samedi 12 mars 2011

Jaime SEREY/Nelson, mi invisible Hermano


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Nelson, mi invisible hermano
Por Jaime SEREY

No pude aguantar el impulso de volver a deslizar la mano en una de sus orejas y constatar con terrible sorpresa, que ha pesar de su buen semblante, sus pómulos rozados y sus ojos azules, la pestilencia lúgubre continuaba emanando de su zona humana.

Encontré mi madre llorando por la mañana en su dormitorio había pasado una noche sin dormir cuidando la temperatura que súbitamente le había remontado a su unigénito. La muerte ha dicho que la vida de un crío no se interroga, pues es un Ángel, para entrar en el paraíso terrenal. Y la vida dice, que después que un crío habla sus primeras palabras el pecado se apropia del alma y que para entrar al paraíso es muy difícil, mensajes que mi abuelo me había dicho antes de desaparecer para siempre. Allí supe que el se iría al cielo, porque no sabia hablar todavía. Su salud desmejoro hasta llegar a una meningitis fulminante.

Nelson, murió al otro día justo cuando el sol parecía estar más y más cerca de la tierra, que del espacio y azotaba un calor insoportable. Mi madre se desoriento, perdió el equilibrio del tiempo y andaba como una sonámbula por las habitaciones. Yo, con mis siete abriles caí de rodillas frente al retrato de Jesucristo, que mi madre colgaba en la pared de su habitación rogando por que lo resucitara, cosa que no se cumplió. Mi abuelo un día me había dicho: sabes hijo, donde tu podrás oler a la muerte - no abuelo le respondí, detrás de tu oreja, si tu deslizas tu dedo índice sentirás un hedor que viene desde el más allá, siempre y cuando la muerte camine rondando a su victima. Mi madre había dado a luz un hijo sano, en la clínica Miraflores, y hoy había muerto, recuerdo a mi hermano como si fuese hoy en su cuna de mimbre con sus inmensos ojos celestes, sus cabellos rubios y su piel blanca, sin lugar a dudas con todo el A. D. N, de la fracción paternal. Recuerdo Una tarde que lo cuide y lleve a cabo lo dicho por mi abuelo, lo de la oreja y lo de la muerte y decidí deslizar mi dedo índice por detrás de su oreja derecha descubriendo con espanto que una fetidez desconocida que pertenecía a otro firmamento lo estaba invadiéndolo, ese día llegue ha pensar que estaba dejándome empujar por el misterio, la superstición o una leyenda antigua, que mi abuelo había oído quizás y que yo estaba designado a continuar relatando a otras generaciones, aquel día había dispuesto no volver ha tocar jamás su oreja por temor a que todo fuera verdad.

El tenía once meses de edad y mi madre como de costumbre me ordenaba cuidarlo y entretenerlo mientras ella hacia sus quehaceres, cuestión que siempre hacia a regañadientes, pues prefería estar lejos de él y la tentación de tocar sus orejas, nunca quise cuidarlo, porque sabía que se iba a morir. Yo, muchas veces llore a solas maldiciendo a mi abuelo, a quien se lo había tragado la tierra y había desaparecido del mapa entre las fronteras de Chile y Argentina. Sabía que mi hermano se moriría y que todo el mundo lo ignoraría, y así su fin siguió su rumbo fatal. Para ayudar a mí fraterno, una vez me enfrente a las tinieblas y fue que allí sentí, que una tremenda inquietud de un color oscuro se clavo en mi alma y una voz que no logre descifrar se dirigió a mí diciéndome: Es inútil deberá morir y tienes que informar a tus padres y a tus hermanos, para que se preparen para las exequias. Aquel día comprendí que en la vida nada nos protege y que el sol nos calienta por casualidad y la luna nos ilumina por casualidad, que la nube que viaja en el cielo es casualidad y dios es solo casualidad e imaginación. A su muerte mi madre adquiero el ataúd en las pompas fúnebres Guzmán, y con su nerviosismo había olvidado las medidas de Nelson, y cuando llego a casa su cuerpo no cabía dentro. El había crecido unos centímetros más. Mi madre dijo, que haremos ahora que la muerte le ha estirado los huesos y el tipo que había traído el cajón, que aún lo recuerdo flaco pálido y de grandes mostachos con una tranquilidad increíble y una voz ronca a cigarro y alcohol, le respondió: fácil señora, como es una criatura y su esqueleto esta blandito le quebramos las piernas y solucionamos el problema.

El rostro de mi madre primero se puso enrojecido de ira y después blanco como la nieve de espanto, respondiéndole drásticamente, como se le ocurre a usted jugar de esa manera con la muerte, como si esta no tuviera ningún valor moral, humano y sentimental. Váyase ha buscar otro cajón, donde mi hijo pueda descansar en paz mire que quebrarle sus huesitos y se le llenaron sus ojos negros de llanto. En este trayecto Tuve que cuidar a mi hermano mientras llegaba el nuevo ataúd, que hiciera sus exactas medidas. El yacía en la habitación más fresca de la casa mi hermana Rosalía, le había puesto el velo blanco de su primera comunión para cubrirle y protegerlo de las moscas que viven de la muerte que yo ahuyentaba con mis dos manos. A mi hermano lo observaba como un ángel, que de repente movía y abría los parpados y que respiraba, pero no era verdad, solo un espejismo, Insistían las moscas de la muerte por entrar en su nariz y en sus orejas, las orejas que yo había tocado estando en vida.

El verano, en su pauta de aire caliente aumento el apuro del funeral. Llego el nuevo ataúd y con dilema el difunto fue puesto dentro con cuidado, el féretro blanco fue instalado sobre la mesa del salón y cubierto de flores del jardín. Y de allí partió a su último viaje sin retorno, al camposanto del pueblo.

Nelson Eduardo, alcanzo a vivir once meses y le falto un mes, para cumplir el año de vida... que no pudo cumplir con el sueño de pertenecer a nuestro mundo…