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“In Persona Christi”
Por Jaime SEREY
Subsiste una confusión de ideas a partir de los períodos que han transcurrido desde la crucifixión de Jesucristo. Es difícil comprender que las iglesias se ofrezcan en el mercado inmobiliario. Estos históricos edificios Ojivales y Romances se hallan en vía de ser ruinas, oficinas, sitios para drogarse, hacer el amor y en departamentos estudiantiles.
Hoy para salir de mis dudas visito una iglesia al azar, donde todo sigue sagrado e intocable, los largos pasillos, los santos y el tabernáculo se hallan iluminados por una luz leve que hace siempre de un foco principal y que al mismo tiempo transmite un ambiente esotérico, también el ambiente huele a incienso saturando la zona de las misas y los funerales. Me digo para mí la casa de dios, la casa de la vida y la muerte, quizás y porque no la residencia del leviatán, que probablemente entra y sale de sus aposentos sin pedirle permiso a persona, porque es cierto que nosotros los feligreses comunes y silvestres, que visitamos de vez en cuando estos templos de dios, no vivimos dentro de él y esto nos separa literalmente de su realidad y de su estructura o estado santificado, pero sin ser exagerado o un católico, apostólico y romano me siento invadido por una paz que no puedo negar que no exista, algo así como una especie de energía abstrusa, que me hace viajar por un rayo vítreo de sol que penetra por los ventanales de la nave central.
Después de quedarme cavilando si todo este espacio es mentira o verdad me atrevo ascender por una valiosa escalera de madera de caoba para hallarme frente al retrato de una santa religiosa, quizás la Santa Teresita, de rostro enfermizo, la bella adolescente occidental, que se entrego voluntariamente al reino del Señor, muy joven y con el indisoluble fervor de su corazón honesto. Luego por el corredor del costado izquierda más oscuro del edificio ingreso a la sala de los clérigos advierto hábitos de color blanco, morado y amarillo oro colgando en un viejo ropero de tres cuerpos, que valdría dinero en cualquier tienda de antigüedades. Efectivamente, en los primeros siglos los diferentes ministerios eclesiales no se distinguían por la vestimenta, sino por el lugar y la función que ejercían en la liturgia. Pero ya en los siglos IV y V se fija un vestido propio del sacerdote, que es el que emplean los ciudadanos acomodados: una túnica y una capa. En Hispania y en la Galia los diáconos insertan la “estola”, y de allí pasa a los presbíteros. Desde el siglo XII las vestiduras litúrgicas han variado sólo en las hechuras. En el Oriente cristiano se usan unas vestimentas diferentes, Además, son signo del distinto oficio que cada uno ejerce en la celebración. El sacerdote, cuando actúa en el altar, le presta toda su persona a Cristo, un asunto que están dejando de cumplir. Se dice que actúa “in persona Christi”. Su notabilidad se esconde para que aparezca la de Cristo, que no aparece tampoco.
Por eso, ponerse las vestiduras sagradas es como “modificarse”, esconder su propia personalidad de lobo, para que aparezca la personalidad de Cristo, que es quien realmente preside la celebración, y al que el sacerdote no representa.

