el calor de un agosto sin viento y una lluvia de mosquitos inmortales, duerme sentado en uno de los asientos del parque donde sueña, a lo mejor, con darle aprensión a los pistoleros que en la película de ayer en la noche, en el "Teatro Montecristo", asaltaron un banco.
Hay muy pocas cosas que salvaguardar en el pueblo y se dicen tan honradas y tan mansas sus gentes, que el policía del pueblo -pienso yo- olvidado por el mundo y con el destino equivocado, consumido por la peste de un sórdido aburrimiento, a veces pierde la noción del buen orden que deben guardar siempre quienes viven en sociedad y, confundido también en el conocimiento de lo útil que es su servicio, engalanado de autoridad y de charreteras, con la parsimonia de los que no hacen nada, busca en su cerebro la providencial respuesta que por fin le permita llenar el crucigrama de un periódico de hace tres años y que en su pregunta vertical número tres, con tres letras, así le interroga: "Arroyo que canta"... Y, él, en actitud reflexiva, piensa que el cura sabe la respuesta pero no va donde éste ni le consulta a fin de que el sugestivo enigma de palabras vuelva y le rete sin dejar de poner a prueba su talento.
En la cárcel del escarmiento, que de pura piedra fuera hecha para derrotar con ella el delito, Hipólito, el policía del pueblo, nunca ha puesto preso a nadie, y no es que aquí no haya gente capaz de quebrantar la ley y el orden después de las ocho de la noche y cuando todos dormimos, sino que lo hacen sin que nadie lo note, nadie lo escuche y nadie lo vea aunque todos lo noten, todos lo escuchen y todos lo vean; menos él, y entonces termina el delito al día siguiente convertido en un runrún de cocina y de esquina.
Hipólito, el policía del pueblo, en medio de un alboroto de perros y traspasando los límites reales de su valentía, acariciándole la cacha a su revólver, le conoce el negro rostro a la noche, a las sombras y a sus adversarios, los ladrones, y por eso éstos, sobrevivientes a su voz de "¡ Alto o disparo!..., sigilosos y con el corazón asustado, escapándoseles despavoridos por la primera esquina y tomándose el trabajo de no faltarle al respeto, hacen como que se van a sus casas y guindando sus hamacas se acuestan igual que él, pero ocurren tantas cosas malas mientras duerme el mundo que algún vivo despierto robó y arriba sólo lo supieron las estrellas...
Es inhumano el ladrón, gente de mala vida, y por eso roba...Y es humano Hipólito, el policía del pueblo y, por eso, gimiendo de desilusión, sin reprimirse y a pesar de ser de día, quitándose la camisa pero no las botas, en el sopor de un agosto sin viento, trata de dormir si lo dejan en paz los ladrones...y los mosquitos...
Disquisiciones de la vida doméstica
PACHITO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Hay fiesta en las cocinas del barrio cuando, Pachito, parado en una esquina, hace sonar su pito de afilador y los cuchillos viejos, abandonando su larga convalecencia de oxido y melladuras, gracias al carrusel endiablado de su esmeril de estrellas fugaces, vuelven a recuperar su categoría de cosa familiar irremplazable. Igual ocurre a las dormidas tijeras que, guardadas en alguna gaveta por ahí, perezosas se despiertan con hambre de tela en tanto que la voz de chiflo nos queda retumbando en los oídos como un pájaro perdurable y en un oscuro rincón intemporal, la espada del bisabuelo dentro de su vaina se tensa y como algo propio de su oficio reclama guerras civiles, aventuras y combates de libertad. Diariamente, a las diez de la mañana, el silbo de Pachito, como un clarín de gallo, hace recordar a los dueños de los metales cortantes esa irrevocable vocación de músico anónimo que el afilador tiene y que le lleva de barrio en barrio para probar con la yema de sus dedos, el filo extinguido de sus navajas.
Pachito es un patrimonio legendario y expresivo del barrio donde yo vivo, su carrizo musical de serenata atrasada va y viene sobre sus labios tocando un pentagrama vagabundo pero diciente, rompiendo ese largo silencio natural que dejan las últimas voces de los niños que, apurados, salen para el colegio. Pachito es un enmudecedor de pájaros; todos los cantos de éstos están comprimidos en su silbato sereno y apacible. El hace de su trabajo una jornada poética, él es una costumbre sana del barrio, sobreviviente de un mundo donde los hombres estaban siempre con las manos ocupadas haciendo caso omiso de lo mecánico y lo técnico e ignorando lo artificial como nueva política de vida.
Pachito es uno de esos personajes fabulosos que cabe perfectamente en los cuentos fantásticos de las abuelas; él, con su oficio y su apariencia de organillero acorta distancias e historias ante los ojos asombrados de los niños que quieren cambiar su "Nintendo" por su manubrio o su pito dulcemente humano. Con el primero -el manubrio- girando el esmeril sobre el cuchillo, jugando a ser niños, fabricarían una lluvia de estrellas al alcance de las manos... y, con el segundo, con el pito, descubrirían que la música tiene la propiedad de curar para siempre el peligroso aburrimiento infantil...
Pachito es el Beethoven de los afiladores de cuchillo que aún quedan...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
DE MI MAMÁ ESCUCHANDO RADIONOVELAS Y, DE PASO, YO TAMBIÉN
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Cursaba yo estudios de escuela primaria y durante esos años no tuve la suerte de que cayeran en mis manos muchos libros ni obras cultas pero, a decir verdad, fue gracias a un radiorreceptor marca PHILIPS, regalado por mi papá a mi mamá, como llegaron a mis oídos, y a los de ella, cualquier cantidad de radionovelas (transmitidas por "Emisoras Riomar del Circuito Todelar de Colombia"), con las cuales, por cosas del destino, reemplacé alguna lectura que, de haber sido posible, hubiese hecho a las letras de entonces. Digo de haber sido posible porque, en ese tiempo, en mi pueblo natal (Juan de Acosta), la vida tocaba vivirla de salida y no de entrada si se entiende que en tal momento de fortuna desmandada y de milagros, la pródiga naturaleza, exasperada de tanto parir, permitía a mis coterráneos sacar de la cultivada tierra suficientes productos agrícolas y agropecuarios en venta hacia la la ciudad (Barranquilla); pero no así el fácil ingreso de libros de amena literatura que me sedujeran a temprana edad por la buena lectura. Total, de mis impresiones literarias nada podré decir a menos les confiese, con cierta vergüenza, que le leía con alguna perturbación la Biblia a mi abuela Cristina y a mi abuelo Hernán, el "Almanaque de Bristol" lleno de predicciones ciclónicas, descuajados inviernos y veranos desarraigantes por él ya sabidos de memoria. Si se quiere, diré que a falta de Homero y su Ilíada tenía mis ratos de niño excéntrico y sombrío pues, apartado de los juegos de mis compañeros, me gozaba también en el silencio de escuchar atento, junto con mi madre, narraciones y dramatizaciones radiales de las que hacían llorar...
...Claro, niño al fin y al cabo, di de patadas a una pelota de fútbol, volé cometas, cacé grillos y chicharras "para sacarles el pito" así como jugué a los botones y cambié, de vez en cuando, algunos puñetazos con algunos de mi edad y así, así viví ni más alegre ni más triste que los demás y si algo en aquel tiempo me parecía incomprensible, ese algo no fue otra cosa distinta que mi propio nombre (Walter), porque, hundido en mis secretos monólogos, éste no me parecía original y, sintiéndome desterrado de la memoria de la gente, desesperado, nadie me daba informe de por qué me llamo así mientras los apelativos de mis más cercanos amigos del barrio (Jaime, Ernesto, Galo, Tomás Ariel, Romelio), de manera ingenua, me resultaban demasiado conocidos, fácilmente pronunciables y exentos de olvido.
Si más les dijera sería que, a pesar de rebuscar y rebuscar en los archivos de mi memoria algún documento que acredite en la infancia mi nobleza intelectual, nada hay si no lo antes ya dicho: el simple y doméstico acto de escuchar radionovelas que, escritas en su gran mayoría por una señora llamada Caridad Bravo Adams (erudita en truculentos libretos de amoríos que se consumían en el fuego interior de amantes prohibidos), me sirven hoy para reconocer dieron orden a mi temprana aptitud para la escritura por conducto de las ondas radiofónicas que, cual recurso artificioso, trajeron hasta mis oídos el sufrimiento estremecedor e inconcebible de un tal Albertico Limonta en "El derecho de nacer". Y así, por las tardes, mientras mi madre a sus muebles el polvo sacudía; mientras lavaba, barría, cocinaba o colgaba en las paredes de la sala cuadros de doncellas a las que con un trapazo limpiador infundía un soplo de vida; entre oficio y oficio, día tras día, semana tras semana y mes tras mes, ella y yo, disfrutábamos a placer de "Infierno verde", "Perdón para una mujer", "Raíz amarga", "Corzo,el pirata", "Capablanca", "Los tres mosqueteros (que dicho sea de paso eran cuatro)", "Arandú", "Don Juan Tenorio", "Flor de fango", "Kalimán", "Cristina", "Amor comprado", "María", "Juan, el valiente", "La dueña", "Pueblo chico", "Juan del diablo", "Kabir, el árabe" y tantas otras con las cuales conocí personajes increíbles que parecían vivir con nosotros y eran como de la familia. Debo la verdad a mis lectores y no está de más decir que, por esa magia de la radio de antes, en forma imaginaria, me alegraba con sus alegrías, me entristecía con sus tristezas o, en otras, sintiéndome en confianza, me sentaba a sus mesas y con ellos bebía de lo que bebían, comía de lo que comían y, como si estuviera presente y todo fuera verdad, me hacía también el distraído cuando la encantadora María, según el narrador, a escondidas, se besaba con Efraín y, viviendo ese momento, estaba enteramente resuelto a prestarles mi más eficaz ayuda para avisarles en forma oportuna si era que alguien venía...
Por lo que leen, mi formación literaria no tuvo para leer a Homero y su Ilíada, es cierto, sólo para escuchar radionovelas de pronto deplorables pero nada al mismo tiempo tan ligado a nuestras almas y en estrecho contacto con la realidad. La mía (mi realidad), fresca en ese entonces, hasta se embelleció incluso con la música de fondo de un Beethoven, de un Mozart o un Stravinski, por igual, sublimes y humanos...
Y, ¿por qué deplorables?... Nada de eso... Ninguno de los de mi generación puede negar ahora que, tendido en el viejo sofá de la casa y con la radio a "a todo timbal", no gozó con las aventuras de "Kalimán" o que, de pronto, no se vio alguna vez en sueños, espada en mano, ayudando a luchar a "Renzo, el gitano" por el amor de la bella Miosotis, ¿se acuerdan?... No les miento, toda mi vida evoco estos momentos y aquellas horas felices y he bendecido la pluma que dichas novelas escribió no para que yo las leyera si no para que las oyera... y por eso...¡Quién pudiera hoy resucitar su niñez y su adolescencia y sentir aquellas dulces emociones que tan felices nos hicieron cuando la radio, en verdad, distraía y recreaba!... Hoy, ¡ qué decepción! ¡Qué amargo desengaño! No se oye en la nueva radio lo bueno que en otro tiempo se oyó..., por ejemplo, radionovelas, radionovelas con narraciones profundas, llenas de un lenguaje florido y retórico, nunca faltas de imaginación y de vida... ¿Será que la vida ahora carece de todo esto?... No, qué va...quienes carecemos de eso, somos nosotros...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
JOSEFA
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Les hablaré de Josefa, una mujer que bien puede llamarse Hospitalidad. Hospitalidad no es un nombre cualquiera, es más que un nombre, es una virtud, y Josefa tiene la virtud de saber avivar la llama azul y vacilante que sale de las brazas del fogón de su cocina para que su casa, íntima y amable, se llene de humo y, en romería, se llene también de hambrientos comensales y de desvalidos peregrinos que en apacible silencio, sentados a mantel, presienten en el ambiente el aderezo y la sazón penetrante en el secreto de sus viandas.
Josefa ha tenido siempre un oficio de mujer: es cocinera, cocinera de delantal y de buena fe, poseedora de un extraño sentido de la caridad y de los sentimientos humanitarios pues a los ojos de Dios, de su fonda complaciente, gratis o acomodando la paga, nadie se ha ido nunca sin comer o probar siquiera un caldo de hueso cristiano o sin degustar a bien un reconstituyente plato de sopa caliente.
Josefa cocina sin recetas, sin títulos y sin libros de gastronomía; pero...¡Ahhh carajo!...Cocina sabroso y a ella rinden tributo las almas de sus ollas y peroles relucientes, sus calderos sin alivio y las salsas en su punto... No hay plato, por humilde y deprimente que éste sea, que preparado por Josefa, al arribo del mediodía no se deje comer en forma impenitente y como banquete y rico manjar se goce... Yo, personalmente, "al ilustre y noble mondongo" que ella prepara y cocina, rindo ahora pleitesías porque es digno de aparecer en la historia como efectivo calmante del hambre e inspirador de poesías...
Josefa es una enemiga vehemente del hambre, del hambre que por las calles del pueblo cual venenosa serpiente se arrastra y se enrosca, y se merece por ello, como premio, una medalla grande de pan colocada al cuello con la cual nutrir al mundo y sumir así en la derrota, de una manera oficial, el apetito voraz que punza y roe el alma y las entrañas de los pobres.
Hacedora de viandas proletarias, como inmersa en un juego fantasioso o no sé si envuelta en un trasfondo de historia y de eternidad, la negra Josefa, con el don de sus manos, noble y cordial, sabiendo que en su mesa no faltan sillas, en el rezago del día, para el maestro, el cacharrero, el policía, el lotero, el locutor, el músico, el mago, el adivino, el prendero, el saltimbanqui, el ruletero, el curandero, el juez, el latonero, el sacristán, el herrero, el chofer, el notario, el carpintero, el alcalde, el telegrafista, el médico, el albañil, la enfermera, el personero, el panadero, el estudiante, el dueño del cine, el relojero, el aprendiz de guitarrista, el borracho, el concejal, el dulcero, el periodista, el preso, el abogado, el buhonero, el loco, el mecánico, el dentista, el boxeador, el futbolista, el fácil de contentar, el zapatero, el electricista, el trashumante, el pícaro, el cantante, el honrado, el tahúr, el escritor, el billarista, el payaso, el comerciante, el culebreo, el fotógrafo, para la gente de todos los caminos y para mi, tiene comida a cualquier hora del día y un café tinto de sobremesa..
Ochenta mil palabras tiene el diccionario de la lengua castellana y una de ellas, la palabra Hospitalidad, por derecho de oficio y de vida, le pertenece a Josefa, dueña y ama de una virtud y de una buena disposición de alma que hoy penosamente no se enseña en la casa ni en la escuela. Donde Josefa, como en casa propia, saboreando a placer y masticando lento, con deleite he degustado pasteles que enaltecen y que me han hecho como el sabio decir: "Barriga llena, corazón contento"...
Un sabor característico da Josefa a todo cuanto cocina, le viene de ancestro, le viene de herencia, de la vieja casona, Brígida, su mamá, la doctrinó en hacer siempre las cosas con amor y, por eso, una sombra de nostalgia pone ella a todo cuanto sazona.
Yo sabré llevar en mis afectos a la fraternal Josefa, a la negra Josefa de la "Calle del Repaso". mediadora con sus guisos y sus platos entre mi padre y mi madre cuando entre éstos surgían momentos desagradables de los cuales es mejor no hablar.
Hay mujeres que harían bien en no morir nunca; una de ellas es Josefa. Haría bien no morir nunca Josefa porque ha hecho un grande bien al género humano. Dar de comer al hambriento... ha sido su filosofía de vida y de pronto ha dado más: casa, lecho y pan al viajero desamparado y por ello le pido al Señor, eterno Dios, que si en el invierno de su vejez achacosa, en la claridad malva y serena de un crepúsculo lejano, marcharse quiere con ella, antes le de fuerza y aliento para que a todos en el pueblo nos haga su última cena...
NOTA: Veinte meses después de escribir esta disquisición, cerna a los noventa años de edad, Josefa Hernández murió y se fue al cielo a ocupar un gran cargo que muchas mujeres ya quisieran: es ahora la cocinera de Dios...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
EL LUTO DE LA GENTE DE ANTES
Por Walter E. Pimienta Jiménez
El luto de la gente de antes se llevaba en el alma porque, la gente de antes, en el alma llevaba lo que no se olvidaba y porque la gente de antes, en el alma, llevaba el dolor de sus muertos...y, entonces, con una serie de hechos convencionales, centrados en años de episodios cotidianos y domésticos, luego de devolverle a la tierra lo suyo (el muerto), daba inicio a su luto cerrando la casa por dentro y por fuera para que en ella no hubiese lugar a fiestas y así, quienes allí vivían, no se dejaran alborotar por ninguna tentación del mundo pues un peso abrumador y nostálgico que envolvía la vivienda del difunto, obligaba e imponía que en ella se hablara en susurros, que todo allí se hiciera en silencio - menos la plegaria del rosario tres veces al día- y hasta los oficios que demandaban una acción atronadora y ruidosa tenían cierta sonoridad fúnebre, casi inaudible, tragada por la conformidad y la pesadumbre con que se exaltaba la memoria del fallecido. Así fue siempre..., así...
Podría decirse que la gente de antes tenía vocación definida para el luto, en especial las abuelas y las madres quienes, con disciplina inflexible, se cerraban de "negro incontrariante". Hasta las niñas, de blanco o de gris, eran capaces de sacrificarse aceptando obedientes el luto del abuelo por incómodo que fuera y dejando de lado colorines y modas porfiadas.
Resistentes a las parrandas y, recatados en el vestir, los hombres también, por su parte, estoicos ante el recuerdo del finado y ajenos a las exhibiciones del mundo, acostándose temprano, con dieta de encierro, pagaban el precio de la aflicción despertando por ello la admiración entre comadreos de vecinos y amigos que con voz lastimera terminaban diciendo: ..."Cómo quería al difunto"...
No era que el luto de la gente de antes fuese un elixir de resurrección para el fallecido ni mucho meno una forma hipócrita de guardar las apariencias ni un retorcijón de conciencia sino que, en callada tribulación, era también la manera más pública de sentir a toda hora vivo a un muerto al que el tiempo no alcanzaría jamás y sin medidas... Mi abuela Cristina, por ejemplo, desprovista de toda facultad sobrenatural para olvidar fácilmente a los suyos, con los ojos humedecidos en llanto, fiel a la vida, refugiada en la memoria que de su nieto Arturo Fabio por siempre hizo, murió de luto eterno y sin quien le pudiera sacar aquella idea de la cabeza porque, según sus propias palabras, "mis muertos viven conmigo en mi casa y en mi alma"...
Hoy en día...¡qué pesar!..., abandonados por un miserable estado de desmoralización social, los muertos sí que están bien muertos porque, "eso del luto ya no se usa", y todo indica que nadie parece tener el espíritu dispuesto para ocuparse en recordarlos ya que simplemente no existen ni han existido nunca... Llevar luto siquiera por tres días es, para algunas personas, en este tiempo, algo insoportable y contrario a la voluntad cuando antes fue un acto de íntima determinación y congoja voluntaria. Hoy, el pasado no tiene voces ni nostalgias y el mundo (yo diría mejor la gente), arrastrada por la frivolidad alucina ser feliz desarraigando del alma todo humano dolor, todo humano sentimiento...¡Qué desgracia! ... ¡Qué lástima!...
La diferencia entre los muerto de antes y los muertos de ahora radica en que, los de este tiempo están más muertos que los primeros porque se sienten olvidados con el olvido irremediable de los malos corazones...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
EL HOMBRE QUE JUGABA CON EL FUEGO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Este era un hombre que tenía una primitiva y prehistórica virtud: jugaba con el fuego y no se quemaba. Que nadie ose hacer esto, lo digo en prevención... como tampoco le propongo a alguien lo intente porque, sencillamente, no lo haría igual ya que, reitero, este hombre, con la abnegación de un científico y aún a riesgo de su propia vida, gozaba con su arte y se entretenía con él, llevándose hasta la muerte esa cara de satisfacción y placer que uno siempre pone cuando sabe que ha hecho las cosas bien. Diré más, diré que a este hombre le apetecía divertirse con el fuego y, como zambulléndose en éste, sin miedo, pienso yo, dado su arduo trabajo, ha sido el viviente que, mientras estuvo en la tierra, más se ha acercado hasta hoy al sofocante infierno sin hacerse parte de las huestes de la chusma del diablo porque él, él fue un hombre bueno, servicial y honesto y a las puertas de la casa de las tinieblas ni siquiera se asoman los buenos ni los serviciales ni mucho menos los honestos sino los que mueren sin agonía y sin Dios...
...De eso vivía este hombre, de jugar con el fuego como cuando uno juega al dominó con un embaucador y en franca contradicción, con dignidad, le reclama por haber querido "meter una cabra"*... Se "apuebló" (es decir, se hizo del pueblo), después de darle novecientas noventa y nueve mil novecientas noventa y nueve veces la vuelta al mundo y cuando consideró que para llegar a este lugar (a Juan de Acosta), no tenía más que empujar suavemente el portón de la honradez... y así lo hizo... encontrando de inmediato para su familia y para él, refugio y hierbas de alivio, de sosiego y estima pues trajo consigo un noble oficio que nadie aquí ejercía: era herrero, herrero de los de antes, herrero de viva y encendida fragua en la que, caldeando los metales al rojo vivo, a éstos volvía domésticos, maleables, complacientes y sutiles..., herrero de martillo aplanador, de yunque de acero, de prensoras tenazas y de reverberante fuelle atizador de llamas que, ocultas, siempre dormían escondidas entre cenizas tibias y coloradas brazas.
Cuando el hombre que jugaba con el fuego llegó al pueblo, hacía mucho tiempo que el óxido del olvido y los severos colmillos de la intemperie y la escasez, asombrosamente, habían desfondado ya los calambuco de la abundancia, los baldes de los ríos de leche, los calderos de "la hartancia", las ollas de los convites, los fondos del despilfarro, las palanganas de la gloria; las bacinillas de la alcurnia, de la estirpe y el linaje; las pailas del jubileo y los peroles de las sopas de la buena salud; trebejos de lo inservible y que en las colas de los patios de las casas formaban un anticuario de riqueza en decadencia pero que, de pronto, gracias a él y a la calentura delirante de la soldadura enmendante, volvían a adquirir existencia y regresaban relucientes a las quiméricas cocinas.
Agréguele usted al hombre que jugaba con el fuego, muchas y otras tareas y ajetreos propios de la forja porque de su casa que tuvo siempre voces entrañables, jamás dejaron de surgir ruidos metálicos y acompasados y era tanta verdad su faena que, a veces, sin darse cuenta, sudando y con la cara sucia de hollín, interrumpiendo su intimidad, salía a recibir clientes. Alguna vez yo, invitado por su hijo Aristóteles, compañero de escuela primaria, visité su taller al cual entré sin anunciarme. Tomé asiento en un banco que allí estaba, eché una mirada en derredor y fascinado por toda esa realidad inmediata, pregunté: - "Señor, ¿qué es esa cosa?"- señalando algo que me llamó la atención. No hubo respuesta inmediata. El, inalterable, parecía ignorarme intencionalmente ocupado con dinamismo en lo suyo, de pronto accionando un soplador, sin mirarme, contestó: -"No es una cosa. Se llama fuelle y sirve para esto"- Y, entonces, ya no me pareció el herrero del pueblo sino un viejo patriarca de delantal blanco, sereno y santo hacedor de un asombroso milagro: hizo crepitar el carbón que en su fragua, lanzando remolinos de chispas y llamas como lenguas pálidas a veces, doradas, azules y resplandecientes en otras, enrojecían, al brillo del fuego, largas barras de hierro que luego colocaba sobre el yunque y enseguida...¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!.., las aplastaba a martillazos como si quisiera aplastar así sus malos recuerdos...
No sé cuántos años vivió en el pueblo el hombre que jugaba con el fuego pero, aquí le alcanzó el tiempo para encontrar con cara de sabio otras aplicaciones prácticas a su conocimiento. Que yo sepa, arreglaba bombas hidráulicas; lámparas de gasolina a prueba de las noches más oscuras de septiembre y, con su rara crisopeya* de caldero trató de encontrar un virtual exorcismo, seguro y fuerte, con el cual ponerle puntos de soldadura a la mala suerte...
...Y finalizo diciendo que en la hora una de un día cualquiera, con el alma indispuesta y desmantelada, el hombre que jugaba con el fuego, así como vino, se fue del pueblo y después de este mundo durmiendo para siempre sin reloj despertador... y en un lugar sin historia, con las lágrimas que su mujer y sus hijos por él derramaran, como aleteante paloma herida, se apagó lentamente la llama con la cual en el infierno de su fragua GENITOR OTERO jugaba con el fuego sin quemarse y enseñándonos a todos con su partida que: no es más la dureza del hierro que la dureza de la vida...
*"Meter cabra": colocación de una ficha del dominó que no corresponde según el orden numérico del juego.
*Crisopeya: alquimia.
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
A MI PRIMER PANTALON LARGO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Fue por la lenta pero segura aparición peluda de mis primeros pendejos que mis padres, rondándome y sin necesidad de entrar en mi habitación, descifrando miradas de reconocimiento que entre sí se cruzaban y guiados por el súbito cambio de "mi voz haciendo estupendos gallos", decidieran comprarme mi primer pantalón largo. Lo recuerdo como si fuera hoy; era de color marrón claro, marca "El Roble". Traía en la pretina un pasador de cuero en el que, pintado de manera graciosa, por el talaborte* se veía suspendido de un garfio a un pequeño vaquerito. Todo aquello así se dio después de cierto cuchicheo nocturno que entre mis progenitores a escondidas escuché y que al parecer les hacía gozar a satisfacción del notable milagro que en mi se estaba dando y que esto les hacía decirse en tono de engreída conformidad: "Ya es un hombrecito y cuanto antes hay que volverlo inmune contra las incertidumbres del sexo y de los malos amores".
Mis últimos pantalones cortos, era cierto, por lo cortos, no alcanzaron con eficiencia a mi adolescencia y como no estaba acostumbrado a usar calzoncillos, dejaban ver a veces al aire libre esa legitimidad testicular que, habiéndome cambiado de tamaño y volviéndoseme repentinamente más rugosa, puso fin a una infancia feliz pero ya consumada.
...Y fue entonces cuando caí en la cuenta de que, asomado a mi mocedad, también se me asomaban encima del labio superior y en la barbilla unos incipientes pelos que en forma obstina pretendían darme otra apariencia personal y, en tal caso, empecé a preocuparme más por mi, a mirarme con frecuencia al espejo y a coger a escondidas la maquinilla de afeitar que mi padre usaba; en tanto que ahora demoraba más bañándome y, enjabonado de pie a cabeza, cerrando los ojos y pecando con la mano, se me daba por pensar de otra manera en mi bonita vecinita... y, a partir de allí, con amigos de mi edad, más salidas a la calle gozando de permiso nocturno hasta las nueve y tratando de encontrar por ahí una muchacha de sigilosa belleza para no decirle nada con palabras pero sí con la mirada y con la torpeza y los nervios del momento.
Mi mundo, desde esa vez, luciendo vanidoso el primer pantalón largo que mis padres me compraran, ya no era el mismo: era otro y yo también, sintiendo que una imagen mía, diferente, deambulaba por la casa. En ocasiones, lo confieso, me reía de esa nueva apariencia que ahora lucía y, con cierta nostalgia y pesar, recordaba la infancia fugitiva porque lo que sentía ahora, lo llevaba en la sangre, lo llevaba en los cinco sentidos, mas esa especie de acercamiento a una nueva existencia, hacía insondable el triste adiós que le di a aquella lejana niñez de zapatos calzados al revés y con cordones insoldables, de calcetines caídos hasta los talones, de camisas con uno que otro botón en un mundo creado por mi y donde nada era imposible. Sobretodo, yo mismo... Mi cuerpo, desde esa fecha, hace más de cuarenta años, dio refugio a otra persona porque, expulsado el niño que fui, di inicio a mis "planes de hombre", de hombre de pantalón largo con sueños que tendrían algún día cumplimiento respirando aires de juventud y bailando en tiempos de radiola..., eso, en mucho, compensaba la diferencia...
...Y vestido de hombrecito -como decía mi mamá- vendría en consecuencia "la primera novia", novia a cincuenta metros de distancia y que vestida de domingo, me parecía la mujer más bella de la tierra..., capricho transitorio que envuelto en una nube de pesares y defraudes terminó sin comenzar y, de manera infranqueable, sin besos ni abrazos..., como terminan los malos amores...
-No te preocupes, en cualquier lugar hallarás otra- me dijo sonriendo mi papá quien, para mi sorpresa, lo sabía todo y entonces comprendí que nada como la propia meticulosidad de mi silencio, había hecho más público y locuaz mis sentimientos y también yo sonreí con los labios apretados viendo en él a un cómplice cariñoso cuando, mirándome a la cara, volvió a decirme: "Para el amor nunca es tarde"..., y, en esos días, vestido de pantalón largo, descubrí que a mis catorce años de edad, y con todo un mundo por delante, apenas empezaba a vivir...
*Talaborte: lo mismo que pretina, del español más antiguo.
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
LA CASA CERRADA DE LA ESQUINA
Por Walter E. Pimienta Jiménez
...Hasta hoy no ha habido persona alguna que pueda decirme con exactitud desde cuándo dejó de estar abierta la vieja y señorial casa de la esquina abandonada para siempre por los que fueran sus dueños y de quienes, después de todo, nadie sabe qué se hicieron. Toda ella habla del esplendor de su pasado; pero la misma, ahora, con ímpetu de sismo anticipado, pareciera tener ganas atroces de caerse por necesidad. La voracidad del olvido y de la desidia, poco a poco, la carcome por dentro y por fuera dejando sólo de ella desmemorias intactas de un principio y de un fin.
Vencida por la negligencia y la indolencia humana, la casa cerrada de la esquina, perdido su encanto y su esplendor, detenta para sí toda la ruina y el infortunio de su presente; es aquella una ruina perfectamente regulada y metódica, amontonada a la vista y que hace tarde ya salvar de algún modo en su mustio jardín: dos trinitarias, tres tiestos de begonia y algunos amarillentos helechos que, en sus macetas, agónicos, aún quedan...y como doliéndose de su propia inclemencia remotos espíritus parecen habitarla enclaustrando allí sus frustraciones, sus impaciencias y derrotas luego de haber perdido no sólo incontables bienes y caudales sino también su estirpe su alcurnia y linaje... Un grito descolorido transmite la pintura plomiza de sus paredes avejentadas y descascarándose en pedazos y, su patio, su patio, caído el portón, deja ver en su interior un basurero de "deslumbrantes desperdicios" del pasado. Es ésta una casa de tristes despedidas y no de alegres bienvenidas...
Alguien, de paso por allí, como para dejarse oír por mi, en actitud de desafuero verbal y con voz de siglos de conformidad, atragantado por una infame satisfacción rencorosa, dijo: "Así terminan las fortunas que da el diablo"... Y sin el más leve remordimiento, volvió a decir: "Se acabaron los baúles de la grandeza"...
Del último habitante que de la casa cerrada de la esquina una mañana salió, se cuenta que el día en que lo hizo, repudiando afinidades, se fue con cara de triste cirineo errante y que pasó por la calle principal del pueblo sin levantar la vista, sin saludar a nadie y creyendo que no le veían; pero lo delataban, a la distancia, las finas y vistosas botas de charol que de su decadente riqueza le quedaban. Era casi igual al abuelo rico pues de aquél, heredó no solamente su parecido físico sino también la facultad de olvidar con facilidad las cosas, tanto así que al cerrar la puerta principal de la vieja y señorial vivienda, lo hizo porque el seguro candado que usaba para eso estaba abierto y sin embargo lo puso a sabiendas de no recordar en qué lugar dejó las llaves que le abrían...Este es el recuerdo más antiguo que se tiene de quienes allí vivieran llevándose consigo, y por distintos rumbos, la nostalgia empañada de los tiempos de bonanza.
Cierto forastero, a lo mejor conocido de las personas que en la casa cerrada de la esquina habitaran, creyendo que éstos se encontraban allí aún, un día de octubre, tocó y tocó con insistencia a su puerta hasta que una vecina saliera a verle y así, a voz en cuello, le dijera:
"¡ No insista! ¡Unos duermen y otros sueñan!"...El hombre, como si lo que le dijeran fuera una orden, paró el fragor de su golpeadora de cobro y cayendo en el apremio del tiempo, mirando su reloj de leontina, a quien a su espalda le hablara, sin volver la cara, a voces, contestó:
"¡ Dígale, por favor, al primero que se despierte que, Renzo, el de Juan de Acosta, vino por la plata del caballo !"..., y sintiéndose como si no hubiese ido a ninguna parte, pero al mismo tiempo habiendo ido, se dio media vuelta y en el prodigio de la tarde se dispersó.
-"Es un gitano vendedor de caballos tristes"- dijo la vecina que saliera a verle, confirmando así, una vez más, que la soledad miserable de las casas cerradas no tiene puertas abiertas para las viejas deudas y que en ellas, cuando tocamos con afán, no se encuentra ni el olvido...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
PARABOLA CONTRA EL ABURRIMIENTO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Poniendo en práctica este ancestral y sabio consejo lleno del más sano propósito y que a la letra reza: "...que te coja el diablo ocupado y así no te lleve" , la gente de antes - y no creo que la de ahora- para no morirse de aburrimiento repetido y de inhumana flojera, cuando estaba desocupada en su casa y no encontraba qué hacer, se entregaba en cuerpo y alma a la bienaventurada tarea de componer los numerosos desperfectos de las cosas estropeadas y, sin hacer mucho ruido en lo posible, procurar también un mejor mantenimiento y conservación a los trastos todavía útiles y provechosos. Para ello, librando una dura batalla contra lo pernicioso ( madre y padre a la vez de todos los vicios, de los defectos y de lo perjudicial), con el infaltable "ACEITE TRES UNO", por ejemplo, previo tres soberanos martillazos ajustantes sobre los marcos de madera de las puertas y ventanas, aceitaba goznes y bisagras librándolas así del legendario destino con el cual, chirreando por causa de la herrumbre,"éstas se ponían hablar temas de espanto y de vigilia en su idioma de vaivén, permitiendo, ahora sí, franqueables entradas y salidas a los distintos aposentos de las viviendas"... Igual lubricaban pestillos, aldabas, cerrojos y candados que, bajo llave, aseguraban y resguardaban valiosas pertenencias y los secretos y acontecimientos más íntimos y recónditos de la familia y el alma...y, mientras, silbando quedo una vieja tonada de irremediable nostalgia, manipulando aquí y allá, atornillaban lo destornillado, clavaban lo desclavado, amarraban lo desamarrado, cuadraban lo descuadrado, pegaban lo despegado; nivelaban el declive que en el piso de la sala no permitía un caminar y un bailar exitoso; reparaban goteras invernales aprovechando la abstinencia obliga de un día de verano; ensebaban ( con sebo de chivo) cueros cuarteados y apergaminados; armaban lo desarmado sin que les sobraran piezas y, con un connatural conocimiento sobreentendido, dejaban caer meticulosamente tres goticas del mismo aceite sobre engranajes y acoples de los más finos relojes de pared cuidando con esmero que éstos jamás perdieran el acompasado y oscilante principio regulador del péndulo.
La ocasión, se recuerda, tampoco se desaprovechaba para embetunar y desentrañar el otrora lustre que, con insinuación de espejo, tuvieran los botines viejos, dueños para siempre de peladuras perpetuas y trémulos tropezones... Para clasificar asimismo sobrantes botones según tamaño y color en distintos frascos bocones y, para con una bayeta roja, sacudir el polvo de los años que por igual cubría la pianola de la abuela, sus cuadros y gobelinos, su gato vaciado en estuco y los diplomas de los tiempos de grandeza en espera permanente de soplos de bienestar y riqueza..., al tiempo que, echando mano del estropajo, frotando con sal y vinagre y luego con ceniza y jugo de limón, a las cadenas, a las esclavas y anillos de oro antiguo les sacaban el más deslumbrante brillo y, con olorosas bolitas de naftalina trastornante, en los baúles arzobispales daban muerte a la polilla y la carcoma... Y en función de lo dispuesto, era esa también la ocasión en que, sacando y colocando todo cosa por cosa, se registraban armarios y guardarropas y entonces acontecía que ese día, los objetos considerados perdidos y olvidados, por ahí aparecían, fijo, en el lugar menos buscado... Y, así, entre murmullos de obligación y sin quejidos de protesta, la laboriosidad en las casas de antes y de la gente de antes - y no creo que en las de ahora- andaba a la par, desde el amanecer hasta muy entrada la noche, pues todavía faltaba cepillar dentaduras postizas depositarias de blancas sonrisas cuyos dueños, con la boca medio abierta y de perfil, orgullosos lucían con dominio pleno de la juventud restaurada... y era por igual imprescindible esa vez, enseñarle una nueva y buena palabra al loro casero que, enganchado en el destino eterno de su estaca, pintado con la fortuna de todos los colores posibles, se empecinaba siempre en recitar: lorito real/ visto de verde y soy liberal/... rematando su cantilena molesta, de amenaza y de advertencia, con el anuncio anticipado de este grave delito en su contra fraguado: ... corre, corre lorito que te coge el gato/ miau, miau...
No falta si no decir que en estas nobles tareas, disfrutadas como un recreo y llevadas a cabo con ardor y destreza por todos los de la casa, el secreto consistía en que uno siempre encontraba el modo de estar ocupado en algo de provecho, casi que jugando y sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo que, agobiado en la esfera del reloj, estático y marginal, parecía perdido por senderos invisibles en pos de la luz del otro día...
La gente de hoy en día, en cambio, desobligada de todo y sin importarle que la casa le caiga encima, dueña de una enérgica voluntad para lo nocivo, en oposición a todo lo aquí consignado, hay que decirlo con dolorosa meditación, de ordinario y según ella, no le divierten los quehaceres domésticos y, entonces, enchufada a esa especie de televisión que patrocina sueños sórdidos y telenovelas desmoralizantes, indiferente, desdeñosa, hostil e irracional, goza lo indecible matando las valiosas horas de su vida, aburrida de hacer nada...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
ELEGIA DE LOS SILBIDOS LEJANOS
Por Walter E. Pimienta Jiménez
Siempre he creido que lo más semejante al canto es el silbido, pienso inclusive que saber silbar es como esa acertada excusa admitida de quien no sabe cantar o no canta muy bien. En el camino del canto, pero unos cuantos pasos atrás, de alguna manera, va el silbar; fruncido de labios que el hombre de las cavernas, después de una inmensurable distancia de siglos, tardó en ejercitar y que nació por envidia de la buena cuando éste, en su afán de parecerse en algo a los pájaros, al verse sin alas, decidió de buena fe imitar.
Cuando el hombre primitivo, luego de muchos ensayos, descubrió el milagro del sonido haciendo con el aire y con su boca una bocina, nada en él se podía considerar más natural e implícito pues, al mismo tiempo, hizo de aquello algo solamente para varones.
Parecerán, a lo mejor, estas disquisiciones poco trascendentales y quizás redichas; pero tampoco es menos cierto que se trata de un tema cotidiano, doméstico y hasta poético, jamás ajeno a la vida de muchos y que, en el ayer, se volvió menester de un mundo propio lleno de realidades simples que, precisamente por lo sencillas y casi ingenuas, deslumbran. El silbido, como la risa, como el llanto, el sexo y tantas otras cosas inherentes a uno, es innegable, rondó continuamente en la vida de los hombres de antes. Era un atributo connatural con el que nacían unos pocos capaces de transformar en notas melodiosas y con la flauta de sus labios, los secretos de la conciencia..., capaces de sentirlo como algo bueno para el espíritu y alimento del corazón... Silbar era antes algo inspirado en la quietud de laboratorio que requiere el alma y que demanda la fascinación mágica de la inspiración y la presencia infaltable del estro* ... Silbar, si se me permite, era antes oficio de labios con ansias de melodías... Silbar, en algunos casos, era antes un dejo de triunfo o de derrota que, en uno u otro caso, buscaba oídos solidarios; en tanto que chiflar, chiflar es hoy una burla sin pudor. Silbar era antes llenar de amenas notas las calles por donde el silbador paseaba llevando consigo y en su canto, el prodigio de lo agradable... Silbar era antes bajar el rostro con ademán de pena y, sin cruzar una mirada con la mujer de nuestros seños, anticipo secreto de un amor previsto y que se masticaba entre labios con delirio.
Régulo Padilla, Rafael Molinares, Víctor Hernández, Modesto Olivares y otros, por ejemplo, silbadores de silbadores en mi pueblo, deshechos en un torrente de musicales notas preciosistas, dueños de serenatas gratas, silbando en la complicidad de la noche, sin cantar, hicieron pública en infinidad de veces su callada promesa a un torturante amor sin nombre...Silbar era antes costumbre noble y cordial, placer de esquina solitaria que suponía a la distancia la gracia y el fervor de un discreto enamorado. La soledad no estaba sola si alguien en la calle silbaba. El hombre solitario silbaba para serlo, para demostrar así su existencia en torno a aquello de lo que no podía participar porque todo confluía en la emoción que sus labios querían sustentar... Silbar era antes vuelo imaginativo de canto, aventura del lenguaje con inquietud de música...
Hoy, nadie silba. El ruido aparatoso del chiflido vulgar anuló esta sana iniciativa bucal y la puso fuera de contexto, cuando años atrás, de algún modo, fue reivindicación personal de un anónimo músico frustrado. Hoy por hoy, silbar ya no es una estética de la vida, en cambio chiflar, chiflar es un signo favorable de pandillas. Se fueron ya los silbadores de otro tiempo en medio de la paz envolvente de una noche callada y con sus sentimientos, allí, debajo de la piel...No silba el hombre de hoy pero sí chifla, chifla en forma descompuesta, estrafalaria y de mal gusto...Silbar era antes una forma de llorar por ausencias. Era, por lo demás, una legendaria y efectiva conspiración contra la tristeza...El infierno, supongo yo, ha de estar lleno de chiflidos estridentes, ecos del dolor...En el cielo, por el contrario, el suave y lejano silbido de los que no cantaban y ya con nosotros no están, con permiso de Dios, tiene su melódico dominio...
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Disquisiciones sobre la vida doméstica
HIPOLITO, EL POLICIA DEL PUEBLO
Por Walter E. Pimienta Jiménez
El policía del pueblo se llama Hipólito. Hipólito sabe bien quién es el ladrón de gallinas que, habiendo tenido ya cuatro avisos de muerte de parte de él, sigue asolando por las noches los gallineros del vecindario pero no le arresta porque, el ratero del pueblo es una especie de símbolo municipal que tiene a su favor la profunda admiración y el respeto de quienes le reconocen la virtud y la eficiencia de saber entrar, calladamente, a los patios ajenos sin dejar huellas y cuando el dueño de las gallinas duerme a pierna suelta y su perro guardián, en su letargo, fantasea con carnosos y esperanzadores huesos de placer.
Hipólito, el policía del pueblo, hilando suposiciones, gastando ingenio e inteligencia, conoce como el que más al delincuente responsable de un hurto y lo mira con gafas oscuras y con ganas de torcerle la suerte y de echarle mano para llevárselo consigo en nombre de la ley y la justicia; pero éste -el ladrón- astuto como la zorra, adoptando siempre una pose de ministro honrado, parece decirle: -"Yo no me he robado nada"- y entonces, con el taco de la esplendidez en las manos, a tres bandas, hace en el billar unas carambolas de asombro y de hechizo que el mismo alguacil, sin poder creer en la evidencia y olvidando su misión, termina por aplaudir festivamente quedando así el delito impune y olvidado.
Hipólito, el policía del pueblo, con sólo mirarle a la cara, conoce al aprendiz de ladrón sin futuro, capaz de devolver lo robado antes del amanecer... y el pillo, no es que le tema a él y a su garrote sino a la rápida divulgación de la noticia y a las sospechas del alcalde que, enseguida, buscando la manera de dejar grabado su nombre para la posteridad y en los corazones de la gente, ordenará le erijan una estatua ecuestre en la plaza principal al haber ordenado contra éste le pongan preso porque..."el que manda, manda"...
Vive feliz el policía del pueblo cansado de hacer nada en un pueblo donde nunca pasa nada; pero sí pasa, y, dándose todo el tiempo del mundo, con su gorra sobre la cara, a la sombra de los almendros, agobiado por el calor de un agosto sin viento y una lluvia de mosquitos inmortales, duerme sentado en uno de los asientos del parque donde sueña, a lo mejor, con darle aprensión a los pistoleros que en la película de ayer en la noche, en el "Teatro Montecristo", asaltaron un banco.
Hay muy pocas cosas que salvaguardar en el pueblo y se dicen tan honradas y tan mansas sus gentes, que el policía del pueblo -pienso yo- olvidado por el mundo y con el destino equivocado, consumido por la peste de un sórdido aburrimiento, a veces pierde la noción del buen orden que deben guardar siempre quienes viven en sociedad y, confundido también en el conocimiento de lo útil que es su servicio, engalanado de autoridad y de charreteras, con la parsimonia de los que no hacen nada, busca en su cerebro la providencial respuesta que por fin le permita llenar el crucigrama de un periódico de hace tres años y que en su pregunta vertical número tres, con tres letras, así le interroga: "Arroyo que canta"... Y, él, en actitud reflexiva, piensa que el cura sabe la respuesta pero no va donde éste ni le consulta a fin de que el sugestivo enigma de palabras vuelva y le rete sin dejar de poner a prueba su talento.
En la cárcel del escarmiento, que de pura piedra fuera hecha para derrotar con ella el delito, Hipólito, el policía del pueblo, nunca ha puesto preso a nadie, y no es que aquí no haya gente capaz de quebrantar la ley y el orden después de las ocho de la noche y cuando todos dormimos, sino que lo hacen sin que nadie lo note, nadie lo escuche y nadie lo vea aunque todos lo noten, todos lo escuchen y todos lo vean; menos él, y entonces termina el delito al día siguiente convertido en un runrún de cocina y de esquina.
Hipólito, el policía del pueblo, en medio de un alboroto de perros y traspasando los límites reales de su valentía, acariciándole la cacha a su revólver, le conoce el negro rostro a la noche, a las sombras y a sus adversarios, los ladrones, y por eso éstos, sobrevivientes a su voz de "¡ Alto o disparo!..., sigilosos y con el corazón asustado, escapándoseles despavoridos por la primera esquina y tomándose el trabajo de no faltarle al respeto, hacen como que se van a sus casas y guindando sus hamacas se acuestan igual que él, pero ocurren tantas cosas malas mientras duerme el mundo que algún vivo despierto robó y arriba sólo lo supieron las estrellas...
Es inhumano el ladrón, gente de mala vida, y por eso roba...Y es humano Hipólito, el policía del pueblo y, por eso, gimiendo de desilusión, sin reprimirse y a pesar de ser de día, quitándose la camisa pero no las botas, en el sopor de un agosto sin viento, trata de dormir si lo dejan en paz los ladrones...y los mosquitos...
Ilustracion: Siegfried WOLDHEK - http://shop.woldhek.nl/welkom
