dimanche 20 mars 2011

Andrés SÁNCHEZ BRAUN/Entrevista a : Kyoichi KATAYAMA

ENTREVISTA: Kyoichi Katayama
'Hemos perdido los ritos que han forjado la manera de ser nipona'
Por Andrés SÁNCHEZ BRAUN

Tras las ventas millonarias de su anterior novela, el autor japonés traza en El año de Saeko un intenso relato de amor, con el fondo de la incertidumbre de una sociedad

En Japón, referirse a algo mediante una abreviatura suele ser la mejor prueba de que ese algo se ha convertido en un éxito de masas. Es el caso de la cadena McDonald's (conocida como Makudo), Leonardo DiCaprio (Dikapuri) o el barrio tokiota de Akihabara (Akiba). Kyoichi Katayama (Uwajima, 1959) jamás imaginó que su cuarta novela, Un grito de amor desde el centro del mundo (Alfaguara), devendría en un coloquialismo sintetizado. Publicada bajo el título Sekai no chushin de, ai wo sakebu en 2001, este relato de amor y pérdida adolescentes no tardó en superar el récord establecido por Tokio blues, de Haruki Murakami, y a día de hoy sigue siendo la novela más vendida de la historia del país con más de tres millones de copias despachadas. Los japoneses la llaman simplemente Sekachu. "Sigo sin tener idea de por qué ha vendido tanto. Trata un tema accesible para cualquiera, pero jamás me planteé un éxito semejante", explica Katayama en un céntrico hotel de Fukuoka, ciudad a la que se mudó siendo universitario y donde aún reside con su familia. Sekachu fue junto a la telenovela surcoreana Sonata de invierno el principal catalizador del llamado boom del amor puro. Este fenómeno, aún de lo más vigente en la literatura y el entretenimiento nacional, desató la pasión -especialmente de las niponas- por las ficciones que plasmaran la relación amorosa con una efusión y un candor inéditos hasta entonces. "Nunca me he identificado lo más mínimo con esa corriente", explica un Katayama al que le sigue resultando algo casi ajeno el que su novela, que se ha traducido a 15 idiomas, haya sido también transmutada con idéntico éxito en un manga, dos filmes (uno japonés y otro surcoreano titulado My girl and I), una telenovela y un musical. Él no se ha movido de Fukuoka, apenas ha variado su rutina y mantiene una escueta agenda promocional. El año de Saeko (Alfaguara) es la segunda de sus obras que ve la luz en España.

"No siento que esta novela sea tan diferente de Un grito de amor desde el centro del mundo. En este caso, la protagoniza un matrimonio y su relación es bastante más compleja. Pero el fondo es similar y ambas son intensos relatos de amor", explica en un japonés pulcro y encantador. Sin embargo, El año de Saeko -lanzada en Japón en 2006- rezuma mayor amargura y desencanto, y retrata con sutileza una relación al borde del abismo, muy al estilo de Natsume Sôseki (1867-1916) y su novela La puerta (Miraguano), la obra que más se le vino a la cabeza a Katayama mientras escribía. Aunque el verdadero germen fue un tema candente allá por 2005; la posibilidad de regatear la norma que aún prohíbe engendrar hijos mediante una madre de alquiler en Japón llevando a cabo el proceso en Corea del Sur. "Antes un útero era algo privado y ahora son varios los que pueden decidir qué sucede ahí dentro. Era algo inédito y quise imaginar cómo trastocaría la vida matrimonial de los japoneses". En el caso de la pareja protagonista -Saeko y Shun'ichi-, dicha situación torna su rutinaria vida en una espiral de oscuridad, paranoia e incertidumbre. "Y pese a ello, no dejan de amarse incondicionalmente", añade.

La que abre la caja de los truenos es Saeko, un ama de casa en la treintena que vive obsesionada por un luchador de sumo de segunda fila y que se dedica a reproducir con comida obras como El grito de Edvard Munch en la fiambrera que le prepara cada día a su marido oficinista. "Ella se ha creado un mundo propio y opaco, habitado por sus propias criaturas, y puede que por eso transmita al lector miedos muy reales. No fue premeditado. Creo que en la narrativa japonesa -empezando por los mitos tradicionales- aún tendemos a retratar a la mujer como un ser terrorífico". "A mí siempre me resultará una criatura misteriosa, y mi esposa la que más", añade con una sonrisa tierna, "por eso me resultaba más natural que Shun'ichi fuera el narrador de esta historia". Shun'ichi, pese a su naturaleza retraída, se convierte además en el único eslabón que liga a la pareja a una realidad que él comienza a cuestionar hasta el punto de plantearse si los delirios de su mujer son una respuesta juiciosa al sinsentido del día a día en el Japón contemporáneo. "Varios personajes dudan de la validez del modo de vida actual. Y creo que ahora todos los japoneses se lo plantean en un momento dado. Tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial todos se propusieron levantar el país. Hoy Japón es una de las naciones más prósperas y sin embargo muchos se sienten infelices y piensan que en el camino se ha perdido algo a nivel espiritual, algo que movía ese soplo de lucha y superación", medita el escritor.

El retrato que Katayama hace de su pareja protagonista hace pensar en una barcaza a la deriva en el seno de una sociedad cuyo orgullo e identidad también parece zozobrar. "En sitios como Tokio, donde transcurre la obra, se ha perdido en poco tiempo el sentido de comunidad y los ritos que han forjado la manera de ser nipona. Y Shun'ichi, al igual que yo mismo y mucha gente que conozco, lo mismo reflexiona sobre Confucio o Kôbô Daishi [el fundador del budismo Shingon en Japón] que recurre por ejemplo a antologías de lírica tradicional nipona, para rebuscar en esas raíces culturales que muchos desconocen hoy. Porque en Japón", se lamenta, "parece como si lo ocurrido antes de la guerra o la era de Meiji fuera algo muy remoto".

El año de Saeko / L'any de Saeko. Kyoichi Katayama. Traducción de Lourdes Porta / Manel Carbonell. Alfaguara. Madrid, 2011. 248 páginas. 17 euros. La novela se distribuirá a finales de mes.
 
***
Primeras páginas de
El ano de Saeko
de Kyoichi Katayama

1.

En el incesante ir y venir de la multitud, solo destacan unos pasos que se acercan. Producen una cierta sensación de soledad. Aunque su cadencia no es especialmente irregular, son los únicos que se alzan hasta alcanzar su oído. Resaltan, distintos, en el rumor del transito, atraviesan la muchedumbre sin confundirse con ningún otro sonido. Poseen una nitidez extraña, como si alguien hubiese perfilado la silueta de un dibujo trazado a lápiz. Tal vez sea eso lo que distorsione su percepción de la distancia, ya que, aunque los pasos no pueden estar ya lejos, lleva percibiendolos a lo largo de un espacio de tiempo sorprendentemente largo. En realidad, este sonido que se ha aduenado de su oido debe de estar ya muy proximo.

Piensa: «!Ya viene! !Ya viene!», y los pasos se acercan escapando al flujo del transito. Poseen una claridad casi siniestra, como si se deslizaran hacia ella atraidos por el hilo de sus pensamientos. Se aproximan, mas y mas, devorando la distancia. Llegan hasta muy cerca, parece que vayan, casi, a penetrar en la casa, pero cesan de repente. Por unos instantes, un silencio que parece estar acechando algo se adueña de los alrededores. Poco después, lo sucede el rumor de una moneda deslizándose por la ranura, el estrépito de un producto que cae, una voz que dice: «! Gracias por su compra!»: la serie de sonidos característicos de una maquina expendedora automática y, cuando esta enmudece, los pasos que empiezan a alejarse y vuelven a fundirse en el flujo de la multitud.
 
—Es obsesivo. No puedo librarme de la sensación de que se acerca un extraño —dijo Saeko—. Un desconocido se dirige hacia aquí. Veo, como si la tuviese delante, la imagen de sus dedos cerrándose sobre una moneda en el interior del bolsillo, me sobresalto cada vez que percibo sus pasos.
—No puedes seguir así —dijo Shun’ichi mientras se preparaba para ir al trabajo—. Piensa que su objetivo no es la casa, sino un paquete de tabaco. Por más que se acerquen, ni siquiera la ven.
—No, quizá no —repuso Saeko con expresión malhumorada, espaciando las palabras—. Pero la imagen de un desconocido acercándose a la casa es siniestra. Avanza con paso imponente, los ojos clavados en un punto. Una vez estuve mirando desde la cocina. Y sentí realmente pánico.
—Eres demasiado impresionable.
—Si, tal vez.
—.Has leído la historia de la rata en el periódico esta mañana? Saeko negó con un movimiento de cabeza, sin decir nada.
—Un hombre atrapo una rata que corría por su casa y la arrojo a una hoguera, en el exterior. Entonces, la rata, ardiendo, corrió hacia dentro, hizo que prendiera el fuego y la casa se quemo hasta los cimientos.
—.Y eso tiene algo que ver con lo de la expendedora automática?
—Pues no lo se. Me ha parecido que si.

Tras formular estas palabras en tono inseguro, Shun’ichi se dirigió al cuarto de baño. Se miro en el espejo y se paso repetidas veces la palma de la mano por la parte posterior de la cabeza en ademán de atusarse el pelo.

Unos instantes después, al salir:
_Vamos, que no es bueno preocuparse demasiado—dijo como si quisiera zanjar el asunto—. Aquel hombre se irrito porque la rata corría por su casa y, con ello, lo único que logro es que la ira se volviese en su contra. Creo que hay una relación muy clara entre una cosa y otra.
—Te he dejado los calcetines nuevos ahí.

Shun’ichi se sentó sobre el tatami del cuarto de estar y empezó a enfundarse unos calcetines por estrenar. La etiqueta aun estaba adherida al talón. La arranco y se quedo mirándola con curiosidad.
—Estos calcetines los ha diseñado Kanebo, los ha puesto a la venta Fukusuke y, encima, son made in China.! Todo un ejemplo de globalización económica!
—Toma. El almuerzo.
—.Has vuelto a superarte en tus creaciones?
—Sorpresa. Tendrás que esperar a abrirlo.

Mientras introducía el almuerzo en la cartera, dijo:
—De aquí en adelante, también nosotros deberíamos tener una visión global de las cosas.
—.Que quieres decir?
—Ya sabes: «Así fue ayer, igual que hoy».
—.Como?
—Shimazaki Tōson.
—!Ah, ya! .Y donde esta lo global?
—Pues en que uno debe vivir como le parezca, a su aire, sin inquietarse por menudencias. Es la única forma de que los seres humanos podamos coexistir los unos con los otros.

Saeko asintió con aire distraído y dirigió los ojos hacia el televisor del cuarto de estar.
—Como no te des prisa, vas a perder el tren.
—Tranquila, y a tu aire... .De acuerdo?

Su marido le había hablado con énfasis.
—De acuerdo —repuso ella, sonriendo.
—Bueno, me voy.

Tras abrir la puerta y salir, Shun’ichi se giro como si se le hubiera ocurrido algo de repente:
—!Ah! Y con el almuerzo no hace falta que te esmeres tanto —dijo—. Unos platos tan artísticos casi te da pena comértelos.
—Lo hago porque me gusta. Tu comételos tranquilo.
—Aun así, es una lastima...
—Adiós.
—Adiós —repuso Shun’ichi con expresión dubitativa.

Una vez hubo desaparecido la figura de su marido, Saeko alzo los ojos al cielo que se extendía ante la casa. En el claro cielo de otoño, no flotaba ni una nube. Había transcurrido casi un ano desde que se habían mudado a la casa. Se la habían subarrendado a sus tíos, quienes habían decidido dejar la casa de alquiler donde habían vivido largos anos y mudarse a un piso en las afueras, aprovechando que sus hijos se habían independizado.

Sin embargo, a la antigua propietaria, una anciana señora viuda que vivía sola en una casa vecina, le horrorizaba la idea de solicitar, a aquellas alturas, los servicios de una agencia inmobiliaria y tomar como inquilinos a unos desconocidos, de modo que le suplico a la tía que no dejara la casa. Llego a decirle que no hacia falta que pagara el alquiler y, como a lo largo de veinte anos la casera jamás había puesto mala cara cuando le habían pedido hacer reformas, la tía quiso acceder a sus deseos, decidió seguir alquilando nominalmente la casa y le planteo a Shun’ichi la cuestión.

—Esa señora no va a vivir décadas —dijo la tía con su franqueza habitual, intentando persuadir a Shun’ichi—.

Además, sus hijos quieren meterla en una residencia o algo por el estilo. Y entonces vosotros tendríais que iros. O sea que en cualquiera de los casos no seria por mucho tiempo.

Pero, mientras tanto, solo tendríais que pagar un alquiler simbólico y podríais ahorrar para la entrada de un piso o de una casita. Convencidos por su tía, decidieron alquilar la casa, dejaron su antiguo apartamento y se mudaron. Tenían tan poco equipaje que, para el traslado, les basto una furgoneta. Como la nueva vivienda de los tíos contaba ya con la mayor parte de los muebles, pudieron disponer de las viejas cómodas y alacenas de la casa. Saeko se había instalado en el piso donde vivía Shun’ichi de soltero y, aunque en una ocasión, tras la boda, se habían mudado a otro lugar, cada vez que lo necesitaban volvían al piso de soltero de Shun’ichi de manera provisional, de modo que nunca habían amueblado su hogar como era debido. Les fue muy útil poder disponer de unos muebles sólidos, aunque estuviesen algo viejos. Saeko, en especial, se alegro de tener espacio de sobra para guardar la vajilla y la ropa.

La casa se levantaba en un cruce en forma de T, en el punto donde la calle que conducía a la estación de los ferrocarriles privados confluía con un callejón estrecho. Al otro lado de la calle, en el lado sur, tras un largo muro de cemento, había una factoría que fabricaba piezas para una gran compañía automovilística y, como esta operaba las veinticuatro horas del día, en el amplio solar, incluso a altas horas de la noche, había siempre encendida una lámpara de mercurio. Y, bañadas por su luz blanquecina, se alineaban tres maquinas expendedoras. Dos de tabaco y, una de te, café y otras bebidas. Por lo visto, un comerciante había consultado a los tíos acerca de esas maquinas justo cuando estos acababan de trasladarse a la casa. Ellos lo habían discutido con la casera y, como esta les había dado carta blanca en el asunto, habían decidido instalar, justo en el cruce, a modo de prueba, una maquina expendedora de tabaco. Acordaron que tanto la gestión de la maquina como el repuesto de la mercancía correrían a cargo del comerciante y que los inquilinos de la casa no debían tocarla. A cambio, iría a parar a sus bolsillos algún dinero en concepto de gratificación indemnización.

Al parecer, los beneficios de la maquina expendedora no defraudaron las expectativas del comerciante. Tal como confeso la tía a Shun’ichi, según lo que había logrado sonsacarle al encargado de reponer el genero, recibían una suma irrisoria en relación a los beneficios que obtenía el comerciante y ella sentía que este les estaba tomando el pelo, de modo que, aprovechando que su hijo menor había empezado a ir al parvulario, se planteo gestionar ella misma la maquina.

Primero compro el aparato y adquirió el género conforme a las ventas. Y, cuando amortizo la primera maquina, compro una segunda. Justo en aquella época, habían empezado a construir viviendas en el nuevo barrio, al fondo, con lo cual, el transito de la calle era mayor que antes y aun seguía creciendo. Las dos maquinas produjeron unos ingresos superiores a lo previsto. La tercera era una maquina expendedora de bebidas, pero el consumo eléctrico era muy alto en relación a las ventas y no producía tantos beneficios como las de tabaco. Por otra parte, en los últimos tiempos, como reflejo de las nuevas tendencias sociales, las ganancias por la venta de tabaco se habían reducido considerablemente, aunque seguía siendo mas rentable gestionar una maquina que realizar un trabajo de media jornada.

Al principio, cuando se trato el tema del traspaso de las maquinas, la tía le pinto a Saeko el balance en colores sombríos. El fabricante pretendería suministrarle el género según sus propios cálculos, le dijo la tía. Rechazarlos y abastecerse a discreción supondría entablar duras negociaciones, lo que no era nada fácil. Por lo tanto, la tía le aconsejaba confiar la gestión a un comerciante. De este modo, a cambio de soportar algunas molestias, cada mes podrían recibir algún dinero. Saeko se mostró —de forma sorprendente, incluso a ojos de Shun’ichi— muy receptiva hacia este negocio suplementario. Cara al futuro, dijo, quería ahorrar algo de dinero. No conocía los trucos de una negociación, ni como llevar el negocio, pero deseaba aprender. Y quería que se lo enseñara todo. Insistió en un tono que no admitía replica. «! De acuerdo! Si eso es lo que Quieres», le dijo al final la tía, interesándose a su vez.

Como resultado de la deliberación de ambas mujeres, por lo pronto, decidieron arrendar las maquinas al fabricante, y Saeko empezó a encargarse de reponer los productos. Porque, si bien adquirir las maquinas tenia, por una parte, la ventaja de poder disponer libremente del surtido de género, resultaba, por otra, muy pesado contabilizar detalladamente los ingresos y los gastos mensuales cara a los impuestos. Si las arrendaban, los gastos pasaban a ser asunto de la empresa y ellos solo debían declarar los ingresos. Claro que, en este caso, se veían obligados a cargar la maquina con el genero que disponía el fabricante. Con todo, concluyeron que ni siquiera la tendencia de estos a suministrar mayormente tabaco de producción nacional les representaría una gran merma en los ingresos. De este modo, en la vida de Saeko empezaron a soplar los vientos de la economía en forma de gestión de las maquinas expendedoras. Reponer genero mañana y noche, adquirir la mercancía una vez a la semana, pagar el arrendamiento y el suministro de genero a final de mes: tareas que se repetían día tras día, resultados que se concretaban cada semana, cada mes.

A Shun’ichi le parecía muy positivo que la conciencia de Saeko se abriera al mundo exterior. Reponer el genero de las tres maquinas justo al levantarse por las mañanas se convirtió en la rutina diaria de Saeko. El tabaco y las bebidas se vendían bastante durante la noche y, por la mañana, siempre había encendidas varias luces indicando que el producto se había agotado. Saeko temía que, si había muchas marcas con la luz encendida o si estas permanecían así durante mucho tiempo, los ingresos que debían engrosar las arcas familiares acabasen menguando y, por lo tanto, intentaba reponer el producto lo antes posible. Shun’ichi se había burlado varias veces de su diligencia diciéndole que, al menos, desayunara primero.

Saeko esgrimía, entonces, razones muy suyas, diciendo, como si hubiera estudiado sus hábitos, que la mayoría de oficinistas del barrio nuevo del fondo pasaban por delante de la casa cuando se dirigían a la estación para ir a trabajar y que, entre estos, no eran pocos los que se detenían a comprar una lata de café o un paquete de tabaco con la intención de consumirlos antes de subirse al tren.
—Y si esperara a después de desayunar, perdería esos clientes.
—Pero no todos los productos están agotados. Pueden comprar de los que aun quedan, .no? —decía Shun’ichi con un tono carente de seguridad.
—Nosotros no somos los únicos que tenemos maquinas. Y si encuentran siempre las luces encendidas, se acostumbraran a ir a comprar a otra parte. Ante estas palabras, Shun’ichi se quedaba sin razones que dar. Se limitaba a asentir con un movimiento de cabeza, como si dijera: «!Ah, ya!», medio convencido, medio escéptico, pero dándose por vencido ante los argumentos de su esposa.

De modo que Saeko madrugaba mucho e, incluso los días festivos, raramente se levantaba pasadas las seis. Aun no había amanecido cuando abría las maquinas y, tras reponer el género, empezaba a preparar el desayuno. Los días laborables, antes de despertar a Shun’ichi a las siete, ya casi había terminado de preparar el almuerzo que su marido se llevaba al trabajo. No por ello se acostaba temprano. Permanecía junto a Shun’ichi en la sala de estar contemplando la anodina pantalla de la televisión hasta que su marido le decía: «Vamos a la cama?» y, a veces, incluso después de que este se durmiera, permanecía en pie hasta tarde revisando la contabilidad u ordenando los recibos. Si el manifestaba su inquietud, ella reponía sonriendo: «! No pasa nada! A veces hago la siesta», despreocupándose por su salud. Por eso, en los últimos tiempos, a fin de preservar las horas de sueno de su esposa, Shun’ichi intentaba acostarse lo antes posible. A las ocho, Saeko despedía a su marido y desayunaba sola. Solo entonces, finalmente, se relajaba. A pesar de ello, mientras estaba en casa, el trabajo parecía no tener fin. A la minima que se alargara un poco en la limpieza y en la colada, ya era mediodía. Cuando le apetecía, daba vueltas en su cabeza a lo que Shun’ichi llamaba «almuerzos artísticos». Todo empezó un día en que lo descubrió en una revista y le pareció interesante. Sin dilación, dibujo El grito, de Munch, sobre el arroz utilizando algas verdes, denbu, huevas de bacalao, huevo hilado y demás. En los últimos tiempos, se había convertido en su pasión.

Tras un frugal almuerzo compuesto de los restos de la cena, estaba haciendo punto cuando apareció Izumi, su hermana menor.
—.Como te encuentras? —pregunto Izumi, interesándose por su salud, mientras se quitaba los zapatos en el recibidor.
—De momento, no tengo nauseas. Estoy pasando un embarazo muy bueno.
Tras ofrecerle un cojín para sentarse, Saeko desenvolvió la caja de dulces que le había traído Izumi.
—He pensado que era preferible algo ligero. Dentro de la caja había sorbetes de fruta.
—Gracias. Pero no tenias por que molestarte, mujer. Te apetece uno?
Saeko trajo una cucharilla de la cocina.
—.Y tu?
—Yo no voy a tomar nada.
Tras decir, espaciando las silabas: «Itadakimaaasu», Izumi hundió la cucharilla en un sorbete de kiwi.
—.Hoy no trabajas?
—Pues ya ves. A estas alturas, aun estoy tomándome, fraccionadas, las vacaciones de verano —dijo Izumi con los codos hincados en la mesa, tomando pequeñas porciones de helado con la punta afilada de la cucharilla.
—! Vaya! Pues debes de estar muy ocupada, .no?
—! Tu dirás! Tengo que endilgar cosméticos caros a mujeres convencidas de que un nuevo color de lápiz de labios va a cambiar sus vidas. Ya sabes: «Un trazo de sombra en los ojos dotara a su mirada de un halo de misterio». Aunque, en realidad, les siente fatal.
 
Saeko soltó una risita. Contrastando con el carácter retraído de su hermana mayor, Izumi había sido, desde pequeña, muy despreocupada. Había plantado cara a sus padres, aunque era, a la vez, muy zalamera. Con todo, no resultaba antipática. Saeko envidiaba su carácter.
—.Y como esta tu marido? —pregunto Izumi como si se acordara de repente.
—Como siempre. Ya lo conoces. Dice que esta tranquilo, que todo va bien, pero yo diría que las cosas no son nada fáciles para el.
Saeko expreso, indirectamente, su preocupación por Shun’ichi.
Izumi se limito a decir: «!Vaya!» y siguió tomando el helado con expresión ausente. De repente, alzo la cabeza y pregunto:
—.Puedo tocarte la barriga?
—Claro —asintió Saeko, confusa.

Izumi alargo medrosamente la mano hacia el vientre de su hermana mayor.
—Apenas ha crecido —dijo Izumi, decepcionada—.
Quiza no se note porque estas delgada.
—La barriga empieza a aumentar a partir del tercer mes, mas o menos.
—Entonces, aun falta un poco.
En vez de asentir, Saeko tomo suavemente la mano de su hermana y la aparto de su vientre. Luego, encauzo la conversación hacia el marido de Izumi.
—.Y Toshio? .Esta bien?
—Si, gracias —respondió Izumi en un tono muy formal—. .Sabes? Últimamente gana bastante jugando a la bolsa en Internet.
—!Que bien!
—Dice que gana mas con eso que con su trabajo. Así que quiere dejar la oficina.
—Ah, claro.
—.Y tu marido no juega?
—.A la bolsa? .El? !Que va! El no sirve para eso—dijo Saeko sonriendo—. Es del tipo de personas que se salta la sección de economía del periódico. Piensa que lo mas fiable es un seguro de vida de Correos.
—Fiable es, claro. Pero no da dinero.
—Eso parece.
—!Vaya par! Sois tal para cual —dijo Izumi atónita.
—Nosotros no servimos para eso.
—Eso no puedes decirlo hasta que lo pruebas.
—Ya —concedió Saeko.
—Se trata de encontrar la ocasión —dijo Izumi—.

Toshi-chan nunca había sido un entusiasta de la bolsa. Pero cuando, pasados unos anos, fue a cambiar los cheques de viaje que nos habían sobrado de la luna de miel, se encontró con que había comprado los dólares a noventa yenes y que habían pasado a valer unos ciento treinta —Izumi miro fijamente a su hermana como si le dijera: «.Que te parece?».
—No entiendo mucho de eso, pero diría que gano, verdad? —dijo Saeko con aire inseguro.
—Pues claro que gano —dijo Izumi—. Los cheques que sobraban le habían costado unos cincuenta mil yenes y gano veinte mil.
—! Fantástico!
—.Verdad que si? Al principio, yo tampoco entendía mucho de acciones, pero, a la que te acostumbras, es mas fácil de lo que parece.
Tras volver a tapar el recipiente del sorbete que acababa de comer, dejándolo tal como estaba, Izumi se seco las comisuras de los labios con el pañuelo de papel que le tendía su hermana. Luego añadió con seriedad:
—Es que necesitábamos el dinero —dijo dirigiendo a su hermana una mirada blanda.
—Ya —dijo Saeko desviando los ojos—. Pero no siempre sale bien, .no? —añadió con desapego.
—Por eso Toshi-chan se puso a estudiar. Izumi saco la polvera del bolso y se repinto los labios frente al espejito. Mientras contemplaba distraída los gestos de su hermana, Saeko dijo:
—Mi marido no sirve para esos estudios de los que hablas.
—! Vamos! !Pero si es especialista en informática! Hoy en día, casi todas las transacciones se hacen por Internet, así que una persona que entienda de eso tiene ventaja.
—Por mas conocimientos que pueda tener, es el tipo de persona que jamás sacara dinero de ellos.

Saeko acompaño a Izumi a la estación y, de paso, aprovecho para hacer la compra. A ambos lados de la calle se sucedían los pequeños comercios como la pescadería, la carnicería, la verdulería o la bodega, de modo que, recorriéndola de punta a punta, podía adquirir casi todos los productos que necesitaba. En el barrio nuevo había un supermercado, pero ella prefería comprar en las pequeñas tiendas de toda la vida. El pescadero le había ensenado a la recién llegada Saeko los secretos de cocinar el pescado, y el joven dueño de la verdulería le regalaba una o dos patatas o satoimo cada vez que iba a comprar. Atraída por estas sencillas atenciones, encaminaba sus pasos de manera natural hacia el mercado.

En cuanto acababa de preparar la cena, solía regresar su marido, siempre a la misma hora. Excepto cuando tenia un compromiso difícil de eludir, Shun’ichi intentaba volver directamente a casa al terminar el trabajo. Para empezar, no le gustaba demasiado beber. Además, su tarea fundamental en la empresa consistía en hacer programas de informática, por lo cual no estaba obligado a agasajar a los clientes. A lo sumo, se trataba de ir a tomar algo con los compañeros, después de trabajar, al bar que estos frecuentaban, pero, como incluso a esos pequeños festejos rehusaba ir dos veces de cada tres, a partir de un cierto momento acabaron invitándolo solo en contadas ocasiones.

Como era afable y buen trabajador, no resultaba antipático ni a sus jefes ni a sus subordinados, aunque el mismo Shun’ichi era consciente de que los demás no se sentían cómodos en su presencia. Pero, en su fuero interno, esto le producía mas alivio que sensación de soledad. Solo que, ano tras ano, sentía mayor incertidumbre hacia su trabajo. A los veintitantos, estaba convencido de que seguiría en su puesto de ingeniero hasta cumplidos los cincuenta. Sin embargo, al pasar los treinta, había empezado a percibir sus propias limitaciones de modo gradual. A la hora de montar el mismo programa, no podía rivalizar con los jóvenes recién salidos de la universidad. Ellos poseían una flexibilidad y agudeza que el cerebro de Shun’ichi había empezado a perder. A la hora de aplicarlos, sus programas estaban dotados de una ligereza que no tenían los que había montado, con toda lógica, Shun’ichi. Sin embargo, esas desventajas podia suplirlas con la experiencia.

El problema fundamental residía en el mismo. «El trabajo de programador no se basa solo en la facilidad de estructurar y en la inventiva. El proceso requiere poder de concentración y paciencia. Y los míos, ahora, están declinando. Quizá, por edad, haya llegado el momento de pasar al departamento comercial. En esta época de progresos cada vez mas rápidos, es preciso asimilar continuamente conocimientos sobre tecnología punta. Un retraso de medio ano es difícil de salvar. Antes o después, llegara el día en que quedare descolgado en conocimientos técnicos. Cuando llegue la hora, .habrá en la empresa un puesto para mi?» Dándole vueltas a estas consideraciones, acababa sintiéndose como un deportista al que le hubiese llegado la hora del retiro.

Al volver a casa, encontraba los cuencos y los palillos alineados sobre la mesa del comedor. Por lo general, tras cambiarse de ropa, desplegaba sobre la mesa la edicion matutina del periodico que no habia tenido tiempo de leer. Poco despues, Saeko se acercaba con una lata de cerveza sobre una bandeja.
—Hoy ha venido Izumi —dijo levantando la anilla con las unas.
—.Por algo concreto? —pregunto Shun’ichi cogiendo un vaso pequeno.
—Al parecer, solo ha venido a ver como iban las cosas —y, poco despues, anadio—: Dice que Toshio ha ganado bastante dinero a la bolsa.
—.Ah, si?
—Y ha preguntado si tu tambien juegas.

Shun’ichi reflexiono unos instantes.
—No, yo no —dijo—. Eso funciona de manera que, para que uno gane, otro tiene que perder. Y esta cantado que yo seria el primero en caer. No me negaras que es una estupidez perder solo para que Toshio pueda ganar.
—Ahora que lo dices, tu tambien tenias acciones de la empresa, .verdad?
—Si. Compre algunas de las destinadas al personal de la compania. Por compromiso, podriamos decir.
—.Y estan altas?
—!Que va! —dijo Shun’ichi riendo—. Tal como van las cosas, cada vez cotizan menos.
—.Y por que las conservas? —pregunto Saeko con cara seria—. .No puedes venderlas?
—Claro que puedo. Pero seria como dejar a tu propia empresa en la estacada.
—Pero si quebrara, solo serian papelotes, .no?
 
Shun’ichi enmudecio. Saeko prosiguio con un tono carente de malicia:
—Dice que noventa yenes se convirtieron en ciento treinta.

Repitio a su marido, una por una, las palabras de Izumi. Shun’ichi, con una sonrisa forzada, dijo:
—Le ha ido bien porque eran cheques de viaje.

Se habia medio olvidado de ellos y, en un momento dado, subieron. Pero es muy distinto mover dinero contante y sonante.
—El sabe muy bien lo que se hace.
—Yo tengo un companero que tambien dejo la empresa.
—.Por la bolsa?
—Si, pidio un prestamo a una sociedad de valores y especulo con el capital, pero acabo devaluandose, casi diez millones de yenes, y el tuvo que cubrirlo con el dinero de la jubilacion.
—Espero que a Toshio le vaya bien —dijo Saeko con el rostro ensombrecido de repente.
—Es muy prudente. Seguro que a el no le pasara nada parecido.
—.No seria mejor advertirle?
—.De lo que le ha ocurrido a ese pobre infeliz?
Eso no lleva a ninguna parte.
—Lo que le suceda a Izumi no nos es ajeno —dijo Saeko dirigiendo una mirada a su vientre, que apenas abultaba.

***
CRÍTICA
Yukio Mishima y la máscara de Noh
Por P. LLANEZA

El 25 de noviembre de 1970, Kimitake Hiraoka, más conocido como Yukio Mishima, junto con los cuatro miembros más cercanos de la Sociedad del Escudo -el Tate no Kai- visitaron al general Mashita en el Campamento Ichigaya, cuartel general en Tokio de las Fuerzas de Autodefensa de Japón. Vestido con el uniforme diseñado por él mismo y llevando la catana con la que sería fotografiado por Tamotsu Yato exhibiendo un poderoso cuerpo construido a base de pesas y kendo, Mishima tomó como rehén al general y se hizo fuerte en su despacho. A partir de ahí el "incidente" es de todos conocido: tras un intento infructuoso de inspirar a los soldados presentes a lanzarse a la senda de la rehabilitación del poder del Emperador, cometió sepukku.

La teatralidad del "incidente" fue considerada por muchos como el broche final a una vida folclórica y exhibicionista en la que el ideario fascisto-sado-masoquista se había ido instalando progresivamente. Sin embargo, en la resaca del 30º aniversario de su muerte, la obra de Mishima está en pleno revival. Precisamente, Alianza, sello que tiene una biblioteca enteramente dedicada al autor, ha aprovechado para publicar una nueva versión de la imprescindible Confesiones de una máscara, en traducción directa del japonés realizada por Rumi Sato y Carlos Rubio.

Confesiones de una máscara contiene todos los elementos literarios y personales que encontraremos después en esa fusión entre literatura y acción de la que Mishima hizo su vida: volveremos a encontrar al niño cruel en El marino que perdió la gracia del mar (Alianza Editorial. Biblioteca Mishima, 2008), las referencias gais y los matrimonios de conveniencia en El color prohibido (Alianza Editorial, 2010) o la visión del san Sebastián de Guido Reni, en la foto que, ya adulto, se haría Mishima con una flecha de más: en el lugar por el que se introduciría la catana el día del "incidente".

Las similitudes de la vida del protagonista de Confesiones de una máscara con la del propio Mishima son tantas y tan recurrentes las imágenes, que resulta imposible no escuchar en la voz su protagonista, Koo-chan, la del Mishima enclenque y enfermizo, criado por Natsu, la abuela neurótica, vampírica y enamorada del teatro Noh, que se ve abocado a un matrimonio de conveniencia, a vivir, en fin, tras una máscara.

Cuenta Nathan, amigo, biógrafo y traductor de Mishima, que Azusa, padre de Mishima, en las pocas ocasiones en que lograba arrancarlo de las controladoras garras de su abuela, llevaba al pequeño Kimitake a las vías del tren, donde acercaba su cara a los trenes que pasaban a toda velocidad, en un ejercicio de formación espartana. Jamás un gesto, un llanto, "la cara de Kimitake era la de una máscara de Noh", contaba Azusa. Mishima tenía sólo cinco años.

 
Confesiones de una máscara
Yukio Mishima
Traducción de Rumi Sato
y Carlos Rubio López de la Llave
Alianza Editorial. Madrid, 2010
312 páginas. 18,50 euros

 
Articulo : http://www.elpais.com  19/03/2011