Breviario
Y Hahn se aburrió...
Por Andrea Palet
La poesía ocupa un lugar destacado en el vasto mundo de mi ignorancia. La he leído poco, despreciado mucho, comprendido menos. Así, ante la aparición de las obras selectas del poeta chileno Oscar Hahn tengo muy poco que decir, salvo explicar por qué tengo todos sus libros, por qué los he releído y por qué les tengo tanto cariño.
1. No sé qué herida o circunstancia lo explique, pero me incluyo entre los mancos de espíritu que son incapaces de sentirse traspasados por lo sublime. En una misa solemne me distraigo mirando las suelas de los zapatos de los genuflexos; en la ópera más dramática suelo estar pendiente del foso, por si a la violinista pechugona se le desliza el escote o bien una mirada de odio hacia su padre, el primer violín. Si la poesía no tiene una historia, un dejo de ironía, una vuelta de tuerca, un retruécano humorístico, una alusión cotidiana, me quedo afuera. Y en Hahn, al lado de versos arcaizantes como “¿Qué es el hombre para que de él tengáis memoria?/ Para que de ella tengáis olvidos, ¿qué es la muerte?/ ¿Los dioses qué son para que de ellos tengáis angustias?...”, hay otros como: “Así que estaban tomándose un café/ y conversando solamente/ sóplame este ojo/ y ahora sóplame este otro/ para que se me vuelen los dos/ y no te vuelva a ver nunca más”.
2. Conocí a Hahn hace años, almorcé con él y su buen talante, su pinta de sencillo leñador de Oregon —con camisa escocesa— me dejó una impresión inmejorable. Fue durante algún curso de verano de una universidad madrileña, y yo acompañaba a una aragonesa coquetísima que se pasó todo el almuerzo batiendo sus pestañas como mariposas y volviendo loco al cuarto comensal, encargándome a mí que divirtiera a Hahn. El pobre poeta leñador debe haberse aburrido como ostra, pero fue tan caballero como para disimularlo.
3. El volumen que se publica ahora incluye lo mejor de la obra poética de Hahn, pero también entretenidas crónicas y textos sueltos que recuerdo haber oído citar muchas veces, como aquellos en que este muy distraído iquiqueño residente en Iowa relata cómo se pasó horas conversando y tomando con “Misha”, o “Ray”, sin darse cuenta hasta mucho más tarde de que había tenido delante a sus admirados Raymond Carver y Mircea Eliade. O aquel en que describe una masacre en la Universidad de Iowa, cuando Lu Gang, un postgraduado chino, no soportó que no premiaran su tesis doctoral y disparó a bocajarro contra cinco profesores y compañeros antes de suicidarse, no muy lejos de la oficina de Oscar Hahn.
4. La razón más sentimental. Hace mucho tiempo, en algún pasillo del Campus Oriente, un tipo nada feo que estudiaba música me pasó un papelito arrugado y salió arrancando. Decía: “No seas vanidosa amor mío/ porque para serte franco/ tu belleza no es del otro mundo/ Pero tampoco es de éste”. Por supuesto, caí como un pajarillo en las garras del juglar, que no sólo tocaba hermosamente un gran instrumento de cuerdas sino que escribía muy bonito, parecía. Cuando supe que se había limitado a copiar un poema de Hahn, la verdad es que encontré que era un buen truco, un truco noble y con tradición: el de valerse de la poesía para un lance de amor. Por lo demás, ya era demasiado tarde.
