samedi 16 avril 2011

Marta CABALLERO/AZZARELLO, ENNIS & ADLARD, tres grandes del cómic internacional

Azzarello, Ennis y Adlard, tres grandes del cómic internacional
Por Marta CABALLERO

En el marco de Ficómic, los autores de 100 balas y Predicador y el dibujante de The walking dead hablan sobre su trabajo y la situación de los tebeos en la actualidad

En la liga internacional del cómic, los historietistas Brian Azzarello y Garth Ennis y el dibujante Charlie Adlard son primera división. Primerísima. Estos días pasean sus ideas y sus lápices por el Salón del Cómic de Barcelona, donde ya han convocado largas colas. Elcultural.es ha planteado con ellos tres entrevistas en una en la que les preguntamos sobre su obra pasada y futura, los laberintos de los tebeos en la actualidad, la ligazón de esta industria con el cine y la llegada imparable de las nuevas tecnologías.

Hablamos primero con Azzarello, cocreador, junto a Eduardo Risso, de la multipremiada serie 100 balas y cabeza pensante de los últimos Batman, Superman... El autor ha venido a Barcelona (cargado con una maleta vacía para "comprar cómic europeo") a presentar el integral de 100 balas y Luthor, dibujado por Bermejo, una vuelta de tuerca a Superman en la que se cuenta la historia desde el punto de vista del supervillano Lex Luthor: "Se trataba de dar una imagen de Superman como un extraterrestre que representa una amenaza para el mundo, porque así es como lo ve Lex, y yo quería darle la oportunidad de expresarse", empieza explicando Azzarello.

Preguntado por el futuro del cómic de superhéroes, en el que se ha hecho ya todo, o casi, el guionista se muestra esperanzado: "Mientras haya adolescentes con agresividad reprimida, seguirá habiendo historias novedosas de superhéroes", apunta el creador de 100 balas, clásico del género negro que describe como "una obra con cierto valor, un pequeño hito" porque, precisamente, aguantó cien números sin incluir en sus viñetas un solo superhéroe. "Con 100 balas situamos la acción en el mundo real y, sin embargo, la gente la compraba, creo que eso ha permitido que otros creadores contaran historias de género en las dos grandes editoriales americanas", celebra.

Azzarello, que siempre coquetea con la idea de retomar este trabajo, explica al respecto que lo hará, sí, pero aconseja a sus seguidores "que esperen sentados. Es una posibilidad que primero nos planteó DC cuando la estábamos acabando y que rechazamos, pero que Eduardo (Risso) y yo nos volvimos a plantear el año pasado". Así las cosas, ¿qué Azzarello encontrarán sus seguidores en el futuro? "Voy a colaborar con Risso en una serie que se titulará Spaceman, la gente no se lo va a esperar porque es ciencia ficción y es algo que nunca hemos hecho, aunque acabarán reconociendo nuestro estilo. Era una cumbre que teníamos que alcanzar".

De altas cumbres sabe mucho Garth Ennis, el responsable de Predicador, considerada por muchos críticos como la mejor serie de la historia del cómic. Y, sin embargo, a este irlandés no le apetece pasar a la posteridad sólo por esta obra: "Si van a recordarme por Predicador por mí perfecto, pero he escrito bastantes historias bélicas como Ruiseñor y Night Witches a las que le tengo tanto o más cariño". No obstante, sí es consciente del antes y el después que supuso esta Biblia marciana sobre profetas, ángeles borrachos, santos violentos y vampiros insolentes: "Es cierto que antes no se había publicado nada así, y es porque elegí influencias del mundo del cine y de la novela, de los cómics y las revistas bélicas que leí de niño. Fue en mi infancia cuando entendí que los tebeos podían y debían estar influidos por cualquier medio".

Más allá de ser una saga que es puro entretenimiento y que bebe, como él cuenta, directamente del cine (y del buen cine), con ella quiso el escritor estructurar una historia en torno a varios de los grandes temas de la existencia: "La amistad, la lealtad, la traición, la obsesión -personificada en Starr-, y la idea de la fe y de la religión, mostrar a cuánto está dispuesta la gente por ellas". También hay historia americana, mucha, en Predicador: "El concepto de Estados Unidos está personificado en Jesse Custer y el pasado violento de este país lo representa El Santo de los Asesinos, que lleva toda esa herencia de terror". Puro Hollywood pero, ¿Le gustaría Ennis por fin ver su obra en la gran pantalla o en una serie de televisión? "Sí, si la adaptación fuese buena, lo cual me parece muy difícil. Cada par de años se compran los derechos, se menciona el nombre de tal o cual actor o director en la prensa y luego pasa el tiempo y los derechos expiran, hasta que viene otro a comprarlos". Actualmente es el cineasta D. J. Carusso quien está en posesión de esos derechos, a Ennis le gusta la idea de que sea él quien acometa tan difícil versión: "Me gustó mucho su película The Salton Sea, con Val Kilmer. En cuanto a los actores, es el tipo de cuestión que no me planteo porque no quiero desilusionarme". Mientras tanto, el historietista trabaja en una serie de Crossed, tras la que le dará a Billy una serie de seis números, y escribirá otro de Nick Furia para Marvel. "Lo que más me gustaría es seguir con mis historias bélicas, crear personajes propios y, más adelante, poner en marcha un par de historias de terror que tengo en mente", adelanta.

Si hay un caso claro de las buenas migas que pueden hacer el cómic y la televisión ese es The walking dead, la serie inspirada en la saga de Robert Kirkman que batió todos los records de audiencia en su estreno mundial y que multiplicó por mil las ventas del cómic. El risueño Charlie Adlard dibuja esta historia en torno a un grupo de supervivientes en un mundo dominado por zombis desde el número siete. Ni siquiera quien la plasma en el papel puede imaginarse la clave del éxito de esta obra: "Supongo que la suerte ciega y absoluta, eso primero. Pero también el hecho de que sea un libro sobre personajes muy bien desarrollados. Si sólo nos hubiésemos centrado en la lucha contra los zombis habríamos acabado en el número 12, ¡y ya llevamos 80!

80 números y subiendo, porque Adlard confirma que seguirá habiendo The Walking Dead mientras la gente no deje de comprar los tomos: "Robert sabía que iba a hacer esta historia a lo grande y lo hace tan bien que a mí no me cansa. No estoy aquí por el dinero sino por poder trabajar en algo que me gusta". Con esta serie Adlard se ha ganado la fama de ser uno de los dibujantes más rápidos de la industria del cómic norteamericana, puede dibujar un número en sólo dos o tres semanas: "El ritmo no me supone un problema, pero quizá si la intensidad, porque, a diferencia de los guionistas, a los dibujantes este tipo de trabajo nos exige exclusividad, y a veces añoro la posibilidad de hacer otras cosas".

Con todo, disfruta como el primer día dibujando a Rick y los demás, "aunque sobre todo a Michonne y a Andrea, mis personajes favoritos. La primera, por su fuerza; la segunda, porque empezó como un personaje más bien débil y ha ido convirtiéndose en una heroína. En general, dibujar mujeres es un reto mayor para mí, porque la clave con ellas no consiste en añadir, sino en quitar. En este trabajo una sola línea puede hacer parecer a un niño cinco años más mayor", explica el dibujante, al que Kirkman sólo tiene que pasarle una pequeña descripción de cada nuevo personaje sobre la que él luego trabaja: "A muchos los ve cuando ya están dibujados, confía mucho en mí". ¿Y cuál es el mejor número de The Walking dead? Para Adlard es siempre el último que dibuja: "Es porque cada día aprendo un poco más. No soy el mejor del mercado, estoy muy lejos de serlo, por eso trato de mejorar con cada entrega".

Con la serie de televisión no puede sino estar contento: "Es muy buena, ¿Esperabas otra respuesta?, bromea, y continúa: "Bueno, tiene que haber cambios. La serie no podía seguir paso a paso lo que nosotros hemos creado pero, mira, 50.000 personas leyeron los primeros números del cómic y el primer episodio de la serie tuvo cinco millones de espectadores. Lo que hace, lo hace bien, coge sólo algunos puntos importantes de la línea recta que es el cómic, y luego se desvía hacia donde quiere. La gran diferencia entre el cómic y la televisión es que nosotros podemos arriesgar más porque los fans están comprometidos con nosotros, no te dejarán porque seas más extremo. En la televisión todo tiene que estar muy medido".

Tres preguntas para tres autores
 
1.- ¿Qué piensa de la relación del cómic con las nuevas tecnologías?
2.- Nombre a algún autor que sea un referente internacional del cómic actual.
3.- ¿Qué obra suya le gustaría ver en la gran pantalla?

 
AZZARELLO

1.- Va a suponer un cambio en cuanto a la forma de acceder a los tebeos. Ahora viene una generación que recibe la información siempre desde una pantalla, el papel para ellos es lo que usan cuando van al baño. Hoy todo tiene una edición digital. La industria del cómic, igual que cualquier otra, debe plantearse cómo transmitir la información en formato digital. El cómo es la clave.

2.- Me encantan Tales from Essex county y Sweet tooth, de Jeff Lemire. También tengo muhas ganas de ver la siguiente obra de Craig Thompson.

3.- 100 balas sería una buena serie de televisión, veo que tiene potencial.

 
ENNIS

1.- Soy la persona menos indicada, la tecnología y yo somos como dos barcos que nos cruzamos en la noche sin vernos el uno al otro. Soy consciente de la importancia que tiene, pero simplemente no pienso demasiado en ello.

2.- En cuanto a guionistas, Jason Aaron es el mejor desde la llegada de Brian Vaughn. Sigo también a Warren Ellis y Alan Moore, que es el mejor que hay, que ha habido y que habrá.

3.- Es difícil adaptar Predicador al cine, pero si la versión es buena, me encantaría verla.


ADLARD

1.- Antes no veía cómo iba Internet iba a influir en el cómic hasta que llegó el iPad, que por fin permite leer a través de una pantalla digital. Confío mucho en sus posibilidades.

2.- No se me ocurre ninguno por debajo de 35 años, pero entre los ya veteranos recomiendo a Duncan Fegredo.

3.- Ya he visto The walking dead en televisión. Tampoco me importaría verla en la gran pantalla.

***
Comienzo de El megatafio, relato incluido en Los cuentos
por Ramiro Pinilla

'Los cuentos' reúne, revisados y en su edición definitiva, los dos únicos volúmenes de cuentos de Ramiro Pinilla, 'Recuerda, oh, recuerda' (1975) y 'Primeras historias de la guerra interminable' (1977). De escasa circulación en su momento e inencontrables desde hace años, esos dos volúmenes no pasaron del todo inadvertidos, pues algunos de los relatos fueron seleccionados en antologías con los mejores cuentos de la literatura española del siglo XX. Y es que contienen, sin duda, algunas de las páginas más luminosas y conmovedoras del autor.

En el tono mítico o en el realista, los dos libros muestran, a modo de embriones anticipatorios, algunos de los nudos narrativos de la deslumbrante trilogía 'Verdes valles, colinas rojas'. Y descubren la poderosa imaginación y la diestra versatilidad de un narrador de talla excepcional, que ya en estos libros supo con clarividencia que estaba construyendo un universo propio, inagotable y autosuficiente: un Getxo en el que se condensaba y cifraba la historia de todo un país. A continuación les ofrecemos el comienzo de 'El megatafio'.

El megatafio

Sucedió. En la última época de la verdadera Edad del Hierro a un cristiano muerto no se le hicieron funerales porque ante la mirada de los diez mil hombres rojos de su factoría quedó convertido en un tocho de metal. Fue en el tiempo en que los hombres de la Ría fabricaban en hornos altos aquel material ya olvidado que se llamó hierro y en que algunos todavía se acordaban de la guerra. La televisión en color difundió por todo el país el bloque soberbio de quinientas toneladas con irisaciones que hacían olvidar el oro, y los Grandes de España y los Infanzones, los Reyes de la Banca, los Presidentes de Consejos, los Magnates de la Industria y los Navieros, los Obispos y los Altos Militares acudieron fascinados a la convocatoria general. Deliberaron ante el tocho durante treinta días, pues no había peligro de descomposición. Hasta los Obispo convinieron en que era algo tan sublime que rebasaba los convencionalismos habituales de la religión y entraba en la categoría de los grandes símbolos eternos. Ante el gran lingote el latín se les trabó en la lengua y ni uno solo mencionó los funerales.

Don Cándido Baskardo Lapaza del Divino Cuerpo del Redentor ya era de los "hombres del hierro" cuatro siglos antes de venir al mundo, desde cuando un anteceso desertó de la casta de los "hombres de la madera", del caserío ancestral y de la tierra y se metió de ferrón. Durante quince generaciones los miembros de aquella rama prostituida no pasaron de ferrones, pero en la dieciséi apareció uno de mirada tierna y manos transparentes que se puso a comerciar con las Indias, casó con una Parient Mayor, que además era marquesa, y montó en la Ría cuatro hornos de fundición. Llevado de la mística ferrona creó un imperio industrial de minas y altos hornos, destinado a culminar la verdadera Edad del Hierro, y en el siglo XIX las instituciones militares, civiles y religiosas le colgaron en un acto conmovedor el título de Padre de la Provincia.

Tuvo tres hijos de su matrimonio con la marquesa, pero legó todos sus títulos y su poder a un nieto natural, hijo de un hijo natural, Efrén, que fue el único que había heredado en su sangre el metal de la familia, y que casó con una condesa y consolidó la verdadera esencia de la estirpe.

A su hijo, Don Cándido Baskardo Lapaza del Divino Cuerpo del Redentor, lo empezaron a llamar de Don desde la cuna. Era un niño ceniciento que miraba a distancia y que nunca aprendió a jugar porque creció vigilado por un ejército de criados de polainas rojas y criadas de pechos aplastados bajo almidones por prescripción de la condesa, y por otro ejército de profesores particulares que eran desinfectados en la puerta. A los diez años lo enviaron a Inglaterra y a los quince volvió convertido en lord. Cuando su mayordomo se asomaba a la playa haciendo sonar una campanilla, el pueblo la desalojaba y lo veía llegar escoltado por una guardia personal con uniforme de húsar y tomar un baño vertical. Todo lo que supo de las cosa del mundo lo supo a través de un equipo de jesuitas que instaló en el palacio una dependencia universitaria. Aprendió de memoria los nombres de todas las dinastías y de todos los reyes habidos desde el Diluvio; se convirtió en una autoridad en glorias imperiales, en virreyes, en evangelistas, en conspiraciones, en colonias de indios y de negros, en códigos de esclavitud, en batallas de exterminio y en Cruzadas, pero nunca hizo el servicio militar y moriría creyendo que la Historia se cerró horas antes de la Revolución Francesa.

Al morir su abuelo heredó noventa y tres títulos aristocráticos, doscientas presidencias y cincuenta y dos nombramientos de cofradías y órdenes religiosas y militares, y un poder omnímodo obre navieras, fábricas, fundiciones y minas; alcaldes y gobernadores; montes, valles y ríos carreteras, ferrocarriles, playas, pa tanos y acueductos; nieblas, sirimiris y mareas oceánicas; gana os, cosechas, hombres, mujeres y niños; pueblos, ermitas torres; Bancos, consejos de administración, iniciativas nacionales, provinciale y particulares, noviazgos y fallecimientos, bodas y bautizos, fiestas y deportes, y fue nombrado presidente perpetuo del Athlétic de Bilbao, pero comía pan del día anterior, pues nunca dejó de practicar el estoicismo que le infundieron los jesuitas. Los nuncios y los obispos, las cofradías y las congregaciones religiosas le permitieron añadir a sus nombres y títulos el de Divino Cuerpo del Redentor. Fue por entonces cuando nació la leyenda de que el Papa le había autorizado a comulgar nueve veces por día y a confesarse a sí mismo.

Conservó su lejanía a lo largo de toda su vida. Habitaba un palacio interminable y sombrío, frente a la mar, con muebles como catafalcos y cortinas gregorianas, en el que sólo se celebraban fiestas cuando venía el rey de Madrid a tomar los nueve baños de sal. Sus últimos cincuenta años vivió solo. Muchos de sus criados se fueron de este mundo sin saber cómo sonaba su voz. Vagaba por aposentos y corredores como el fantasma de sí mismo, con un rosario de cuentas de hierro entre los dedos y su sangre latiendo al ritmo del indetenible crecimiento de su poder. A lo largo de su vida no tuvo que dar una sola orden, pues las cosas se hacían solas a su alrededor. Al principio -Cándido Baskardo lo tenía por una locura de juventud-, en una asamblea ecuménica de mandos de su imperio, Satanás se filtró por entre la maraña de cruces y mantos de órdenes y cofradías, de rosarios, escapularios y hostia de comunión, y le tentó. Dio una orden de palabra que conmovió a toda la provincia. En realidad, se limitó a repetir lo que acababa de leer en un libro de alquimia: que el perejil hacía disminuir la producción de hierro. D rante diez años la policía y el ejército invadieron las cocinas de los obreros para cortar su consumo. Cándido Baskardo no volvió a permitir que le tentara su propio poder. Tras piadosas meditaciones de muchos meses, fue iluminado por la revelación de algo que siempre supo, pero que el perejil había perturbado: que su pode no era poder sino la armonía el universo heredada de su abuelo y de su padre. Una noche despertó sentado en su lecho medieval y recitó la inspiración que acababa de tener:"El hombre fue creado por Dios para que produzca hierro." La vieja mística ferrona de los siglos precedentes alcanzó en él la sencilla apoteosis de los sistemas planetarios. Hasta su muerte, casi cien años des ués, vivió consciente de la responsabilidad que Dios concede a los dioses. No entorpeció con órdenes humanas la marcha del mecanismo perfecto. La experiencia le confirmó que de su cuerpo emanaban las disposiciones con la simplicidad de una leche nutricia. Se sumergió en la humildad absoluta. Los consejeros, administradores, secretarios, ingenieros, alcaldes, gobernadores, caciques, generales, obispos, almirantes y prebostes entraban en el jesuítico despacho del palacio, extendían sobre la gran mesa sus planos, documentos, balances, encíclicas y memorias, miraban su mirada perdida que nunca sabían qué miraba, y corregía sin una duda lo incorrecto, o sentían que se les colaban órdenes inéditas con u a pulcritud que los hacía estremecer. Simplemente manteniéndose vivo controlaba la Bolsa, el Debe y el Haber, las importaciones y las exportaciones, el caudal de la Ría, la procreación de los obreros los partidos políticos, los jornales de hambre, los sermones de los púlpitos, los bailes de los domingos, los chiquitos de las tabernas, los penaltis del fútbol, las huelgas, las calorías de los productores, la inmigración de maketos, la pesca de angulas, la flota del carbón, las fluctuaciones del hierro y el coste de producción, pero jamás pisó una sola de sus factorías porque no soportaba el sudor ácido de menestral. En los tiempos que siguieron a sus baños en la playa, aún se le podía ver en los Ejercicios Espirituales de Loyola o inaugurando algún centro benéfico de los muchos que creó. Incluso en dos ocasiones estuvo en el balcón municipal para entregar la Copa al capitán del Athlétic campeón. Pero durante más de cincuenta años vivió sin salir de su palacio, alimentando su propia leyenda.

Su último acto público fue en una librería. Al pasar en su carroza de cuatro caballos descubrió en el escaparate, perdido en la masa de tomos industriales, un librito microscópico y de color rosa, con una ninfa tocando el arpa en la portada. Cándido Baskardo dejó la carroza y pisó la acera, instalando un jalón en la vida de las gentes que lo vieron. "¿Qué es esa cosa?", preguntó dentro de la tienda. Su tono lejano estremeció al librero, quien no se atrevió a ocultar la vergüenza. "Poesía", contestó temerariamente. Cándido Baskardo regresó a su carroza y ordenó al cochero adquirir toda la edición y todas las ediciones de todos los libros de esa especie. Dispuso la elaboración de un Índice de títulos del Enemigo, que superó al de Roma y sus mandados recorrieron las librerías de la provincia las bibliotecas de los hogares y durante un mes ardió en el Arenal una hoguera de purificación. [...]

 
Articulo : http://www.elcultural.es  15/04/2011