ENTREVISTA: A Khushwant SINGH
Pakistán por dentro, contado desde fuera
Por Ana Gabriela ROJAS
Un escritor e intelectual reputado de 96 años y una novelista de 37 reconstruyen en sendas novelas la historia de la partición de su país hace más de sesenta años. Él lo hace desde India y ella desde Londres
Son las siete de la tarde y es la hora del whisky para Khushwant Singh. Cada día se toma un vaso grande sentado en su sillón favorito en su casa en Nueva Delhi. A sus 96 años cumplidos en febrero -a los que él agrega siempre uno- este hombre es un testigo honorario de la historia de India y Pakistán. Una prueba es la partición de estos dos países plasmada en la novela Tren a Pakistán (Libros del Asteroide). Ha escrito tantas novelas que él mismo ha perdido la cuenta y cada semana, todavía con bolígrafo, escribe su columna "con malicia contra todos", que se imprime en varios periódicos de India. Disminuido por la edad y visiblemente cansado, el escritor asegura que ya está "podrido por dentro" y que el trago es lo único que ahora le remite a la felicidad. Aunque lo dice con una sonrisa y ánimo de agradar, como cuando repite una de sus frases más célebres: "Siempre he dicho que no creo en el amor sino en la lujuria. Es lo más honesto".
Singh nació en 1915 en una pequeña aldea (Hadali) del ahora Pakistán. Fue abogado en el tribunal de Lahore. Con la independencia y la partición del subcontinente en 1947, le recomendaron que huyera hacia India, por ser de origen sij, aunque él ya hubiera renegado de la religión muchos años atrás y la mayoría de sus amigos fueran musulmanes. Desde muy joven se considera agnóstico y opina que para creer en una religión "hay que ser retrasado mental".
Un par de días antes de que se trazara la línea que dividiría a los países, Singh partió hacia Nueva Delhi. "Cerré mi casa y le di las llaves a mi mejor amigo. Pensé que volvería pronto, pero no fue así. Ya solo volví como huésped", dice señalando la foto de su amigo sobre el aparador. Se lamenta mucho de que los dos países tras su separación y después de sufrir tres guerras "sigan siempre en una absurda tensión, a pesar de que la gente es la misma, somos como hermanos, unidos por la historia y la cultura, pero divididos por la religión". Se considera a sí mismo "pro-Pakistán" a pesar de considerar que "es un Estado fallido, una víctima de la violencia fundamentalista y que lamentablemente se mantiene solo por el poder del ejército". Aborrece que los dos países tengan armas nucleares, pero piensa que "al menos India tiene un Gobierno responsable".
Cree que para los liberales, y muchos escritores, es difícil vivir en Pakistán por la creciente islamización. "Sin embargo, hay muy buenos contadores de historias, quizá en parte por la desilusión que están sufriendo de lo que pasa en su país". Entre las voces que reconoce nombra a Bapsi Sidhwa, Nadeem Aslam, Hanif Qureshi o Daniyal Mueenuddin. Todos, como él, han pasado épocas fuera de Pakistán.
Apenas salió como refugiado de Pakistán a India, fue diplomático en Reino Unido y en Canadá, pero lo dejó porque "no había mucho trabajo que hacer", así que regresó a la capital india. Fue entonces cuando pensó en escribir sobre la partición. En un mes terminó Tren a Pakistán, una referencia en la historia de los dos países. "La escribí por desilusión, por tristeza. No estaba de acuerdo con la teoría de las dos naciones, en la que los musulmanes y los hindúes tenían que vivir en diferentes países". Los futuros primeros ministros Jawaharlal Nehru de India y Muhammad Ali Jinnah de Pakistán habían prometido que tras la división todo estaría bien, asegura. "Pero no tenían ni idea del horror que iba a ocasionar: casi diez millones de personas fueron desarraigas y un millón asesinadas. No creo que el mundo haya visto algo de esta magnitud".
A pesar de todo, Singh acepta que la partición "era inevitable, no había mucha opción". Los musulmanes, liderados por Jinnah y su agrupación política, la Liga Musulmana, temían que con la partida de británicos, la mayoría hindú tomaría venganza sobre la minoría islámica que había dominado India durante siglos. "El odio había crecido durante los años, aunque estuviera escondido, como si fluyera por debajo de un río. Pero la división de los países y el intercambio de la población hizo que la ira emergiera: para los hindúes era bueno matar musulmanes". Los sijs quedaron de lado de los hindúes. "Siempre han estado muy cerca las dos comunidades y las creencias son muy parecidas", dice el escritor, que ha dado clases de religión comparativa.
En la matanza "no puedo decidir a quién culpar", y así logró escribir un texto equilibrado. Singh es de los pocos autores respetado en los dos lados de la frontera de los países enemigos. Reconoce que fue Mahatma Gandhi el único que previó que la división de la India británica iba a traer un desastre e intentó evitarla: "Gandhi insistió a Nehru en que aceptara a Jinnah como primer ministro para que Pakistán no se escindiera, pero no accedió: era muy ambicioso y veía a Jinnah como su rival". De los horrores que vivió en carne propia, no había tomado notas, pero tenía todo en su cabeza. Había visto un tren que transportaba cadáveres de sijs de Pakistán a India o se había cruzado con un grupo de sijs que acababan de masacrar una aldea musulmana. Singh eligió escribir ficción "porque tiene más impacto". A la aldea ficticia llamada Mano Majra, que queda justo en la frontera de los países recién divididos, el horror de la partición no ha llegado. Sus habitantes, mitad sijs mitad musulmanes, reciben información solo de tercera mano. Pero ellos se sienten muy alejados de lo que está pasando: han vivido siempre juntos, como hermanos. ¿Por qué se verían afectados? Sin embargo, empiezan a cruzar desde Pakistán trenes llenos de cadáveres de sijs. Singh asegura que no es su mejor novela, pero reconoce el valor histórico: "Siempre es mencionada en charlas sobre la partición. Tiene el peso de la no ficción en forma de ficción".
Singh es admirado porque rechazó uno de los más grandes reconocimientos de India, el Padma Bushan, por el asedio del Ejército al Templo Dorado -máximo centro religioso de los sijs- que ordenó Indira Gandhi en 1984 y que dejó más de 500 muertos. Gandhi fue asesinada cuatro meses después por su guardaespaldas. "Yo me indigné profundamente por la pérdida de vidas humanas, independientemente de su religión".
El autor termina su whisky. Y cuenta orgulloso que nunca en su vida ha comprado una botella: la gente sabe cuánto le gusta y siempre las recibe como regalo.
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El alma de los supervivientes
Por Jesús Aguado
HIROKO TANAKA, la protagonista de Sombras quemadas, vive en Nagasaki cuando los norteamericanos arrojan su segunda bomba atómica sobre Japón, en India cuando esta se divide en dos países (India y Pakistán), en Pakistán cuando los afganos luchan contra los invasores soviéticos y en Nueva York cuando el atentado contra las Torres Gemelas. Convertida al islam por amor, va sobreviviendo a estos escenarios del odio perdiendo amantes, maridos o amigos (y costumbres, paisajes o sabores) sin renunciar por ello a la lealtad, la hospitalidad, la integridad, la solidaridad o el pensamiento, es decir, sin renunciar a su humanidad con todos susmatices y contradicciones.
Kamila Shamsie ha reconstruido, alrededor de la accidentada biografía de Hiroko Tanaka (uno de los personajesmás hondos y mejor delineados que uno haya leído en mucho tiempo), la historia de la segunda mitad del siglo XX a partir de sus pedazos: preguntándole a las sombras y a los cascotes, a las víctimas y a los verdugos, a la razón y a la sinrazón, al corazón y a sus esquirlas. Tren a Pakistán, de Khushwant Singh, se sitúa en ese año 1947 que también protagoniza la parte central de Sombras quemadas. En una pequeña aldea india situada cerca de Pakistán, las comunidades sij y musulmana conviven en paz a pesar de las noticias de matanzas mutuas que llegan hasta ellas. Los hindúes, los musulmanes y los sijs, en efecto, convierten esa doble diáspora (hindúes y sijs que huyen de Pakistán, musulmanes que huyen de India) en carnicerías que acabaron dejando un millón de muertos a uno y otro lado de esa frontera repentina. Pero cuando se fijan en esa aldea, que es también un paso ferroviario estratégico, los distintos poderes del lugar, sus habitantes son arrastrados por el cruel torrente de los acontecimientos.
Singh, uno de los intelectuales más respetados de India, consigue, sin embargo, que sean las emociones y las creencias sencillas de las humildes gentes que recorren las páginas de su novela las que acaben narrando esos sucesos, no la política, la religión o los fundamentalismos que surgen de ellas. Es por eso, por ser las personas el centro de la acción por lo que el mensaje último de esta hermosa novela, en medio de los sufrimientos y lasmasacres que cuenta, es de esperanza y de paz. Sombras quemadas y Tren a Pakistán cuentan, cada una desde un lado de la frontera, una historia parecida: la de cómo sobrevivir sin perder el alma a los periódicos desatinos criminales del mundo.
Tren a Pakistán. Khushwant Singh. Traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide.
Barcelona, 2011. 248 páginas. 16,95 euros. Sombras quemadas. Kamila Shamsie. Traducción de Victoria Malet Perdigó. Salamandra. Barcelona, 2011. 384 páginas. 20 euros. Edición en catalán: Ombres cremades. Traducción de Anna Llisterri. Edicions 62. 472 páginas. 20 euros.
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ENTREVISTA: Kamila SHAMSIE
'No puedo creer en la guerra de civilizaciones, mi vida lo contradice'
Por Patricia TUBELLA
LA FRÁGIL FIGURA de una japonesa superviviente de la bomba atómica de Nagasaki (1945) entrelaza la historia de dos familias a lo largo de seis décadas, en un recorrido desde el epílogo de la Segunda Guerra Mundial hasta la India en vísperas de la partición, el pulso nuclear con el nuevo Estado de Pakistán y la guerra contra el terror que desencadenaron los ataques terroristas del 11-S.Más allá de la mera narración épica de pasiones y pérdidas, lealtades y traiciones, la escritora paquistaní Kamila Shamsie (Karachi, 1973) torna su novela Sombras quemadas (Salamandra y Edicions 62) en una reflexión sobre la identidad individual y el coste humano de las acciones emprendidas por Gobiernos legítimos en nombre de la exclusiva defensa de la propia nación. Si la principal protagonista, Hiroko, es una mujer nipona con la huella de la radiación grabada en su cuerpo de forma perenne, el relato acabará conduciéndonos hasta la incomunicación de un reo sin nombre en una celda de Guantánamo.
Integrante de un emergente grupo de jóvenes autores paquistaníes que escriben en lengua inglesa, Shamsie ha recabado un ramillete de premios de las letras en el Reino Unido y Pakistán desde su estreno literario con In The City by the Sea (1998).
Tanto esta obra como las tres que le sucedieron (Salt and Saffron, Kartography y Broken Verses) se circunscriben al conocido universo de su tierra natal, diseccionando las tensiones políticas, étnicas, sociales y en torno al enfoque de la religión musulmana.
"No imagino un día en el que no me sintiera paquistaní", se autodefine esta mujer cosmopolita,miembro de una familia de editores y literatos, nacida y criada en Karachi antes de estudiar en Estados Unidos, vivir en Nueva York y finalmente recalar en Londres, su residencia de los últimos cuatro años. Con Sombras quemadas, finalista del Premio Orange en la categoría de ficción, Kamila Shamsie se atreve por primera vez a extender las alas geográficas de su imaginación literaria, aunque la cuestión paquistaní siga impregnando todas las costuras del libro.
PREGUNTA. ¿Qué le condujo a sumergirse en territorio desconocido y a elegir como protagonista a una japonesa?
RESPUESTA. Mi idea original era escribir sobre la amenaza de confrontación nuclear entre Pakistán y la India, y que mi personaje fuera paquistaní, aunque con una abuela japonesa que le permitiera conocer a nivel personal lo que la bomba puede hacer. Porque en mi país solo se habla de esa bomba como arma estratégica y nunca sobre sus efectos. En los días previos a un ensayo nuclear de Pakistán en los noventa, un grupo de japoneses supervivientes de la bomba atómica vinieron al país para suplicar al Gobierno que no lo llevara a cabo.
Fue una historia pequeña en los medios de comunicación, pero para mí la idea de Japón seguía allí, inamovible, y finalmente me decidí a encararla en el libro. Además, siempre he escrito sobre ámbitos que conozco íntimamente y era tiempo de cambiar: no quiero ser vista como una autora que siempre escribe el mismo libro.
P. La amenaza nuclear aparece de forma recurrente en el libro a través de esa espalda de Hiroko, que lleva grabadas unas quemaduras en forma de pájaro de resultas de la explosión atómica. ¿De dónde surge esa imagen?
R. Todo el libro proviene de esa primera imagen, inspirada en la descripción que John Hersey hace en el libro Hiroshima (1946) de cómo la radiación imprimió los dibujos de los kimonos en la piel de las japonesas. De ahí nació mi personaje.
P. La historia arranca en el Nagasaki de 1945 y concluye en la era posterior al 11-S ¿Qué nexo establece entre esos dos paisajes de destrucción?
R. El Nagasaki de antes de la guerra era la única ciudad japonesa en contacto con Europa, cosmopolita, con una decena de diarios en lengua inglesa, matrimonios mixtos, un club internacional... Cuando estalló el conflicto, todos los extranjeros la abandonaron, pero los hijos de parejas mixtas que se quedaron pasaron a convertirse en sospechosos.
Eso me llevó a pensar en el Nueva York posterior al 11 de septiembre, donde muchos taxistas son paquistaníes y me explicaron los cambios de actitud de la gente antes y después de los atentados. Estas personas, a menudo en situación precaria, se sienten rechazadas y han vivido con el temor de ser detenidas o deportadas. No se trata de una conexión entreNagasaki y el 11-S, sino entre las dos ciudades después del drama.
P. La historia, la política, los intereses estratégicos de las potencias, acaban colocando a las dos familias protagonistas de su relato —una del Este, la otra occidental— en posiciones antagónicas. ¿No sería ese el retrato de la supuesta guerra de civilizaciones?
R. No puedo creer en la guerra de civilizaciones cuandomi propia vida lo contradice, como mujer nacida y criada en Pakistán, con una abuela alemana, que ha vivido en Nueva York y ahora en Londres. Sobre todo a lo largo de la última década, musulmanes y occidentales (aunque en realidadmuchos musulmanes son occidentales) empiezan a considerarse incompatibles, incluso enemigos.
Pero el islam y la democracia no son incompatibles, mire si no lo que está ocurriendo en Egipto o en Libia...
P. ¿Le preocupa la imagen que se proyecta de su propio país, los temores a una talibanización de Pakistán, la llamada guerra contra el terrorismo en sus propias fronteras? ¿Puede la literatura modificar esa percepción unidimensional?
R. La proyección de Pakistán en los medios solía reducirse a la confrontación con India y ahora a la guerra de Afganistán... aparte de las noticias sobre el cricket, por supuesto. Pakistán tiene músicos, artistas y escritores, no solo produce terroristas. Los autores paquistaníes no podemos cambiar el mundo, pero sí retratar la vida real y a gente real
P. Ustedmisma ha expresado en sus columnas del diario The Guardian el temor a un constreñimiento de los sectores liberales de la sociedad paquistaní, a raíz del asesinato en enero de un político contrario a las leyes que penan la blasfemia (Salman Taseer, gobernador de la provincia del Punjab) ¿Supone ese contexto una amenaza para los autores y creadores de Pakistán?
R. Estuve en Karachi hace dos semanas y la gente estabamás deprimida que nunca porque el autor de aquel asesinato había recibido el trato de héroe cuando fue llevado ante los tribunales. Pero me quedo con la idea formulada por Doris Lessing de que a lo largo de su vida había visto a Hitler, a Stalin, el régimen del apartheid...y sin embargo todo aquello ya ha desaparecido. En Pakistán tuvimos el equivalente a la actual revuelta en Oriente Próximo hace tres años, cuando la presión de los jueces y de losmedios forzó la caída de PervezMusharraf.
Ahora tenemos un Gobierno electo, aunque incompetente y corrupto. En cuanto a las tensiones religiosas,me pregunto si pueden conducir a las nuevas generaciones de escritores paquistaníes a no tocar según qué temas, porque el subconsciente está alerta de las amenazas y puede conducirte a la autocensura. Pero no conozco la respuesta. Yo no tengo ese dilema, vivo en Londres y escribo en inglés, por lo que solo llego a un pequeño porcentaje de los lectores de Pakistán, aunque esmuy poderoso e influyente.
P. La protagonista de su libro se integra sin dificultad en el entono de cada país en el que vive, pero al tiempo reniega de algo "tan insustancial y dañino como una nación". ¿Comparte esa opinión de su criatura literaria?
R. Admiro a Hiroko, pero no comparto esa sentencia porque Pakistán me importa demasiado, inspira mis sentimientos más profundos, la crítica y el cariño. Siempre que regreso a Karachi siento "esta es mi historia". Aunquemi noción de patriotismo no encaja con esa idea tan poderosa de la nación que te lleva a estar dispuesta amatar y morir por ella. Hiroko es como me gustaría que fuéramos todos: se adapta a las costumbres, aprende lenguas, pero no lo hace pensando en el concepto de nación sino de comunidad.
Articulo : http://www.elpais.com 16/04/2011
