samedi 26 mars 2011

Sergio RAMÍREZ/ La palabra que se deja ir

La palabra que se deja ir
(En memoria de Francisco Ruiz Udiel)
Por Sergio RAMÍREZ

Palabras de Sergio Ramírez, director de Carátula, revista cultural centroamericana, en el funeral de Francisco Ruiz Udiel, nuestro editor, fallecido trágicamente el pasado 31 de diciembre de 2010.

No se suele planear en Nicaragua lo que uno pretende hacer con tanta anticipación metódica. Pero Francisco tenía su lado exacto y previsor en la vida, y nunca dejaba de hacer lo que se proponía. Cualquier cosa que fuera.

De modo que convenimos con mucha anterioridad que la presentación de su libro Memorias del agua, que primero se iba a llamar Hierba de abril, sería el jueves 3 de febrero de este año a las 6.30 de la tarde en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica. Yo escribí el prólogo de ese libro en enero del 2009, es decir, hace dos años. Después voy a leer ese prólogo. Pero antes, quiero insistir en la exactitud con que Francisco organizaba sus compromisos. Éste es el mensaje que le envió a René González, presidente del Instituto, acerca de la presentación de su libro:

Querido René:

Confirmo entonces, para reservación de espacio, que me gustaría hacer la presentación de mi libro Memorias del agua, el jueves 3 de febrero, a las 6:30 p.m., en el INCH. Sergio Ramírez ya confirmó que él hará la presentación.

Ese día también quiero proyectar dos videos que me hará Israel Lewites de un par de poemas. Así que, si es posible, necesitaré lo siguiente:

-Pantalla para la proyección.
-Proyector.
-Audio (ya vi que está).
-Si es posible una laptop con lectura de DVD.
-3 micrófonos (Uno para autor, otro para Sergio Ramírez y otro para representantes del FORO e Inch).
-Tres bases de micrófonos para mesa.
-Una mesa y cuatro sillas donde estarán: Francisco Ruiz, Sergio Ramírez, Cairo Amador (Foro) y René González (INCH)

Quedaría pendiente de avisarte los requerimientos que me solicite Moisés Gadea, que imagino no son tan difíciles. Serán tres canciones.

De su exactitud para planear las cosas, doy fe porque trabajamos juntos de manera muy estrecha. Francisco fue una imagen de mi propia juventud. Aventura, pero también responsabilidad. Ruptura, pero también rigor. Los romanos solían marcar con piedra negra los días de infortunio, y con piedra blanca los días venturosos. El día en que encontré a Francisco queda marcado en mi vida con piedra blanca.

Siempre estábamos planeando todo de antemano, con mucha antelación. El equipo de Carátula se reunió la última vez el 23 de diciembre a las 4 de la tarde. Todos fueron puntuales. Francisco, que llegó acompañado de Ulises, siempre juntos, Antonina, y Javier Sancho Mas. Aprovechamos que había venido Javier desde Barcelona, y así nos veíamos todos las caras, ya que como ésta es una revista virtual, todo lo hacemos y lo organizamos desde lejos. Desde cualquier lejanía donde estemos, juntamos todo, y la revista sale puntual. Y cuando digo cualquier lejanía, digo cualquier lejanía. La distancia, por ejemplo, que hay de aquí a una estrella que nunca ha existido. Allí donde la nada es nada. Francisco le responde a Alfonso Cortés:

No metas tu mano
En la hendidura oscura
Cuando cierre mis ojos,
No encontrarás el mundo allí adentro…

Pero tenemos que hacer correcciones a los planes trazados, Francisco. Ningún plan es infalible. Ni aún los tuyos. Vamos a dedicarte, muy a tu pesar, y a pesar del pesar de los pesares, el próximo número de Carátula. Y no va a poder faltar tu foto en la portada de El Hilo Azul.

Si este muchacho tan cumplido al que voy a extrañar para siempre, y que se confesaba conmigo como si yo fuera un cura de aldea, fue capaz de hacer que sus planes salieran como él decidió que salieran, pues yo también pienso ser igual de cumplido, y vamos a presentar La sombra del agua tal como él lo dejó planeado, sin faltar las tres canciones de Moisés Gadea. Están todos cordialmente invitados a esa presentación el día que escogió, a la hora que escogió, en el lugar que escogió. Yo la tengo en mi agenda, y nadie va a borrarla de allí.

Ahora quiero leer el prólogo que escribí para ese libro, porque en esas líneas está lo que pienso de Francisco como poeta, y en esta medianoche en que las releo, vísperas de su funeral, y las inserto en estas hojas, pienso también en que la poesía es un holocausto, y una hecatombe, si alguien la convierte en parte de su vida, y de su muerte:

La poesía de Francisco Ruiz Udiel está situada en un punto tenue, de difusos resplandores, entre el sueño y la vigilia. Es el momento en que la conciencia se prepara para el despertar, o bien regresa al sueño, y entonces las palabras adquieren esa sustancia que es a la vez moldeable, con la cera de las abejas doradas que zumban en el sueño mismo, y a la vez fugaz. Y es esta fugacidad su cualidad más permanente, las palabras que huyen y van dejando su rastro, y que el poeta busca apresar. Son las palabras que han hecho ese largo viaje desde las cavernas siempre misteriosas del cerebro dormido a la mano que despierta para atraparlas, o para atrapar las sombras que suelen vestir su bulto bello.

No hay prefiguraciones en esta poesía, no hay carta de marear que fije de antemano las rutas. La mano obedece a la cabeza que no acaba de despertar y disfruta de la calidez imprecisa de la penumbra, recogiendo fragmentos de la belleza hecha trizas, porque la poesía es también eso, recomponer lo entrevisto, rehacer la figura imaginada y vuelta a perder en la imaginación, memoria y olvido hermanos siameses. Es entonces cuando sabemos que desde ese universo vasto e íntimo que nunca se da abasto a sí mismo, nos llegan ecos múltiples de sensaciones que sólo la mano del poeta recupera hundiéndola en su propia cabeza, ansias y desvelos, amores que nacen y que se pierden, caminos por recorrer que se sueñan como recorridos, viajes que apenas empiezan por otros caminos que parecen ya tan viejos, paraísos perdidos por los que se entra a través de la boca del infierno dejada atrás toda esperanza. También los mares tenebrosos que se necesita recorrer en espiral antes de alcanzar Ítaca en el barco de ébano tienen siete círculos, y mientras tanto dura el viaje el vino se espesa en las vasijas y será suficiente para darnos la embriaguez por todos los días que nos quedan. Dionisos es el copero de Ulises y las vides de ese vino sólo crecen en el misterioso jardín de las Hespérides. Pero el poeta es la vez Ulises y Dionisos, el viaje y la embriaguez que juntos son la poesía.

La poesía, nos dice Francisco en sus líneas y entrelíneas, es siempre un viaje en la penumbra de las palabras. Se lo recordaba Rubén Darío a Valle Inclán en la crónica onírica que escribió sobre el viaje fantasmal de ambos a Santiago de Compostela, una peregrinación al más allá de los sueños hijos de la vigilia. El viaje a Ítaca, el viaje a Citeres, el viaje a Compostela. Y el viaje de dos poetas en un tren que cada vez se vuelve más oscuro mientras el ruido del mundo se apaga; el viaje que se hace caminando debajo de una escalera para llegar a una ventana que da a una puerta que da a un abismo, todo porque una vez que naces, te pierdes; y el viaje, por fin, al último infierno, sacando fuerzas de la desesperación y de la desesperanza, que se inicia de madrugada en la plaza de una ciudad muda junto al mar que resuella en la distancia, un viaje ciego este último bajo el fulgor de las estrellas perdidas en el cielo más distante que pueda imaginarse.

El único sentido que tienen las palabras es dejarlas ir para buscar luego como atraparlas en el largo viaje sin consuelo que es la poesía, y por el camino sin nombre Francisco va dejando sus huellas sobre la arena.

Un largo viaje sin consuelo. Qué extraño que ese prólogo, escrito tras la lectura y relectura de los poemas de ese libro, hace dos años, trate de un viaje. El viaje a Ítaca, el viaje a Citeres, el viaje a Compostela. Hoy debo agregar dos viajes más. Primero, el viaje por las aguas del río Leteo, que según la mitología griega es uno de los ríos del Hades, el reino de los muertos. ¿Qué anda haciendo un muchacho de treinta y tantos años apenas navegando esas aguas, que son las aguas de un río de viejos?
 
Por el Leteo corren las aguas del olvido. En El coloquio de los Centauros de nuestro padre Rubén, Medón dice:

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia
Ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.
es semejante á Diana, casta y virgen como ella;
En su rostro hay la gracia de la núbil doncella
Y lleva una guirnalda de rosas siderales.
En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,
A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

Una copa con agua del olvido, aguas del río Leteo. Una vez pregunté a Ulises Juárez y a Francisco por qué habían puesto Leteo como nombre a la editorial que ambos fundaron, y no recuerdo cuál fue la repuesta que recibí. No importa. Pero Francisco, que tan bien cumplía las tareas que se proponía, y poco se equivocaba, ha caído aquí en un error porque olvido para él, no habrá de ninguna clase.

Y me queda el último viaje al que quería referirme antes de terminar. El viaje que Orfeo hace al reinado del Hades en busca de Eurídice. Orfeo, el primero de los poetas en la historia de la humanidad, es el que canta en la noche sin estrellas, y desciende a las entrañas del misterio y de la muerte en busca de Eurídice, es decir, en busca de la poesía. Porque la poesía es Eurídice.

Como ha descendido a los abismos Francisco, en busca de la palabra que falta. Un poema suyo se llama Equipaje para bajar al infierno. El infierno no es ningún lugar de expiación, sino el reino del Hades, no hay que olvidarlo. No se baja al infierno por causa de la culpa, sino por el canto, como Orfeo:

Tenía tantas ganas de morir
Que se durmió con
Dos monedas en la mano
Y un diccionario griego

Es lo que deja dicho Francisco en uno de sus poemas.

¿En qué mundo vivió? En el mundo de las palabras, y vivió por las palabras, el oficio más peligroso del mundo. Y como siempre estamos regresando, el viaje al Hades es el mismo viaje a Ítaca, y eso lo escribe el mismo Francisco, el que se va y el que regresa, el que parte y el que se queda. Como Ulises, como Orfeo

Me canso de despertar,
La luz me hiere cuando ver no quiero.
El viaje a Ítaca nada me ofrece.
Si hubiera al menos un poco de vino
para embriagar los días que nos quedan
embriagar los días que nos quedan
que nos quedan.

Ahora, empieza el viaje. Empecemos su viaje.

***
FRANCISCO RUIZ UDIEL (Estelí, Nicaragua 1977 - Managua, 31 de diciembre de 2010). Realizó estudios de poesía bajo la tutela de su mentora, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, discípula del Nobel español Juan Ramón Jiménez.

Ha publicado el poemario “Alguien me ve llorar en un sueño” (Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven 2005). También publicó “Retrato de poeta con joven errante”, antología poética de su generación con prólogo de Gioconda Belli. Su poesía aparece en las antologías “La poesía del siglo XX en Nicaragua” (Editorial Visor, España 2010); Antología de poesía nicaragüense: Los hijos del minotauro (1950-2008) (Revista TRILCE, 2009) y en la Antología del IV Encuentro Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer (Trilce, Villahermosa, 2008). Poemas suyos aparecen además publicados en las revistas “Karavan” (Suecia, 2006); Revista Oliverio (Argentina, 2005); Revista Maga (Panamá, 2005); Revista “Lichtunten” (Alemania, 2009); Revista Nómada dirigida por Jorge Boccanera (Argentina, 2008); Revista Prometeo (Medellín, Colombia, 2008) y en la memoria poética del Encuentro “El vértigo de los aires”: Poesía Iberoamericana (México, 2009) y las memorias del I, II, III, IV y V Festival Internacional de Poesía de Granada (Nicaragua).

Asistió como invitado a diversos Encuentros y Festivales poéticos internacionales, entre los que figuran: V Festival “La poesía tiene la palabra”, Casa de América (Madrid, España, 2005); IV Festival Internacional de Poesía de El Salvador (San Salvador, 2005); XXII Festival Internacional de Poesía de La Habana (Cuba, 2007); Fiesta Literaria de Porto de Galinhas, Estado de Pernambuco (Brasil, 2007); XVIII Festival Internacional de Poesía de Medellín (Colombia, 2008); IV Encuentro Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer (Villahermosa, México, 2008); Festival Internacional de Poesía de Costa Rica (San José, Costa Rica, 2009); Encuentro Iberoamericano de poetas en el Centro Histórico 2009: El vértigo de los Aires (México, 2009); VII Festival Internacional de Poesía de Granada (España, 2010).

Su poesía ha sido elogiada por célebres poetas y escritores como Jorge Boccanera, Waldo Leyva, Sergio Ramírez y Ernesto Cardenal. Según el crítico peruano Julio Ortega, Ruiz Udiel se cierne como uno de los herederos de la poética latinoamericana y según el crítico francés Norbert-Bertrand Barbe, "de todos los nuevos poetas de Nicaragua, Udiel es sin duda uno de los que tiene mayor voz propia".

En 2004, junto al escritor nicaragüense Ulises Juárez Polanco, fundó Leteo Ediciones, proyecto sin fines de lucro que promueve la literatura joven de su país. Entre las publicaciones como co-editor se encuentran: Memoria poética: Poetas, pequeños Dioses (Managua, 2006); Sergio Ramírez: Perdón y olvido, Antología de cuentos (1960-2009), (Managua, 2009); Claribel Alegría: Ars Poética (Managua, 2007); Missael Duarte Somoza: Líricos instantes (Managua, 2007) y Víctor Ruiz: La vigilia perpetua (Managua, 2008).

Antes de su prematura muerte trabajó como editor de Caratula, revista cultural centroamericana dirigida por Sergio Ramírez.

También era periodista colaborador de la sección Variedades de El Nuevo Diario, de Nicaragua, y laboró como relacionista público del Centro Nicaragüense de Escritores.

Era miembro de la Red Nicaragüense de Escritores y Escritoras (RENIES); miembro de la Red Internacional de Editores y Proyectos Alternativos (RIEPA) y miembro del PEN INTERNACIONAL por el capítulo de Nicaragua.

 
Enlaces:
» En memoria de Francisco Ruiz Udiel
» Blog en el Boomeran(g)
» Facebook oficial
 

SERGIO RAMÍREZ (Masatepe, 1942). Escritor nicaragüense.

Integrante de la "Generación de la Autonomía", se gradúa Doctor en Derecho como el mejor alumno de su promoción. Al derrocamiento de la dictadura somocista es electo miembro de la Junta de Reconstrucción Nacional y, en 1984, vicepresidente de la República.

Premio Alfaguara 1998, su obra literaria abarca más de treinta libros, ocho colecciones de cuentos, una docena de libros de testimonios y ensayos y las recopilaciones El cuento nicaragüense (1976), El pensamiento vivo de Sandino (1975) y El cuento centroamericano (1974).

Es Director de Carátula y editor de su "Hoja de Ruta".

 
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"Nimbos" (cuento inédito)
Por Francisco RUIZ UDIEL

Francisco Ruiz Udiel (Estelí, 1977 / Managua, 2010), nuestro editor, se definía a sí mismo como poeta con inquietudes más allá de la poesía. El cuento "Nimbos" fue trabajado por Francisco como parte del Taller de Narrativa impartido por Erick Aguirre en el Centro Nicaragüense de Escritores, entre abril y junio de 2010, y después de nuevas revisiones, entregado a mediados de diciembre a Ulises Juárez Polanco para una recopilación de cuentos nicaragüenses escritos por jóvenes, en preparación. Carátula comparte este cuento con sus lectores.

En la lluvia rota
ve su cara
hecha pedazos.

Humberto Ak`Abal

 
Todo aquello se veía negro,
como si las nubes
fueran a chorrear tinta.

Sergio Ramírez


La noticia que Esteban le dio a Carlos, aquella mañana del 21, le provocó tristeza. Carlos, de tez morena y de treinta años, llamó a Iván, uno de sus amigos, para que le acompañara a San Marcos; también irían en el viaje otras dos amigas: Ana y Daniela.

Lo sucedido sorprendió al grupo. La madre de Esteban había fallecido esa madrugada por un infarto. Ese día el clima se complicó pues se anunció el huracán que cubrió la zona del Pacífico. Sin embargo, la visita no podía postergarse, así que salieron todos en el mismo automóvil, a las diez y veinte de la mañana. La hora es recordada con precisión porque alguien preguntó y fue Iván quien miró su reloj, anunciando que aún era temprano.

El grupo decidió irse por la carretera sur, que sube hasta el municipio de El Crucero, donde la niebla crece junto a la hierba. En el auto todos iban comentando el tema de la muerte y recordaban experiencias diferentes. Daniela, que iba en la parte de adelante, dijo: Yo recuerdo cuando falleció mi papá. Quedé realmente afectada durante más de un año.

En el asiento de atrás iban Carlos y Ana. El tema fue creando una atmósfera triste, entonces Ana sugirió encender la radio. Sonó una canción del roquero argentino Gustavo Cerati, que hablaba de la poesía como la única verdad.

Minutos antes de llegar a Las Nubes, el punto más alto de El Crucero, la lluvia se volvió más densa. A través del vidrio delantero se percibía muy poco la carretera, debido a la neblina. Por un momento el grupo guardó silencio y sólo se escuchaba a Cerati: vamos de fuego en fuego hipnotizándonos. A cada paso sientes otro deja vu.

El vidrio estaba más opaco. Carlos bajó la ventana un centímetro para que entrara aire, pues empezó a sofocase. Todo se volvió oscuro, incluso dentro del automóvil, que ahora continuaba a una velocidad baja. De pronto, más desesperado, sintió una corriente que surgía del pecho y continuaba desde el hombro hasta alcanzarle el brazo izquierdo. Era como si alguien le presionara con una mano para ahogarlo.
—¡No puedo respirar!
—Afuera está oscuro. —dijo Ana, sin escucharle.
—Es en serio, necesito aire.
—¿Adónde se fue la luz? —preguntó Daniela.
—Me duele el pecho.
—Qué haríamos si viviéramos en tinieblas, ¿se imaginan? —comentó Iván.

Carlos sintió que su voz apenas se escuchaba.
—Poneme la mano en el pecho —dijo, mirando a Ana—, estoy agitado.
—Los colores son fabricados por la luz. —dijo Daniela.
—Me están sudando las manos, las tengo heladas.
—Tenés razón. Vemos las cosas, todo aquello que existe, por la luz. —secundó Daniela.
—Mirame, ¿cómo estoy? ¿Me veo pálido?
—Qué bárbaro, pero si no se ve nada —se quejó Iván, limpiando el vidrio con la mano—. Detengámonos mejor.
—¿Alguien anda reloj? Necesito ver la hora. —susurró Carlos. Ya su voz también empezaba a desaparecer.
—Da la sensación de que afuera nada existe en este momento. —dijo Iván.
—Siento la piel adormecida, como un hormigueo. —llegó a decir Carlos, o imaginó que decía algo.
—Y desde afuera, ¿nos podremos ver? ¿Existimos si nos vemos desde afuera? —se preguntó Daniela.
—¡No puedo respirar! ¡Siento que desaparezco!

Intentó mover y extender su mano hacia Ana, pero estaba inmóvil.
—Estás pálido, Carlos, ¿te sentís bien? —quiso saber Ana.

Al ver que no reaccionaba empezó a moverle los hombros agitadamente, haciéndole preguntas y dándole varias palmadas en el mentón, hasta que pudo volver en sí. Tenía la mirada como de otro mundo y fue cuando golpeó la puerta y gritó que lo dejaran salir. Iván detuvo el auto y aquél salió corriendo debajo del aguacero.

Carlos vio que la lluvia caía en pequeñas líneas finas de carboncillo, como un enorme dibujo del cual él formaba parte. Entonces —¡ay, infancia que aparece bajo la mirada del agua!—, empezó a llorar y a sentir cómo aquellas líneas lo volvían transparente. Sus amigos le vieron caminar con el cuerpo compungido como si buscara tocar a alguien. “¿Qué quieren de mí?”, dijo, dirigiendo sus palabras hacia la nada, hasta que miró a un muchacho de pie, junto a un árbol. Se acercó para saber quién era. Le habló, le preguntó su nombre, pero el otro no respondía. Vio también que el muchacho, remojado, se abrazaba a sí mismo a causa del frío. Y de forma paulatina levantó el rostro. Era Esteban, su amigo de San Marcos, quien tenía la mirada perdida y estiró su dedo para señalarlo e indicarle que se viera a sí mismo.

Carlos bajó sus ojos, observó que sus manos estaban oscurecidas, llenas de tinta y ésta se derramaba en la hierba. Entonces experimentó un espasmo interior y las líneas de la lluvia lo fueron borrando hasta que su piel se transformó en trazos de carboncillo. Su imagen se había desvanecido por completo.

Es lo único que recuerda Carlos de aquella mañana, tras perder la conciencia en Las Nubes. Despertó en su casa y sus amigos le dijeron que había sufrido un ataque de pánico, debido quizá a alguna claustrofobia. “Tenemos una noticia que darte”, dijo Iván, quien solía andar con rodeos al momento de hablar, pero esta vez fue directo: “Esteban está muerto”.

Su mejor amigo no pudo soportar la pérdida de su madre y se había suicidado mientras ellos iban a visitarle a San Marcos. Según la familia, entró a su cuarto, tomó el revólver de su padre y se disparó debajo de la barbilla. Antes había intentado escribir una nota, pero al parecer, la tinta de su pluma se había agotado.

Carlos, que seguía acostado en la cama, giró su cuerpo hacia la pared. “Quiero estar solo”, dijo.

Afuera todavía hacía mal tiempo. El cielo estaba cubierto con grandes nubes grisáceas. Algunos que saben de nubes, las llaman nimbos.


Articulo : http://www.caratula.net  Marzo
Llegó a temerle a la lluvia y sintió cómo el agua lo desaparecía en la luz opaca del mes de mayo, cuando el país se inundaba bajo el incesante huracán Alma. ¡Quién le habrá puesto ese nombre a un huracán que lo dejó vacío e inmóvil en una carretera donde todo se volvió oscuro por la niebla!