Celaya, mutante y desdoblado
Cien años de un poeta sentimental y luchador
Por Antonio CHICHARRO
Se cumplen cien años del nacimiento del poeta y ensayista Gabriel Celaya. Hace justo un siglo nacía en Hernani, en “La Villa”, una casa de campo familiar, muy cerca de San Sebastián, ciudad ésta que será determinante en su vida y obra.
También próximamente, el 18 de abril, se cumplirán 20 años de su fallecimiento en Madrid, ciudad a la que llega en 1927 a estudiar ingeniería industrial y a vivir el mundo abierto (en todos los órdenes) de la Residencia de Estudiantes, donde se orientará a la pintura y, con carácter definitivo, a la escritura mientras convive con García Lorca, entre otros, y asiste a encuentros con Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset y Unamuno, además de con escritores y compositores europeos. Y será en Madrid donde, junto con Amparo Gastón, fije su domicilio a partir de 1956, en la calle Nieremberg, uno de los espacios frecuentados por miembros del PCE y opositores al régimen de Franco.
En el arco de esos ochenta años y en los espacios de esas dos ciudades, se despliega el desarrollo de la vida de un escritor vasco cordial y solidario y, muy especialmente, de una obra intensa y extensa que se aproxima al centenar de libros, entre los de poesía, narración, teatro y ensayo, si bien sobresalen los cincuenta y tres de poesía, una poesía que, desde la aparición de su primer libro, Marea del silencio, en 1935, y hasta la publicación del último, Orígenes / Hastapenak, en 1990, cristaliza genuinamente los más diversos modos poéticos del fecundo y complejo siglo XX, aunque el poeta persiguiera siempre con los mismos alcanzar un estado de conciencia que le permitiera romper la cerrada conciencia del yo individual y conseguir otra más allá de la que normalmente nos gobierna, según decía. A un proyecto así de comunicación -“poesía eres tú”, escribía-, de conocimiento - la poesía es mostración de lo real, afirmaba- y de acción poéticos -aspiraba a escribir una poesía que sirviera de instrumento de transformación de la conciencia- dedicó su vida entera.
Las buenas formas de su poesía, esto es, las estética y comunicativamente eficaces formas se nutren en buena medida de las ideologías estéticas de humana raíz que comenzaron a aflorar en los años previos a la República. Ahí quedan el vitalismo neorromántico de sus libros primeros; sus vanguardistas exploraciones poéticas, en especial las de estirpe surrealista; sus versos movidos por una, no pocas veces fallida, aspiración al logro de la simplicidad poética; los coloquiales poemas que, firmados por Juan de Leceta, arrastran vivencias y situaciones agónicas de su propia vida plenos de existencialismo; la apertura a los otros y el despliegue de lo social, del aquí y del ahora, en algunos de sus más conocidos libros escritos al modo realista y de espaldas a todo perfectismo poético, además con recto propósito político y de transformación de conciencia, tales como Cantos íberos.
Y ahí quedan también ciertos momentos en su poesía de nihilismo, búsqueda y experimentación visual, además de la etapa última que él denominara como la de su poesía órfica.
Ante tal legado (tres voluminosos tomos de Poesías Completas y uno más de Ensayos Literarios), ante tanta generosidad creadora y ante la gran lección antiautoritaria y liberadora de su obra, amén de ante su abierta lucha por la recuperación de las libertades en la peligrosa noche oscura del franquismo, cabe no sólo nuestro recuerdo en su centenario, sino, sobre todo, el homenaje de nuestra atenta lectura de tan plural obra que, por razones que tal vez tengan que ver con ciertos límites críticos, ha tenido y tiene que soportar un tópico que la reduce y por ello mismo caricaturiza. El atento lector lo sabe. Gabriel Celaya no es sólo el poeta social y el autor de un poema a todas luces memorable (de hecho muy recordado y citado) como el titulado “La poesía es un arma cargada de futuro”. Celaya es ese poeta y mucho más. Es de hecho un poeta mutante y desdoblado en voces heteronímicas hasta el punto de ser conocido antes por uno de sus nombres literarios (Gabriel Celaya) que por su propio nombre civil, Rafael Múgica. Es esos poetas, además del deslenguado Juan de Leceta, con el que aporta al discurso de la poesía en nuestra lengua la rica veta de un coloquialismo hecho, sin ningún género de duda, poesía. Por eso, en su caso al menos, no puede hablarse de prosaísmo como defecto literario sino como recurso poético, por otra parte de gran eficacia extrañadora y fuente de turbadora belleza. Es además un poeta al que no le son ajenos los recursos dramáticos en poesía como ponen de manifiesto sus numerosas cantatas.
Es probable que haya llegado el tiempo (la celebración del centenario puede servir de pretexto para ello) de estudiar sin reduccionismos los distintos modos poéticos que ensayara, así como de analizar la trama y lógica de sus argumentos y reflexiones ensayísticos, tan esclarecedores y abiertos como no pocas veces contradictorios, que lo convierten en un poeta filosófico y en un teórico de la poesía (Inquisición de la poesía, de 1972, es su libro más representativo en este sentido) que enriquece el horizonte de nuestro pensamiento literario y nos provee de instrumentos con los que comprender el hecho poético en relación con su autoría, su discurso, su recepción lectora y funcionamiento social.
Mientras tanto, abramos alguno de sus libros y, verso a verso, celebremos su memoria.
Canciones
Canción de invierno:
Canción de nieve, de hastío
De témpanos y soledad,
Canción de plata, de cisnes
Diamantes y frialdad.
Canción de primavera:
Canción de luz, de colores,
De esmaltado revivir,
Canción de pájaros, flores,
Esmeraldas y rubis.
Canción de verano:
Canción de oro, de lumbre,
De amapolas y de Sol.
Canción de fuego, de sangre
De calor y exaltación.
Canción de otoño:
Canción de grises ojeras
De morados y dorados,
Canción de los ojos muertos
De la lluvia y el cansancio.
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Celaya, aquí y ahora
Cien años de un poeta sentimental y luchador
Hoy Gabriel Celaya hubiese cumplido cien años. Poeta social, sus versos tiñeron los años 50 del siglo pasado de reivindicaciones, luchas y esperanzas. Celaya maldijo la poesía “de quien no toma partido hasta mancharse”, disparó versos cargados de futuro y de poesía necesaria. Pablo García Baena, alma del grupo Cántico, y el catedrático de la Universidad de Granada Antonio Chicharro, máximo especialista en la obra del creador vasco, evocan para El Cultural al amigo y al poeta. También publicamos un poema inédito de juventud y dibujos originales de Celaya.
Primera memoria del poeta
Por Pablo García Baena
Mi relación con Gabriel Celaya no fue intensa pero sí larga en el tiempo. Comienza en 1947, cuando publica por primera vez en Cántico. Luego aparece en el Cuarto Cuaderno Extraordinario de la revista su libro de poemas El principio sin fin, ilustrado por Francisco Nieva. Y desde entonces, la relación no se rompió nunca. Celaya publicó a Ricardo Molina el libro Tres poemas en su coleción Norte. Sin embargo, todavía no nos conocíamos personalmente. Era una relación epistolar.
Nos conocimos en el Congreso de Poesía que el Ministerio de Cultura organizó en Santiago de Compostela, en 1954 . Acudimos desde Madrid, en autobuses, muchos poetas españoles. Celaya fue ya con Amparo e intimamos mucho con ellos, especialmente Vicente Núñez y yo. No recuerdo si nos volvimos a ver pero la amistad continuó muchos años gracias a abundantes y largas cartas. Una de las primeras que guardo es del 5 de julio de 1948: “Mi querido amigo, me ha llegado Mientras cantan los pájaros y aunque reservo una lectura despaciosa para tu libro, no quiero dejar de darte una primera impresión. Tus poemas publicados en Cántico habían ganado ya mi fe en ti, pero el encontar un conjunto de poemas produce siempre una impresión distinta y más honda. Tu poesía es por de pronto directa (¿es posible que alguien la llame difícil?); pero es honda y secreta a pesar de que me parece advertir en ti un tipo de imaginación que quizás encontrara un magnífico cauce en el teatro. Quizás esta observación te parezca rara, pero hay en ti una especie de esplendor nocturno y de exuberancia conmovida que yo calificaría de teatrales, si por teatral no se entiende lo huecamente sonoro y verbal. Discúlpame por esa vaga, y casi incomprensible divagación, a que me ha movido una primera lectura de tu libro. Quiero seguir leyéndolo y, si gano un momento de calma, escribirte más inteligiblemente sobre él. [...] »Tu poesía es poesía. Para afirmarlo me basta recordar algunos de los versos que ha quedado en mi memoria, pese a lo rápido de mi primera lectura. Por ejemplo (sin escoger) ‘y en las sombrías cámaras de pecados y púrpura'. ¡Qué extraña y poderosa conjunción de palabras! ¿Por qué es tan bella? ¿Hay alguien que pueda explicármelo? Leyéndote renace mi fe en la poesía siempre mágica”.
Celaya alimentaba entonces su fuerte vocación poética. No se había radicalizado aún, ni comandaba a ese ejército de poetas sociales. En eso éramos muy distintos. Cántico no estaba en la poesía social, estaba solo en la poesía. Pero él escogió ese camino y ese camino tiene valor, por eso no se pueda desligar lo social de la poesía de Celaya. Ese gran fresco de poesía social que hizo es la razón por la que ahora sigamos hablando de él. Pero en un momento de su vida se extravió un poco. La tomó con los poetas andaluces y escribió unos poemas Contra el Sur, que yo no le tomé nunca en cuenta porque era mi amigo. Es verdad: siempre le he estimado más como amigo que como poeta.
***
La poesía es un arma cargada de futuro
Una breve selección de poemas de Gabriel Celaya
LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
BIOGRAFÍA
No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.
¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.
No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.
CUÉNTAME CÓMO VIVES
(CÓMO VAS MURIENDO)
Cuéntame cómo vives;
dime sencillamente cómo pasan tus días,
tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
y las confusas olas que te llevan perdido
en la cambiante espuma de un blancor imprevisto.
Cuéntame cómo vives
Ven a mí, cara a cara;
dime tus mentiras (las mías son peores),
tus resentimientos (yo también los padezco),
y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).
Cuéntame cómo mueres.
Nada tuyo es secreto:
la náusea del vacío (el placer, es lo mismo);
la locura imprevista de algún instante vivo;
la esperanza que ahonda tercamente el vacío.
Cuéntame cómo mueres,
cómo renuncias -sabio-,
cómo -frívolo- brillas de puro fugitivo,
cómo acabas en nada
y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo.
CERCA Y LEJOS
Más allá del pecado,
indecible, te adoro,
y al buscar mis palabras
sólo encuentro unos besos.
En el pecho, en la nuca,
te quiero.
En el cáliz secreto,
te quiero.
donde tu vientre es combo,
fugitiva tu espalda,
oloroso tu cuerpo,
te quiero.
LA NOCHE VIENE DESNUDA
La noche viene desnuda:
senos de luna,
guantes morados.
Con los brazos en alto
ya la estoy esperando.
¡Qué cerca de mi oído
enmudecen sus labios!
¡Amor, amor!
La muerte
me está besando.
EN EL FONDO DE LA NOCHE TIEMBLAN LAS AGUAS DE PLATA...
En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.
La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
Con su nimbo de silencio
pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
pasan como quien suspira,
pasan entre los hielos transparentes y verdes.
Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
sobre los cuerpos blanquísimos del frío.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.
Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
el momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
el momento en que por fin todo parece posible.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.
Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
el silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
Decidme lo que habéis visto.
En el fondo de la noche
hay un escalofrío de cuerpos ateridos.
DESPEDIDA
Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.
Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.
Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.
Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!
Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.
Articulo : http://www.elcultural.es 19/03/2011

