samedi 26 mars 2011

JAPAN/ Haikus de un marzo triste


Haikus de un marzo triste

Varios poetas escriben para El Cultural sus versos de apoyo y afecto a un Japón herido

Hace quince días, otro 11 de marzo, el mundo tembló con Japón. Desde entonces nos hemos ahogado en aguas negras y estremecido con el terror nuclear, la sombra del apocalipsis y el estoicismo de un pueblo ejemplar. Ahora, hoy, hablan los poetas: Andrés Sánchez Robayna, Felipe Benítez Reyes, Jesús Ferrero, Clara Janés, Vicente Molina Foix, Ana Merino, Jesús Aguado y Martín López-Vega escriben para El Cultural sus haikus de urgencia. También Alberto Olmos, que vivió tres años en Japón, nos describe sus terremotos, entre el pánico y la porcelana; una de las escritoras japonesas más populares del mundo, Banana Yoshimoto, explica, en primera persona, cómo vió temblar su mundo en una carretera, y Manuel Cruz analiza los sufrimientos del pueblo japonés, víctima, de nuevo, de la tecnología y la civilización.


SUPERVIVIENTE
Por Jesús Ferrero

No ve lo que mira,
parece ausente.

Su cara está llena de calles perdidas.
 
 
SECUENCIA

La ola gigante,
el humo que dio origen al mundo.
Sólo las gaviotas sobrevuelan el desastre.


SUCESIÓN DE FORMAS

Un instante antes la calma,
las calles mojadas, la nieve.
Un instante después la fiebre, la muerte, la nada.


HAIKUS DE MARZO
Por Felipe Benítez Reyes

1
 
La mala mar,
herida de sí misma,
muere matando.

2
 
¿De qué va huyendo
la ola agonizante
que nos arrastra?

3

¿También tú, mar?
Tu azul era el zafiro
de mis metáforas.

 
HAIBUN
Por Andrés Sánchez Robayna
Para Juan Gopar, en días trágicos del Japón

Una gran presa, una obra de ingeniería. Al verla, cómo no recordar aquella mariposa que aleteaba sin rumbo.
 
Un monje viejo rapa a un monje joven. Las manos frías. La navaja se desliza sobre la piel del muchacho. Antes había estado cortando cebolla.

Cuatro figuras cruzan un puente. Las envuelve una pálida luz. Debes saber que todo lo que existe cruza un puente.

“El mundo es un puente. Crúzalo, pero no construyas en él tu morada”, dice el viejo proverbio.


HAIKUS ENCADENADOS
Por Ana Merino

Un soplo de sal
sacude en su manto
la epilepsia gris.

**
 
Se llena de luz
el lodo de las sombras,
naces otra vez.

***

Respira en ti
el calor de la tierra
encadenado.


JAPÓN, MARZO 2011. TRES FOTOGRAFÍAS
Por Jesús Aguado

Sobre la máscara
antigases se posa
un saltamontes.

Un barco pasa
por encima de un puente.
Juega el océano.

Ciruelo en flor.
Cadáveres y escombros.
Una pelota.


FUKUSHIMA, 2011
Por Clara Janés

No fue la luna
quien levantó las aguas
contra la vida

Hombres prudentes
como flores serenas
en fila esperan

Estallan fuegos
nubes de humo y escombros
en nuestros cuerpos


Tres haikus
Por Vicente Molina Foix

Agua
Bajo las olas
busco lágrimas tuyas.
El mar nos duele

Aire
Cielo de plomo.
No hay color en la nube.
Y el viento calla

Tierra
La tierra huye.
El perro da el grito.
Flotan las almas


TRAS LA MAREA
Por Martín López-Vega

Tras la marea
un barco en el tejado-
confuso el vuelo.

Pies en las nubes,
la cabeza en el suelo-
en tierra rota.

Copos de nieve
como plegarias rotas-
ni el silencio habla.

***
Un roto en el mapa
Por Alberto Olmos

Mi primer terremoto lo viví en la ciudad de Motegi (Tochigi) en el año 2004. Estaba en la casa de unos amigos japoneses que se dedicaban profesionalmente a la cerámica. El marido me estaba enseñando su taller. Había arcilla y barro, esmaltes, tornos y botes, y numerosas piezas recién cocidas, sobre baldas de madera. Eran tazas y fuentes y platos de color blanco, hechos de porcelana.

De pronto todo empezó a temblar. Noté una poderosa vibración conectándome al mundo desde las plantas de los pies. Miré a mi alrededor como quien busca la salida, el flotador, el arnés de salvamento; un remedio. Pero no había remedio, sólo la indefensión humana ante una avería en el planeta.

-No pasa nada -me dijo el alfarero-. Sólo es un terremoto.

No pasó nada, en efecto. Viví mi primer terremoto entre el pánico y la parálisis. Fueron veinte segundos que no era capaz de asumir. Después pensé que mi pavor había sido contradictoriamente estático. Pero no se podía huir del enemigo cuando el enemigo era a la vez todo el campo de batalla.

Pasaron los meses, los años, y con ellos desapareció el pánico. Vivía en la ciudad de Moka y los terremotos coincidían con mis comidas, merodeaban mis meriendas, participaban de mis cenas. Sólo silencio preventivo provocaba en mí y en mis puntuales acompañantes la regular zozobra del suelo. Era un silencio de respeto y resignación. Servía para oír vibrar el mundo, y para calibrar el peligro posible. Si alguien se ponía en pie, era señal de que aquel temblor superaba los seis puntos en la escala Richter. La televisión nos informaba de inmediato sobre este asunto, y señalaba el epicentro del seísmo en un mapa.

Cada seísmo incitaba conversaciones apocalípticas. Se hacía memoria del gran terremoto de Tokio en 1923; se mencionaba el de Kobe en 1995, donde la yakuza fue la primera en prestar auxilio a la población. Se reconocía finalmente que los japoneses vivían a la espera de una gran catástrofe, de un irreparable roto en ese mapa de la tele.

Porque el terremoto sí es el territorio.

Pero Japón es sobre todo su mapa. Japón se ha comprometido con ese mapa, con el horario de los trenes y con los organigramas. Es un país que funciona, que quiere seguir funcionando; un pueblo que pone orden en la tormenta.

Así que ahora dibujarán un mapa nuevo, enterrarán a sus muertos y acudirán al trabajo.

Nada más bello que un hombre que espera el terremoto haciendo porcelana.

***
El regreso del espanto
Por Manuel Cruz

Hubo un día, cuando empezaron a llegar las primeras noticias de la enorme gravedad de los daños infligidos por el tsunami sobre las centrales nucleares japonesas, en el que la mayor parte de los periódicos de este país coincidieron en utilizar en sus titulares de portada -casi como si se hubieran puesto de acuerdo- la misma palabra: pánico. En aquel contexto, “pánico” no significaba simplemente el “miedo extremo” al que alude el diccionario de la RAE sino, un paso más allá, a lo que tal vez mereciera denominarse un miedo sin control.

La diferencia es ciertamente importante. Porque si el miedo es una de los registros colectivos más caros al poder, en la medida en que le permite ofrecerse ante los miedosos como la única instancia capaz de protegerles de la amenaza que les atemoriza, el pánico, al hacer surgir en nosotros una ancestral compulsión de supervivencia, se diría que nos devuelve a lo que los clásicos denominaban el estado de naturaleza, en el que lo único que se da es una descarnada lucha de todos contra todos, ajena a cualquier forma de cooperación, racionalidad o empatía fraterna y solidaria.

Pero hete aquí que lo que desde estas latitudes era percibido como una situación de pánico no era vivido al parecer de la misma forma por sus protagonistas. Porque los ciudadanos japoneses, lejos de reaccionar en la forma desesperada que correspondería a una tal situación limite lo han hecho -por seguir con los tópicos más reiterados en las últimas semanas- dando una lección de serenidad, dignidad y civismo. ¿A qué tipo de consideración debiera movernos tan inesperada reacción?

Dejemos de lado, por obscenamente interesadas, las de quienes han aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid para establecer una jerarquía entre damnificados de primera (japoneses) y de segunda (por ejemplo, haitianos) para, a continuación, cargar contra quienes supuestamente se aprovechan de la mala conciencia de los sectores progresistas de las sociedades desarrolladas con el fin de, crítica al capitalismo depredador mediante, vivir de la sopa boba de la caridad internacional. Frente a ellos, continuaba el argumento, los japoneses habrían dado una lección de cultura del trabajo, del esfuerzo y del sacrificio del que tantos deberían tomar buena nota. Nada que objetar al argumento si no fuera porque sistemáticamente se utiliza siempre contra determinados sectores y no contra otros. (Me explico: uno echa en falta, por ejemplo, que esos mismos entusiastas del modelo japonés no lo utilicen para señalar la catástrofe que ha representado para la economía mundial el capitalismo de casino, el nefasto papel que han desempeñado los especuladores sin la menor cultura del trabajo, o la escasa ejemplaridad que se desprende del hecho de que los ingresos de los ejecutivos de las grandes corporaciones, lejos de disminuir en época de crisis, se hayan visto incrementados. Con otras palabras, que puestos a ser japoneses, seámoslo todos, pero no siempre los mismos.) Quizá resulte de mayor interés en este contexto intentar extraer las consecuencias oportunas de la idea que suelen repetir los antropólogos según la cual la naturaleza humana es la cultura. Los japoneses habrían mostrado con su reacción algo más significativo que el mero hecho de que el pánico sea controlable, que éste no significa tanto un regreso invencible al estado de la naturaleza como una manifestación de lo peor de nuestra cultura.

Ellos no se habrían sobrepuesto a los requerimientos más biológicos por la supervivencia en nombre del espíritu, sino que se habrían enfrentado a la tendencia ferozmente individualista -tan cultural, tan social, tan inducida ella- con un espíritu comunitario que arraiga en sus particulares tradiciones. Tales tradiciones han permitido al pueblo japonés protagonizar episodios de muy diversos tipos, incluyendo los de mayor fanatismo o más desatada crueldad (no hay pueblo que no tenga a sus espaldas episodios de los que avergonzarse). Pero sería sin duda de mal gusto en la hora presente demorarse en evocar estos últimos. Acaso sea más justo, más compasivo y más digno recordar que su sufrimiento de ahora conecta con otro, infligido hace más de medio siglo con instrumentos análogos a los de ahora precisamente en nombre de la civilización y la democracia. Cruel paradoja, por cierto: sufrir dos veces del mismo mal, sólo que por diferente mano.

***
Cinco días después
Por Banana Yoshimoto

En el momento del terremoto, iba camino de recoger a mi hijo en el colegio. Mi marido conducía en ese momento, pero debido al fuerte temblor de tierra, no tuvo más remedio que detener el coche a un lado de la carretera. Por la ventanilla del automóvil, vi a lo lejos unos edificios enormes bamboleándose, y pensé: “Va a haber muchos problemas”. Afortunadamente, mi hijo estaba sano y salvo en el colegio, y volvimos a casa con él sin percances.

Al llegar a casa, encontramos algunos daños, como el cristal roto de una foto enmarcada y algunos libros que se habían caído de la estantería, pero por suerte no había ningún otro destrozo grave en nuestro hogar. Un amigo del barrio se pasó por casa y por mi oficina inmediatamente y se ofreció amablemente a echar una mano. Yo me ocupé de las personas que no podían volver a sus casas por la interrupción en el funcionamiento del transporte público.

Los teléfonos móviles no funcionaban en absoluto, así que Twitter y Viber eran las formas más útiles de conseguir información. Sentíamos algunas réplicas pero no había ningún daño grave en Tokio.

Ahora, lo preocupante es el hecho de que la gente está confusa por el desastre, y ha empezado a comprar como loca materiales y productos cotidianos. El arroz, la comida enlatada y el papel higiénico se han agotado en todas partes. Y tampoco es fácil moverse en coche por las restricciones en el suministro de gasolina.

Vimos en la televisión imágenes tremendamente trágicas del tsunami que han tenido una influencia enorme en la gente. Sin embargo, algunas emisoras se han dado cuenta y están cambiando sus programas por otros normales con subtítulos informativos. Me impresionó profundamente esa decisión tan valiente del Canal 12 de la televisión de Tokio, que fue el primero.

Respecto al problema de la central nuclear de Fukushima, todavía no puedo hacerme una idea sobre ello a causa de las muchas opiniones ofrecidas. Sin embargo, quiero decir que estoy impresionada por la gran categoría de los ingenieros japoneses que están haciendo todos los esfuerzos posibles por tratar de impedir la explosión, en vez de hablar sobre lo que está bien o mal. Mi corazón está a punto de reventar por el gran número de personas que han muerto, pero por otro lado, las Fuerzas de Autodefensa se están dedicando a las labores de rescate y la mayoría de los supervivientes se están ayudando los unos a los otros continuamente. No hay un solo día en que no me dé cuenta de lo grande que es el pueblo japonés. Creo que un escritor debe transmitir un sentimiento de esperanza a todo el mundo, sea cual sea la situación. No quiero dejar de sonreír, bajo ninguna circunstancia, ni perder la libertad para pensar, y quiero enfrentarme a cualquier dificultad con valentía.

 
Articulo : http://www.elcultural.es  25/03/2011