mercredi 2 mars 2011

Pedro Pablo GUERRERO/ El peso de la tierra en la poesía chilena

Literatura Indagando sobre lo "telúrico":
El peso de la tierra en la poesía chilena
Por Pedro Pablo Guerrero

Durante un año hemos oído reiteradamente el vocablo "telúrico", un calificativo que la crítica literaria también ha utilizado -sin mucha precisión- para referirse a la relación entre la poesía y la tierra.

"¡Esto está muy tranquilo, exijo que haya un terremoto!", le reclamaba el poeta español Leopoldo María Panero a Gonzalo Rojas, en un encuentro literario realizado en Santiago el año 2004. La fama sísmica de nuestro país genera esta clase de expectativas hasta en los visitantes más ilustres, pero también en observadores interesados en nuestra literatura, extranjeros o no.

El maremoto del año pasado hundió pueblos enteros y reflotó palabras sumergidas en las profundidades de la cultura chilena. Entre otras, el consabido vocablo: telúrico. Comprensible. "Movimiento telúrico" es carta segura a la hora de buscar sinónimos para terremoto y sismo, por más que una lectura atenta del diccionario de la RAE nos recuerde que lo telúrico es, en un sentido demasiado amplio, algo perteneciente a la Tierra como planeta o, en el plano de la idiosincrasia, lo relativo al telurismo, entendido como "la influencia del suelo de una comarca en sus habitantes". En ninguna parte dice que telúrico sea sinónimo de sísmico, ni siquiera de tectónico, término mucho más preciso para referirse a la estructura dinámica y cambiante de la corteza terrestre.

Inútil a estas alturas enmendar lo que ha consagrado el uso. Chile es un país telúrico. Su literatura también. Para qué decir sus poetas. A propósito de Neruda, Federico Schopf escribe en su prólogo a Residencia en la tierra (Universitaria, 2004): "Con su muerte se apagaba la voz más ronca, telúrica y poderosa de la poesía del siglo XX", empleando la palabra en un sentido propio: la influencia de la tierra en la obra del poeta. El crítico situaba el nacimiento del amor y de la naturaleza en la temática nerudiana: "el paisaje del sur de Chile, los bosques de Temuco, las grandes lluvias, el salvaje litoral chileno, los muelles de Carahue y las arenas y cielos de Puerto Saavedra". Raigambre geo-biográfica advertida ya por Clarence Finlayson (1938), Jaime Concha (1972) y Hernán Loyola (1978).

El "telurismo" de la poesía nerudiana no se discute. Algunos incluso llegan a juzgarlo un rasgo distintivo. En 1974, Hugo Montes señalaba la "dimensión telúrica" en el yo central y poderoso de Neruda: "La expresión más evidente de esta dimensión es la identidad entre el yo y la tierra". Siguiendo a Finlayson, Montes destaca al territorio como elemento constitutivo de su habitante: "La tierra es más que fundamento o contorno: es origen, materia prima, forma y destino. Residir en la tierra es ser y estar en ella y para ella; es ser de ella y para ella, es -más hondo- ser ella".

Al contrastarlo con la figura de Ezra Pound, más europea, civilizada y libresca, Ignacio Valente, por su parte, resaltaba en 1975 que "el hijo de Parral confirma su fidelidad telúrica y provinciana entre las lluvias australes de Temuco y la dudosa bohemia santiaguina; y llegado el momento de partir, lo hace al Lejano Oriente: no a la cuna milenaria del espíritu, sino al submundo asiático de las masas anónimas y de las desintegraciones vegetales". Para el poeta sudamericano, advierte el crítico, "toda historia se convierte en geografía y naturaleza, y el acontecimiento histórico se incorpora a la efervescencia salvaje de lo telúrico".

Descenso a la materia

Un poeta telúrico está indisolublemente unido a la tierra. Y aunque la etiqueta les calce a diversos autores, Neruda parece monopolizar el término. Quizás por la radicalidad de su vínculo, que se funda en lo que Alain Sicard llama "las bodas casi místicas del poeta con la materia" (celebradas en los versos de "Entrada a la madera"), expresión que recuerda la de Gabriela Mistral cuando llamó a su autor "un místico de la materia".

Observa Raúl Zurita en su prólogo a "Maremoto", de Pablo Neruda (Pehuén, 1991), las dos direcciones de esta fuerza. "En la consistencia de la materia, [Neruda] vio toda la posibilidad de muerte y de aniquilamiento, de destrucción, al mismo tiempo que el único escenario posible en el cual la obra humana puede alcanzar el epígono de su resurrección y una nueva esperanza".

Precisamente en un fenómeno como el maremoto, el poeta "tematiza simultáneamente un drama y una fiesta", dice Zurita. Al recogerse, el océano deja ver algas, moluscos y peces que Neruda enumera, describe y celebra para luego instarlos a regresar a las profundidades ("volved, volved al mar/ desde estas hojas!"), consciente de que pertenecen a un mundo distinto al suyo, que es el orden de la civilización: tinta, imprenta, cartas, letras, números, tren, buques, espigas, el papel mismo en el que está escribiendo "Maremoto". Un mundo, el del mar, informe, prehumano, de cuyos seres el poeta se despide con la promesa de un reencuentro ("volveré, volveremos/ a la unidad ahora/ interrumpida").

Reintegración a la materia que no puede consumarse en el plazo de la vida, pues como recuerda Finlayson, "sólo lo material muere". Paradoja nerudiana: el arraigo telúrico únicamente puede alcanzarse en el desarraigo. En las sacudidas del mar y de la tierra, en la inestabilidad de las cosas y de los acontecimientos, pero también del sujeto que los percibe. La catástrofe "introduce la historia en la naturaleza", anota Schopf ( El desorden de las imágenes , Universitaria, 2010) a propósito de otro gran poema nerudiano de formación y desintegración: "Galope muerto", la inolvidable obertura de "Residencia en la tierra").

El valor de uso de lo "telúrico" tiene en Schopf un significado muy distinto que en Hugo Montes. Ya no alude una identidad estática, hipertrofiada, entre el yo y la tierra, sino a un interminable juego tectónico de fuerzas en conflicto. En este sentido, no se equivocaba el poeta español Gabriel Celaya cuando se refería a Neruda como "un poder ctónico desencadenado, un volcán y un torrente que lo arrastra todo en sus enumeraciones caóticas, un río gigante que todo lo arrasa y lo borra, una selva en perpetua germinación".

Recordemos que los dioses ctónicos (del griego antiguo khtónios, de la tierra) pertenecían al mundo subterráneo o inframundo: Dioniso, Perséfone y otros oscuros dioses de la fertilidad.

Del telurismo mistraliano al lárico

Ctónica es también la poesía de Gabriela Mistral, aunque la "materia porfiada y ácida de las piedras" (Gonzalo Rojas) de la que está hecha, siga en sus versos una dirección opuesta a la de Neruda: de ascenso más que de descenso. De hecho, el escritor mexicano Alfonso Reyes la llama en su "Himno a Gabriela", una "Ceres transmutada al orden del espíritu", y la considera "Montañosa y profunda como los barrancos y las arrugas graníticas de los Andes".

Octavio Paz se expresa en términos muy parecidos. Explica su "voz de varona" con otra imagen maciza: "La montaña es terrible porque es tiempo petrificado, inmensa forma quieta en cuyas entrañas duerme y sueña un mundo primordial...: agua y metales, piedra y fuego".

Adolfo Castañón considera a Gabriela Mistral una poeta "explícitamente telúrica y terrenal" y termina por adscribirla (con Whitman, César Vallejo, Neruda y Gonzalo Rojas) a ese "gran despertar o desperezamiento telúrico que en la narrativa se afilará en las obras de Miguel Ángel Asturias, Rómulo Gallegos, José María Arguedas, Augusto Roa Bastos o Juan Rulfo".

Ni Mistral ni Neruda, es sabido, dejaron descendencia biológica. Tampoco hijos literarios. Su telurismo, sin embargo, fue continuado por otros autores. En 1965, Jorge Teillier señalaba en algo parecido a un manifiesto que los "poetas de los lares" (Efraín Barquero, Alberto Rubio, Rolando Cárdenas) volvían a integrarse al paisaje.

"Esto es importante en un país como el nuestro -escribe Teillier- en donde el peso de la tierra es tan decisivo como lo fuera (y tal vez sigue siéndolo) 'el peso de la noche', en donde el hombre antes de lanzarse a los reinos de las ideas debe primero dar cuenta del mundo que lo rodea, a trueque de convertirse en un desarraigado".

Impulsos subterráneos, fuerzas inconscientes y a veces catastróficas modificaron y siguen modificando el accidentado relieve de la poesía chilena. En esta tradición hecha de fracturas, lo telúrico parece sobrevivir hoy en la obra de Raúl Zurita y los poetas mapuches. Cabe preguntarse, sin embargo, si el concepto tiene a estas alturas exactamente el mismo significado que en Neruda, Mistral y los láricos, o ya va siendo hora de redefinirlo.

Un terremoto físico, otro metafísico

Solamente dos famosas novelas chilenas publicadas en el pasado medio siglo describen eso que nos distingue de los demás países del mundo, eso que nos hace tan diferentes, eso que significa vivir todas las horas, los días, los meses, los años caminando sobre un precipicio: un terremoto. La primera es El obsceno pájaro de la noche (1971), de José Donoso, y la segunda, La casa de los espíritus (1982), de Isabel Allende. Aunque sea difícil encontrar dos autores tan disímiles, hay algo común en los cataclismos que ambos evocan, pues ninguno tiene fecha cronológica determinada, si bien podemos deducir que ocurren a mediados del siglo XX y que afectan al valle central. Debe haber otras obras con temblores, maremotos, tsunamis; aún así, debido al virtuosismo con que están representados, los lectores seguramente recordarán mejor los de las narraciones de Donoso y Allende.

El terremoto de Donoso es metafísico; el de Allende, físico, concreto, periodístico. Estos dos textos, tan alejados uno del otro, son curiosamente afines en la elección del fenómeno natural que nos hace sobresalir frente al resto del planeta. Las razones que cada uno tuvo para hacer saltar a nuestro territorio justo en la mitad de él y justo al promediar la trama, tienen que haber sido inconscientes, porque no se advierte cálculo ni oportunismo antes de que el lector se enfrente a esas páginas.

Decíamos que el terremoto de El obsceno pájaro de la noche es metafísico debido a que la ficción suprema de Donoso posee ese carácter. En efecto, estamos ante una indagación en el poder destructivo de la mente humana, una creación excesiva, siniestra, espeluznante, donde todos los personajes están condenados al fracaso, la decadencia, la decrepitud, la descomposición. La experiencia que propone el autor es una experiencia literaria que se devora a sí misma -el mito del Imbunche, el Mudito, los Azcoitía, la Rinconada, las monjas de la Chimba-, que se repite hasta el infinito, que termina ahogándose en la ineludible banalidad de los objetos que la conciencia engendra y en la anonadación final de las propias palabras escritas. Por una especiosa contradicción, el terremoto parece, por un momento, liberarnos del ineluctable cercenamiento en que concluirán las diversas historias y que no se expresa en cortar, desatar, romper los orificios humanos y clausurar su entorno, sino en coserlos, taparlos, condenarlos para siempre. Sin embargo, el apocalíptico sismo, retratado con meteorológica minuciosidad es, de modo peregrino, un liberador momento, una expresión de la naturaleza que podría calificarse como benéfica, frente a la furia irracional desatada por la imaginación.

El terremoto de La casa de los espíritus cumple otras funciones, fundamentalmente anecdóticas, aun cuando es preciso reconocer que Allende sabe muy bien de lo que habla cuando rememora lo que pasa mientras las casas y edificios se vienen abajo, la tierra se agrieta, la gente no puede tenerse en pie, una nube de polvo se cierne sobre el cielo. La saga de los Trueba parece alcanzar un momento decisivo, mas ese es otro de los tantos y tan astutos engaños en la estrategia narrativa de la novelista. La crónica familiar de varias generaciones, a través de un siglo, necesitaba, como requisito sine qua non , un terremoto y Allende estaba obligada a dárnoslo, con lujo de detalles.

Nuestra gran poesía, nuestros mejores poetas -Mistral, Neruda, Huidobro, De Rokha- han sido calificados, una y otra vez, como telúricos y tal adjetivo ha terminado siendo casi trivial para referirse a ellos. No obstante, nuestra narrativa resulta, en comparación, cuasi pastoral. Por una causa u otra, a los novelistas y cuentistas nativos los temblores no los hacen temblar.

Esto es extraordinario si echamos una rápida mirada al globo terráqueo. Chile no es un país tan pequeño como otros -Andorra, Israel, El Salvador-, pero indudablemente es el estado con menos rotundidad del orbe. Con 15 kilómetros en su parte más angosta y poco más de 100 en la más ancha, apenas se nota y, en realidad, para cualquier extranjero, no debe ser sencillo situarlo y más aún hacerlo en un mapa de geografía física y no política. Estamos colgando, condenados a desaparecer en el Océano Pacífico en unos pocos millones de años, o sea, un tiempo minúsculo en las eras geológicas. La precariedad, el tambaleo, el desequilibrio definitivo son lo que nos define. Quizá para olvidarse de esa extrema fragilidad, nuestros narradores prefieren pasar por alto el tema.


Articulo : http://diario.elmercurio.com  01/03/2011