Sándor Márai, un exiliado de su lengua
En el Palau Robert de Barcelona, desde el 12 de abril y hasta el 28 de agosto, se podrá ver la exposición Sándor Marai, un peregrino del siglo XX. Sándor Marai (su verdadero nombre era Sándor Grosschmied) nació en 1900 en Kassa (Hungría) y vivió una existencia intensa y apasionante.
La muestra, en cuya organización han colaborado el Museo de la Literatura Petöfi de Budapest, Edicions 62, Editorial Salamandra y el Gremio de Libreros de Cataluña, presenta una carrera profesional de más de medio siglo a través de la dualidad entre el autor y su obra. A partir de los mosaicos de la exposición (imágenes, textos y fragmentos de sus obras, procedentes en su mayoría del legado del escritor) se va componiendo el retrato de Sándor Marai. Y también se incide en la paradoja de que mientras que muchas de sus novelas son conocidas en el mundo entero y han cosechado un gran éxito de ventas y de crítica (El último encuentro ha sido traducida a más de cuarenta idiomas), su personaje como intelectual de prestigio sigue siendo un misterioso desconocido para el gran público.
En la exposición se puede visionar además un documental en video de unos 50 minutos de duración, que traza un recorrido por las etapas y los escenarios de la vida de Marai. Cada uno de los escenarios vitales del escritor se ilustra con sus propios textos, en los que habla de sus vivencias. "Nueva York es una ciudad extraña, sin ambiente, a la que es imposible acostumbrarse", dice por ejemplo en uno de ellos. "Me asedió la nostalgia, la añoranza de Hungría: vivir en la lengua húngara, en las letras húngaras. ¡Volver a mi país!", escribe en otro. Recorrió medio mundo, vivió con pasión distintas culturas pero la tristeza por haberse alejado de sus raíces nunca le abandonó: "Todos los demás, todos los que abandonan su patria se exilian de un país; yo, un escritor, me exilié de mi lengua materna".
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Sándor Márai, un exiliado de su lengua
Por Vis MOLINA
"Todos los que abandonan su patria se exilian de un país; yo, un escritor, me exilié de mi lengua materna"
El brillante escritor húngaro, autor de una obra rica y muy personal que recrea la Europa más romántica y decadente del siglo XX, es objeto de una exposición que repasa su intensa trayectoria vital y literaria.
En el Palau Robert de Barcelona, desde el 12 de abril y hasta el 28 de agosto, se podrá ver la exposición Sándor Márai, un peregrino del siglo XX. Sándor Márai (su verdadero nombre era Sándor Grosschmied) nació en 1900 en Kassa (Hungría) y vivió una existencia intensa y apasionante. Descendiente de una rica familia de origen sajón, afincada desde hacía siglos en Hungría, Márai vive inmerso en el sosegado y apacible ritmo de la sociedad burguesa entre cócteles, cacerías, conciertos y veladas mundanas. Pero esa plácida existencia se verá truncada repentinamente al desencadenarse, en 1914, la Primera Guerra Mundial. Márai es llamado a filas con 17 años. Posteriormente, al acabar la guerra, su familia lo manda a Alemania a estudiar periodismo. Completados sus estudios y ya como corresponsal del prestigioso periódico alemán Frankfurter Zeitung, Márai empieza un peregrinaje por Oriente Medio y por la Europa de los años veinte: Leipzig, Weimar, Florencia, Londres, Frankfurt, Berlín y, por supuesto, París, eje central de la vida bohemia y cosmopolita. Su profesión lo convierte en testigo privilegiado de la rápida transformación de un continente, y las muchas ciudades a las que viaja y en las que pasa algunas temporadas serán parte de su itinerario vital hasta que, desaparecida su familia y su clase social y desmembrado su país, opta por refugiarse en la escritura, convirtiéndose enseguida en un autor de éxito. Años después, en 1948, al ser considerado como un escritor plenamente burgués por los regímenes comunistas, decide autoexiliarse en los Estados Unidos dejando atrás, no sin nostalgia, una Europa asolada y deprimida por los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Allí, concretamente en San Diego, California, se suicidará en 1989 víctima de una profunda depresión, sin poder disfrutar del segund o éxito que sus novelas cosecharán en Europa al ser redescubiertas por el gran público en los años 90.
Las suyas son novelas densas, psicológicas y con escasa acción, cuajadas de largas conversaciones y escenarios casi teatrales, en las que recrea la vida sosegada de la burguesía a la que pertenece por cuna y por tradición. En ellas plasma su idiosincrasia y recrea con maestría, y en boca de sus personajes, sus lecturas, su obsesión por escribir, su pasión por el periodismo, sus amantes, su matrimonio, sus encuentros con personalidades célebres del momento, sus viajes, su triste desarraigo vital y su compleja relación con el alcohol.
En 1990, tras la caída del muro de Berlín, sus libros vuelven a editarse en Hungría, dónde habían estado prácticamente vetados. Occidente lo redescubre y empieza a traducir su obra, que llega a España de la mano de la editorial Salamandra. El último encuentro, La mujer justa, La herencia de Ezster, Divorcio en Buda, El amante de Bolzano y tantas otras cautivan a un público que disfruta de esa gran literatura como testigo de una época ya pasada.
La muestra, en cuya organización han colaborado el Museo de la Literatura Petöfi de Budapest, Edicions 62, Editorial Salamandra y el Gremio de Libreros de Cataluña, presenta una carrera profesional de más de medio siglo a través de la dualidad entre el autor y su obra. A partir de los mosaicos de la exposición (imágenes, textos y fragmentos de sus obras, procedentes en su mayoría del legado del escritor) se va componiendo el retrato de Sándor Márai. Y también se incide en la paradoja de que mientras que muchas de sus novelas son conocidas en el mundo entero y han cosechado un gran éxito de ventas y de crítica (El último encuentro ha sido traducida a más de cuarenta idiomas), su personaje como intelectual de prestigio sigue siendo un misterioso desconocido para el gran público.
En la exposición se puede visionar además un documental en video de unos 50 minutos de duración, que traza un recorrido por las etapas y los escenarios de la vida de Márai. Cada uno de los escenarios vitales del escritor se ilustra con sus propios textos, en los que habla de sus vivencias. “Nueva York es una ciudad extraña, sin ambiente, a la que es imposible acostumbrarse”, dice por ejemplo en uno de ellos. “Me asedió las nostalgia, la añoranza de Hungría: vivir en la lengua húngara, en las letras húngaras. ¡Volver a mi país!”, escribe en otro. Recorrió medio mundo, vivió con pasión distintas culturas pero la tristeza por haberse alejado de sus raíces nunca le abandonó: “Todos los demás, todos los que abandonan su patria se exilian de un país; yo, un escritor, me exilié de mi lengua materna”.
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Sándor Márai. Diarios (1984-1989)
Por Luis Antonio DE VILLENA
Publicado el 11/12/2008
Trad. Eva Cserhati y A. M. Fuentes
Salamandra, 2008. 219 páginas, 20’50 euros
Fue Sándor Márai (1900-1989) un novelista húngaro de gran calidad de prosa, bien conocido durante el período de entreguerras, cuando fue traducido a muchas lenguas, incluido el español, como Alejandro Márai. Tras la II Guerra Mundial y al ver cómo los comunistas húngaros se imponían y destruían el mundo de la burguesía liberal que había sido el de Márai, éste y su mujer abandonan Budapest en 1948, adonde nunca regresarían. Privado así, en amplia medida, de su público natural, Márai publicó (menos) en editoriales del exilio, pasando por varias ciudades de Europa hasta llegar a Estados Unidos, donde se instaló en San Diego -California-. Allí el anciano, solitario y amargo pero lúcido Sándor se suicidó, pegándose un tiro (en los Diarios narra cómo compró el revolver) el 21 de febrero de 1989. Atrás quedaban novelas tan espléndidas como El último encuentro o memorias como ¡Tierra, tierra!
Márai había publicado ocasionalmente otros diarios, pero dudo que sean tan claros y estremecedores como este último, que sólo tiene una entrada y a mano (el resto del diario está escrito a máquina) en enero de 1989: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora.” La idea de suicidarse cuando su vida no tuviera sentido, agobiado por las dolencias de la vejez y la inacción creativa, y antes de caer como un semivegetal en manos de los médicos, es una constante en Márai y especialmente en las sobrias y atinadas páginas de este diario de continuo adiós. Aunque se siente viejo y cansado (en 1985 termina una novela policíaca, lo último que escribió, salvo los diarios) Márai permanece atado a la vida mientras vive su mujer Lola, con la que ha compartido 62 años de matrimonio. Cuando Lola muere a principios de 1986 tras una penosa dolencia -que el diario relata- ,Sándor se siente solo y lejos de todo y seguro, además, de que no desea llegar al punto en el que terminó su mujer, cuya frase final, “Qué lento muero” recordará a menudo.
Estos diarios finales están llenos de reflexiones literarias pero también de recuerdos de exilado y de una dura visión de la vejez. Frente a tantas visiones idealizadas del postrer tiempo humano como nos ofrece la publicidad oficial, Márai se asume en el bando más realista: la vejez y sus límites son duros y crueles y raramente valen la pena. No creo que Márai conociese la frase de Céline que dice “La vejez es lo que sobra de la vida”, pero sin duda hubiera estado de acuerdo con ella. Camina por la calle, inseguro, tambaleante, y le da vergöenza o algo parecido que los transeúntes acudan a ayudarlo. Dos de sus hermanos más jóvenes mueren en la lejana pero no olvidada Budapest, casi al mismo tiempo que su mujer, y el impulso creador se va secando. Sueña con escribir Roger, una novela dura sobre el sinsentido de la vida, que es un viejo proyecto y que no llegará a empezar. Decrépito, solo, vacío, sin interés por nada, su afán se centra en morir dignamente, en una eutanasia que sólo ve posible por propia mano.
Aprovechando que en Estados Unidos la venta de armas es libre, Márai se compra un pequeño revolver con veinte balas, atiende las instrucciones de uso, y luego lo guarda en el cajón de la mesilla. Toda la segunda parte del diario es una meticulosa preparación para la muerte (para el suicidio) considerando la nada que ha llegado a ser su vida y el dolor y la vergöenza de una mala muerte, es decir, una muerte en manos de esos médicos (los insulta) que sólo quieren alargar una vida que ya no es humana ni casi vida. Libro lleno de lapidarias sentencias y claro alegato a favor de la eutanasia y la muerte digna, la prosa sencilla y lábil de este Márai final, no puede dejar indiferente a nadie. A mí me parece un gran libro. El final de un humanista europeo, ahora que por todos lados asistimos a la agonía del genuino humanismo.
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Sándor Marai
Confesiones de un burgués
Por Rafael NARBONA
Publicado el 22/04/2004
Trad. J. Xantus. Salamandra, 2004. 478 páginas, 16’80 euros
Sándor Márai escribe unas prematuras confesiones, cuando apenas ha superado los treinta años. Ese ejercicio autobiográfico, que insinúa un inequívoco voluntarismo, contrasta con el reconocimiento de que ninguno de sus planes o decisiones se han cumplido.
El tiempo evocado en estas páginas no conoció otro rumbo que el impuesto por el azar y las oscilaciones de una neurosis pertinaz. Esas fuerzas determinarán una existencia errante, inestable, donde sólo perdura la vocación literaria. Hijo de la burguesía magiar, crecerá en un hogar que no cuestiona los privilegios ni las diferencias sociales. Su paternalismo con los vecinos judíos o las criadas sólo revela indulgencia, no espíritu crítico ante un orden político basado en intolerables desigualdades. La perspectiva del joven Sándor no coincide con la de su familia. La situación de las criadas le parece particularmente humillante y no escatima palabras de afecto y admiración hacia un tío socialista, que muere de inanición durante la Gran Guerra, al ceder a los pobres su cartilla de racionamiento. Rebelde e indisciplinado, Sándor no muestra ningún afecto hacia la escuela. Su inconformismo choca con un ambiente que no propicia la creatividad, sino la obediencia. Al igual que Thomas Mann, Márai entiende que el sentido de la disciplina académica no es formar hombres libres, sino siervos.
A los catorce años, se fuga de la hacienda de sus tíos, donde pasa el verano. Durante esa huida, descubre que no pertenece a nada. No anhela echar raíces, fundar una familia, integrarse en una comunidad. No le preocupa parecer inmoral o reacio al compromiso. Acepta la infelicidad como condición necesaria para la creación artística. Ser escritor significa vivir en la desesperación, el miedo, la incertidumbre. El impulso de escapar ya no se extinguirá. Años más tarde, comienza una existencia itinerante. Cada ciudad le descubrirá algo nuevo. En Berlín, conocerá la promiscuidad de razas y culturas. París le decepcionará inicialmente, pero luego se dejará seducir por la bohemia, llegando a plantearse cómo es posible vivir sin hachís o ajenjo. Florencia le revelará el esplendor de la belleza, la generosidad de un mundo dispuesto a entregarse a una sensibilidad despierta. Durante sus desplazamientos, surgirá el amor, su matrimonio con Lola, una unión desgraciada que apenas durará. Márai se reconoce infiel, voluble, incapaz de establecer vínculos permanentes. No le afligirá romper con sus parejas y aceptará que le abandonen.
Su carrera periodística comienza en el prestigioso Frankfurter Zeitung, con unas colaboraciones que revelan un ilimitado asombro por la vida y cierta incapacidad para discriminar lo esencial de lo anecdótico. Esa disposición le indicará que los artículos son un espacio insuficiente para plasmar su ambición literaria. Su afán por viajar y conocer lugares nuevos se aplacará al iniciar su trabajo creativo. Las ciudades y los paisajes son insignificantes cuando se comparan con nuestro mundo interior. El infinito está en nuestra mente. No hay otra patria para el escritor, salvo su lengua materna, que le ayuda a penetrar en esa vasta región.
Márai considera que la escritura no es una tarea sana. Es una enfermedad, algo que nos elige y nos consume. El escritor arde como una tea, al bajar a "las profundidades de su obra, donde lo esperan peligros, terremotos, abismos, incendios". Las últimas páginas están dedicadas a la muerte del padre y a las tensiones políticas de Europa, donde ya se intuye la crisis de la razón, la victoria del instinto sobre la inteligencia y el espíritu. Fiel a su trayectoria, Márai desapareció el año en que caía el muro de Berlín, fecha que algunos historiadores han escogido para establecer el fin del siglo. Esta vez borró cualquier indicio que permitiera seguir su rastro. El suicidio consumó su deseo de extraviarse definitivamente. Nadie puede leer estas páginas sin advertir el soplo del espíritu, la fecundidad de la verdadera literatura.
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Sandor Marai
La extraña
Por Jacinta CREMADES
Publicado el 26/06/2008
Trad.: M. Szijj y J. Glez. Trevejo. Salamandra. Barcelona, 2008. 309 páginas, 24 euros
El último libro que Salamandra nos ofrece del escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989), es una de sus novelas más perfectas. Publicado en 1934, el libro es, como los otros escritos de Márai, denso, reflexivo y tremendamente psicológico. Sus otras novelas El último encuentro, La herencia de Eszter, Divorcio en Buda, El amante de Bolzano, La mujer justa, ¡Tierra, tierra! y La hermana, así como su autobiografía Confesiones de un burgués (todas en Salamandra), fascinan a todo tipo de lectores. Como Stefan Zweig, Sándor Márai consigue conjugar la inteligencia con el entretenimiento, que sólo alcanza la “gran literatura”.
En La extraña, Márai descubre la mente insatisfecha de Viktor Askenasi, un respetado profesor del Instituto de Estudios Orientales de París, de 50 años que un día decide romper con lo que llama “exceso de coherencia innata” (p. 46). Algo más hay en la vida que no logra saber qué es y parte a su encuentro. Para ello, y a través de su mente que descubrimos cada vez más atormentada, irá narrando los recuerdos de esa existencia demasiado ordenada que le ha ido alejando de la verdadera realización, el encuentro con ese algo indefinible, casi menos que invisible y que se halla, intuye Askenasi, en el personaje, que apenas aparece en la novela, de “la extraña”.
Askenasi emprende un viaje en solitario por el Mediterráneo que será la metáfora del viaje de la existencia humana. Una búsqueda incesante y que desemboca en el diálogo con Dios. A bordo de un barco que le conduce por las islas griegas, recordará su existencia para descubrir que por mucho éxito que ha cosechado en su trabajo, no ha podido alcanzar, lo que llamará “la meta” y que ni siquiera él mismo puede definir de qué se trata. La novela está dividida en tres partes. Corresponden a las tres mujeres de la vida del personaje a las que se dirige en su viaje existencial, como si fueran “continentes”: Anna, su mujer, es el conocido, el hogar; Eliz, el vuelo y la experiencia, y un tercer continente, el extraño, y que corresponde a esa cara desconocida de la libertad anhelada y que -supuestamente- le permitirá alcanzar la plenitud.
Durante todo el libro, el lector cree enfrentarse a la mente de un personaje racional, dueño de sus actos, cuando en realidad se encuentra con un hombre insatisfecho, cuyo tormento le hará cometer un terrible acto de locura. La extraña es una espléndida novela, fascinante, vibrante, de gran suspense, capaz de adentrarse en la conciencia del hombre y llevarnos hacia lo más profundo del alma humana.
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Sandor Marai
La hermana
Por Darío VILLANUEVA
Publicado el 10/05/2007
Trad. M. Szijj y J. Glez Trebejo. Salamandra. Barcelona, 2007. 256 páginas, 14,80 euros
Sesenta años separan esta traducción de La hermana de su primera salida cuando Sándor Márai dominaba ya el panorama literario de Hungría, en el interregno abierto entre su exilio antifascista de los años veinte y el que muy pronto precipitaría la llegada de los comunistas al poder. Más de medio siglo que, sin embargo, en nada empaña la pertinencia de una novela aún viva gracias a la maestría narrativa de su autor y la fuerza de la temática abordada. Ante el panorama desolador que nos muestran tantas y tantas novelas fingidas, ligeras hasta la vacuidad y clónicas las unas de las otras, siempre nos quedará la salvación de la verdadera literatura. Del protagonista de La hermana se nos dice que “hablaba sin rodeos, como si diese por sentado que dos personas tienen que hablar sólo de lo esencial” (pág. 50), y este designio es escrupulosamente cumplido aquí.
Acompaña a La hermana desde su aparición la sombra de La montaña mágica de Thomas Mann. Tal vínculo nace de que su comienzo transcurra en un perdido hotel de las montañas rumanas y la acción se traslade luego a un hospital de Florencia donde el protagonista vive una experiencia terrible. Pero se me figura que la novela de Márai tiene mucho más que ver con Muerte en Venecia, e incluso también con su recreación fílmica por Visconti, que es muy posterior. Como se recordará, Visconti transforma al literato Gustav von Aschenbach en un músico en el que funde la figura de Mahler. La hermana se fundamenta precisamente en la narración que un escritor hace de cómo coincidió a lo largo de unas vacaciones navideñas con un famoso concertista del que nada se sabía en los últimos tiempos. En el angosto refugio que comparten, el pianista le confiesa que la enfermedad le ha incapacitado para tocar, pero le hace partícipe también del sentido profundo que aquella crisis tuvo para él, de lo que ha quedado un manuscrito que sólo llegará a las manos de su destinatario meses después, tras la muerte de su autor. Y a través de este segundo texto se plantea el gran drama de la crea-ción que obsesionaba tanto al personaje de Mann como al de Visconti: el arte como disciplina exigente, el arduo camino hacia la perfección, el artista como émulo de Dios.
La narración primera -el aislamiento navideño- nos ofrece unas páginas extraordinarias por la descripción de un ambiente y de unos personajes entre los cuales se trenza también un lance patético: el suicido de una pareja de amantes. Por el contrario, la transcripción del escrito del músico, sólo interrumpido una vez por una breve nota de su editor, aporta en forma introspectiva la vivencia de una enfermedad terrible, la esclerosis amiotrófica, que está a punto de acabar con su vida. El relato de este proceso resulta tan insólito como sobrecogedor: el sufrimiento físico tiene como único paliativo la droga, descrita como una amante “que no pedía nada y lo daba todo”. Ello introduce como contrapunto, frente a lo apolíneo de planteamientos anteriores, el erotismo dionisiaco que envuelve al enfermo por esas “citas químicas” (p. 160) pero también por la relación física entre su cuerpo y la sensualidad oculta de una de las monjas que lo cuida. Dos de los doctores, que parecen salidos de La montaña mágica, aportan nuevos sentidos a las patologías más allá de los que nos explicaría la medicina experimental. Uno de ellos apunta hacia Dios como el único que puede sanar, el otro a la fuerza de Eros como poderoso paliativo. De hecho, la dolencia del pianista húngaro tiene, finalmente, un origen erótico, el triangulo amoroso en el que participaba, cuyo vértice es una mujer enferma de frigidez. Todo ello provoca una pirueta final tan arriesgada como verosímil, mediante una reacción insólita por parte de la hermana enfermera en clave de arrebato pasional. El ataque que el protagonista sufre en Florencia se produce el día en que los alemanes ocupan Varsovia y su encuentro con el escritor transcurre en plena guerra. Así, la novela está transida de una angustia existencial muy de la época, cuando el caos de la Humanidad toma cuerpo en los dramas singulares de cada uno de los personajes. Pero el significado último de La hermana apunta, en todo caso, a que “el ser humano es más infinito que su destino” (p. 149).
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Sándor Márai
La mujer justa
Traducción de A. Csomos. Salamandra Barcelona, 2005. 416 páginas, 16’50 euros
Por Rafael NARBONA
Publicado el 05/05/2005
El verdadero nombre de Márai era Sándor Grosschmid. Nació en 1900 en Kassa (hoy Košice, Eslovaquia), parte del Imperio austrohúngaro. Trabajó como editor en Budapest y se trasladó a Alemania, donde se dedicó al periodismo. Profundamente antifascista, la persecución comunista le empujó al exilio: Suiza, Italia y Estados Unidos. Nacionalizado norteamericano en 1952, alcanzó fama mundial con El último encuentro (Salamandra). En 1989 se suicidó en San Diego (California). No fue hasta después de su muerte cuando su obra se hizo popular a nivel internacional.
La obra narrativa de Sándor Márai revela un extraordinario conocimiento de las emociones humanas. La mujer justa recrea la peripecia de tres personajes que conocen la pasión, el desafecto, la traición y la soledad.
Peter pertenece a la alta burguesía centroeuropea. Su matrimonio responde a las exigencias de su clase social, pero su amor pertenece a Judit, una criada que no se conforma con ser su amante. La relación se rompe cuando se convierten en marido y mujer. Peter descubre que su amor sólo es un espejismo, una fantasía elaborada por la necesidad de sacrificarlo todo por un sentimiento. La pasión es una forma de inmolación, un acto de fe que transforma al objeto amado en un absoluto que justifica cualquier renuncia.
El ascenso social de Judit no borra el resentimiento inherente a la servidumbre. La falsa humildad prevalece sobre los afectos, frustrando la entrega y el entendimiento. El criado percibe la riqueza como una deidad menor. La admiración convive con el desprecio. Cuando evoca a Peter, Judit afirma que envejece como "una boquilla de ámbar". La decrepitud física no extingue la dignidad. Peter se acerca a la muerte en soledad, pero su fracaso no ha conseguido disipar la convicción de que sin pasión la vida es un error. No ignora que el amor siempre surge de un malentendido. Sólo es posible amar mientras el interior permanece inaccesible. La transparencia acarrea el fin de la ensoñación romántica.
Márai no se limita a las historias individuales. Su novela es un agudísimo retrato de la Europa de entreguerras, un paisaje dominado por una burguesía que identifica sus privilegios con el orden natural de las cosas. Las convenciones morales obligan a cultivar el secreto. Se elude la sinceridad y se exalta un pudor que justifica la hipocresía y el engaño. La experiencia del dolor no acarrea progreso moral, pero sí conocimiento y el conocimiento indica que la voluntad es impotente frente al destino. Los hechos no están predeterminados, pero hay una fatalidad que propicia el fracaso. La búsqueda de la belleza es inherente a la condición de hombre. Es un impulso trascendente, que refleja la resistencia a la mediocridad. Los personajes de Márai intentan enjaular sus sentimientos, pero casi nunca lo consiguen. Cuando la pasión se apaga, sólo queda el tibio resplandor de las cenizas, que ilumina el presente con la evocación de las promesas incumplidas. LaII Guerra Mundial pondrá fin a un concepto de civilización que había situado a la burguesía en el centro de la historia. Márai describe la aparición del comunismo en Hungría. La dictadura del proletariado se revelará como una nueva tiranía disfrazada de fraternidad. La incomprensión del proletariado ante el cambio político sólo corrobora el paradójico origen del socialismo, una utopía que brota de la mala conciencia de los hijos de la burguesía.
La maestría narrativa de Márai se evidencia en el perfecto equilibrio de los tres monólogos que reconstruyen lo sucedido. Cada voz tiene un timbre propio, que recoge una amplia gama de matices y una asombrosa plasticidad para fundir lo individual y lo colectivo. Los personajes meditan sobre su experiencia, sin moralizar ni condolerse del poder letal del amor, que exige una renuncia incondicional, sin ofrecer ninguna garantía de dicha. Márai no oculta la fuerza del sexo ni el misterio de la muerte, que aletea en la proximidad de los cuerpos anudados en la penumbra. La mujer justa, que se permite un breve elogio del tabaco, es una novela perfecta, que corrobora la excelencia de una escritura donde convive el aliento poético, el estudio psicológico y ese pesimismo libre de resentimiento que circula por las páginas de los grandes clásicos.
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Sándor Márai
La amante de Bolzano
Por Rafael NARBONA
Publicado el 27/03/2003
Traducción de J. Xantus. Salamandra, 2003. 281 páginas, 12 euros
El redescubrimiento de Sándor Márai (Kassa, Eslovaquia, 1900-San Diego, California, 1989) nos ha puesto en contacto con una escritura poderosa, que combina magistralmente la introspección, el relato y la evocación del pasado.
Esa tendencia a situar el nudo de la trama en un tiempo anterior, que se reconstruye mediante la memoria, lo aproxima a Proust, sin eludir el parentesco con los grandes narradores de la desintegración del Imperio Austrohúngaro (especialmente Joseph Roth). La amante de Bolzano (1940) utiliza la figura de Casanova para redundar en el estudio de la psicología humana y en la capacidad de la palabra para contrarrestar el olvido. La novela transcurre en el siglo XVIII, pero los hechos trascienden el marco temporal, insinuando que la felicidad es la más improbable de las emociones.
Tras fugarse de los calabozos de la Inquisición, Casanova se detiene en Bolzano, donde reside Francesca, la única mujer que neutralizó su instinto depredador, oponiendo la posibilidad del amor al vacío de la seducción. La relación no se consumó. Cinco años después, Francesca sigue amándole y el conde de Parma, que no ignora los sentimientos de su esposa, ofrece a Casanova dinero para que transforme el amor en desprecio. Deberá pasar una noche con ella y decepcionarla. El desenlace no produce el efecto esperado. Casanova no logra destruir la pasión de Francesca, pero descubre la inanidad de su vida. La seducción no es una obra de arte, sino una huida prolongada. El placer sólo es un espasmo que apenas puede ocultar el vacío de una existencia incapaz de reconocer en el otro su humanidad.
Casanova es un símbolo de libertad, pero también es un ejemplo de insatisfacción y soledad. El libertino siempre está solo porque concibe a los otros como objetos, meras piezas de su juego narcisista. Francesca revela a Casanova que no soporta el amor, porque éste comporta “un deber pleno, una plena responsabilidad”. Estas palabras no encierran una objeción moral, sino una profunda comprensión del amor, que no es una obra de arte, sino plenitud. Amar es servir, pero Casanova se rebela contra esa posibilidad, pues su ambición es convertir su existencia en la apoteosis del artificio. Sus peripecias son las de un actor que declama bajo una máscara, pero sólo Francesca advierte que no hay nada más allá. Casanova es “un depredador triste y hambriento”, pero también un escritor que acumula palabras para impedir que prospere el olvido. Márai imprime al personaje una complejidad que recuerda las tesis de Kierkegaard sobre la seducción. Lo más característico del donjuanismo no es la vanidad, sino la búsqueda del todo, del instante absoluto. Márai recrea esta tensión con largos e intensos diálogos. Su habilidad para crear atmósferas y mantener la expectación acreditan sus extraordinarias dotes de narrador. Sólo cabe esperar que la feliz recuperación de su obra no se interrumpa. La comprensión del siglo XX quedaría incompleta sin su literatura.
Articulo : http://www.elcultural.es 15/04/2011

