mercredi 2 mars 2011

Sergio RAMIREZ/ Escritor hasta la muerte

Artículo :
Escritor hasta la muerte
Por Sergio Ramírez

A un año de su fallecimiento, estas palabras de un amigo retratan a Tomás Eloy Martínez en la tarea que lo ocupó hasta el final de su vida: crear ficciones, como una manera de reescribir la historia.

Le había escrito a Ezequiel que cuando llegara a Buenos Aires quería visitar la tumba de Tomás, y así lo hicimos una tarde de primavera del mes de noviembre, ya cuando el verano va encendiéndose en el cielo austral sobre el Río de la Plata. Primero fuimos con Juan Cruz y su mujer Pilar a la biblioteca municipal Miguel Cané de la calle Carlos Calvo, en Boedo, donde un día trabajó Borges escribiendo a mano fichas para dar entrada a los libros en el catálogo, y de donde fue destituido en 1946 a la llegada del peronismo, nombrado a cambio inspector de gallineros y aves de corral, porque entre otras cosas al poder le gusta el escarnio. Ahora están desocupando el segundo piso para instalar los libros de Tomás, su escritorio, sus papeles, todo como él lo dejó, como si fuera a vivir allí al lado del cubículo que ocupó Borges, los dos entregados a amena conversación, y qué interminable, si tienen la eternidad entera. Algo de eso escribí en el libro de visitantes, que a ambos les esperaba una plática sin fin de la que es una lástima perderse.

Luego recalamos en el café Margot para el almuerzo, allí mismo en Boedo, invitados por Josefina Delgado, la secretaria de Cultura del gobierno de Buenos Aires, y por fin, a bordo de una camioneta del mismo ministerio, parecida a un vehículo celular de la policía, de ésos que recogen prisioneros díscolos en las madrugadas, con una reja divisoria atrás para transportar libros, enfilamos hacia el Cementerio Memorial de Pilar, no sin antes detenernos en un puesto de flores pues Tulita, mi mujer, quería llevarle a Tomás unas rosas rojas.

Hay que viajar unos cincuenta kilómetros por la ruta 9 que lleva a Rosario, siempre congestionada de vehículos, a través de suburbios prósperos marcados a uno y otro lado por desarrollos residenciales, centros comerciales, supermercados, fábricas, agencias distribuidoras de coches, como si la ciudad se empeñara en no terminar nunca y olvidara sus confines, hasta que dejamos la autopista por una vía secundaria y llegamos a las puertas del cementerio amurallado, escondido entre arboledas.

Es uno de esos cementerios que parece un silencioso campo de golf, con sus suaves colinas verdes, tersas como alfombras, los árboles sembrados en lugares estratégicos por los paisajistas, araucarias, álamos, sauces, un sicomoro, los senderos de grava apacibles, discretas bancas para el descanso y la contemplación, y en los prados impecables las tumbas marcadas por pequeñas placas entre la grama, todas iguales, las inscripciones grabadas con la misma tipografía. Infinita uniformidad del parque funerario, hasta donde la vista no alcanza. Ezequiel nos llevó hasta el sector K, donde reposan las cenizas de Tomás al lado de una vecina desconocida. Ya será cosa de sus habilidades cordiales de buen conversador, de las que siempre hizo gala, ver si puede hacer amistad con ella; no necesitarán hablar solamente de libros, a Tomás le sobraban los temas, y están los eternos de la vida y de la muerte que siempre lo sedujeron.

En su lápida hay inscrita una frase suya: “Nos pasamos la vida buscando lo que ya hemos encontrado”. Ezequiel retira el tubo que hay en cada una de las tumbas, que sirve de florero, y va por agua a uno de los grifos. Sus flores, y las nuestras, quedan allí juntas, y luego nos quedamos en silencio, un silencio profundo, mientras arriba en el cielo soleado, porque es ya tiempo en que oscurece tarde, las nubes pasan lentas, y yo diría tan indiferentes. ¿Por qué prefirió Tomás que sus cenizas quedaran aquí, en un cementerio donde para venir a verlo es necesario organizar toda una excursión? Porque fue él quien lo dispuso. Su esposa, Susana Rotker, crítica literaria y crítica de cine, profesora de letras, muerta años atrás en un absurdo accidente en New Brunswick, Nueva Jersey, atropellada por un camión, está enterrada muy cerca, en un cementerio judío. Es lo más cerca posible que pudo quedar de ella.

Pero debo volver atrás. Allá por comienzos de los años setenta, cuando yo vivía en Costa Rica, recibía puntualmente los paquetes de novedades que desde Buenos Aires me enviaba Fernando Vidal Buzzi, director de la editorial Sudamericana, y entonces fue que me encontré por primera vez con el nombre de Tomás Eloy Martínez en la tapa de su novela Sagrado, que era la primera que publicaba y que años después, cuando llegamos a ser amigos entrañables, él solía desechar con sonrojo a la primera mención, porque, según su propio alegato, era una novela en la que se había dejado seducir por las palabras más que por la pasión de contar una historia.

Largos años estuvimos lado a lado, en proyectos, complicidades, alegrías y tribulaciones como la muerte trágica de Susana, que le descalabró en tantos sentidos la vida, encontrándonos en tantas partes del mundo, en New Brunswick, o en su apartamento de la avenida Pueyrredón en Buenos Aires, o en mi casa en Managua, cuando vino por única vez a Nicaragua a dictar unos talleres para jóvenes periodistas, y ya no quedaban ni rastros de la revolución. Largas jornadas en librerías de Madrid o Lisboa, largas sobremesas en México o en Sevilla, su voz de timbre tucumano convocando a la risa, llamadas sorpresivas desde lugares distantes, mensajes electrónicos como cartas contando y pidiendo novedades, ahora que ya no se escriben cartas.

Lleno de santo humor hasta el final, como en este mensaje electrónico de noviembre de 2009, en que responde a un comentario mío acerca de la energía y constancia con que Carlos Fuentes mantiene su agenda internacional, sin que tanto ajetreo le pese nunca a su escritura: “¿Cómo? ¿Ya está Carlos en México? Pronto lo veremos caminando sobre las aguas...”.

Su presencia siempre fue una iluminación feliz para todos sus amigos, preocupado por la suerte ajena, siempre con algún libro cuya lectura quería recomendar, y con algo nuevo y deslumbrantemente divertido que contar, dueño de eso que yo llamaría una maledicencia edificante, unas historias en las que, igual que en sus novelas, nunca se sabía dónde comenzaba la mentira y dónde terminaba la verdad, pero nunca faltaba la risa.

Una presencia transparente la suya, alejada de las mezquindades que suele teñir el oficio literario, generoso con los más jóvenes y generoso con sus pares como cuando, ya bajo los estragos del mal que se lo llevó, y venciendo todas las dificultades de un viaje así, voló desde Buenos Aires hasta México para estar presente en la celebración de los ochenta años de Fuentes. Incluso cuando la enfermedad lo fue inmovilizando, nunca dejó de contestar los mensajes electrónicos, por mano suya o por la de alguno de sus hijos, mensajes en los que nunca declinó el ánimo, ni perdió el optimismo ni el entusiasmo por la vida. “Le he dicho a los médicos que quiero calidad de vida y no cantidad de vida”, me escribió en diciembre, el mes antes de su muerte.

En el balance de su vida colocó al final la literatura por encima de su otra pasión visceral, el periodismo, aunque en sus novelas nunca abandonó el periodismo que quedó en el entramado de la narración. Como Daniel Defoe, escribía sus novelas con la técnica del reportaje para fingir mejor la verdad. Un clásico de nuestras letras contemporáneas, maestro en el arte de borrar todo espacio o frontera entre la historia pública y la imaginación hasta crear una realidad paralela mucho más creíble que la realidad real, tanto así que inventó una historia moderna de Argentina en La novela de Perón y en Santa Evita, que sobrevivirá a la de los libros de texto.

Cuando Eva Duarte se encontró por primera vez con Juan Domingo Perón en Luna Park, la noche del 22 de enero de 1944 en que se daba una función artística de beneficencia por los damnificados del terremoto de San Juan, ella le dijo cuando estuvieron sentados lado a lado: “Gracias por existir”. O no se lo dijo nunca para los términos de la historia mezquina que resiente de imaginaciones, porque la frase la inventó Tomás en Santa Evita. Pero se lo dijo. La historia fue modificada a partir de la novela, igual que los propios personajes de la historia argentina, y de la novela, Juan Domingo Perón y Eva Duarte, fueron modificados y ya no serían nunca más los mismos desde que pasaron por las manos de su novelista inevitable. Su creador, su inventor. Su falsario.

Tomás contaba historias en sus novelas y las contaba para sus amigos con la misma calidad seductora. Una de las que más me seguirá cautivando siempre tiene que ver precisamente con esa frase maestra del arte de la seducción, “gracias por existir”, que años después de haber sido publicada en Santa Evita pasó a ser el texto de una pancarta en una manifestación peronista: “General Perón, gracias por existir”. Tomás protestó diciendo que se trataba de una frase suya escrita en una novela suya y puesta en boca de un personaje suyo, pero su intento resultó tan ingenuo como vano, al punto que fue acusado de falsear la historia del peronismo atribuyéndose lo que no le pertenecía sino a la historia.

La historia, ya tomándose en serio, se apropió no solo de la frase, sino de toda la novela, y la hizo suya. El novelista dejó de ser el inventor y pasó a ser el cronista, y a lo mejor ni siquiera eso, porque para negar que la Eva Perón que conocemos, tal como la conocemos, sea la invención de una persona, y para negar que las frases célebres que dijo sean también la invención de esa persona, hay que empezar por negar al novelista, y negar su novela. Para que Eva Perón sobreviva, hay que desaparecer a Tomás Eloy Martínez. La criatura sacrifica al creador; pero allí está precisamente su victoria. El personaje sale de las páginas de la novela y se queda en el mundo real.

Eso es lo primero que evoco frente a su muerte, su poder de inventar la historia y hacer que sea la suya, su propia historia inventada, la que pase a ocupar el lugar de la verdad, es decir, de lo que se da por aceptado y ya no podrá ser desmentido, ni sustituido. Los hechos, tal como en verdad ocurrieron, si es que existe una sola verdad para los hechos, ya no importan. Se diluyen, se deshacen víctimas de las imprecisiones, de las contradicciones, de los testimonios fallidos, de los inevitables olvidos, de la vaga sustancia de los cambiantes relatos orales, de la desconfianza que inspiran los documentos oficiales. Nada de eso es creíble, lo único creíble es la novela, que presenta un cuerpo organizado de mentiras basadas en evidencias suficientes aportadas por el novelista, y que estarán allí para convertirse en la sustancia de lo que verdaderamente ocurrió. Se ha operado un trasiego feliz desde la novela real a la realidad mentirosa. “Gracias por existir”.

En Santa Evita todo es verdad; nadie pone en duda los hechos. Tomás pasó años investigando la vida del general Perón y de su esposa, aprendió todo lo que había que saber de ellos, pero a la hora de construir la verdad de la novela no aprovechó esos materiales ordenándolos, dándoles congruencia, procurándoles un orden cronológico, una tesitura didáctica, sino que los transformó, los falseó, usó lo que le convenía y lo demás fue a dar a la papelera; y de lo que le convenía, todo quedó irreconocible entre el esplendor de la mentira que ahora llena todo el campo de visión y se transforma de manera implacable en lo que verdaderamente ocurrió. Porque la historia es menos atractiva, la pobre, y la novela, que actúa con mayor eficacia que la historia, no admite desafíos en su altivez.

Recordaré a Tomás como el novelista que desafió a la historia y la venció, creando su propia versión triunfante de la Argentina contemporánea, y es así como quisiera que fuera recordado. Hombre de varios oficios, entre ellos principalmente el del periodista implacable colocado del lado del rigor por la relación de los hechos, como en La pasión según Trelew. Qué paradoja espléndida. El que reclamó la verdad como consigna, niega la verdad a la hora de contar la historia como periodista, y crea la suya propia a la hora de contar la historia como novelista.

Pero el periodista, en la vida de Tomás como novelista, vuelvo a decir, no es sino el que proporciona instrumentos a la narración, técnicas, experiencias, estructuras del relato, maneras de contar. Pasó una vida de aprendizaje y experiencias en el periodismo para poder ser novelista. Como periodista, jamás habría podido contar la historia de Eva Perón tal como lo hizo el novelista en Santa Evita, ni la historia del general Perón tal como lo hizo en La novela de Perón. No hubiera sido creíble.

Qué desvarío sería llamar a estas novelas suyas novelas históricas, porque sería atribuirles un molde, el molde rígido de la historia. Para Tomás, dentro de su sentido de totalidad de la mentira, que es una manera de la libertad, primero hay que dinamitar la historia para poder inventar después a campo raso las frases célebres de Eva Perón, los caminos que ella escogió para su gloria y su fama, sus angustias y veleidades vestida con las sedas del poder, la pasión de su muerte, la multiplicación folletinesca de su cadáver en copias perfectas, las obsesiones que despierta ese cadáver repetido como en una galería de espejos. La historia inventada que es ahora la historia verdadera y ya no dejará de serlo.

“Tenemos que estar agradecidos por cada momento en que la historia nos deja en paz”, dice Philip Roth en alguna parte. A Tomás la historia nunca lo dejó en paz, y agradecido cargó a la Argentina a lo largo de toda su vida como en peso vivo, como si se tratara del cadáver mismo de Eva Perón. Era su destino latinoamericano. Un destino hasta la muerte, y un escritor hasta la muerte que nunca cejó en escribir porque era su oficio sagrado. Ya casi imposibilitado, siguió escribiendo sus lúcidos y siempre aleccionadores artículos, y cada vez que yo abría el diario en Managua los domingos y me encontraba su firma era como si recibiera un mensaje suyo, estoy aquí, sigo vivo, sigo trabajando, lo haré hasta el último aliento.

Y así, escritor hasta el último aliento, siguió adelante tratando de terminar su última novela, El Olimpo, dictándola cuando ya no pudo con los dedos, sin dejarse amedrentar nunca por la muerte que desde esas páginas inconclusas pasa a ser un personaje suyo de ficción.

“Hubo un momento, un relámpago ciego de la eternidad, en que los Dioses inmortales quisieron morir”, escribe en El Olimpo. “Lo sabían todo, pero no sabían morir. Muy atrás, en el foso sin fondo de los tiempos, sus caprichos aterrorizaban al mundo. Imaginaban pestes y enfermedades cada vez más incurables, ordenaban matanzas atroces y disfrutaban infundiendo el odio entre los hombres para verlos desgarrarse en contiendas sanguinarias”.

”La eternidad les había enseñado todos los signos y las voces de la muerte, pero como la muerte no había entrado en ninguno de ellos, desconocían su apariencia y sus señales. Querían morir y no sabían cómo”.

Fue su último diálogo literario, el diálogo con la muerte a las puertas de la muerte. Y de esta manera, desde la literatura, convirtiendo a la muerte en una criatura suya, pudo conquistarla con las palabras.

Que es lo que se llama trascender.

 
Articulo : http://www.elmalpensante.com/  03/2011