dimanche 6 juin 2010

Jesús PALACIOS/ Monstruos para el siglo XXI


Monstruos para el siglo XXI
Feria del Libro
Por Jesús PALACIOS

Uno diría que en pleno siglo XXI, en la sociedad más tecnológica y científicamente avanzada de la Historia, los monstruos sobrenaturales, representación arquetípica del miedo a lo desconocido, deberían estar en retroceso. Sin embargo, la literatura y el mundo editorial están hoy volcados en las hazañas de vampiros, zombis y licántropos. Jesús Palacios, autor de La plaga de los zombies (Valdemar), se asoma al Lado Oscuro y estudia el éxito y la evolución del género.

Nada como pasear estos días por la Feria del Libro de Madrid para confirmar cómo, desde los adolescentes a los eruditos más exigentes, todos encuentran en los monstruos del legado gótico algo fascinante, que ofrece a cada cuál la respuesta justa a lo que busca, sea lo que sea. Pero los monstruos han debido aprender a adaptarse. Mutar, como cualquier otra especie, natural o sobrenatural, para sobrevivir en la cadena evolutiva. Cadena en la que los zombies parecen erigirse hoy como absolutos triunfadores. Si de dar miedo hablamos, son ellos quienes han desbancado a vampiros, hombres-lobo, espectros y fantasmas. Aunque para ello, han tenido que pasar de criaturas del folclore afroamericano, nativas del trágico Haití -país de los muertos vivientes en sentido demasiado literal-, a mutantes de ciencia ficción, producto de pandemias posmodernas, que basan su poder asustante en su realismo y absoluta carencia de sentimientos. Maquinas de matar y devorar, surgidas del celuloide gracias al clásico de Romero La noche de los muertos vivientes (1968), los zombies protagonizan antologías fundamentales como El libro de los muertos (Ultramar, 1990), de Skipp y Spector, que lo empezó todo, o la más reciente Zombies (Minotauro) de John Joseph Adams, en la que colaboran autores como King, Barker, Poppy Z. Brite, George R. R. Martin…

El triunfo de los zombies pasa, claro, por el hecho de que los vampiros, la aristocracia del género, se han fugado del puro horror a la fantasía romántica, de tintes a veces más rosas que negros. Gracias al impulso de Anne Rice y sus Crónicas Vampíricas, hoy los no-muertos son más galanes de la noche que monstruos, superhéroes en lugar de criaturas infernales. El éxito de Crepúsculo y sus imitaciones, no impide, sin embargo, que existan aceptables versiones modernas del vampiro, que juegan eficazmente con su carácter romántico a la vez que terrorífico. Las novelas de Laurel K. Hamilton protagonizadas por Anita Blake, Cazavampiros (Gigamesh), las de Charlaine Harris dedicadas a Sookie Stockhouse (La Factoría de Ideas), origen de la serie televisiva True Blood, o el fascinante Acero (Valdemar/EsPop) de Todd Grimson, son buenos ejemplos. Afortunadamente, las mejores editoriales tratan de mantener vivo al vampiro clásico para las nuevas generaciones góticas, con antologías tan encomiables como El vampiro (Atalanta, edición de Jacobo Siruela) o Vampiras (Valdemar).

Clásicos y modernos, románticos y descarnados, oscuros y brillantes, los monstruos siguen triunfando, haciendo del género humano su víctima propiciatoria. Están en todas partes: en la novela infantil y juvenil, en la erótica, en el pastiche, en el best-seller… Hasta en la literatura española. Clara Tahoces gana el premio Minotauro en 2007 con Gothika, una novela de vampiros. Dolmen dedica toda una línea editorial a novelas zombi nacionales, con éxitos de venta como Apocalipsis Z de Manuel Loureiro. Fernando Marías dirige la colección Ternura para los monstruos (451 Editores), donde autores como Martín Garzo, Paula Izquierdo, Raúl Guerra Garrido o Irene Gracia, entre otros, dan sus peculiares visiones de Drácula, Frankenstein, el Hombre-Lobo, etc. Los fantasmas del Golem y Frankenstein acechan en obras como Juanelo o el hombre nuevo (Alfaguara) de Jesús Ferrero o las Memorias de un Hombre de Palo (Suma) de Antonio Lázaro, etc.

¿Es posible que a pesar de que fechas como 1984, 1999 o 2001 han pasado ya de largo sin que distopías orwellians, catástrofes a lo Nostradamus o monolitos alienígenas se hayan realizado, el mundo siga necesitando de monstruos tanto como en la neblinosa Era Victoriana o en la oscuridad de la caverna prehistórica y platónica? ¿Somos seres eternamente supersticiosos, ansiosos de encarnar miedos y pesadillas en criaturas de nuestra imaginación que, sin embargo, cobran vida propia, escapando para acosarnos con nuestra complicidad masoquista? Quizá la respuesta sea muy simple: nosotros somos ellos y ellos son nosotros. Sin los monstruos, eternos y eternamente nuevos siempre, no seríamos tan siquiera humanos.

Articulo:
http://www.elcultural.es 05/06/2010