dimanche 20 mars 2011

Juan GÓMEZ/Entrevista a : Elias KHOURY

ENTREVISTA: Elias Khoury
'Nadie tiene una sola identidad'
Por Juan GÓMEZ

El escritor libanés narra una historia de amor y tortura sobre un fondo de guerra. El protagonista de Yalo es víctima y verdugo, y alcanza la redención a través de la literatura

Elias Khoury (Beirut,1948) celebra las revueltas árabes como "algo extraordinario". Traducidas a 10 idiomas -el hebreo entre ellos-, sus novelas se cuentan entre las más valoradas de la narrativa actual en árabe. Ahora reside temporalmente en Berlín gracias a una beca que le permite terminar su nuevo libro en un tranquilo barrio residencial. Su novela Yalo acaba de publicarse en España.

PREGUNTA. En Yalo, las escenas extremas de violencia contrastan con la apasionada historia de amor del protagonista.
RESPUESTA. Es una historia sobre la tortura y sobre el amor. Pero los torturadores del protagonista, Yalo, usan una técnica especial: no sólo abusan de él físicamente, sino que le obligan a contar la historia de su vida.

P. Una y otra vez, para obligarle a confesar lo que ellos quieren.
R. La historia entera son las confesiones que él escribe. Las diferentes versiones de su vida. Cuando te obligan a confesar una y otra vez, siempre cosas distintas, al final acabas desapareciendo. Te destruyen. Pero Yalo descubre que escribir también le puede servir para construir su personalidad. Se produce una lucha entre la deconstrucción y la construcción de una historia, en dos contextos: la guerra civil de Líbano, que no está presente pero juega un papel crucial en la memoria, y la historia familiar de Yalo. La pérdida de su lengua, el sirio, y lo variado de su formación recuerdan que nadie tiene una sola identidad. El abuelo, que es un cura, fue educado por un musulmán que ocupó su pueblo natal... todos tenemos identidades diversas. Si alguien le dice que sólo tiene una identidad, esté seguro de que es un fascista.

P. Yalo es, a la vez, víctima de la guerra y verdugo.
R. Pero la escritura y el amor le permiten reconstruir su propia historia. Se da cuenta de lo que ha hecho cuando se enfrenta a la opresión.

P. Hay un momento de la novela en el que decide, por primera vez, escribir por su propia iniciativa. Lo primero que escribe son tres frases: "Nadie puede escribir una vida; los deseos, deseos son; todas las ideas son robadas".
R. Escribir también es reescribir. También es un acto de reconstrucción. Todos los escritores pasamos por ese proceso de altibajos, de reescritura, de pérdida y recuperación de la confianza... Yalo descubre esa clave de la escritura, que no es la realidad, sino la imaginación. Empieza a imaginar para entender su propia vida. No sólo los escritores lo hacemos, sino todo el mundo. Inventamos la vida, que no viene dada. Incluso la memoria es imaginación. Yalo no tiene una narración para su vida, lo mismo que la ciudad en la que vive. Al final la compone y se da cuenta de que su material es el dolor.

P. Su personaje, Yalo, se miente mucho y miente a los demás.
R. Como escritor, llega un punto en el que tienes que decidir si crees a tus personajes o no. A mí me sucedió con Yalo, nos hicimos amigos.

P. No es un tipo al que coger cariño con facilidad...
R. No estoy de acuerdo. Es un criminal contradictorio, pero al final queda purificado por el amor y por la escritura. Todos tenemos aspectos oscuros.

P. Pero no todos son violadores y ladrones.
R. No sabemos por qué no hacemos algunas cosas. Quizá no nos atrevemos o no tenemos la posibilidad de hacerlas. En mis experiencias de la guerra civil, fui testigo de las cosas horribles de las que es capaz el hombre. No quiero defender al personaje, pero también él es una víctima. Lo que hace es muy propio de la guerra y muy propio de los soldados. Los crímenes de Yalo sólo se entienden en su contexto social y político. Es producto de una sociedad colapsada, con un sistema político que depende de las religiones, en una región destruida por una invasión extranjera, por parte de Israel. No es una novela realista, porque creo que la literatura es una realidad paralela a la realidad, pero hay una línea de sangre que puede seguirse en el pasado hasta la locura inicial de los movimientos nacionalistas. Desde las masacres de armenios por parte del Imperio otomano.

P. ¿Cómo valora el reciente desarrollo político en la región?
R. Es algo gigantesco. 2011 es el inicio del siglo XXI en el mundo árabe. Algunos hemos luchado por esto toda nuestra vida. Lo que pasa es esperanzador, y también es una vergüenza para Europa y Occidente, que nos daban lecciones de democracia mientras se llevaban de maravilla con los dictadores más sangrientos, como Gadafi. Otra lección es la que da Israel, que sigue prefiriendo aliados sanguinarios como Mubarak. El discurso, hasta hoy, era que los árabes no nos merecemos democracias, porque en el fondo somos una mierda. El mundo árabe sigue bajo las botas de regímenes brutales. La revolución tiene algo misterioso: llega un momento en el que el miedo se disipa. Está sucediendo ahora. Los libios siempre supieron que Gadafi es un idiota que compraba a todo el mundo. Su régimen es una combinación de terror y dinero. Parecen haberle perdido el miedo. Creo que lo próximo será una gran Intifada en Palestina. Pero una Intifada pacífica, con cientos de miles tomando las calles.

***
Primeras páginas de
Yalo
de Elias Khoury

Yalo no entendía lo que estaba sucediendo. El muchacho se había puesto en pie ante el inspector y había cerrado los ojos, como tenía por costumbre hacer. Cerraba los ojos cuando tenía que enfrentarse a algún peligro y los cerraba cuando estaba solo. Los cerró aquella vez, cuando su madre... Aquel día también, aquella mañana del 22 de noviembre de 1993, cerró los ojos sin darse cuenta.

Yalo no entendía por qué todo era blanco. Vio al inspector blanco sentado detrás de una mesa blanca y el destello del sol en el cristal de la ventana, por encima de la cabeza, y el rostro que se hundía en la luz reflejada. Lo único que Yalo podía ver eran los halos de la luz y una mujer que andaba sola por las calles de la ciudad, tropezando con su sombra.

Yalo cerró los ojos un instante, o así lo creyó. El muchacho, alto y delgado, la cara fina, la tez morena, las cejas marcadas, había cerrado los ojos un instante para, acto seguido, volver a abrirlos y ver. Estaba en la comisaría de Yuníe. Cerró los ojos y vio unos hilos enredados entre unos labios que se movían igual que si murmuraran algo.

Observó que tenía las manos esposadas y sintió que el sol que borraba el rostro del inspector le golpeaba en los ojos. Los cerró. El joven se había presentado ante el inspector a las diez de la mañana. Era un día frío y lo que vio fue el sol rompiéndose contra el cristal y los rayos esparcidos sobre la cabeza de aquel hombre de color blanco que abría la boca y preguntaba cosas. Yalo cerró los ojos.

Yalo no entendía por qué el inspector gritaba. Oyó una voz que lo abroncaba: «¡Abre los ojos de una vez, hombre!». Yalo los abrió y la luz, como un asta ardiendo, fue a clavarse en lo más profundo de sus ojos. Entonces Yalo se dio cuenta de que había mantenido los ojos largo tiempo cerrados y que, de hecho, se había pasado media vida con los ojos cerrados. Entonces se vio ciego y vio la noche.

Yalo no sabía qué estaba haciendo ella allí. Al verla cayó de espaldas en la silla. Cuando Yalo entró en la sala, la chica sin nombre no estaba allí. Él, incapaz de ver nada por culpa del sol que daba contra el cristal, avanzó renqueando hasta que se detuvo al sentirse rodeado de blancura. Tenía las manos esposadas y el cuerpo le temblaba a causa del sudor. No tenía miedo, aunque el inspector escribiera en el informe que el acusado temblaba de miedo. Yalo no tuvo miedo. Aquellos escalofríos los causaba el sudor. Rezumaba sudor por todos los poros de la piel, tenía la ropa empapada, desprendía un olor extraño. Yalo se sintió como si se estuviera desnudando.

Ese olor no era el suyo. Yalo estaba descubriendo que no conocía a aquel hombre que se llamaba Daniel y al que llamaban Yalo.

La chica sin nombre apareció. Quizá estuviera ya antes en la sala de interrogatorios. En cualquier caso, él, al entrar, no la vio. Cuando la vio cayó de espaldas en la silla. Sintió un ligero mareo y que las piernas no lo sostenían. Fue incapaz de abrir los ojos. Por tanto, los cerró.

El inspector lo abroncó: «¡Abre los ojos de una vez, hombre!», y Yalo los abrió para tener esa especie de visión en sueños que adoptaba la forma de la chica sin nombre.

Fue ella quien había dicho que no tenía nombre, aunque Yalo se enterara de todo. Dejó que la chica se desvaneciera y se acercó a su diminuto cuerpo desnudo, abrió el bolso negro de piel que tenía al lado, lo revolvió y copió su nombre, su dirección, su número de teléfono. Lo apuntó todo.

Yalo no entendía por qué ella le había dicho que no tenía nombre. Respiraba alterada, parecía que el aire a su alrededor la ahogara, casi le resultaba imposible hablar. Lo único que logró fue balbucir aquellas tres palabras: «No tengo nombre». Entonces Yalo se agachó y se la llevó consigo. Allí, en la caseta al fondo del jardín de Villa Gardenia, propiedad del señor Michel Salum, cuando Yalo le preguntó cómo se llamaba, ella, con la voz que le salía por la boca a trompicones, sin aliento en los pulmones, le contestó: «No tengo nombre, sin nombres, hazme el favor».

Y entonces Yalo le dijo: «Como prefieras, pero el mío no lo olvides. Yalo, mi nombre es Yalo». Y ahora aparecía en la sala de interrogatorios, con nombre incluido. Cuando el inspector le preguntó cómo se llamaba, no vaciló en responder: «Chirín Raad». No le dijo al inspector: «Sin nombres, hazme el favor», y tampoco alargó las manos al frente como hiciera allí, en la caseta, donde Yalo durmió con ella. Ella alargó las manos y destelló su olor a incienso. Yalo le cogió las manos y con las palmas se cubrió los ojos para poco a poco empezar a besarle los brazos blancos y empaparse de su olor a incienso y almizcle. Olió su pelo negro, hundió la cara en sus cabellos y se emborrachó. Se lo dijo, que se había emborrachado con el olor a incienso, y ella sonrió. Fue como si se hubiera quitado una máscara. Yalo vio su sonrisa en las sombras que la luz de una vela proyectaba contra la pared.

Ésa fue su primera sonrisa en aquella noche de terror. ¿Qué estaba haciendo Chirín en la sala? El inspector gritó, Yalo abrió los ojos y se vio en Balune. Yalo le había dicho: «Sígueme», y ella lo siguió. Cruzaron el pinar que se extiende bajo la iglesia de San Nicolás y subieron la cuesta que conduce a la villa. La chica cayó al suelo, o eso le pareció a Yalo, que se agachó y la recogió. Yalo agarró con fuerza la mano de la chica y siguieron caminando. Cuando la chica cayó por segunda vez, Yalo, de nuevo, se agachó para ayudarla a levantarse, pero ella se le escabulló de las manos, se puso en pie sola y se abrazó al tronco de un pino. Jadeaba, temblaba, no se movía de donde estaba. Yalo le tendió la mano y ella se la cogió y se puso a andar a su lado. Yalo la oía respirar, oía los jadeos que el miedo le provocaba.

Al llegar a la caseta, la dejó un momento en el umbral de la puerta. Yalo entró y alumbró una vela. Trató de recoger la ropa y ordenar los trastos desperdigados por los rincones, pero se dio cuenta de que tardaría mucho rato en ponerlo todo en su sitio, así que volvió a la puerta y la halló con la cabeza apoyada contra el batiente abierto. Los ruidos que ascendían a su boca parecían gemidos.

«No tienes nada que temer —le dijo—, ven conmigo, puedes dormir aquí. Te preparo una cama en el suelo en un momento, pero, sobre todo, no temas».
Franqueó la puerta sin estar muy convencida y se quedó de pie en medio de la habitación, como si buscara una silla donde sentarse. Yalo pegó un bote, agarró unos pantalones mal colgados de una silla y los arrojó a un lado de la cama. Ella no quiso sentarse. Siguió de pie, desorientada.

«¿Quieres una taza de té?», le preguntó Yalo.

Ella no dijo nada. En lugar de responder alargó los brazos como si estuviera pidiendo auxilio. Yalo, al cogerle las manos abiertas, vio el miedo que se transformaba en círculos concéntricos en el interior de sus ojos diminutos y retrocedió. Yalo dijo que había sentido miedo. Lo diría, que había sentido miedo, aunque en ese instante no supiera que lo estaba sintiendo. Hasta que no escribió esa palabra no sintió que hubiera sentido miedo. Dijo la palabra, la sintió, y luego la escribió y ahora, al recordar los ojos diminutos entre las sombras que proyectaba la luz de la vela, ahora que ve las niñas de aquellos ojos empequeñecerse y transformarse en círculos concéntricos, siente miedo y lo dice, que tuvo miedo de sus ojos.

Retrocedió y en ese momento la vio avanzando hacia él, sus manos suspendidas en el aire, como si quisiera que él la salvara o como si le estuviera pidiendo ayuda. Yalo se acercó, le cogió las manos y con ellas se cerró los ojos. La chica recobró la serenidad. Yalo tenía sus manos cogidas y a través de ellas notó que temblaba como si el miedo que latía en su interior bombeara por las venas la tensión que sentía y la transmitiera al cuerpo entero. Puso las palmas de las manos de la chica sobre sus ojos y vio la oscuridad. Sintió que el cuerpo de la chica se relajaba, sintió que se calmaba. El incienso afloró.

«¿Qué huele tan bien?», se preguntó Yalo dando un paso atrás. Se sentó en la silla, se llevó las manos a la cara, como si estuviera cansado, quedó paralizado. La llama de la vela bailaba mecida por el aire que soplaba desde el pinar. La chica sin nombre permanecía a su lado, de pie, recobrando el aire que el miedo le había arrebatado cuando vio al negro fantasma acercarse al coche aparcado en un rincón del bosque, bajo la iglesia ortodoxa.

¿Por qué se había puesto la falda corta? Iba enseñando los muslos. La chica estaba sentada frente al inspector, con su minifalda roja, con las piernas cruzadas, hablando como si se fuera a beber todo el aire de la sala de interrogatorios.

Yalo le dijo que no llevara minifaldas. «No es decente, no te las pongas.» Ella no respondió sino que se miró las rodillas, justo la parte de su cuerpo que él estaba mirando.

Por los labios de ella asomó, leve, como una nube, el esbozo de una sonrisa y agitó la cabeza. Por la mañana salieron juntos de la caseta y Yalo detuvo un taxi en dirección a Beirut. Ella se montó y él regresó dentro. Y allí estaba, en la sala, sentada, con esa misma falda o una que se le parecía mucho, cruzando las piernas, hablando sin farfullar ni tartamudear como le ocurriera en el bosque.

***
Yalo
Muñecos rotos en Beirut
Por Javier VALENZUELA

Elias Khoury es un buen ejemplo de la calidad y el empuje de los novelistas árabes que podríamos considerar hijos o nietos del maestro egipcio Naguib Mahfuz. Nacido en el seno de una familia cristiana libanesa, aunque personalmente descreído, Khoury es asimismo conocido por su intenso compromiso con la causa del despojado pueblo palestino, sobre la que escribió una exitosa novela polifónica llamada La Cueva del Sol. Ahora el escritor libanés nos propone con Yalo un nuevo tour de force en su narrativa. El constante tejer y destejer de la historia de esta novela la emparenta con Las mil y una noches; la investigación procesal que sustenta la trama, con Kafka, y el carácter marginal de su protagonista, con Genet.

Yalo trata de personas rotas en una ciudad desgarrada. Chirín, que denuncia haber sido víctima de una violación, es una mujer rota, como también lo es Gabi, la madre del denunciado. En cuanto al acusado, Daniel Abel Abyad, más conocido como Yalo, es un amasijo de cristales fragmentados que ni él mismo sabe cómo recomponer. La ciudad en la que todo transcurre es la sensual y salvaje Beirut, que en esta novela huele a mar y a anís, a sangre y a incienso, a pinos y a vómito.

Resulta muy difícil solicitar compasión para un presunto violador, pero tal es el ejercicio al que se entrega Khoury. No para justificarlo, sino para contarlo. Yalo es un hijo del tormentoso Líbano multiconfesional. Su abuelo, huérfano tras una de las muchas masacres étnicas y religiosas de Oriente Próximo, es un cura siriaco de talante autoritario y delirios místicos. Le cuenta a Yalo que Ismael, el antepasado de todos los árabes, "fue arrojado al desierto con su madre Agar, donde recibió el bautismo de las lágrimas". Y sí, hay más lágrimas que risas en la historia de los árabes.

Yalo es también un hijo de las guerras civiles libanesas. A los 14 años se enrola en la milicia de los machos cabríos, en la que descubre que "el sabor de la sangre y el sabor de la miel son iguales". Instalada una frágil paz en el país de los cedros, Yalo trabaja como guarda de la finca de un traficante de armas hasta que es detenido y acusado de violar a Chirín, de la que está locamente enamorado, y de toda suerte de delitos de robo y terrorismo. Ya no puede caer más bajo, se ha transformado en "un cordero que sacrificarán en expiación por todos los demás". Bajo tortura o en la celda, Yalo rememora su vida sin saber lo que es cierto, lo que es fantasía y lo que tan sólo es un mochuelo que intentan colgarle. No obstante, de este ejercicio febril van emergiendo unas cuantas verdades. Algunas sobre sí mismo: "Nací ahorcado y la soga de sangre ha sido mi única herencia". Otras sobre Chirín: "Cuando la voz de una mujer se quiebra, eso significa que su corazón ha enronquecido sin remedio". Y no pocas ontológicas: "¿Por qué nos creó Dios? ¿Quizá para que sufriéramos e hiciéramos sufrir?". Khoury termina logrando su tour de force: aquel que no sienta empatía por el sufrimiento de un ser humano no es digno de ser llamado humano.

Yalo
Elias Khoury
Traducción de Jaume Ferrer Carmona
Alfaguara. Madrid, 2011
347 páginas. 19,50 euros
Libro electrónico: 12,99 euros

Articulo : http://www.elpais.com  19/03/2011