
Crítica de libros / Narrativa extranjera
Inaudita elegía cómica
Por Débora Vázquez
La vida en sordina
Por David Lodge
Anagrama
Trad.: Jaime Zulaika
354 Páginas
$ 120
La esforzada fajina del traductor es algo que nadie como un especialista en letras puede dimensionar.
Inaudita elegía cómica
Por Débora Vázquez
La vida en sordina
Por David Lodge
Anagrama
Trad.: Jaime Zulaika
354 Páginas
$ 120
La esforzada fajina del traductor es algo que nadie como un especialista en letras puede dimensionar.
Cuando da la casualidad de que el autor de una novela difícil de trasladar a otro idioma es también profesor de lengua y literatura, el acto de contrición se impone. David Lodge (Londres, 1935), que no reniega de su doble oficio ni esquiva la gentileza de un mea culpa, dedica La vida en sordina a quienes habrán de traicionarlo en pos de adaptar sus muy ingleses retruécanos. El título original ( Deaf Sentence ), sin ir más lejos, es un juego de palabras que se basa en la similitud entre "deaf" (sordera) y "death" (muerte) y que en castellano es literalmente intraducible.
La trama de La vida en sordina se gesta dentro de los límites de un diario íntimo. "Parece que esto se está convirtiendo en una especie de diario, o notas para una autobiografía, o quizá sólo en terapia ocupacional", declara Desmond Bates, protagonista de la novela y lingüista jubilado de su cátedra a causa de una irreversible pérdida gradual de audición. "La sordera, instrucciones de uso" hubiera sido un subtítulo viable para este volumen, suerte de compendio de las peripecias de un sordo en ciernes -tal el caso de Lodge- que ausculta con humor los vericuetos de su deficiencia. De ahí que cuestiones domésticas como la extenuante manipulación de los audífonos, el aprendizaje de la lectura de labios, las complicaciones a una reunión social convivan sin dificultad con el morboso y poco convencional interés de Bates por las biografías de sordos ilustres (Goya y Beethoven, entre otros) y una teoría propia que sostiene que la sordera es cómica y la ceguera, trágica. "Por ejemplo, Edipo: supongamos que en vez de haberle arrancado los ojos le hubieran reventado los tímpanos. En realidad habría sido más lógico, puesto que fue por medio de los oídos como conoció la atroz verdad de su pasado, pero no habría tenido el mismo efecto catártico."
Con la irrupción de Alex Bloom, una estadounidense mitómana que extorsiona al protagonista para que supervise su excéntrica tesis doctoral acerca de las notas suicidas, la rutina de Bates (desayuno en compañía de The Guardian y varias tazas de té, caminata hasta la universidad para recoger su correo, lectura desfasada del Times Literary Supplement en la sala de profesores, intercambio vespertino de chismes con su mujer) pierde pie y tambalea hasta casi el final de la novela.
Mientras tanto sobreviene ese gran calvario que representa para el narrador la Navidad ("Navidad, cómo la odio. Santa Claus de yeso, renos de plástico y regalos de dudosa utilidad y espantoso diseño, la mayoría fabricados en la China no cristiana") y, con ella, la toma de conciencia de que su padre de ochenta y nueve años ya no puede seguir viviendo solo. Luego arremete contra el Año Nuevo, otro festejo que Bates aborrece, más aún por tener que compartirlo con la socia de su mujer y su pareja en "esa versión moderna del infierno de Dante" que pueden resultar los spas en medio de la naturaleza.
En breve, ante el chantaje compulsivo de Alex Bloom, la apatía de su exitosa segunda mujer y la demencia senil de su padre, la invitación a Polonia para dar un seminario se presenta como un salvoconducto al que el ex académico se aferra sin titubear. Una vez allí, y motivado por una frase que pronuncia su hijo al despedirlo, se arma de coraje y visita Auschwitz. Este pasaje constituye un quiebre rotundo en la novela, no tanto por la descripción de los campos de exterminio sino por el modo en que el tono cómico -marca registrada del estilo de Lodge- se torna elegíaco. La proximidad del final del libro precipita los desenlaces: muere el padre, nace su primer nieto, se reconcilia con su mujer y la dulce rutina vuelve a amansar su vida. La desquiciada estadounidense, por cierto, esa esquirla de campus (personaje que parece importado de su trilogía de novelas universitarias: Intercambios, El mundo es un pañuelo, ¡Buen trabajo! ), capaz de estropear libros de la biblioteca marcándolos con un rotulador turquesa o esconder bombachas en el bolsillo del abrigo de su supervisor, desaparece con la misma arbitrariedad con que había prorrumpido.
Dado que la escritura del diario de Bates -narración sencilla, como la de la mayoría de los diarios, aunque con ciertas veleidades: alterna, por ejemplo, la primera y tercera persona- transcurre entre el 1 de noviembre de 2006 y el 8 de marzo del año siguiente, no es errado constatar que se está frente a una novela de invierno, de duelo, afín a los avatares que padece su héroe: pérdida de la audición, declinación de la vida laboral y sexual, imposibilidad de seguir siendo hijo, intuición de la muerte. Sin embargo, La vida en sordina no concluye con una nota oscura sino con el protagonista sentado en medio de un ecléctico grupo de aprendices de lectura de labios y una sentencia esperanzada que incita a pensar en el estudio como el más noble refugio, la auténtica redención.
Articulo:
http://www.lanacion.com.ar 05/06/2010La trama de La vida en sordina se gesta dentro de los límites de un diario íntimo. "Parece que esto se está convirtiendo en una especie de diario, o notas para una autobiografía, o quizá sólo en terapia ocupacional", declara Desmond Bates, protagonista de la novela y lingüista jubilado de su cátedra a causa de una irreversible pérdida gradual de audición. "La sordera, instrucciones de uso" hubiera sido un subtítulo viable para este volumen, suerte de compendio de las peripecias de un sordo en ciernes -tal el caso de Lodge- que ausculta con humor los vericuetos de su deficiencia. De ahí que cuestiones domésticas como la extenuante manipulación de los audífonos, el aprendizaje de la lectura de labios, las complicaciones a una reunión social convivan sin dificultad con el morboso y poco convencional interés de Bates por las biografías de sordos ilustres (Goya y Beethoven, entre otros) y una teoría propia que sostiene que la sordera es cómica y la ceguera, trágica. "Por ejemplo, Edipo: supongamos que en vez de haberle arrancado los ojos le hubieran reventado los tímpanos. En realidad habría sido más lógico, puesto que fue por medio de los oídos como conoció la atroz verdad de su pasado, pero no habría tenido el mismo efecto catártico."
Con la irrupción de Alex Bloom, una estadounidense mitómana que extorsiona al protagonista para que supervise su excéntrica tesis doctoral acerca de las notas suicidas, la rutina de Bates (desayuno en compañía de The Guardian y varias tazas de té, caminata hasta la universidad para recoger su correo, lectura desfasada del Times Literary Supplement en la sala de profesores, intercambio vespertino de chismes con su mujer) pierde pie y tambalea hasta casi el final de la novela.
Mientras tanto sobreviene ese gran calvario que representa para el narrador la Navidad ("Navidad, cómo la odio. Santa Claus de yeso, renos de plástico y regalos de dudosa utilidad y espantoso diseño, la mayoría fabricados en la China no cristiana") y, con ella, la toma de conciencia de que su padre de ochenta y nueve años ya no puede seguir viviendo solo. Luego arremete contra el Año Nuevo, otro festejo que Bates aborrece, más aún por tener que compartirlo con la socia de su mujer y su pareja en "esa versión moderna del infierno de Dante" que pueden resultar los spas en medio de la naturaleza.
En breve, ante el chantaje compulsivo de Alex Bloom, la apatía de su exitosa segunda mujer y la demencia senil de su padre, la invitación a Polonia para dar un seminario se presenta como un salvoconducto al que el ex académico se aferra sin titubear. Una vez allí, y motivado por una frase que pronuncia su hijo al despedirlo, se arma de coraje y visita Auschwitz. Este pasaje constituye un quiebre rotundo en la novela, no tanto por la descripción de los campos de exterminio sino por el modo en que el tono cómico -marca registrada del estilo de Lodge- se torna elegíaco. La proximidad del final del libro precipita los desenlaces: muere el padre, nace su primer nieto, se reconcilia con su mujer y la dulce rutina vuelve a amansar su vida. La desquiciada estadounidense, por cierto, esa esquirla de campus (personaje que parece importado de su trilogía de novelas universitarias: Intercambios, El mundo es un pañuelo, ¡Buen trabajo! ), capaz de estropear libros de la biblioteca marcándolos con un rotulador turquesa o esconder bombachas en el bolsillo del abrigo de su supervisor, desaparece con la misma arbitrariedad con que había prorrumpido.
Dado que la escritura del diario de Bates -narración sencilla, como la de la mayoría de los diarios, aunque con ciertas veleidades: alterna, por ejemplo, la primera y tercera persona- transcurre entre el 1 de noviembre de 2006 y el 8 de marzo del año siguiente, no es errado constatar que se está frente a una novela de invierno, de duelo, afín a los avatares que padece su héroe: pérdida de la audición, declinación de la vida laboral y sexual, imposibilidad de seguir siendo hijo, intuición de la muerte. Sin embargo, La vida en sordina no concluye con una nota oscura sino con el protagonista sentado en medio de un ecléctico grupo de aprendices de lectura de labios y una sentencia esperanzada que incita a pensar en el estudio como el más noble refugio, la auténtica redención.
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