dimanche 4 avril 2010

Walter E. PIMIENTA JIMÉNEZ/Cuentos


Cuentos del escritor, periodista y educador, WALTER PIMIENTA JIMÉNEZ, oriundo del Municipio de Juan de Acosta (Colombia); tomado del libro en preparación “Cuentos cortos acerca de… Lo ni tan común ni tan corriente”

E-mail:
walter53pimienta@hotmail.com


EL HOMBRE QUE DETUVO EL TIEMPO
Por Walter E. Pimienta Jiménez

Una fotografía es lo más aproximado a la vida, cada gesto tuyo está ahí, cada expresión tuya está ahí…ella atesora momentos…

…Son verdaderas y valiosas “joyas de familiares recuerdos” las fotografías que nos sacaba “Cabica”, el fotógrafo del barrio. Tanto lo son que, largo tiempo después, navegando en las ciénagas del pasado, habiendo hecho él de su trabajo algo mágico y fantástico, al volverlas a ver, ponen a uno a encontrarse consigo mismo, como si las tales fotos, amarillentas ya por el paso de los años, nos dijeran que así, de cuerpo entero y alma éramos antes o en el ayer.

Nos vemos todos en tal grado abrumadoramente auténticos, reales y confrontados en las fotografías del fotógrafo del barrio que, él, de buen corazón, a los mal encarados y carentes de encanto, en recompensa, por lo menos les hizo la caridad de que salieran con cara de misioneros espantadores de demonios, y a los de rostros más llevaderos les puso algo de ángeles espontáneos e inocentes.

Juan Herrera, que así se llamaba el fotógrafo del barrio, no era de aquí, se hizo de aquí y como de aquí. Llegó en los años treinta -cuenta mi madre- encerrando en una cámara de caballete con manga de luto, el misterio artificioso de nuestro propio doble poniendo nosotros, delante del extraño armatoste, rostros risueños y ojos insulsos, dientes perfectos y brillantes, sospechosos gestos y hasta cara de pendejones con naturalidad.

Tienen las fotografías del fotógrafo del barrio, el encanto de la tristeza y de las cosas del pasado. Nuestra infancia, nuestra niñez, nuestra adolescencia, nuestra juventud y la vejez de los ancianos, por ejemplo, no se ha ido aún de las fotos que nos tomara el fotógrafo del barrio: Niños con aureola de tontos de capirote que hacen un esfuerzo increíble por reprimir sus lágrimas; muchachas y muchachos a quienes ya se les habían caído las alas de la inocencia por haber pecado con el pecado de la mano; mujeres abanicándose, de alto moño y buscando novio casual; abuelos y abuelas de mantilla y sombreros , conservando el dominio de su dignidad, con semblantes de hablar dormidos y en quienes se hace evidente que la dentadura postiza no les encajaba bien, posaron para él por turnos dando testimonio de otra época que está allí, archivada, reservándose siempre para la vejez.

“En ayunas no es bueno retratarse porque da fiebre y no sienta bien”, decía en ocasiones a sus clientes el fotógrafo del barrio para evitar demandas prematuras en tanto que, en otras, le advertía al fotografiado: “Ahora vete y en tres días no te bañes porque se daña” . Y ambas recomendaciones, con un “no hay inconveniente” se recibían justa y respetuosamente moviendo la cabeza como señal afirmativa.

Lento y sabio, como amansando el tiempo y diciendo a otro: “Por favor, no se mueva y sonría con ternura”, el fotógrafo del barrio, también de noche, y con un relámpago de fuego pero sin trueno ni lluvia, fotografió primeras comuniones y por igual a niños desnudos en su divina humanidad o a recién nacidos que en brazos de sus madres soñaban estar durmiendo aún en el vientre nutricio.

Nada es artificial en las fotos del fotógrafo del barrio; en ellas son gordas las abuelas sentadas en las poltronas de su alcurnia como en los tiempos de la abundancia; de criterio excesivo salían los abuelos; con vestidos de flores, las mujeres pidiendo amor sin medida y con caras de muñecas las niñas que parían ositos de felpa. Nada en las fotografías de “Cabica “ era ajeno a la familia: el intruso perro que se atravesó en el momento, la gallina inoportuna y sólo faltan en ellas - si se pudieran fotografiar- los apetitosos olores de las cocinas y la música impune de las lejanas bocinas.

…Son tan reales las fotografías de Juan Herrera que en ellas los enfermos salían enfermos (no como ahora maquillados y retocados), haciéndose dueños de una cara con fiebre y dolencias, y los tristes salían tristes acribillados por un rostro de pleito y cierto viento de desgracia… Son tan reales las fotografías de “Cabica” que en ellas los flacos salían flacos y bamboleándose en sus propios huesos y los mansos y felices salían sin que sus excesos de mansedumbre y felicidad les intoxicara y les hiciera daño…

Pero en “la hora una” de un día cualquiera, de una semana cualquiera, de un mes cualquiera y de un año cualquiera, como presintiendo el arribo del viento de su desgracia, vencido y envejecido y cuando ya en el barrio no quedó persona alguna que con él no se fotografiara, ofuscado de caminos, Juan Herrera se fue del barrio para siempre sin que nadie osara escudriñar en los pormenores de su arte y sin que ninguno de nosotros supiera cómo hacía para, con sus fotos, bíblicamente detener el tiempo…


***
IGUALITO
Por Walter E. Pimienta Jiménez

¿Será que conviene a veces mostrarnos como queremos ser vistos?

Benigno era el cazador que solía por costumbre no volver a su casa sin una buena pieza. Para eso tenía, además de una buena puntería, una eficiente escopeta de dos cañones que limpiaba y mantenía a la perfección pues, a la hora de poner el tiro donde ponía el ojo, nada más cercano a la verdad que verlo salir corriendo a cobrar un moribundo conejo o un venado con solo apretar el gatillo y… ¡Ya está!.

Por regla general, todo buen cazador es dueño de una excelente vista y un fino oído ¡Y hasta de un despierto olfato! ¡Y Benigno lo era! Tenía, también, a su haber hazañas que aún no se explican, como la vez en que, luego del disparo, cazó una venada sin siquiera herirla. Un solo y nefasto perdigón de los muchos que de su potente arma salieran en ráfaga, penetrándole preciso por el ano, le quitó la vida al animal que murió mirándolo con cara de asombro y como diciéndole: “¡Canalla, me diste por mala parte!”.

Cinco casas más abajo de la de Benigno, en un cuarto cerrado, esto se escucha:
- Te juro Carmelina que nunca más verán en este pueblo un tigre como éste.
- Da miedo verte, mijo. Pareces un tigre de verdad. Serás el mejor disfraz de este carnaval
- ¿Igualito a un tigre, mija? ¿Ni tan común ni tan corriente, verdad?
- Igualito, Juan. Igualito de la cabeza a la cola.
- ¡Y, mira, Carmelina, cómo salto! No siento ni el lumbago ni el dolor en la rodilla. ¡Mira qué energía! ¡ Y mira cómo rujo: graaaaaaaaauuuuuuu!
- Sí, Juan, igualito a un tigre de esos que salen en las películas de Tarzán ¡Quizás mejor! A cualquiera dejas sin habla y sin aliento del susto… Te ganarás el concurso… Caminas como tigre, miras como tigre, rujes como tigre, saltas como tigre ¡Y hasta hueles a tigre! ¿Qué te untaste? ¡Ni en el bosque hay uno como tú! Imposible que alguien no crea que eres tigre de verdad. Eres el más aterrador de los tigres. Te confieso, Juan, no pareces inventado… Lástima que hablas, abstente de hacerlo y solamente ruje para que convenzas a todos… Me gustas más de tigre que de Juan… Deberías quedarte así para siempre… Te confieso, me desconcierta tu belleza de tigre…
- ¿Igualito, mija?
- ¡Igualito, Juan! Convences… Convences… Le ganarás al murciélago, al burro, al perro, al toro y a la bestia energúmena que siempre gana, pero esta vez no… Eso sí, no hables… no hables… simplemente actúa como tigre y huele a tigre y convencerás al jurado; yo sé por qué te lo digo…
- ¿Igualito, Carmelina?
- ¡Igualito, Juan!
- ¡¡¡Abran, entonces, paso, camino al tigre!!! ¡¡¡ Ahí voy!!!

… Y el tigre salió a la calle. Ya no era Juan, el marido de Carmelina. Era un tigre de la cabeza a la cola y que tuvo, aquella mañana de carnaval, la mala ocurrencia de encontrarse con Benigno en su camino.