Cuentos Libro recopilatorio del escritor estadounidense:
El encanto de Francis Scott Fitzgerald
Por Matthew J. Bruccoli
Traducción: Patricio Tapia
El autor de "El gran Gatsby" fue también un gran cuentista. La reciente recopilación de sus relatos, obras aparentemente menores, demuestra su permanente brillo y vitalidad.
Scott Fitzgerald (1896-1940) miraba en menos su centenar y medio de cuentos (en comparación con sus novelas), y muchos le creyeron esa opinión peyorativa, reforzada por el hecho de que los escribiera a granel, y para revistas de amplia circulación, sobre todo el Saturday Evening Post , y aun más, en rápida sucesión (por estricta necesidad económica: de eso vivía). Y por eso tardó décadas su revaloración como eximio cuentista, que hoy es incuestionable.
Fitzgerald o el encanto
Los 43 relatos contenidos en las casi mil páginas de este volumen (que no es una antología de los mejores) permiten apreciar, no obstante las circunstancias de su escritura, una alta exigencia autocrítica. Si Fitzgerald los escribió por necesidad de sobrevivencia, no lo hizo sin el placer de escribir bien, ni lo hizo sin alegría creadora, como es patente en su resultado. Raymond Chandler sintetizó su calidad peculiar con una sola palabra, que lo dice todo: "encanto"; y explica: "una especie de magia tenue, controlada y exquisita".
Casi no hay texto que no contenga, en su cálida humanidad y entre abundantes toques de ternura, múltiples golpes de ingenio, de mesurada ironía o de humor finísimo. La prosa es estupenda (la traducción castellana de este volumen es inusualmente buena). Los diálogos, abundantes y rápidos, nos ganan por su espontaneidad y realismo. Y los caracteres, revelados siempre con trazos veloces y precisos, son memorables, sobre todo los femeninos: ¡qué psicología de la mujer! La adolescente, la adulta, la mayor, son personajes que corresponden del todo a su época y lugar -son las norteamericanas de la primera posguerra-, pero se nos presentan de tal modo que siempre permiten atisbar en ellas algo universal, un hálito de lo eterno femenino.
Suave crítica de la vida
Tema centralísimo de estos cuentos es el amor, sobre todo adolescente, correspondido o no. Pero también son líneas temáticas el paso del tiempo y el envejecer, el poder constructor -y sobre todo destructor- del dinero, el contraste entre el Norte y el Sur de los Estados Unidos, la identidad norteamericana y la inglesa -con frecuencia en su contraste mutuo-, y la colonización de París por los millonarios norteamericanos entre los breves y locos años 1920-1925. Por el telón de fondo de estos relatos se mueve la historia del país -bajo la forma de estados de ánimo más que de acontecimientos- desde la primera guerra mundial, pasando por la gran depresión, hasta 1940.
Estos cuentos practican toda una suave y penetrante crítica de la vida, desde luego de la vida yanqui y la sureña, pero sobre todo de la inglesa, con la que no simpatizaba. Léase en este contexto la siguiente observación, que describe cierta costumbre femenina inglesa "a la manera que se había generalizado desde que las damas británicas se educaban imitando a las damas británicas de las novelas". Y esta otra: "era una mujer joven, medio americana y, por eso mismo, absolutamente inglesa". Estamos en las antípodas de Henry James, y también de T. S. Eliot y de Ezra Pound: Fitzgerald aporta una cierta valoración (no acrítica) de la inocencia de su país natal frente a las astucias -cuando no al cinismo- de la vieja Europa.
Los mundos de Fitzgerald
En estas breves líneas es difícil señalar cuentos mejores, por su calidad bastante pareja. Los primeros, escritos a los veintitrés años en torno a las hermosas flappers -chicas adolescentes a la moda-, tienen ya tantos aciertos expresivos, tantos diálogos chispeantes, que al cabo de casi un siglo, y a pesar de lo tópico de sus personajes, se leen con no poco placer. Entre las novelas cortas que incluye este volumen, "El joven rico" es más elocuente que un tratado psicosocial sobre el alma del rico... y sus penurias. "Corto viaje a casa" es el único "cuento de fantasmas" -no cuento fantástico- escrito por Fitzgerald. "Los nadadores" es una buena humorada que, de paso, vuelve a tematizar el contraste entre Estados Unidos y Europa (esta vez Francia). Tanto "El extranjero" como "Regreso a Babilonia", entre otros, movilizan a sus compatriotas ricos que, viviendo por unos meses o años en Europa, más que cultivarse se corrompían. El mundo del cine en Hollywood, esa selva que el autor conoció por dentro como guionista, aparece en varios cuentos; el mejor de ellos me parece "Último beso". Más adelante se hace presente el hundimiento de Wall Street: así en "La boda". Para qué seguir; la lista sería larga.
Un defecto puntual de nuestro autor es la caída de su imaginación en lo grotesco, que afecta sólo a dos relatos de esta colección, por lo demás no carentes de ingenio. Y otra limitación -más habitual- es la marcadísima frecuencia con que las heroínas de estos cuentos son bellísimas, fascinantes, etc.: parecería que la mujer menos agraciada era menos narrable para Fitzgerald. También a veces abusa él de los encuentros fortuitos de dos personajes, en la calle o en un bar, para resolver situaciones que de otro modo no tenían una buena salida argumental.
¿Son superficiales estos textos tan llenos, por otra parte, de vitalidad? Si lo son, lo son encantadoramente. Esos críticos que los encuentran poco "profundos" pueden sumergirse en las novelas cortas completas de Thomas Mann, que acaban de aparecer también en castellano; allí podrán hartarse de la morosa profundidad del tedio y de la decadencia burguesa.
Leer relatos de Fitzgerald puede ser, por fin, una provechosa lección práctica para escritores noveles, que aprenderán el gran valor narrativo y la fuerza agregada de los detalles expresivos: una buena y moderada metáfora, una observación ingeniosa, una imagen que es todo un hallazgo, una apostilla simpática, una mera palabra extrañamente exacta, toques mínimos que, en su sitio apropiado, pueblan los párrafos y aun los parlamentos de estas amenísimas narraciones.
La vida de Fitzgerald: una cierta grandeza épica
Muchos de nosotros compartimos aquello que Samuel Johnson admitía: que "la parte biográfica de la literatura ... es la que más amo", ya que los grandes escritores realizan la labor más preciosa y duradera del mundo. Pero la popularización del mito de Fitzgerald ha disminuido su estatura y vulgarizado su obra. Él es considerado por una determinada clase de entusiastas de los años 20, como alguien que había garabateado sus obras maestras en el curso de una borrachera permanente. Dado el tipo de escritor que era, es adecuado identificar a Fitzgerald con sus creaciones; pero es una distorsión de su historia retratarlo como un parrandero incondicional. Siempre operó en él un proceso de valoración que se combinaba, en sus obras más logradas, con una característica ambición. Zelda Fitzgerald observó, después de la muerte de su marido: "No concibo que una personalidad pueda divorciarse de los tiempos que evoca.... Siento que la mayor contribución de Scott fue la dramatización de un acongojado + una era desesperada, entregándole una nueva razón de ser, en el sentido del valor trágico con el cual la dotó".
Francis Scott Fitzgerald creó sus propias leyendas. A menudo su vida ensombrece su trabajo, pues él se ha convertido en una figura arquetípica o en un racimo de arquetipos superpuestos: el escritor ebrio, el novelista arruinado, el genio malogrado, la personificación de la Era del Jazz, la víctima expiatoria de la Gran Depresión. Estas imágenes fueron, en gran parte, culpa suya porque él dramatizó tanto su éxito como su fracaso. Fascinado por la atención que se le prestaba, abrazó sus roles simbólicos. El glamour , el triunfo, la euforia, la angustia y la tragedia de su vida fueron genuinos; pero lo más importante es lo que él escribió. Todo lo demás importa sólo en cuanto explica su obra o clarifica su carrera. Pero es imposible disociar a un gran escritor de su obra, y F. Scott Fitzgerald fue uno de los autores más personales.
Indudablemente, André Maurois está en lo correcto al decretar que "la necesidad de expresarse en la escritura surge de una mala adaptación a la vida, o de un conflicto interior, que el adolescente (o el hombre adulto) no puede resolver en acción". La mala adaptación puede tenerse en cuenta para la compulsión de escribir, pero no para el genio. No hay manera de explicar por qué el hijo de un fracasado fabricante de muebles de mimbre, escribió la mejor prosa de Estados Unidos.
La vida de Francis Scott Fitzgerald tuvo "una cierta grandeza épica". Fue un héroe con muchos defectos, pero un héroe. En una carrera profesional de veinte años escribió tres de las grandes novelas americanas (una de ellas inconclusa) y una gran cantidad de brillantes cuentos, mientras padecía un sinnúmero de problemas, muchos de creación propia. Era honorable y generoso. Sus palabras perduran.
Al momento de su muerte, a la edad de cuarenta y cuatro años, Francis Scott Fitzgerald era considerado una figura ejemplar y admonitoria. Existía un consenso general en que él fue un epítome de su generación, que no dio cumplimiento a las posibilidades de su genio, que su historia entregaba una advertencia. Habría parecido hiperbólico en 1940 afirmar que su elegía había sido escrita en 1821 cuando Shelley lloró a Keats, el poeta favorito de Fitzgerald, en "Adonäis" (versión de Vicente Gaos):
... en tanto que el futuro / a olvidar al pasado no se atreva, / perdurarán su fama y su destino / como una luz y un eco eternamente.
El autor
Matthew J. Bruccoli (1931-2008), editor de los "Cuentos reunidos" de Fitzgerald y de varios otros volúmenes de "fitzgeraldiana", fue uno de los mayores estudiosos del escritor y de su época. Escribió una de sus biografías más importantes, "Some Sort of Epic Grandeur: The Life of F. Scott Fitzgerald" (1981 y 2002).
Esta nota sobre Fitzgerald se traduce aquí con la autorización de su viuda, Arlyn Bruccoli.
Articulo : http://diario.elmercurio.com 12/03/2011

