samedi 7 mai 2011

Álvaro CORTINA/Literatura

LITERATURA | Suicidio y amoríos
El príncipe en horas bajas de Philip Roth
Por Álvaro Cortina
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Cuando en 'Muerte de un viajante' Biff Loman está con unas chicas y su padre deja la escena, él les dice a ellas que tomen conciencia de que aquel ser vencido es un príncipe en horas bajas. Simon Axler, antigua estrella de los escenarios, última creación de Philip Roth, es otro de esos príncipes. Axler, que coquetea con la autodestrucción, guarda en la memoria muchos papeles preeminentes de suicidas. Uno de ellos, claro, es Willy Loman.
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"Gritaba al despertarse en plena noche y encontrarse encerrado en el papel del hombre privado de sí mismo, de su talento y de su lugar en el mundo, un hombre detestable que no era más que el inventario de sus defectos. Por la mañana se ocultaba en la cama durante horas, pero en vez de esconderse del papel, no hacía más que interpretarlo".
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La anterior novela de Roth (que no para) fue 'Indignación', una novela de formación. Ahora, en 'La humillación' (Mondadori), se aplica en la deformación (también profesional), en lo final. Con la muerte esperando en el descansillo y el rumor noctívago de las congojas, el miedo. Ya declinó Zuckerman, y pensemos en Herman Roth, Roth padre, en 'Patrimonio', en las radiografías de su tumor cerebral dispersas en la sobrecama de un infausto hotel de Newark.
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Simon Axler, hemos dicho, derrengado en su sofá, piensa, paladea, manosea su propia muerte. Conoce, en el psiquiátrico, a otros suicidas vocacionales, y le participan su anhelo (estético, se diría) de controlar todos los detalles de su propia muerte, desencantados del burdo azar de su vida. Apócrifos de sí mismos, aguardan a la autenticidad de una soga, de un veneno y algún que otro escenario. Axler sí se ve en ese escenario. He aquí la obertura de esta historia.
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A partir de esto se abren nuevas vías, y un divorcio. Y: chica conoce a chico. Chica, que resulta ser una lesbiana retirada, parece muy enamorada de chico. Chico tiene 25 años más que chica. Contra las apariencias, chico es más vulnerable que chica. Chica es hija de viejos amigos de chico, y estos parecen descontentos. Chico coquetea con alguna mujer, mientras chica (recuérdese, lesbiana) coquetea con otras. Tensiones de chico y chica. Escenas de cama de chico y chica. Cosas varias de chico y chica. Chico y chica igual se quieren. Igual no.
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En fin, hay amorío, ese "siento en mí el corazón que late", que canta con voz de gramófono antiguo Edith Piaf, en 'La vie en rose'. Sólo que aquí no es rosa la vida. Y pasa a recordar más, por momentos, a esa canción de morir o de matar, que llora Nacho Vegas.
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Sexo, divorcismo, seriedad Roth es un judío serio de Nueva Jersey que escribe serio. Sus conjeturas, su pulcritud, su cotarro de sexo, divorcismo, y muerte resulta indisociable de tanta seriedad. Estaba claro que no iba a relacionar la vida con el rosa, teniendo colores tan suyos como el gris o el negro. Llega a sorprender en 'La humillación' hablando directamente al lector: "Y si es tan difícil matar a otra persona, alguien de quien tienes todas las razones para querer destruirlo, imagina lo difícil que es matarte a ti mismo". Esto debe leerse en serio, pero sin desapasionamiento. Con tranquilidad. El tono es triste, distanciadas y tristes las palabras.
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Una historia de morir o de matar, de chico que conoce a chica, y de un príncipe en horas bajas. Conversaciones telefónicas y silencios cara a cara, con el zumbido de una seriedad pertinaz y uniforme como un mar de fondo. Y una pregunta, claro está: ¿seguirá Axler el camino de los personajes de Sófocles, de Shakespeare, de Ibsen o Strindberg, y el de Willy Loman?, ¿optará por interpretarse a sí mismo bajo las sábanas?
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'La humillación', de Philip Roth. Random House Mondadori, 2010. Jordi Fibla. 155 páginas. 17, 90 euros. 21/05/2010
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LITERATURA| Cosas del estilo
Stefan Zweig: lecciones de poda y concisión
'¿Fue él?' es una intriga donde el autor vienés muestra sus dotes
Por Álvaro Cortina
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Después de pasar por los 'Poemas tardíos' (Lumen) del último (¿habremos de decir tardío?) Wallace Stevens, puede uno acudir al vociferante y mayestático Harold Bloom. "Con los años he descubierto que lo que más me conmueve de Stevens es su finísima falta de ornato, que acaba siendo la más convincente poesía de hoy". Complicado tema estético el del accidente y lo esencial.
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La poda y la escaramuza del tachón en manuscritos originales de algún maestro puede servir para orientar en el camino. Anagrama ahora tiene en los escaparates una serie de fichas, a lápiz, de Vladimir Nabokov: 'El original de Laura'. Aunque en la tachadura el estilista Nabokov nos esconde, con (¿pudoroso?) afán depurador, el accidente mismo, la expresión fallida. Por última lección de concisión, de limpieza, de fineza falta de ornamento, se puede pasar a una "nouvelle" de Stefan Zweig, '¿Fue él?' (Acantilado). Zweig dijo (sin cortarse) en su autobiografía que a la mayor parte de las grandes obras de la literatura les sobraban pasajes tediosos y paja decorativa. Que creía que una edición revisada las mejoraría, más condensadas.
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Cualquiera que haya leído (o devorado, o deglutido...) 'La novela del ajedrez', o 'Carta de una desconocida', o '24 horas en la vida de una mujer' entiende que con poco, Zweig puede dar para mucho melodrama y (¿contenido?, ¿condensado?) lirismo. La narradora de la aleccionadora '¿Fue él?' es una Miss Marple espontánea que otea por encima del seto vecino, que narra una "intriga irresuelta": expresión que se usa en la contraportada, adelantando elementos quizá sorpresivos. También la edición de Acantilado descuelga un adjetivo apropiado para el autor: "elusivo". Zweig asoma y esconde. Sí, es elusivo. No vamos a mejorar esta palabra de Acantilado por mucho que nos empeñemos.
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Conclusión y arranque: un crimen. Una niña flota entre nenúfares, como una Ofelia prerrafaelita tamaño mini. Flash back: desde el muerto y el agua hasta las primeras zozobras. Intriga que es recuerdo de intriga. Quizá también se adelantan (ay) contenidos en la portada de esta edición con el perro patibulario ese que ponen en la foto, justo bajo el título tan inquisitivo de "¿Fue él?". Ciertamente no es un bull dog (como nos dice Zweig) esta representación culpable de Ponto. El perro de la foto podría ser un labrador.
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Ponto, bull dog, como se ha dicho, aguarda en este misterio raro con la respiración de obeso de su raza.
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Por un lado, tenemos al vecino, al dueño, Limpley, con un algo de zoofilia afectiva a lo 'La gata', de Colette. Y una perenne sonrisa y efusividad bien dispuesta en las maneras. Se puede recordar un gracioso parlamento chestertoniano de 'Los tres instrumentos de la muerte' (dentro de 'El candor del padre Brown') contra estos sonrientes:
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"-Ya ve usted -dijo el padre Brown pestañeando modestamente-. No es seguro que la alegría de Armstrong haya sido alegre... para los demás. Usted dice que a nadie se le puede haber ocurrido dar muerte a un hombre tan feliz. No estoy muy seguro de ello. Si alguna vez me hubiera yo atrevido a matar a alguien -añadió con sencillez- hubiera sido a un optimista".
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Leporella y Quiroga
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Y bañada por la radiación molesta de los dientes risueños de Limpley, su mujer, queda a media luz. Así la ve su vecina, narradora. Y a oscuras, intrigante, el perro Ponto, el bull dog. De él nos quedamos con la mirada insospechada de "los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz", en ‘La gallina degollada’, de Horacio Quiroga. A cuenta de '¿Fue él?' se puede pensar también en la protagonista, fiel y animal, de otro breve melodrama de Zweig, 'Leporella'. Elusivo éste también por momentos en aquella otra, claro.
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Y elusivos podemos encontrar al Nabokov póstumo en sus fragmentos indecisos, disecados en su vuelo como sus mariposas, y los versos del Stevens que declina. Enigmático, calmoso, armoniosa economía interrogante. Aparte de la lección estética (hoy hemos incidido en lo didáctico) de Zweig, y de su "finísima falta de ornato", que dijo Bloom del poeta americano, la Miss Marple petarda que espía al vecino asquerosamente risueño de la niña y el bull dog consigue ser entretenida. Que no es poco.
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'Poemas tardíos', de Wallace Stevens. Lumen. 95 páginas. 14, 90 euros. '¿Fue él?', de Stefan Zweig. 74 páginas. 10 euros. 'El original de Laura', de Vladimir Nabokov. 168 páginas. 18, 50 euros. 19/05/2010
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LITERATURA | Clásico ruso
Prosas fundacionales de Alexandr Pushkin
Alianza edita 'Relatos de Iván Petróvich Belkin'
Por Álvaro Cortina
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El honor ha quedado en atavismo, en una cosa exótica, difícil, de cuando los zares y los emperadores. Como viajar en calesa y batirse con pistolas gemelas de avancarga. La cuestión trabajosa del honor, la tensión del honor aparece en los divertidos 'Relatos de Iván Petróvich Belkin' (Alianza), de Alexandr Pushkin.
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Schopenhauer, contemporáneo suyo, ya distrajo su facultad para el dicterio riéndose de los duelistas. Pero Pushkin, siguiendo a Byron, fue un héroe romántico en los focos de su tiempo, y Schopenhauer, como Leopardi, se mantuvo en los torvos aledaños. A Schopenhauer se le imagina viejo y misantrópico, paseando con su perro y tirando a su casera por las escaleras.Y editándose con su propio dinero heredado.
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Pushkin, en cambio, ha quedado en muchas memorias joven, agonizando tras su último duelo con un galán francés llamado George D'Anthés (¡muy cerca del nombre del Conde de Montescristo, Edmundo Dantés, gran tirador!). El poeta agonizante con la pelvis y el intestino reventados, con el lauro de todos, muerto joven. "Fenómeno extraordinario, sino único, del espíritu ruso", que dijo Gogol de él.
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Estos relatos, escritos de corrido en 1830, antes de 'La dama de picas', y 'La hija del capitán' en una casa apartada en el campo, abordan, como se ha dicho, el ámbito del honor galante, y otras tantas temáticas. En especial en 'El disparo', que abre la serie. Así, la sangre que sube por la enredadera circulatoria, los secretarios con levitas negras, el viento de la mañana. Silvio, un hombre esclavizado por un duelo inconcluso (así acaba Harvey Keitel en 'Los duelistas', adaptación de Conrad). También podemos recordar un pasaje del cómico y terrible 'Diario de un hombre superfluo', de 20 años después, del "occidentalista" Turguénev, cuando el oponente dispara al aire,humillante.
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Honor fatídico.
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"En prosa Pushkin es un innovador, y toda su prosa es un enorme experimento, pues sus únicos predecesores son Radischev y Karamzín, ambos muy respetados pero ya decididamente obsoletos", dice Amaya Lacasa, que lo tradujo para Alba. No es que Pushkin hiciera neologismos, es que "neologizó" la lengua culta de su pueblo. Antes de Pushkin, cuando alguien quería escribir una carta con un poco de empaque recurría al francés.
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Por otro lado, lo mágico, lo fantástico, asoma en 'La ventisca' o en 'El fabricante de ataúdes'. Inolvidables los muertos frente al sepulturero: "La luna a través de la ventana iluminaba sus rostros amarillentos y azulados, las bocas hundidas, los ojos turbios y entreabiertos y afiladas narices Adrián reconoció horrorizado en ellos a las personas enterradas gracias a sus servicios...". 'La ventisca', con un azar y un final digno de O'Henry, puede ser su mejor cuento. Todos, por cierto, narrados por un tal Belkin que no vemos, y que podría sobrar.
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Gogol y Dostoyevsky
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'El maestro de postas' también se aprecia como antecesor de una herencia genética. El tal Belkin se asoma por los intersticios, las ranuras de lo privado de un funcionario de decimocuarta categoría, lo más bajo de una jerarquía. Inevitable pensar en Gogol, que hizo de este tipo de personajes el corazón de su espíritu burlón (y trágico). También en los posteriores secundarios del subsuelo de Dostoyevsky (según los manuales "eslavófilo", opuesto a Turguénev, que, aparte de todo, decía éste del primero que le debía dinero).
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Es el hombre vacío y sin atributos, el burócrata que tuvo una profusa caracterización eslava. El mísero, en definitiva, en el coto menos agraciado de la pirámide del honor (ah, exótico palabro) que desciende del zar a sus cortesanos y de ellos hacia abajo (hasta los ignaros y míseros mujiks).
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El autor de 'Eugenio Oneguin' y 'Borís Godunov', que fue un pilar, único, como dijo Gogol, de la lengua rusa, poeta fundacional, principia temas y gestas del alma rusa, y antecede a las divisiones de corrientes literarias nacionales ("eslavófilos", "occidentalistas", según manuales y polémicas de aquellas modas). Él, poeta y duelista, reinventor de géneros, fue neologista de su propia lengua. Dijo Ortega que Rusia era, como España, invertebrada:
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"Coinciden Rusia y España [...] en padecer una evidente y perdurable escasez de individuos eminentes. La nación eslava es una enorme masa popular sobre la cual tiembla una cabeza minúscula. Ha habido siempre, es cierto, una exquisita minoría que actuaba sobre la vida rusa, pero de dimensiones tan exiguas en comparación con la vastedad de la raza, que no ha podido nunca saturar de su influjo organizador el gigantesco plasma popular". Pushkin, exquisita minoría... en pueblo convertida.
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'Relatos de Iván Petróvich Belkin', de Alexandr Pushkin. Alianza. 173 páginas. 6, 75 euros. 03/04/2010
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LITERATURA | Nueva traducción
El Peter Pan de Günter Grass
Por Álvaro Cortina
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Se publica una versión de 'El tambor de hojalata' de Miguel Sáenz
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En 'La edad media en imágenes', recientemente editado, Jacques Le Goff cuenta cómo, a finales de siglo XII, la Iglesia pasa a controlar los títulos de santidad más restrictivamente. "Roma se ha vuelto la única fábrica de santos y se esfuerza por no reconocer como verdaderos milagros más que los realizados tras la muerte del candidato a la santidad". Los parámetros oficiales de la Cultura para canonizar a un escritor, hoy en día, siguen exigiendo la defunción del mismo. Salvo excepciones. Ejemplo: Günter Grass, el Nobel enfurruñado de la pipa. Bertrand Russell, por contra, fue el Nobel simpático de la pipa.
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Ahora que su celebérrima 'El tambor de hojalata' cumple 50 años, Alfaguara ha querido abrir champán y brinda una traducción renovada. Esta versión corre a cargo de Miguel Sáenz, uno de los grandes con, por ejemplo, Mauro Armiño, José María Valverde o, más joven, Carlos Manzano. Los lectores de Jünger o de Bernhard han pasado por el castellano meticuloso de Sáenz. A Grass ya le había traducido.
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Esta primera tanda de la Trilogía de Danzig brota de un psiquiátrico, donde Oskar Matzerath cuenta la historia recentísima de la que fue la ciudad-estado de la Sociedad de Naciones, centro libre y comercial del Báltico. Así, Grass persiguió una paradoja: una crónica ("fresco social", que se dice) desde los ojos enfermos y distorsionantes (y azulísimos) de un loco elocuente de 90 y pocos centímetros de altura, del que sólo se debería desconfiar:
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"Lo mismo que, de feto, me había escuchado sólo a mí mismo, sin dejarme influir y viéndome reflejado en el líquido amniótico, escuchaba ahora críticamente las primeras manifestaciones espontáneas de mis padres bajo las bombillas". En la adaptación al cine, Schlöndorff traslada al espectador imágenes del inquietante David Bennent en el útero materno. Aferrado a su búnker matriz.
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Si el símbolo más conocido que nos ha dejado James Barrie es Peter Pan, el niño que no quiere crecer, no es menos meritoria la metáfora que asocia al Tiempo con un cocodrilo gigante acompañado del metrónomo asfixiante de un segundero. Grass experimenta con un Peter que pasa a ser tamborilero, y el monstruo escamoso se transfigura en calles a lo Grosz, Otto Dix, Beckmann, y en una guerra mundial.
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La primera vez que Oskar Matzerath grita, revienta el cristal biselado que protegía de polvo y moscas muertas la esfera del reloj de pie del salón de su casa. Matzerath y Peter, en un sanatorio mental o en el País de Nunca Jamás, juntos contra el Tiempo, emblemas de una madurez impuntual, tenazmente postergada.
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Se diría que vemos en contrapicado, desde 90 y tantos centímetros, a los pequeñoburgueses, alterados, y se hacen casi como sordomudos e intratables al loco Mazerath, que tamborilea en los discursos nazis y hace amigos en el circo. El padre, figura incierta (él se cree hijo de Bronksi, amante de su madre), pone los retratos de Hitler y Beethoven sobre el piano. Al final quita al del genio de Bonn para aureolar a su rey. Es la historia de un pedestal que muta en las calles de los verduleros, de los ultramarinos, de los vendedores de juguetes baratos.
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"La pobre mamá", intoxicada de pescado crudo y con náuseas en un hospitalucho (así le puede recordar algún lector), es un foco de calor para el antipático y cerebral Mazerath, tamborilero. Hay frenesí en el ambiente y una sexualidad que bulle y precipita a los tenderos que cuenta Mazerath, el "freak", turbio como nunca fue Peter (Pan, se entiende). Oskar se reconoce en los ojos celestes que han pintado a Cristo en la Iglesia del Sagrado Corazón de Danzig. Quizá sus aventuras de cama con la Gretchen o con Maria fueran una bola.
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Wehrmacht y la 'pobre mamá'
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Resulta Oskar impasible. Lo mismo habla en su parlamento (de casi 700 páginas) de cómo aprendía de geografía en los partes radiofónicos de la Wehrmacht, que describe el funeral de la "pobre mamá", lustroso sepelio de comerciantes humildes. Mazerath es un curioso instrumento para andar desenterrando las cepas ideológicas de su comunidad.
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Aquél que no quiso cumplir años, y que a pesar de ello los cumplió, ha hecho ya 50 primaveras editoriales, que parecen desafiar a la mortandad de su creador, que se alzan canónicos ya (pipa incluida). En aquel gesto cómico que tiene el fugado incendiario Koljaiczek, abuelo, de meterse bajo las faldas de Anna (la abuela) se adivina al descendiente Oskar, gritón tamborilero, aferrado al útero original, anterior a la vida y a la muerte, y al cocodrilo de los días, que se ha tragado un reloj de incendios.
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'El tambor de hojalata' de Günter Grass. Traducción: Miguel Sáenz. Alfaguara, 2009. 670 páginas. 20 euros. 26/02/2010
 
Articulo : http://www.elmundo.es 30/04/2011