
150° Aniversario de su nacimiento El reverso del alma rusa:
Chéjov como narrador
Por Ignacio VALENTE
En la base del cuento moderno están dos narradores muy disímiles: Maupassant y Chéjov, tan francés el uno como ruso el otro hasta la médula. A pesar de su muerte temprana, a los 44 años, la huella de Chéjov se extiende hasta nuestro siglo. Historias como "El beso", "La dama del perrito" o la novela "El pabellón número 6" han marcado a varias generaciones de escritores.
Es curioso que cuando pensamos en el alma rusa (durante el siglo XIX) solemos evocar más bien el mundo de Dostoiewski y Tolstoi: las grandes humillaciones, el pathos violento, los amores inconmensurables, el horizonte épico, los anhelos mesiánicos. Pero con su contemporáneo Anton Chéjov, nacido hace 150 años, entramos en el otro lado, casi en el reverso del alma rusa: la exactitud triste de un paisaje otoñal -de la naturaleza y del corazón-; el ámbito realista donde, al decir de Gorki, "la mente del autor, como un sol de otoño, ilumina con despiadada claridad los destrozados caminos, las sucias calles donde se ahogan de aburrimiento y pereza unos seres pequeños y desgraciados, llenando sus casas de un insensato y somnoliento bullicio".
Lo que exaspera a Chéjov -con más melancolía que pasión o que amargura- es la necedad, la ignorancia, el tedio, los prejuicios y las máscaras de la vida provinciana o pueblerina -y a ratos también citadina- de las pequeñas gentes, con sus tragedias hechas de vulgaridad: en las antípodas de cualquier épica o mística.
Caracteres y atmósferas
Los cuentos de nuestro autor casi no tienen argumento. Da la impresión de que en ellos no sucede nada, y sin embargo el lector los sigue con alto interés. Anécdota hay, sí, pero incluso ella es muy leve. Resulta una proeza del narrador conseguir, sin ese apoyo mínimo, relatos tan substantivos y substanciales. ¿Qué hay en ellos, entonces?
Hay caracteres humanos. Con un estilo opaco y preciso, la mirada de Chéjov capta esos pequeños detalles psicológicos, esos gestos y maneras que definen a un ser humano mejor que muchas descripciones. Estos caracteres no proceden del campesinado (los mujiks) y rara vez de la nobleza: su ámbito -pueblerino- son los funcionarios medios, los comerciantes, las dueñas de casa, los profesores, los militares... Como personajes, ellos llevan consigo sus mundos domésticos, laborales, geopolíticos: las atmósferas, también captadas en forma sintética, con pinceladas veloces, a partir de la experiencia que tuvo de ellas el autor como médico rural.
Crítica de la vida
Una confesión suya del mayor interés: "Sigo sin tener posición política, religiosa o filosófica firme. Cambio todos los meses; por eso estoy obligado a contar cómo mis héroes aman, se casan, hacen hijos, hablan y mueren". De allí que no denuncie instituciones: su tono verbal no tiene nada de ideológico ni profético; su mirada es más profunda y existencial. La categoría que le corresponde en relación con la sociedad rusa es la de "crítica de la vida". Un objeto privilegiado de esta crítica es la máscara de la intelectualidad infatuada.
Me detendré en un par de botones de muestra, que además son de una particular calidad narrativa. La Olga Ivanov de "La cigarra" encarna el poder destructor de la pedantería, capaz de sacrificar los más altos compromisos, promesas y lealtades humanas por una ilusión de cultura superior y "elevada". Chéjov tiene un ojo infalible para detectar la vanidad de las pretensiones artísticas en quienes son meros aficionados sin talento (o incluso con él), que desprecian a quienes no se interesan -oh, pecado- por el Arte con mayúscula. Olga se mueve entre la mediocridad plástica y la musical; se cree artista, pero no lo es en absoluto. Su marido es un médico e investigador notable, un gran hombre enamorado de ella, ¡pero no un artista! Con mano maestra, y con una objetividad ajena a todo reproche, se nos traza la inexorable caída de Olga por los pasos del desdén conyugal, el capricho, la infidelidad, y por último la crueldad: el holocausto de su marido. Sin embargo, todos esos pasos llevan consigo cierta humanidad, vacilaciones, pequeñas redenciones: nada más lejos de Chéjov que moralizar.
(Que yo recuerde, una sola frase suya moralizante -y sabelotodo- he sorprendido en un relato suyo, "Enemigos": "Sus pensamientos eran injustos y cruelmente inhumanos". Y nada más, lo que contrasta con los hábitos narrativos de su época y de su país.)
El caso de "La princesa", como crítica de la vida, es análogo al anterior, sólo que se desarrolla en el plano moral y religioso. Pocas veces se ha revelado con tanta fuerza el desconocimiento de sí mismo: la espantable distancia entre lo que una persona cree ser y lo que es. Leyendo este cuento he recordado un paradigma anterior y otro posterior: el clérigo Collins de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, y la farisea, de la novela del mismo título, de François Mauriac. La princesa se cree buena, amable y religiosa, pero en su invulnerable ceguera no hace sino explotar y hacer sufrir, en lo material y en lo moral, a cuantos la rodean, y todo bajo capa de... ¡misericordia! Dicho así el caso, parecería prestarse a la sátira o a la diatriba, pero no en la pluma de Chéjov: aquí todo es humano y comprensible, y sólo en forma oblicua se revela el autoengaño de la protagonista: su ser y su parecer. Este retrato viene de una mano sutil.
La gran novela
Siento no poder referirme aquí sino a una sola novela, una gran novela de Chéjov: "Pabellón n. 6". De su lectura se cuenta que Lenin -¡Lenin!- se impresionaba hasta el sofoco, y necesitaba salir a respirar para continuarla: es terrible, pero -no hace falta decirlo- sutilmente terrible. En un manicomio un loco es tratado por un psiquiatra, que recibe de su paciente un impacto moral indeleble, porque éste es un ser superior: más culto, más sabio, más humano y más inteligente que el doctor. Con un tono opaco escalofriante se nos narra el proceso por el cual el médico, a fuerza de conversar y conversar con su paciente, sale de su mediocridad y abre los ojos a la vida, pero por eso mismo se crea fama de loco en el pequeño mundo provinciano, y termina... ¡recluido él mismo por sus colegas en el manicomio! Y sólo entonces toma conciencia del sufrimiento de sus nuevos compañeros, a quienes trató por años sin haberse asomado siquiera a su interioridad.
Como se ve, el autor prolonga aquí la misma crítica de las convenciones pueblerinas que hemos encontrado en sus relatos breves, sólo que con más anchas dimensiones formales y temáticas. Esta novela es tan lograda como los mejores cuentos y nouvelles de Anton Chéjov, lo que obviamente no es poco decir. Como maestro del cuento, nuestro autor ha dejado una larga y profunda huella a lo largo de todo el siglo XX y hasta nuestros días.
Pensamientos del doctor Chéjov
A las colecciones de relatos del autor ruso disponibles en el mercado -entre las que destacan las ediciones de Alianza, Pre-Textos, Lumen y Edhasa- se sumó hace un tiempo la espléndida biografía Anton Chéjov , de Natalia Ginzburg (Acantilado). Desde Argentina, llega ahora un interesante Cuaderno de notas editado por La compañía de los Libros, con traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela y una introducción de Vlady Kociancich, dos reconocidos escritores trasandinos.
No se trata, en rigor, de un diario íntimo ni homogéneo, sino de una antología realizada a partir de varios cuadernos de trabajo que Chéjov escribió entre 1891 y 1904. La traducción es del francés, pero fue revisada de acuerdo con el original en ruso, lo que, en teoría, hace más confiable la edición. Cuaderno de notas contiene esquemas de historias, bocetos de personajes, ácidos comentarios sobre la sociedad de su país, listas de libros, cuentas de gastos e incluso recetas médicas, además de lacónicos apuntes de sus viajes por Europa ("14 de septiembre. Bayonne. Gran Carrera de la Costa. Vacas").
Sin embargo, son aquellos textos cercanos al aforismo los que mejor reflejan su impresionante capacidad de observación y la exactitud matemática con la que emplea la ironía. "Un hombre sin bigote es como una mujer con bigote", suena casi como un teorema. "No es el número de enfermedades nerviosas o de enfermos mentales lo que ha aumentado, sino el de los médicos capaces de percibirlas", escribe en otra parte el doctor Chéjov. Definitivamente, el cuentista no sentía un gran respeto por la formación académica: "La universidad desarrolla todas nuestras capacidades, incluso la idiotez".
El machismo de varias frases puede hoy resultar ofensivo, aunque en favor de Chéjov cabe suponer que no representan necesariamente el pensamiento del autor, sino de sus creaturas de ficción. De esta forma, se puede sonreír sin culpa cuando leemos: "Ariana habla perfectamente tres idiomas. Las mujeres asimilan rápidamente las lenguas: hay mucho espacio vacío en sus cabezas". Provocación equivalente a: "Es necesario educar a una mujer de modo que sepa reconocer sus errores; de otro modo, siempre creerá tener razón".
Pero no todo es humor. Conmueve hallar atisbos de convicciones profundas ("La fe sólo es accesible a los organismos superiores"), aledañas, en el libro, a temores existenciales: "La muerte nos causa espanto. Pero sería aun más espantoso saber que viviremos eternamente, sin morir una vez sola", anota este autor que falleció de tuberculosis a los 44 años, convencido de que su fama no sería perdurable.
Articulo: http://diario.elmercurio.com 05/06/2010
Chéjov como narrador
Por Ignacio VALENTE
En la base del cuento moderno están dos narradores muy disímiles: Maupassant y Chéjov, tan francés el uno como ruso el otro hasta la médula. A pesar de su muerte temprana, a los 44 años, la huella de Chéjov se extiende hasta nuestro siglo. Historias como "El beso", "La dama del perrito" o la novela "El pabellón número 6" han marcado a varias generaciones de escritores.
Es curioso que cuando pensamos en el alma rusa (durante el siglo XIX) solemos evocar más bien el mundo de Dostoiewski y Tolstoi: las grandes humillaciones, el pathos violento, los amores inconmensurables, el horizonte épico, los anhelos mesiánicos. Pero con su contemporáneo Anton Chéjov, nacido hace 150 años, entramos en el otro lado, casi en el reverso del alma rusa: la exactitud triste de un paisaje otoñal -de la naturaleza y del corazón-; el ámbito realista donde, al decir de Gorki, "la mente del autor, como un sol de otoño, ilumina con despiadada claridad los destrozados caminos, las sucias calles donde se ahogan de aburrimiento y pereza unos seres pequeños y desgraciados, llenando sus casas de un insensato y somnoliento bullicio".
Lo que exaspera a Chéjov -con más melancolía que pasión o que amargura- es la necedad, la ignorancia, el tedio, los prejuicios y las máscaras de la vida provinciana o pueblerina -y a ratos también citadina- de las pequeñas gentes, con sus tragedias hechas de vulgaridad: en las antípodas de cualquier épica o mística.
Caracteres y atmósferas
Los cuentos de nuestro autor casi no tienen argumento. Da la impresión de que en ellos no sucede nada, y sin embargo el lector los sigue con alto interés. Anécdota hay, sí, pero incluso ella es muy leve. Resulta una proeza del narrador conseguir, sin ese apoyo mínimo, relatos tan substantivos y substanciales. ¿Qué hay en ellos, entonces?
Hay caracteres humanos. Con un estilo opaco y preciso, la mirada de Chéjov capta esos pequeños detalles psicológicos, esos gestos y maneras que definen a un ser humano mejor que muchas descripciones. Estos caracteres no proceden del campesinado (los mujiks) y rara vez de la nobleza: su ámbito -pueblerino- son los funcionarios medios, los comerciantes, las dueñas de casa, los profesores, los militares... Como personajes, ellos llevan consigo sus mundos domésticos, laborales, geopolíticos: las atmósferas, también captadas en forma sintética, con pinceladas veloces, a partir de la experiencia que tuvo de ellas el autor como médico rural.
Crítica de la vida
Una confesión suya del mayor interés: "Sigo sin tener posición política, religiosa o filosófica firme. Cambio todos los meses; por eso estoy obligado a contar cómo mis héroes aman, se casan, hacen hijos, hablan y mueren". De allí que no denuncie instituciones: su tono verbal no tiene nada de ideológico ni profético; su mirada es más profunda y existencial. La categoría que le corresponde en relación con la sociedad rusa es la de "crítica de la vida". Un objeto privilegiado de esta crítica es la máscara de la intelectualidad infatuada.
Me detendré en un par de botones de muestra, que además son de una particular calidad narrativa. La Olga Ivanov de "La cigarra" encarna el poder destructor de la pedantería, capaz de sacrificar los más altos compromisos, promesas y lealtades humanas por una ilusión de cultura superior y "elevada". Chéjov tiene un ojo infalible para detectar la vanidad de las pretensiones artísticas en quienes son meros aficionados sin talento (o incluso con él), que desprecian a quienes no se interesan -oh, pecado- por el Arte con mayúscula. Olga se mueve entre la mediocridad plástica y la musical; se cree artista, pero no lo es en absoluto. Su marido es un médico e investigador notable, un gran hombre enamorado de ella, ¡pero no un artista! Con mano maestra, y con una objetividad ajena a todo reproche, se nos traza la inexorable caída de Olga por los pasos del desdén conyugal, el capricho, la infidelidad, y por último la crueldad: el holocausto de su marido. Sin embargo, todos esos pasos llevan consigo cierta humanidad, vacilaciones, pequeñas redenciones: nada más lejos de Chéjov que moralizar.
(Que yo recuerde, una sola frase suya moralizante -y sabelotodo- he sorprendido en un relato suyo, "Enemigos": "Sus pensamientos eran injustos y cruelmente inhumanos". Y nada más, lo que contrasta con los hábitos narrativos de su época y de su país.)
El caso de "La princesa", como crítica de la vida, es análogo al anterior, sólo que se desarrolla en el plano moral y religioso. Pocas veces se ha revelado con tanta fuerza el desconocimiento de sí mismo: la espantable distancia entre lo que una persona cree ser y lo que es. Leyendo este cuento he recordado un paradigma anterior y otro posterior: el clérigo Collins de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, y la farisea, de la novela del mismo título, de François Mauriac. La princesa se cree buena, amable y religiosa, pero en su invulnerable ceguera no hace sino explotar y hacer sufrir, en lo material y en lo moral, a cuantos la rodean, y todo bajo capa de... ¡misericordia! Dicho así el caso, parecería prestarse a la sátira o a la diatriba, pero no en la pluma de Chéjov: aquí todo es humano y comprensible, y sólo en forma oblicua se revela el autoengaño de la protagonista: su ser y su parecer. Este retrato viene de una mano sutil.
La gran novela
Siento no poder referirme aquí sino a una sola novela, una gran novela de Chéjov: "Pabellón n. 6". De su lectura se cuenta que Lenin -¡Lenin!- se impresionaba hasta el sofoco, y necesitaba salir a respirar para continuarla: es terrible, pero -no hace falta decirlo- sutilmente terrible. En un manicomio un loco es tratado por un psiquiatra, que recibe de su paciente un impacto moral indeleble, porque éste es un ser superior: más culto, más sabio, más humano y más inteligente que el doctor. Con un tono opaco escalofriante se nos narra el proceso por el cual el médico, a fuerza de conversar y conversar con su paciente, sale de su mediocridad y abre los ojos a la vida, pero por eso mismo se crea fama de loco en el pequeño mundo provinciano, y termina... ¡recluido él mismo por sus colegas en el manicomio! Y sólo entonces toma conciencia del sufrimiento de sus nuevos compañeros, a quienes trató por años sin haberse asomado siquiera a su interioridad.
Como se ve, el autor prolonga aquí la misma crítica de las convenciones pueblerinas que hemos encontrado en sus relatos breves, sólo que con más anchas dimensiones formales y temáticas. Esta novela es tan lograda como los mejores cuentos y nouvelles de Anton Chéjov, lo que obviamente no es poco decir. Como maestro del cuento, nuestro autor ha dejado una larga y profunda huella a lo largo de todo el siglo XX y hasta nuestros días.
Pensamientos del doctor Chéjov
A las colecciones de relatos del autor ruso disponibles en el mercado -entre las que destacan las ediciones de Alianza, Pre-Textos, Lumen y Edhasa- se sumó hace un tiempo la espléndida biografía Anton Chéjov , de Natalia Ginzburg (Acantilado). Desde Argentina, llega ahora un interesante Cuaderno de notas editado por La compañía de los Libros, con traducción y posfacio de Leopoldo Brizuela y una introducción de Vlady Kociancich, dos reconocidos escritores trasandinos.
No se trata, en rigor, de un diario íntimo ni homogéneo, sino de una antología realizada a partir de varios cuadernos de trabajo que Chéjov escribió entre 1891 y 1904. La traducción es del francés, pero fue revisada de acuerdo con el original en ruso, lo que, en teoría, hace más confiable la edición. Cuaderno de notas contiene esquemas de historias, bocetos de personajes, ácidos comentarios sobre la sociedad de su país, listas de libros, cuentas de gastos e incluso recetas médicas, además de lacónicos apuntes de sus viajes por Europa ("14 de septiembre. Bayonne. Gran Carrera de la Costa. Vacas").
Sin embargo, son aquellos textos cercanos al aforismo los que mejor reflejan su impresionante capacidad de observación y la exactitud matemática con la que emplea la ironía. "Un hombre sin bigote es como una mujer con bigote", suena casi como un teorema. "No es el número de enfermedades nerviosas o de enfermos mentales lo que ha aumentado, sino el de los médicos capaces de percibirlas", escribe en otra parte el doctor Chéjov. Definitivamente, el cuentista no sentía un gran respeto por la formación académica: "La universidad desarrolla todas nuestras capacidades, incluso la idiotez".
El machismo de varias frases puede hoy resultar ofensivo, aunque en favor de Chéjov cabe suponer que no representan necesariamente el pensamiento del autor, sino de sus creaturas de ficción. De esta forma, se puede sonreír sin culpa cuando leemos: "Ariana habla perfectamente tres idiomas. Las mujeres asimilan rápidamente las lenguas: hay mucho espacio vacío en sus cabezas". Provocación equivalente a: "Es necesario educar a una mujer de modo que sepa reconocer sus errores; de otro modo, siempre creerá tener razón".
Pero no todo es humor. Conmueve hallar atisbos de convicciones profundas ("La fe sólo es accesible a los organismos superiores"), aledañas, en el libro, a temores existenciales: "La muerte nos causa espanto. Pero sería aun más espantoso saber que viviremos eternamente, sin morir una vez sola", anota este autor que falleció de tuberculosis a los 44 años, convencido de que su fama no sería perdurable.
Articulo: http://diario.elmercurio.com 05/06/2010
