
REPORTAJE: ESPECIAL FERIA DEL LIBRO DE MADRID
Reportaje Espejos de Sudáfrica
Por John CARLIN
El Mundial de fútbol en Sudáfrica se realizará en un país con una literatura tan extraordinaria como combativa, que cuenta con dos premios Nobel, Coetzee y Gordimer. La cita deportiva es, además, una oportunidad para descubrir un continente de gran variedad literaria.
La culpa es buena materia prima para un novelista. Como también lo son la traición, la identidad, el perdón, el odio y el choque de civilizaciones, temas que florecen en el paisaje sudafricano y han dado fruto literario abundante y de calidad, dos premios Nobel incluidos.
Ambos, Nadine Gordimer y J. M. Coetzee, han surgido del 15% de la población que es de raza blanca (actualmente unos seis millones de personas), igual que otros dos que han logrado un impacto global, André Brink y Alan Paton. Los escritores negros se han destacado más en la poesía que en la novela, y su obra pocas veces ha llegado más allá de las fronteras de su país. La explicación -o una de ellas- es sencilla. El apartheid, el sistema de discriminación racial más burdo del siglo XX, tuvo como objetivo exterminar la dignidad y la capacidad de competir en el mercado laboral de la mayoría negra. A los negros se les dio una educación escolar deliberadamente inferior a la de los blancos. La supervivencia fue el reto de la mayor parte de los sudafricanos negros; los más brillantes se dedicaron no a la introspección literaria, sino a la liberación política.
Para la casi totalidad de los blancos, que hasta la caída del apartheid en 1994 gozaron de quizá la mejor calidad de vida de cualquier sociedad del mundo, este no era mayor tema de preocupación. No se detuvieron a reflexionar sobre la espectacular injusticia sin la que su paraíso africano dejaría de existir. Pero hubo un sector que sí se enfrentó al dilema moral y tuvo la valentía de hacer elecciones difíciles, de cuestionar la tradición de racismo fácil y feliz heredado de sus padres, transmitido de generación en generación desde la llegada de los primeros colonos europeos en 1652. De este grupo, algunos se exiliaron en Inglaterra o Estados Unidos o Australia; algunos se incorporaron a la lucha contra el apartheid, sufriendo en muchos casos las brutales secuelas del aparato represivo estatal; algunos optaron por el periodismo militante o por ser abogados defensores de los derechos humanos; y unos pocos a escribir novelas.
"Nada de lo que escribo en mis ensayos o mis artículos dirá la verdad de la manera que lo hace mi ficción", explicó una vez Gordimer, nacida en 1923, autora de 13 novelas y ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1991. Dado que la ficción es un disfraz, "abarca todas aquellas cosas que uno no dice a otras personas..., siempre hay una especie de autocensura en la no ficción". Para Gordimer, el escritor es elegido por su tema, que es "la conciencia de la era en la que vive".
La era política en la que vivió Gordimer, y en la que hizo su mejor trabajo, se prestaba a la simpleza y claridad moral de una fábula. Una tiranía minoritaria que vivía en la abundancia oprimía a una mayoría negra que vivía en la miseria. El apartheid era el único sistema de gobierno del mundo sobre el que había consenso casi absoluto durante la guerra fría. Estados Unidos, la Unión Soviética, sus aliados y satélites concurrían con la declaración de Naciones Unidas que definía lo que estaba ocurriendo en Sudáfrica como "un crimen contra la humanidad". Las novelas de Gordimer (La hija de Burger, Un mundo de extraños, El conservador) contaban historias de amor y de familias conflictivas, pero el objetivo siempre era el mismo: la denuncia. La complejidad estaba en las historias humanas, pero en el tema de fondo no había claroscuros.
Lo mismo se puede decir de las obras de Alan Paton y André Brink. Cry the Beloved Country, de Paton, es seguramente la novela sudafricana más famosa. Cuando se publicó en 1948 se convirtió rápidamente en un best seller internacional. Cuatro años después se adaptó al cine, con el actor negro estadounidense Sidney Poitier interpretando el papel del protagonista, un cura negro que viaja del campo a Johanesburgo, sufre en carne propia, y al final perdona, las indignidades a las que le somete el hombre blanco.
André Brink fue el primer afrikáner (los afrikáneres eran la tribu dominante blanca durante el apartheid) cuyo trabajo, escrito en inglés no en afrikaans, fue proscrito por el Gobierno. Su mejor novela, A Dry White Season, se centra en la muerte de un activista negro tras su detención por la policía. Es una historia tremendamente impactante que despertó a muchos blancos sudafricanos de la dulce ignorancia. La película del libro que hizo Hollywood en 1989, con Marlon Brando y Donald Sutherland, fue prohibida en Sudáfrica.
Breyten Breytenbach -lírico, doloroso, a veces surreal- y Christopher Hope -que utilizó la comedia para satirizar a los gobernantes de su país- también forjaron sus reputaciones como novelistas sobre el yunque del apartheid. Ninguno de ellos logró mantener el mismo nivel, o tener el mismo impacto, una vez que el apartheid, con la llegada de Nelson Mandela a la presidencia en 1994, desapareció. El que sí ha sobrevivido al apartheid es el más grande de los escritores sudafricano, ganador del Premio Nobel en 2003, J. M. Coetzee.
La novela de Coetzee que más éxito internacional ha tenido es Desgracia, publicada en 1999, aunque la misma mirada fría, despiadadamente honesta, y la misma terrible economía en el uso de las palabras se ve en las novelas que escribió antes de la caída del apartheid. Obras maestras como Esperando a los bárbaros, Vida y época de Michael K. y La edad de hierro ya lo habían colocado, antes de la salida de Mandela de la cárcel en 1990, como uno de los cuatro o cinco grandes escritores en inglés contemporáneos. A diferencia de los otros escritores aquí mencionados, nunca se definió políticamente, nunca se presentó al público como un intelectual contra el racismo y nunca romantizó a ninguno de sus personajes, sean estos blancos o negros.
Coetzee opera en un frente donde se enfrentan la civilización y la barbarie. La prosa es tensa, pero el terreno es ambiguo y complejo. Examina la culpa y la identidad del individuo en un país fracturado, bañado de sangre, pero siempre quedan al final más preguntas que respuestas. No existe la ligereza en la obra de Coetzee. Uno no tiene oportunidad de sonreír, mucho menos reír, nunca. Su ficción se lee con los dientes apretados.
La mirada de Coetzee es implacablemente adusta. Desgracia ofrece una visión desesperanzada de la Sudáfrica pos-apartheid, en la que el conflicto racial no sólo sobrevive sino que se extiende, porque ahora los negros se desquitan, tras siglos de resentimiento. Algo de verdad hay en lo que percibe la angustiada sensibilidad de Coetzee, que en 2002 encontró la paz de las ovejas en su nuevo país de residencia, Australia; pero es la verdad del microscopio.
Sudáfrica es una sociedad dura, en la que perdura la desigualdad y ha brotado un fenómeno inimaginable hace apenas 20 años, el nuevo rico -craso, muchas veces corrupto- negro. Pero también posee una tremenda energía positiva, concepto ajeno a Coetzee que se empieza a vislumbrar en las novelas de dos de los más prometedores escritores actuales, Damon Galgut e Ivan Vladislavic. El gran éxito de ventas en Sudáfrica en este momento es Spud, una comedia hilarante del joven novelista John van de Ruit que contiene un mensaje impensable para Coetzee: que hoy el choque de razas y culturas en Sudáfrica provoca más risa que lágrimas; y que, pese a la lacerante historia reciente, Sudáfrica, en vísperas de la gran fiesta del Mundial de Fútbol, es un país en el que en el día a día los blancos y los negros se relacionan, en su abrumadora mayoría, con respeto y buen humor.
Articulo: http://www.elpais.com 05/06/2010
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REPORTAJE:
Mil voces
Por Miguel BAYÓN
La literatura africana refleja la diversidad y las tensiones entre la fe en el mañana y las oportunidades perdidas
El periodismo se parece a la vida en que generalizas para sortear problemas y, por generalizar, topas con más. Los medios hablan con toda impunidad de "África" o "África subsahariana", y resulta que hay mil Áfricas -Imaginar África. Los estereotipos occidentales sobre África y los africanos (Catarata), de Antoni Castel y José Carlos Sendín, editores-. No digamos en literatura. Para empezar, aún se trata de un continente donde la cultura oral tiene mucho que decir. Y si hablamos de escrituras, sólo académicamente es operativo clasificar África según la herencia idiomática (sean las lenguas coloniales o autóctonas) o incluso por Estados, ya que el Estado, y las fronteras, es sumamente artificial en un continente diverso y mestizo como ninguno -El pensamiento tradicional africano (Catarata), Ferran Iniesta-. En España, además, hay carencia de traductores literarios en suajili, kikongo o walof, por mencionar alguna lengua hablada por millones. Y la ignorancia es general sobre esas culturas: Casa África realiza una gran labor desde su sede en Las Palmas, pero casi desconocida fuera de ámbitos oficiales o universitarios. De alguna forma hay que orientarse, y pueden recomendarse ciertas sistematizaciones. Aunque hablemos de literatura, es clave conocer el contexto histórico de un África siempre silenciada o tergiversada: aún es válida la monumental Historia del África negra, del burkinés Joseph Ki-Zerbo (Alianza). El Cobre tiene una Historia de la literatura negroafricana. Una visión panorámica desde la francofonía, de la africanista belga Lilyan Kesteloot, que rechaza el acercamiento solo nacionalista. Y aunque su análisis se centra en lo francófono, aporta luz sobre nexos poco estudiados, como el existente entre el movimiento poético de la negritud y el surrealismo europeo. Muy útil es el Diccionario de literatura del África subsahariana, publicado por la asociación Translit. Las limitaciones de un artículo aconsejan una parcelación por temas.
Esclavitud, colonialismo. La trata de esclavos descuartizó el tejido social de África y grabó la experiencia de la crueldad en el ADN de sus gentes. Y tras la impunidad de traficantes árabes y europeos y de jefes locales cómplices, llegó el colonialismo, la maquinaria de la depredación. La literatura africana nunca podrá eludir esa memoria. Por lo que toca a España, Las tinieblas de tu memoria negra, de Donato Ndongo (El Cobre), pinta el alma de un niño guineano escindida entre la espiritualidad tradicional y una educación franquista en la que el himno Montañas nevadas se volvía Selvas tropicales, banderas al viento. Es libro con antecedentes ilustres como El fuego de los orígenes del congolés Emmanuel Dongala (Alcor) o Los soles de las independencias, del marfileño Ahmadou Kourouma (Alfaguara), que siempre satirizó la satrapía y corrupción que ha lastrado el África oficialmente libre: ejemplos, Alá no está obligado (Muchnik), Esperando el voto de las fieras (El Aleph) o Cuando uno rechaza dice no (Alpha Decay). La trata perpetrada por musulmanes es contada con gran pulso en Paraíso por el tanzano Abdulrazak Gurnah (Muchnik) y la vida de los colonos se refleja sobre todo en la narrativa en portugués: la saga familiar de El tiempo de los flamencos, del angoleño Pepetela (Texto Editores), o Nación criolla, de su compatriota José Eduardo Agualusa (Alianza), homenaje tropical a Eça de Queiroz. También convendría rescatar la guasa antiburocrática sobre la Angola posindependencia de Si pudiera ser una ola, de Manuel Rui (Seix Barral), historia de la crianza de un cerdo en una casa de vecinos de Luanda. Un escritor de peso político es el keniata Ngugi wa Thiong'o, cuyo Un grano de trigo (Ediciones Zanzíbar) denuncia la represión británica contra el Mau-Mau y no esconde los colaboracionismos y cuanto acarrea la putrefacción del sistema colonial.
Violencia. La violencia política o étnica es la imagen tópica que Occidente cultiva de África, como si África tuviera ese monopolio y los poderes del mercado occidental fuesen ajenos. Es importante ver cómo afrontan el tema los narradores africanos. Los nigerianos destacan: su país es un mosaico explosivo de petróleo -Nigeria. Las brechas de un petroestado (Catarata, Aloia Álvarez)-, choques religiosos, corrupción extrema, prensa plural, gente que lucha por la decencia. Tú di que eres uno de ellos (El Tercer Nombre), de Uwem Akpan, es un angustioso conjunto de relatos protagonizados por niños o adolescentes en diversas zonas de África (tremendo 'La habitación de mis padres', sobre el genocidio de Ruanda de 1994, o 'Coches fúnebres de lujo' sobre la limpieza étnico-religiosa en Nigeria). Desde luego es heredero del Nobel Wole Soyinka, sobre todo de La estación del caos (Alfaguara), feroz retratista de la anomia, y también del Chinua Achebe de Todo se desmorona (Bronce), análisis de la devastación de la cultura tribal. Ese mismo desgarro descrito con un delirio controlado por Ben Okri, que crea a un niño-espíritu, Azaro, para pintar una pesadilla de crueldad y privación en la gran trilogía compuesta por El camino hambriento, Canciones de encantamiento (ambas en La Otra Orilla) y Riquezas infinitas (El Cobre). Vocación de saga tiene Hijos del ancho mundo (Salamandra), de Abraham Verghese, indio nacido en Etiopía. Entre los cien universos de esta novela, está la objetiva crónica del derrocamiento del Negus y la posterior dictadura militar. Violencia, humor, conocimientos médicos, todo le vale a Verghese. Al sueco Henning Mankell se le conoce como padre del inspector Wallander, pero la mitad del año la pasa en Mozambique: en Maputo dirige un teatro de referencia, el Avenida. Comedia infantil (Tusquets) es una novela sobre niños de la calle mozambiqueños, cuyo estilo escueto redobla la eficacia; importante Moriré, pero mi memoria sobrevivirá (Tusquets), testimonio personal sobre el sida en Uganda y Mozambique, con prólogo de Desmond Tutu. La emigración es abordada como tema literario sobre todo por narradores de la otra África, árabe. El lector no deberá olvidar Época de migración al norte (Huerga / Fierro), del sudanés Táyeb Saleh, recientemente fallecido, que plasma la dureza del exilio económico y también la picaresca.
Mujeres. Quien pise África verá de inmediato que las mujeres son las víctimas y las salvadoras de todo. Innumerables las novelas que giran sobre sus vidas. Hay que citar obras imprescindibles que pueden abrir puertas a búsquedas posteriores. Pionera fue Jagua Nana (Alcor), publicada en 1961 por el nigeriano Cyprian Ekwensi, historia de una mujer que aprende a sobrevivir y medrar en un Lagos despiadado. Otro nigeriano, Ken Saro-Wiwa (ahorcado en 1995 por el régimen militar como opositor a los abusos de la Shell en el delta del Níger), en Historia de Lemona (Zanzíbar) da voz a una presa, que cuenta sus increíbles, tenaces peripecias para seguir viviendo con la frente alta. Hay una autora de referencia en protagonistas femeninos, la nigeriana Buchi Emecheta. Las delicias de la maternidad (Zanzíbar) arrastra -no paran de suceder cosas, nunca dejas de entender a cada personaje- el desquicie entre tradición y modernidad. Clave Kehinde (Bronce), mirada inédita de una mujer que debe volver de Londres a Lagos. Escritoras que iluminan la situación de las mujeres son las senegalesas Mariama Bâ (Mi carta más larga) y Ken Bugul (El baobab que enloqueció), en Ediciones Zanzíbar, donde también está un orientador estudio-antología, Otras mujeres, otras literaturas, coordinado por Inmaculada Díaz Carbona y Asunción Aragón.
Raíces y costumbres. Los escritores africanos huyen del folclorismo y del costumbrismo, porque están hartos del ensalzamiento eurocéntrico de un África llena de música, ritos y ocupaciones curiosas: esos aspectos aparecen en sus obras, pero contextualizados. Por ejemplo, la narrativa del mozambiqueño Mia Couto se basa en un personal realismo mágico: la última muestra, El otro pie de la sirena (El Cobre), donde el hallazgo de restos de un avión espía no tripulado da pie a una trama a caballo entre lo onírico y lo real. En terreno más legendario, Mi vida en la maleza de los fantasmas (Siruela), escrita en los años cincuenta por el nigeriano Amos Tutuola. O esa especie de Julio Caro Baroja, el maliense Amadou Hampaté Bâ, conocido por su frase: "En África, la muerte de un anciano es una biblioteca en llamas", un todoterreno del pensamiento, autor por ejemplo de Kaidara, cuento iniciático peule (Kairós) o Njeddo Dewal, madre de la calamidad (Zanzíbar), continuador de su maestro sufí Tierno Bokar, sobre cuya figura presentó en mayo en Madrid un montaje teatral Peter Brook. Costumbrismo trascendido a base de humor, El testamento del señor Napumoceno da Silva Araújo (Bronce) del caboverdiano Germano Almeida.
El hecho diferencial sudafricano. Sudáfrica tuvo el terrible hecho diferencial de la dictadura racista del apartheid y ahora respira el insólito ejemplo de democracia logrado por Nelson Mandela. Por mucho tiempo su literatura deberá ser leída a partir de ambos fenómenos. Sudáfrica, con Nigeria, es la potencia literaria del continente. No en vano el Premio Nobel ha recaído sobre dos sudafricanos, Nadine Gordimer y J. M. Coetzee. La riqueza narrativa de Sudáfrica la explica su gran cantera. El Cobre publica Trilogía de Z Town, y anteriormente Fruta amarga, de Achmat Dangor. La trilogía es una novela con tres capítulos que refleja como ninguna la vida en un barrio negro de Johanesburgo durante el apartheid, a través de historias de mujeres: "Un tiempo demacrado y leproso", donde cada personaje tiene sus razones, pero nada da igual éticamente.
Articulo: http://www.elpais.com 05/06/2010
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REPORTAJE:
La verdad de Coetzee
Por José María GUELBENZU
El Nobel sudafricano abre nuevos caminos literarios con la tercera parte de su autobiografía, Verano. Repasa su vida en los años setenta a través de unos pocos hechos cruciales
A partir de Elizabeth Costello, J. M. Coetzee entró en un territorio literario donde el juego ficción-realidad, preferentemente enmarcado en textos más o menos autobiográficos, supuso un cambio de rumbo en su narrativa, un cambio asumido con tanto espíritu como riesgo, que está dando como resultado obras que se adentran decididamente en la construcción de la novela del siglo XXI. Diario de un mal año era un texto a tres bandas que contenía un ejercicio de indagación en la senectud extremadamente inteligente gracias a esa simultaneidad de voces y actitudes (un viejo, una muchacha sensual y su novio) con la que establecía un expresivo ejercicio de perspectiva y autoanálisis. Con Infancia y Juventud entraba en una suerte de memorias sui géneris cuyo tercer capítulo, bajo el subtítulo de 'Escenas de una vida de provincias III', lo constituye este Verano que ahora comentamos. Todos estos libros han sido editados en España por Mondadori.
Infancia y Juventud son dos novelas autobiográficas escritas en tercera persona. Recogen dos etapas de la vida de un tal John Coetzee; la primera, su vida de niño en la región de Karoo, alejada de la civilización urbana; la segunda se sitúa en Londres, adonde un joven John Coetzee se traslada tras estudiar en la universidad de El Cabo. Verano, en cambio, toma otro tipo de distancia y de estructura; de hecho, viene antecedida por esa persona interpuesta que él utiliza para expresar sus ideas en Elizabeth Costello. El resultado es verdaderamente notable y, sobre todo, revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original que manifiesta a las claras su viveza de espíritu y su apuesta irreductible por la verdad literaria; lo que en los tiempos que corren resulta muy gratificante.
El libro está dividido en siete capítulos. Cinco de ellos se corresponden con personas que conocieron a John Coetzee, cuatro mujeres y un hombre. De las cuatro mujeres, al menos dos tuvieron una relación erótica con él. El quinto es un hombre al que conoció por coincidir con él en la antesala de una entrevista de trabajo y con quien entabló una cierta amistad. El texto está redactado en forma de entrevistas con esas cinco personas porque el artificio que usa el autor es el de crear un joven biógrafo inglés, Vincent, que está escribiendo un trabajo biográfico sobre el periodo que transcurre entre 1972 y 1975 de la vida de John Coetzee, célebre escritor galardonado con el Premio Nobel y fallecido en Australia. Las cinco entrevistas se abren y cierran con unos Cuadernos de Notas del propio John Coetzee correspondientes a esos años.
El artificio requiere confianza y pulso narrativo, pues se trata de crear a cinco personajes que, a su vez, deben de crear con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, un Coetzee que, de cara al exterior, fue un hombre retraído y alejado de los circuitos literarios. Si no olvidamos que, a fin de cuentas, el auténtico J. M. Coetzee (afortunadamente, aún vivo) está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde. Pero lo autobiográfico no debe hacernos olvidar lo literario: ¿han existido realmente esas personas o, por el contrario, son producto de su imaginación y lo único realmente comprobable es aquello que se refiere estrictamente a la vida de Coetzee y quizá no todo ello sino sólo parte? Y este es el momento de olvidar lo personal y entrar en lo literario: lo único que importa al lector, aparte de la natural curiosidad que suscita la historia, es que le están contando algo que ha de ser creíble; en este caso, creíble desde la ambigüedad de la propuesta. Y la realidad es que si consideramos estas memorias de una vida provinciana como una novela, estamos ante una novela sumamente inteligente que atrapa al lector por el camino de la imaginación, que es donde a fin de cuentas se sustancia la expresión de su autor.
La multiplicidad de voces consigue, entre otros efectos, el de crear un escenario, Sudáfrica, al que responden un conmovedor y hosco John Coetzee y su conmovedor y patético padre. Las voces establecen un paralelo natural entre su visión de Coetzee y su visión de la realidad sudafricana, lo que desemboca en la relación misma de Coetzee con su país y con su pasado. El juego es extraordinariamente complejo, sutil y de una gran riqueza de matices. La actitud ante el mundo de este hombre cerrado como una ostra se abre mágicamente ante los ojos del lector en lo que no es más que un duro y exigente ajuste de cuentas consigo mismo que, al preservar su voz -sólo aparece en los Cuadernos de Notas-, le permite exteriorizarlo sabiamente. Y detrás de todo está, a su vez, un tema eterno: la figura del artista.
Julia, su amante casada, que incluso aventura en un momento dado una interpretación de su obra en relación con él, está dispuesta a hablar de John, pero exige su cuota: hablar también de su propia vida. Margot, su prima, una figura del pasado en el presente actúa al revés: ella pregunta al biógrafo y este le va leyendo el texto que construyó con su testimonio. Adriana es un personaje fascinante que detesta a Coetzee y amplía el campo de visón, y Mario es una especie de sombra que se rozó con la de Coetzee: las que cuentan son las mujeres; el contraste entre esta y las otras voces es un acierto. Sophie, su otra amante, que es la que más habla de sus actitudes políticas y de su actitud ante la política, resume con una frase certera el espíritu del biografiado: "Para el fatalista, la historia es el destino".
Diría que el libro es deslumbrante si no fuera porque el deslumbramiento no deja ver y aquí, en cambio, lo que hacemos es, precisamente, ver. Léanlo como quieran ustedes, como cierto o como no cierto, pero léanlo; por su extrema inteligencia, por el derroche de talento, por su capacidad de convicción y por abrir nuevos caminos a la escritura narrativa. Por aquí sí se cuece el futuro de la novela.
Verano
J. M. Coetzee
Traducción de Jordi Fibla
Mondadori. Barcelona, 2010
272 páginas. 18,90 euros
Temps d'estiu
J. M. Coetzee
Traducción de Dolors Baliu
Edicions 62. Barcelona, 2010
244 páginas. 19,90 euros
Articulo: http://www.elpais.com 05/06/2010
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REPORTAJE: Deon Meyer
“La venganza solo lleva al caos y a la confusión”
Por Camilo SÁNCHEZ
El autor de novela negra publica El pico del diablo, sobre una serie de asesinatos de niños en la época posapartheid
“Hay temas del apartheid que todavía están vedados en Sudáfrica, el proceso de transición ha sido lento y lleno de particularidades. Los niveles de lectura son muy bajos y no se debaten temas espinosos como sucede ahora en España en relación con la Guerra Civil”. Lo dice el escritor Deon Meyer (Paarl, Sudáfrica, 1958), considerado uno de los mejores autores de novela negra en su país, que ha presentado en Madrid El pico del diablo (RBA). La idea surgió en 2005, cuando Meyer comenzó a hilar coincidencias entre algunos asesinatos de niños. Como buen reportero (trabajó algún tiempo en un diario local), se armó de una red de fuentes que incluía a detectives, policías retirados, trabajadoras sexuales y recortes de prensa. “Lo más complicado”, cuenta el autor, “fue convencer a los agentes de que se trataba del material para un texto de ficción y nada distinto que pudiera entorpecer sus investigaciones.
Todos los asesinatos estaban relacionados, al parecer, con una antigua creencia nativa de que las carencias o frustraciones sexuales de los agresores se corregirían violando a un menor. En cierto momento me encontré atrapado por el dilema de qué haría en caso de que alguien hiciera daño a alguno de mis cuatro hijos. Lo primero que todo el mundo piensa es en tomar represalias, yo también lo hice, pero puedo decir que el proceso de escritura de El pico del diablo me ha dado razones para concluir que la venganza sólo lleva al caos y a la confusión”, afirma el novelista. A través del personaje de Thobela Mpayipheli, guerrero Xhosa y ex agente de la KGB, que aparece también en su novela El corazón del cazador (RBA), Meyer elabora una crónica plagada de costuras y trampas que mantienen la atención del lector. La narración discurre en la etapa posterior al apartheid.
Su intención con la literatura, explica el autor, es sencillamente armar un buen relato y entretener. Lo demás son añadiduras. “Creo que en mis libros abordo aspectos de la realidad de mi país, pero es sólo un escenario que me sirve de fondo para estructurar una trama. En el proceso de escritura puedo decir que sí hay un proceso de cicatrización de ciertas heridas que deja el tiempo, pero únicamente a nivel individual. Ahora, si logro poner el foco sobre una injusticia, pues, francamente, mejor”. El tránsito hacia la reconciliación en Sudáfrica ha sido lento y marcado por las condiciones de una sociedad heterogénea y desigual. “Las razones de los brotes de violencia son las mismas que en cualquier lugar del mundo: falta de educación, la falta de oportunidades y la pobreza”, explica el autor. Las manos del novelista, rojas y cuarteadas, como de cazador avezado, se agitan para explicar por qué escribe en afrikaans, lengua hablada por los sudafricanos blancos, miembros de la tribu que dominó durante la mayor parte del siglo XX. “Escribo en afrikaans porque es mi lengua materna, una buena porción de la población la habla. Creo que se trata de una retribución a mi idioma natal y una forma de contribuir a preservarlo”.
El pico del diablo (RBA / La Magrana). Deon Meyer. Traducción de Alberto Coscarelli. RBA. Barcelona, 2010. 464 páginas. 19 euros.
Articulo: http://www.elpais.com 05/06/2010
Reportaje Espejos de Sudáfrica
Por John CARLIN
El Mundial de fútbol en Sudáfrica se realizará en un país con una literatura tan extraordinaria como combativa, que cuenta con dos premios Nobel, Coetzee y Gordimer. La cita deportiva es, además, una oportunidad para descubrir un continente de gran variedad literaria.
La culpa es buena materia prima para un novelista. Como también lo son la traición, la identidad, el perdón, el odio y el choque de civilizaciones, temas que florecen en el paisaje sudafricano y han dado fruto literario abundante y de calidad, dos premios Nobel incluidos.
Ambos, Nadine Gordimer y J. M. Coetzee, han surgido del 15% de la población que es de raza blanca (actualmente unos seis millones de personas), igual que otros dos que han logrado un impacto global, André Brink y Alan Paton. Los escritores negros se han destacado más en la poesía que en la novela, y su obra pocas veces ha llegado más allá de las fronteras de su país. La explicación -o una de ellas- es sencilla. El apartheid, el sistema de discriminación racial más burdo del siglo XX, tuvo como objetivo exterminar la dignidad y la capacidad de competir en el mercado laboral de la mayoría negra. A los negros se les dio una educación escolar deliberadamente inferior a la de los blancos. La supervivencia fue el reto de la mayor parte de los sudafricanos negros; los más brillantes se dedicaron no a la introspección literaria, sino a la liberación política.
Para la casi totalidad de los blancos, que hasta la caída del apartheid en 1994 gozaron de quizá la mejor calidad de vida de cualquier sociedad del mundo, este no era mayor tema de preocupación. No se detuvieron a reflexionar sobre la espectacular injusticia sin la que su paraíso africano dejaría de existir. Pero hubo un sector que sí se enfrentó al dilema moral y tuvo la valentía de hacer elecciones difíciles, de cuestionar la tradición de racismo fácil y feliz heredado de sus padres, transmitido de generación en generación desde la llegada de los primeros colonos europeos en 1652. De este grupo, algunos se exiliaron en Inglaterra o Estados Unidos o Australia; algunos se incorporaron a la lucha contra el apartheid, sufriendo en muchos casos las brutales secuelas del aparato represivo estatal; algunos optaron por el periodismo militante o por ser abogados defensores de los derechos humanos; y unos pocos a escribir novelas.
"Nada de lo que escribo en mis ensayos o mis artículos dirá la verdad de la manera que lo hace mi ficción", explicó una vez Gordimer, nacida en 1923, autora de 13 novelas y ganadora del Premio Nobel de Literatura en 1991. Dado que la ficción es un disfraz, "abarca todas aquellas cosas que uno no dice a otras personas..., siempre hay una especie de autocensura en la no ficción". Para Gordimer, el escritor es elegido por su tema, que es "la conciencia de la era en la que vive".
La era política en la que vivió Gordimer, y en la que hizo su mejor trabajo, se prestaba a la simpleza y claridad moral de una fábula. Una tiranía minoritaria que vivía en la abundancia oprimía a una mayoría negra que vivía en la miseria. El apartheid era el único sistema de gobierno del mundo sobre el que había consenso casi absoluto durante la guerra fría. Estados Unidos, la Unión Soviética, sus aliados y satélites concurrían con la declaración de Naciones Unidas que definía lo que estaba ocurriendo en Sudáfrica como "un crimen contra la humanidad". Las novelas de Gordimer (La hija de Burger, Un mundo de extraños, El conservador) contaban historias de amor y de familias conflictivas, pero el objetivo siempre era el mismo: la denuncia. La complejidad estaba en las historias humanas, pero en el tema de fondo no había claroscuros.
Lo mismo se puede decir de las obras de Alan Paton y André Brink. Cry the Beloved Country, de Paton, es seguramente la novela sudafricana más famosa. Cuando se publicó en 1948 se convirtió rápidamente en un best seller internacional. Cuatro años después se adaptó al cine, con el actor negro estadounidense Sidney Poitier interpretando el papel del protagonista, un cura negro que viaja del campo a Johanesburgo, sufre en carne propia, y al final perdona, las indignidades a las que le somete el hombre blanco.
André Brink fue el primer afrikáner (los afrikáneres eran la tribu dominante blanca durante el apartheid) cuyo trabajo, escrito en inglés no en afrikaans, fue proscrito por el Gobierno. Su mejor novela, A Dry White Season, se centra en la muerte de un activista negro tras su detención por la policía. Es una historia tremendamente impactante que despertó a muchos blancos sudafricanos de la dulce ignorancia. La película del libro que hizo Hollywood en 1989, con Marlon Brando y Donald Sutherland, fue prohibida en Sudáfrica.
Breyten Breytenbach -lírico, doloroso, a veces surreal- y Christopher Hope -que utilizó la comedia para satirizar a los gobernantes de su país- también forjaron sus reputaciones como novelistas sobre el yunque del apartheid. Ninguno de ellos logró mantener el mismo nivel, o tener el mismo impacto, una vez que el apartheid, con la llegada de Nelson Mandela a la presidencia en 1994, desapareció. El que sí ha sobrevivido al apartheid es el más grande de los escritores sudafricano, ganador del Premio Nobel en 2003, J. M. Coetzee.
La novela de Coetzee que más éxito internacional ha tenido es Desgracia, publicada en 1999, aunque la misma mirada fría, despiadadamente honesta, y la misma terrible economía en el uso de las palabras se ve en las novelas que escribió antes de la caída del apartheid. Obras maestras como Esperando a los bárbaros, Vida y época de Michael K. y La edad de hierro ya lo habían colocado, antes de la salida de Mandela de la cárcel en 1990, como uno de los cuatro o cinco grandes escritores en inglés contemporáneos. A diferencia de los otros escritores aquí mencionados, nunca se definió políticamente, nunca se presentó al público como un intelectual contra el racismo y nunca romantizó a ninguno de sus personajes, sean estos blancos o negros.
Coetzee opera en un frente donde se enfrentan la civilización y la barbarie. La prosa es tensa, pero el terreno es ambiguo y complejo. Examina la culpa y la identidad del individuo en un país fracturado, bañado de sangre, pero siempre quedan al final más preguntas que respuestas. No existe la ligereza en la obra de Coetzee. Uno no tiene oportunidad de sonreír, mucho menos reír, nunca. Su ficción se lee con los dientes apretados.
La mirada de Coetzee es implacablemente adusta. Desgracia ofrece una visión desesperanzada de la Sudáfrica pos-apartheid, en la que el conflicto racial no sólo sobrevive sino que se extiende, porque ahora los negros se desquitan, tras siglos de resentimiento. Algo de verdad hay en lo que percibe la angustiada sensibilidad de Coetzee, que en 2002 encontró la paz de las ovejas en su nuevo país de residencia, Australia; pero es la verdad del microscopio.
Sudáfrica es una sociedad dura, en la que perdura la desigualdad y ha brotado un fenómeno inimaginable hace apenas 20 años, el nuevo rico -craso, muchas veces corrupto- negro. Pero también posee una tremenda energía positiva, concepto ajeno a Coetzee que se empieza a vislumbrar en las novelas de dos de los más prometedores escritores actuales, Damon Galgut e Ivan Vladislavic. El gran éxito de ventas en Sudáfrica en este momento es Spud, una comedia hilarante del joven novelista John van de Ruit que contiene un mensaje impensable para Coetzee: que hoy el choque de razas y culturas en Sudáfrica provoca más risa que lágrimas; y que, pese a la lacerante historia reciente, Sudáfrica, en vísperas de la gran fiesta del Mundial de Fútbol, es un país en el que en el día a día los blancos y los negros se relacionan, en su abrumadora mayoría, con respeto y buen humor.
Articulo: http://www.elpais.com 05/06/2010
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REPORTAJE:
Mil voces
Por Miguel BAYÓN
La literatura africana refleja la diversidad y las tensiones entre la fe en el mañana y las oportunidades perdidas
El periodismo se parece a la vida en que generalizas para sortear problemas y, por generalizar, topas con más. Los medios hablan con toda impunidad de "África" o "África subsahariana", y resulta que hay mil Áfricas -Imaginar África. Los estereotipos occidentales sobre África y los africanos (Catarata), de Antoni Castel y José Carlos Sendín, editores-. No digamos en literatura. Para empezar, aún se trata de un continente donde la cultura oral tiene mucho que decir. Y si hablamos de escrituras, sólo académicamente es operativo clasificar África según la herencia idiomática (sean las lenguas coloniales o autóctonas) o incluso por Estados, ya que el Estado, y las fronteras, es sumamente artificial en un continente diverso y mestizo como ninguno -El pensamiento tradicional africano (Catarata), Ferran Iniesta-. En España, además, hay carencia de traductores literarios en suajili, kikongo o walof, por mencionar alguna lengua hablada por millones. Y la ignorancia es general sobre esas culturas: Casa África realiza una gran labor desde su sede en Las Palmas, pero casi desconocida fuera de ámbitos oficiales o universitarios. De alguna forma hay que orientarse, y pueden recomendarse ciertas sistematizaciones. Aunque hablemos de literatura, es clave conocer el contexto histórico de un África siempre silenciada o tergiversada: aún es válida la monumental Historia del África negra, del burkinés Joseph Ki-Zerbo (Alianza). El Cobre tiene una Historia de la literatura negroafricana. Una visión panorámica desde la francofonía, de la africanista belga Lilyan Kesteloot, que rechaza el acercamiento solo nacionalista. Y aunque su análisis se centra en lo francófono, aporta luz sobre nexos poco estudiados, como el existente entre el movimiento poético de la negritud y el surrealismo europeo. Muy útil es el Diccionario de literatura del África subsahariana, publicado por la asociación Translit. Las limitaciones de un artículo aconsejan una parcelación por temas.
Esclavitud, colonialismo. La trata de esclavos descuartizó el tejido social de África y grabó la experiencia de la crueldad en el ADN de sus gentes. Y tras la impunidad de traficantes árabes y europeos y de jefes locales cómplices, llegó el colonialismo, la maquinaria de la depredación. La literatura africana nunca podrá eludir esa memoria. Por lo que toca a España, Las tinieblas de tu memoria negra, de Donato Ndongo (El Cobre), pinta el alma de un niño guineano escindida entre la espiritualidad tradicional y una educación franquista en la que el himno Montañas nevadas se volvía Selvas tropicales, banderas al viento. Es libro con antecedentes ilustres como El fuego de los orígenes del congolés Emmanuel Dongala (Alcor) o Los soles de las independencias, del marfileño Ahmadou Kourouma (Alfaguara), que siempre satirizó la satrapía y corrupción que ha lastrado el África oficialmente libre: ejemplos, Alá no está obligado (Muchnik), Esperando el voto de las fieras (El Aleph) o Cuando uno rechaza dice no (Alpha Decay). La trata perpetrada por musulmanes es contada con gran pulso en Paraíso por el tanzano Abdulrazak Gurnah (Muchnik) y la vida de los colonos se refleja sobre todo en la narrativa en portugués: la saga familiar de El tiempo de los flamencos, del angoleño Pepetela (Texto Editores), o Nación criolla, de su compatriota José Eduardo Agualusa (Alianza), homenaje tropical a Eça de Queiroz. También convendría rescatar la guasa antiburocrática sobre la Angola posindependencia de Si pudiera ser una ola, de Manuel Rui (Seix Barral), historia de la crianza de un cerdo en una casa de vecinos de Luanda. Un escritor de peso político es el keniata Ngugi wa Thiong'o, cuyo Un grano de trigo (Ediciones Zanzíbar) denuncia la represión británica contra el Mau-Mau y no esconde los colaboracionismos y cuanto acarrea la putrefacción del sistema colonial.
Violencia. La violencia política o étnica es la imagen tópica que Occidente cultiva de África, como si África tuviera ese monopolio y los poderes del mercado occidental fuesen ajenos. Es importante ver cómo afrontan el tema los narradores africanos. Los nigerianos destacan: su país es un mosaico explosivo de petróleo -Nigeria. Las brechas de un petroestado (Catarata, Aloia Álvarez)-, choques religiosos, corrupción extrema, prensa plural, gente que lucha por la decencia. Tú di que eres uno de ellos (El Tercer Nombre), de Uwem Akpan, es un angustioso conjunto de relatos protagonizados por niños o adolescentes en diversas zonas de África (tremendo 'La habitación de mis padres', sobre el genocidio de Ruanda de 1994, o 'Coches fúnebres de lujo' sobre la limpieza étnico-religiosa en Nigeria). Desde luego es heredero del Nobel Wole Soyinka, sobre todo de La estación del caos (Alfaguara), feroz retratista de la anomia, y también del Chinua Achebe de Todo se desmorona (Bronce), análisis de la devastación de la cultura tribal. Ese mismo desgarro descrito con un delirio controlado por Ben Okri, que crea a un niño-espíritu, Azaro, para pintar una pesadilla de crueldad y privación en la gran trilogía compuesta por El camino hambriento, Canciones de encantamiento (ambas en La Otra Orilla) y Riquezas infinitas (El Cobre). Vocación de saga tiene Hijos del ancho mundo (Salamandra), de Abraham Verghese, indio nacido en Etiopía. Entre los cien universos de esta novela, está la objetiva crónica del derrocamiento del Negus y la posterior dictadura militar. Violencia, humor, conocimientos médicos, todo le vale a Verghese. Al sueco Henning Mankell se le conoce como padre del inspector Wallander, pero la mitad del año la pasa en Mozambique: en Maputo dirige un teatro de referencia, el Avenida. Comedia infantil (Tusquets) es una novela sobre niños de la calle mozambiqueños, cuyo estilo escueto redobla la eficacia; importante Moriré, pero mi memoria sobrevivirá (Tusquets), testimonio personal sobre el sida en Uganda y Mozambique, con prólogo de Desmond Tutu. La emigración es abordada como tema literario sobre todo por narradores de la otra África, árabe. El lector no deberá olvidar Época de migración al norte (Huerga / Fierro), del sudanés Táyeb Saleh, recientemente fallecido, que plasma la dureza del exilio económico y también la picaresca.
Mujeres. Quien pise África verá de inmediato que las mujeres son las víctimas y las salvadoras de todo. Innumerables las novelas que giran sobre sus vidas. Hay que citar obras imprescindibles que pueden abrir puertas a búsquedas posteriores. Pionera fue Jagua Nana (Alcor), publicada en 1961 por el nigeriano Cyprian Ekwensi, historia de una mujer que aprende a sobrevivir y medrar en un Lagos despiadado. Otro nigeriano, Ken Saro-Wiwa (ahorcado en 1995 por el régimen militar como opositor a los abusos de la Shell en el delta del Níger), en Historia de Lemona (Zanzíbar) da voz a una presa, que cuenta sus increíbles, tenaces peripecias para seguir viviendo con la frente alta. Hay una autora de referencia en protagonistas femeninos, la nigeriana Buchi Emecheta. Las delicias de la maternidad (Zanzíbar) arrastra -no paran de suceder cosas, nunca dejas de entender a cada personaje- el desquicie entre tradición y modernidad. Clave Kehinde (Bronce), mirada inédita de una mujer que debe volver de Londres a Lagos. Escritoras que iluminan la situación de las mujeres son las senegalesas Mariama Bâ (Mi carta más larga) y Ken Bugul (El baobab que enloqueció), en Ediciones Zanzíbar, donde también está un orientador estudio-antología, Otras mujeres, otras literaturas, coordinado por Inmaculada Díaz Carbona y Asunción Aragón.
Raíces y costumbres. Los escritores africanos huyen del folclorismo y del costumbrismo, porque están hartos del ensalzamiento eurocéntrico de un África llena de música, ritos y ocupaciones curiosas: esos aspectos aparecen en sus obras, pero contextualizados. Por ejemplo, la narrativa del mozambiqueño Mia Couto se basa en un personal realismo mágico: la última muestra, El otro pie de la sirena (El Cobre), donde el hallazgo de restos de un avión espía no tripulado da pie a una trama a caballo entre lo onírico y lo real. En terreno más legendario, Mi vida en la maleza de los fantasmas (Siruela), escrita en los años cincuenta por el nigeriano Amos Tutuola. O esa especie de Julio Caro Baroja, el maliense Amadou Hampaté Bâ, conocido por su frase: "En África, la muerte de un anciano es una biblioteca en llamas", un todoterreno del pensamiento, autor por ejemplo de Kaidara, cuento iniciático peule (Kairós) o Njeddo Dewal, madre de la calamidad (Zanzíbar), continuador de su maestro sufí Tierno Bokar, sobre cuya figura presentó en mayo en Madrid un montaje teatral Peter Brook. Costumbrismo trascendido a base de humor, El testamento del señor Napumoceno da Silva Araújo (Bronce) del caboverdiano Germano Almeida.
El hecho diferencial sudafricano. Sudáfrica tuvo el terrible hecho diferencial de la dictadura racista del apartheid y ahora respira el insólito ejemplo de democracia logrado por Nelson Mandela. Por mucho tiempo su literatura deberá ser leída a partir de ambos fenómenos. Sudáfrica, con Nigeria, es la potencia literaria del continente. No en vano el Premio Nobel ha recaído sobre dos sudafricanos, Nadine Gordimer y J. M. Coetzee. La riqueza narrativa de Sudáfrica la explica su gran cantera. El Cobre publica Trilogía de Z Town, y anteriormente Fruta amarga, de Achmat Dangor. La trilogía es una novela con tres capítulos que refleja como ninguna la vida en un barrio negro de Johanesburgo durante el apartheid, a través de historias de mujeres: "Un tiempo demacrado y leproso", donde cada personaje tiene sus razones, pero nada da igual éticamente.
Articulo: http://www.elpais.com 05/06/2010
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REPORTAJE:
La verdad de Coetzee
Por José María GUELBENZU
El Nobel sudafricano abre nuevos caminos literarios con la tercera parte de su autobiografía, Verano. Repasa su vida en los años setenta a través de unos pocos hechos cruciales
A partir de Elizabeth Costello, J. M. Coetzee entró en un territorio literario donde el juego ficción-realidad, preferentemente enmarcado en textos más o menos autobiográficos, supuso un cambio de rumbo en su narrativa, un cambio asumido con tanto espíritu como riesgo, que está dando como resultado obras que se adentran decididamente en la construcción de la novela del siglo XXI. Diario de un mal año era un texto a tres bandas que contenía un ejercicio de indagación en la senectud extremadamente inteligente gracias a esa simultaneidad de voces y actitudes (un viejo, una muchacha sensual y su novio) con la que establecía un expresivo ejercicio de perspectiva y autoanálisis. Con Infancia y Juventud entraba en una suerte de memorias sui géneris cuyo tercer capítulo, bajo el subtítulo de 'Escenas de una vida de provincias III', lo constituye este Verano que ahora comentamos. Todos estos libros han sido editados en España por Mondadori.
Infancia y Juventud son dos novelas autobiográficas escritas en tercera persona. Recogen dos etapas de la vida de un tal John Coetzee; la primera, su vida de niño en la región de Karoo, alejada de la civilización urbana; la segunda se sitúa en Londres, adonde un joven John Coetzee se traslada tras estudiar en la universidad de El Cabo. Verano, en cambio, toma otro tipo de distancia y de estructura; de hecho, viene antecedida por esa persona interpuesta que él utiliza para expresar sus ideas en Elizabeth Costello. El resultado es verdaderamente notable y, sobre todo, revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original que manifiesta a las claras su viveza de espíritu y su apuesta irreductible por la verdad literaria; lo que en los tiempos que corren resulta muy gratificante.
El libro está dividido en siete capítulos. Cinco de ellos se corresponden con personas que conocieron a John Coetzee, cuatro mujeres y un hombre. De las cuatro mujeres, al menos dos tuvieron una relación erótica con él. El quinto es un hombre al que conoció por coincidir con él en la antesala de una entrevista de trabajo y con quien entabló una cierta amistad. El texto está redactado en forma de entrevistas con esas cinco personas porque el artificio que usa el autor es el de crear un joven biógrafo inglés, Vincent, que está escribiendo un trabajo biográfico sobre el periodo que transcurre entre 1972 y 1975 de la vida de John Coetzee, célebre escritor galardonado con el Premio Nobel y fallecido en Australia. Las cinco entrevistas se abren y cierran con unos Cuadernos de Notas del propio John Coetzee correspondientes a esos años.
El artificio requiere confianza y pulso narrativo, pues se trata de crear a cinco personajes que, a su vez, deben de crear con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, un Coetzee que, de cara al exterior, fue un hombre retraído y alejado de los circuitos literarios. Si no olvidamos que, a fin de cuentas, el auténtico J. M. Coetzee (afortunadamente, aún vivo) está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde. Pero lo autobiográfico no debe hacernos olvidar lo literario: ¿han existido realmente esas personas o, por el contrario, son producto de su imaginación y lo único realmente comprobable es aquello que se refiere estrictamente a la vida de Coetzee y quizá no todo ello sino sólo parte? Y este es el momento de olvidar lo personal y entrar en lo literario: lo único que importa al lector, aparte de la natural curiosidad que suscita la historia, es que le están contando algo que ha de ser creíble; en este caso, creíble desde la ambigüedad de la propuesta. Y la realidad es que si consideramos estas memorias de una vida provinciana como una novela, estamos ante una novela sumamente inteligente que atrapa al lector por el camino de la imaginación, que es donde a fin de cuentas se sustancia la expresión de su autor.
La multiplicidad de voces consigue, entre otros efectos, el de crear un escenario, Sudáfrica, al que responden un conmovedor y hosco John Coetzee y su conmovedor y patético padre. Las voces establecen un paralelo natural entre su visión de Coetzee y su visión de la realidad sudafricana, lo que desemboca en la relación misma de Coetzee con su país y con su pasado. El juego es extraordinariamente complejo, sutil y de una gran riqueza de matices. La actitud ante el mundo de este hombre cerrado como una ostra se abre mágicamente ante los ojos del lector en lo que no es más que un duro y exigente ajuste de cuentas consigo mismo que, al preservar su voz -sólo aparece en los Cuadernos de Notas-, le permite exteriorizarlo sabiamente. Y detrás de todo está, a su vez, un tema eterno: la figura del artista.
Julia, su amante casada, que incluso aventura en un momento dado una interpretación de su obra en relación con él, está dispuesta a hablar de John, pero exige su cuota: hablar también de su propia vida. Margot, su prima, una figura del pasado en el presente actúa al revés: ella pregunta al biógrafo y este le va leyendo el texto que construyó con su testimonio. Adriana es un personaje fascinante que detesta a Coetzee y amplía el campo de visón, y Mario es una especie de sombra que se rozó con la de Coetzee: las que cuentan son las mujeres; el contraste entre esta y las otras voces es un acierto. Sophie, su otra amante, que es la que más habla de sus actitudes políticas y de su actitud ante la política, resume con una frase certera el espíritu del biografiado: "Para el fatalista, la historia es el destino".
Diría que el libro es deslumbrante si no fuera porque el deslumbramiento no deja ver y aquí, en cambio, lo que hacemos es, precisamente, ver. Léanlo como quieran ustedes, como cierto o como no cierto, pero léanlo; por su extrema inteligencia, por el derroche de talento, por su capacidad de convicción y por abrir nuevos caminos a la escritura narrativa. Por aquí sí se cuece el futuro de la novela.
Verano
J. M. Coetzee
Traducción de Jordi Fibla
Mondadori. Barcelona, 2010
272 páginas. 18,90 euros
Temps d'estiu
J. M. Coetzee
Traducción de Dolors Baliu
Edicions 62. Barcelona, 2010
244 páginas. 19,90 euros
Articulo: http://www.elpais.com 05/06/2010
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REPORTAJE: Deon Meyer
“La venganza solo lleva al caos y a la confusión”
Por Camilo SÁNCHEZ
El autor de novela negra publica El pico del diablo, sobre una serie de asesinatos de niños en la época posapartheid
“Hay temas del apartheid que todavía están vedados en Sudáfrica, el proceso de transición ha sido lento y lleno de particularidades. Los niveles de lectura son muy bajos y no se debaten temas espinosos como sucede ahora en España en relación con la Guerra Civil”. Lo dice el escritor Deon Meyer (Paarl, Sudáfrica, 1958), considerado uno de los mejores autores de novela negra en su país, que ha presentado en Madrid El pico del diablo (RBA). La idea surgió en 2005, cuando Meyer comenzó a hilar coincidencias entre algunos asesinatos de niños. Como buen reportero (trabajó algún tiempo en un diario local), se armó de una red de fuentes que incluía a detectives, policías retirados, trabajadoras sexuales y recortes de prensa. “Lo más complicado”, cuenta el autor, “fue convencer a los agentes de que se trataba del material para un texto de ficción y nada distinto que pudiera entorpecer sus investigaciones.
Todos los asesinatos estaban relacionados, al parecer, con una antigua creencia nativa de que las carencias o frustraciones sexuales de los agresores se corregirían violando a un menor. En cierto momento me encontré atrapado por el dilema de qué haría en caso de que alguien hiciera daño a alguno de mis cuatro hijos. Lo primero que todo el mundo piensa es en tomar represalias, yo también lo hice, pero puedo decir que el proceso de escritura de El pico del diablo me ha dado razones para concluir que la venganza sólo lleva al caos y a la confusión”, afirma el novelista. A través del personaje de Thobela Mpayipheli, guerrero Xhosa y ex agente de la KGB, que aparece también en su novela El corazón del cazador (RBA), Meyer elabora una crónica plagada de costuras y trampas que mantienen la atención del lector. La narración discurre en la etapa posterior al apartheid.
Su intención con la literatura, explica el autor, es sencillamente armar un buen relato y entretener. Lo demás son añadiduras. “Creo que en mis libros abordo aspectos de la realidad de mi país, pero es sólo un escenario que me sirve de fondo para estructurar una trama. En el proceso de escritura puedo decir que sí hay un proceso de cicatrización de ciertas heridas que deja el tiempo, pero únicamente a nivel individual. Ahora, si logro poner el foco sobre una injusticia, pues, francamente, mejor”. El tránsito hacia la reconciliación en Sudáfrica ha sido lento y marcado por las condiciones de una sociedad heterogénea y desigual. “Las razones de los brotes de violencia son las mismas que en cualquier lugar del mundo: falta de educación, la falta de oportunidades y la pobreza”, explica el autor. Las manos del novelista, rojas y cuarteadas, como de cazador avezado, se agitan para explicar por qué escribe en afrikaans, lengua hablada por los sudafricanos blancos, miembros de la tribu que dominó durante la mayor parte del siglo XX. “Escribo en afrikaans porque es mi lengua materna, una buena porción de la población la habla. Creo que se trata de una retribución a mi idioma natal y una forma de contribuir a preservarlo”.
El pico del diablo (RBA / La Magrana). Deon Meyer. Traducción de Alberto Coscarelli. RBA. Barcelona, 2010. 464 páginas. 19 euros.
Articulo: http://www.elpais.com 05/06/2010
