dimanche 22 mai 2011

Blanca BERASÁTEGUI/Entrevista a Belén GOPEGUI


Belén Gopegui
“Todos mis libros son radicales, pero éste entra más en el túnel”
Por Blanca BERASÁTEGUI

Belén Gopegui ha escrito una novela que es un misil. Acceso no autorizado, que sale hoy a la calle editada por Mondadori, es un torpedo en toda la escuadra de las últimas decisiones del gobierno que nos gobierna. Desde la izquierda (como siempre) y con su palabra sosegada y consecuente la escritora dice que “he trabajado con la verosimilitud”, en esta historia de hackers, traiciones y debilidades que protagoniza la ex vicepresidenta del gobierno. Si ningún relato es inocente, éste menos.

Belén Gopegui empezó a escribir Acceso no autorizado hace cuatro años. La interrumpió, escribió luego Deseo de ser punk y hace solo unos meses la retomó convencida de que “convenía dotar a la novela de una textura real”. Y eso lo ha conseguido. Todos los lectores sabemos qué vicepresidenta, qué ministro y qué militante del PSOE hay detrás de unos nombres ficticios. Acceso no autorizado es un durísimo relato de lo que pudo ser y no ha sido, o mejor: “lo que no pudo ser y fue en la novela”. En todo caso, la cruel, inteligente y poética historia de una desilusión.

- Su nueva novela tiene también algo de alegato antisistema. Es, me parece, el más radical de todos sus libros. ¿Exagero?
- Es la novela de alguien que entra en el ordenador de una vicepresidenta y, como pasa en las novelas, se recorren caminos y se lanzan señales. Podemos llamarla antisistema si llamamos prosistema a muchas de las que se publican. La mayoría de mis libros son radicales en cierto sentido, quizá se refiere a que éste es el que más se adentra en la oscuridad, como dicen los hackers: “Si cuando te metes en el túnel miras hacia la luz, estás mirando en la dirección equivocada”; es importante conocer el túnel.

El túnel no le ha gustado nada a la escritora. Y lo cuenta. Lo cuenta de forma transparente, con un lenguaje coloquial y preciso. El escenario que dibuja es aterrador, aterrador por real. ¿A dónde ha querido llegar, qué ha pretendido?

-He querido contar una historia de confianza en un tiempo donde todo lo sólido se desvanece. Las historias están por todas partes, nos vivimos en tanto que personajes que forman parte de diferentes narraciones y a veces de manera casi inadvertida adaptamos nuestro comportamiento a esas historias que oímos o leemos. Por eso, aunque hay algún soplo aterrador en el libro, soplos que están en nuestro entorno, el núcleo de la novela es una historia de asistencia remota, una compañía desde lejos que algo tiene en común con la relación entre quien lee y quien narra.

-Son muchos los blancos de su crítica, el poder del dinero (como siempre) en primer lugar, pero también el PSOE traidor, con un personaje que se parece demasiado a Rubalcaba y un presidente débil, “sin ideología”. ¿Es su novela el ajuste de cuentas de una persona hondamente defraudada?
-Suelo procurar que mis novelas rompan la estructura habitual del género, para llamar la atención sobre el hecho de que ningún relato es inocente. En este caso no he recurrido a cambios estructurales sino a que he trabajado con la verosimilitud. Algunas novelas toman hechos históricos y rellenan los huecos, cuentan lo no contado, lo que pensaban los que se hundieron en el Titanic, o un miliciano, etcétera. En esos casos, la realidad escribe por el novelista, quien no puede elegir los hechos y debe centrarse en los motivos. Acceso no autorizado, por el contrario, no es historia sino ficción, los hechos los elige quien narra; no obstante, para ampliar el campo de batalla de lo verosímil, cuestionando la aparente neutralidad de lo que nos parece posible o adecuado, convenía dotar a la novela de una textura real. Así, he acudido a personajes que toman algunos rasgos, y no otros, de políticos reales, una vicepresidenta, un ministro, un militante concreto del PSOE, y he escrito una historia que no ha sucedido pero que, en la novela, sucede. No hay pues ajuste de cuentas sino una impugnación de la nostalgia, lo que no pudo ser fue, sin embargo, en la novela; hay, entonces, una tentativa de futuro.
 
Ráfagas de fe furiosa

- ¿Pero está escrita desde la decepción, el desengaño, o más bien desde la furia?
- Me gusta la noción de “fe furiosa” que ha trabajado Domenico Losurdo, es un estado en que no es posible vivir mucho tiempo, tampoco se puede escribir cada minuto desde ahí, es un viento racheado, una mezcla de seguridad en que habrá un futuro radiante, y de golpes de cansancio, desaliento, paranoia. En la teorización de Losurdo, incorpora un entusiasmo y esfuerzo febriles, y se refiere a momentos revolucionarios. Por comparación, la escritura de una novela no sería más que un paseo a media tarde, pero en alguna esquina se formaría un remolino y soplarían ráfagas de fe furiosa.

- “Cuando te desengañas, dice uno de sus personajes, ya no te puedes volver a engañar”... ¿Qué vale la rabia, cuando todos parecen necesitar un calmante que ayude a olvidar el paro, la hipoteca, la desesperanza?
- Tanto como todos... Algunos no necesitan calmantes, disfrutan de sus privilegios y eso les basta. De todas formas, creo que no estoy de acuerdo con ese personaje, es relativamente fácil olvidar lo que se sabe. Nos volvemos a engañar una vez y otra, porque la verdad, como trabajar, cansa. La rabia, el coraje, la ira, valen mucho. Sobre todo en la batalla y más si es rabia organizada; no pensemos solamente en una organización rígida, también es posible seguir las pautas de T.H. Lawrence en Guerrilla cuando dice: “los árabes eran como un vapor llevado por el viento”.

- ¿Está llamando a la rebelión?
-No, estoy llamando a la organización. O, si quiere, a una rebelión organizada.

- En la novela hay algo de homenaje a la vicepresidenta Fernández de la Vega.
- El único homenaje es a uno de los personajes secundarios, Amaya, y a través de ella a las personas que militan en proyectos radicales, que vuelcan horas y horas en tareas que no guardan relación con su mundo privado, y tienen más potencia y más vida que nadie que conozca.

Cajas de ahorro, GAL...

-¿Cree que hay muchas amayas en las listas que este fin de semana se presentan a los ayuntamientos, o los partidos han acabado destrozándolas?
-Las que yo conozco no suelen acabar en las listas. Suelen estar detrás. En la sombra. Aunque supongo que alguna quedará todavía con ilusiones.

- ¿Hubiera deseado que la protagonista lograra la nacionalización de las cajas de ahorro y tantas cosas que anhelaba y que al fin naufragaron?
-Lo que yo pediría a un partido socialista es que lo fuese realmente, con todo lo que implica: rectificar, por ejemplo, las declaraciones, a veces bien dirigidas, en defensa de la sanidad y la educación públicas, agregando el reconocimiento de que fue ese mismo partido quien propició el camino hacia la privatización en que ahora estamos inmersos. Sólo contando a qué amos servían entonces podrán decir también qué ayuda necesitan para librarse de ellos. Pediría que el GAL no se hubiera dirimido como un rifirrafe entre el PSOE y la derecha, sino en las filas de la izquierda y del centro izquierda, en un debate colectivo que eludiera justificaciones y buscara el modo de hacerlo irrepetible. O que en vez de recurrir a la estrategia mezquina del voto útil, se intentara convocar a todas las personas de izquierdas sin pedirlas que renuncien al voto a su propio partido, por minoritario que éstos sean, sumándolas a un proyecto donde más allá del rédito electoral cuente la voluntad de transformar un mundo que si no fuera terrible sería ridículo, un mundo de reglas absurdas e injustificables. La posibilidad de que algo así ocurra en el PSOE parece haber desaparecido, así que vendrán más años malos y temo que entonces mi generación sólo pueda decir: tuvimos nuestro momento pero no intentamos nada.

-¿Por qué? ¿Qué les paralizó?
- No sé, muchas cosas... De todos modos, no daría todo por perdido. Todavía le queda algún momento a mi generación.

“Presidente, sabes que deberías convocar elecciones”... “¿Te acuerdas, presidente, de todo lo que luchamos y ahora cedes y cedes y vuelves a ceder?”... “No necesitábamos caer tan bajo, lo hicimos pero no lo necesitábamos, ni tu ni yo, ni tampoco el Estado y la cal viva”... Hay mucha información real en su novela, muchos datos verídicos. ¿De dónde proceden? ¿Cuánto le debe la realidad a la novela y cuánto a la ficción?

Imaginación y trabajo

-Proceden de la imaginación y el trabajo; éste incluye, según en qué clase de historias, hablar con personas que conozcan el mundo del que vamos a tratar, además de documentarse a través de artículos, bibliotecas y de la red, donde es posible encontrar materiales valiosos si se tiene un poco de paciencia. ¿Proporciones? La novela debe todo a la ficción, porque la ficción es una forma temblorosa de ordenar la realidad.

En las novelas de Gopegui los malos suelen ser demasiado malos y los buenos, demasiado buenos y valientes, que caen en contradicciones y se atropellan.

- Le respondo primero con palabras de David Mamet: “Habitamos un mundo extraordinariamente depravado, interesante y salvaje donde las cosas no son en absoluto equitativas, y el propósito del auténtico drama es ayudar a que no lo olvidemos”. A veces el temor a ser acusados de maniqueísmo hace que los autores renuncien a la complejidad y traten de igualar a todas las personas buscando que la media entre sus virtudes y sus defectos esté siempre en torno al cinco. Pero si esto es discutible con respecto al carácter, lo es más aún con respecto a los actos. Hay daños objetivos, y personas que los provocan. En la novela he elegido no ocuparme de la psicología de todos los personajes, sino tratar a veces sólo sus actos y sus consecuencias; muy posiblemente en la intimidad esos personajes tengan impulsos generosos y contradictorios, pero eso no puede privarnos de contar su acción y sus efectos. También hay personas que resisten, que no pactan y se la juegan, y aunque sin duda tendrán contradicciones y momentos negros, sus actos cuentan.

La llegada al software libre

- ¿Cuándo decidió sumergirse en el laberinto informático en el que vivimos y que nos domina sin que lo sepamos? ¿Somos definitivamente vulnerables?
- Hace algunos años me pasé al software libre, decidí que quería comprender, al menos en parte, lo que sucedía en el ordenador, y dejar de depender de unas empresas que ocultan sus fuentes. Encontré una comunidad magnífica que te ayuda a resolver dificultades y te enseña cómo resolverlas sola la próxima vez. Cuando, tiempo después, pensé en esta novela, me fue fácil acudir a personas que me asesoraran en las cuestiones técnicas. En cuanto a la vulnerabilidad, debiéramos preocuparnos sobre todo por las corporaciones que poseen nuestros datos y nos impiden conocer los mecanismos que estamos usando. Y por nuestra dependencia de una red centralizada que cualquier día, a no ser que luchemos para evitarlo, dejará de ser neutral.

- ¿No le parece a usted que internet ha creado ciudadanos de primera y de segunda?
- Hay grandes empresas que buscan esa división, pero internet en general creo que ha ampliado el radio de acción de millones de personas, sin olvidar, claro, que sigue habiendo muchas más que aún no pueden acceder a la red, o sólo pueden hacerlo en condiciones pésimas; no obstante esas personas tampoco pueden acceder a una educación digna, el problema no es internet sino la desigualdad social y económica. Otro asunto es qué pasará en los próximos años con la carga ecológica que genera internet, y con la apropiación privada de una red que debería ser pública.

- ¿Recomienda que desenchufemos los ordenadores, olvidemos los móviles y volvamos...? ¿a qué?
- Quien escribe no recomienda, no aconseja, pone en pie un mundo para que otros lo ocupen un tiempo, aunque claro que piensa en el después, excepto en la infancia todos piensan en el después. Escribimos sabiendo que al cerrar el libro se vuelve a la misma acera desierta en medio de la noche, un autobús pasa con las puertas cerradas, llueve. Podemos imaginar ese autobús iluminado por dentro y a dónde llevaría, pero que se detenga o no, que abra las puertas, no depende sólo de la novela sino de una aventura común.

***
Acceso no autorizado
de Belén GOPEGUI
Por Fernando ARAMBURU

La luz de las farolas atravesaba las copas de los árboles y ascendía cada vez más débil. Los pisos altos quedaban sumidos en la oscuridad componiendo un segundo Madrid, varado en sombras, una extensa atalaya desde donde presenciar la intemperie de los cuerpos que aún y hasta el amanecer seguían desplazándose de un lado a otro por las calles encendidas.

En esos días el sistema integrado de interceptación de telecomunicaciones se encontraba operativo para un elevado porcentaje de las conversaciones telefónicas, mensajes cortos e intercambio de datos electrónicos. Desde diferentes salas distribuidas por todo el país, usuarios autorizados de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado accedían a la información almacenada en los dos centros de monitorización. Los bits viajaban por cables y por ondas. De cerebro a cerebro una suave neblina de gotas pequeñas, imaginarias, se extendía por la ciudad, atravesaba rejillas y ventanas y entraba en los corazones.

En la terraza del piso nueve de un edificio de ladrillo situado en la zona norte de Madrid, una mujer vestida con blusa marfil y pantalón negro dejaba vagar la mirada lejos de los centros comerciales y las zonas arboladas, por los campos de la noche. El contacto del aire helado estremecía su ánimo. Como el aguijón de una avispa pero más suave y duradero, la vicepresidenta del gobierno sentía en su pecho el dolor de algunas de las cosas que no hizo. Era cerca de la una. La vicepresidenta volvió enseguida al interior de la casa, a la pequeña mesa de madera de haya donde tenía su ordenador portátil.

Aunque nunca compraba nada por internet, ni siquiera una canción, a veces, para descansar la mente, miraba toda clase de catálogos. Casas en las islas Gambier. No tenía intención de alquilar una, tampoco de visitar el archipiélago, pero durante, quizá, diez segundos se veía en aquellos porches al borde de la playa, sin furias ni penas. Todo empezó en la tercera casa. La f lecha se movió sin que ella hubiera tocado el ratón. Pensó que lo había imaginado. Cerró el portal de venta de casas. Adiós, islas. Luego cerró el navegador y se recostó en la silla.

En la penumbra del salón se permitió desmadejar el cuerpo, relajar los brazos, apoyar los talones en el suelo y que los pies girasen cada uno en dirección opuesta. Pero enseguida la f lecha comenzó a danzar. La vicepresidenta se incorporó despacio, aproximó de nuevo el sillón a la mesa y sujetó el ratón con la mano. La f lecha siguió moviéndose completamente fuera de su control. Exploraba carpetas y abría y cerraba documentos. Soltó el ratón. Ahora su mano izquierda reposaba en el brazo de la silla y la derecha tamborileaba con suavidad sobre el cristal frío de un vaso de limonada. No soy yo, seguro. Leyó la hora en el ordenador: 01.10. Dos o tres noches por semana, cuando el sueño tardaba en llegar, la vicepresidenta abría el portátil y navegaba sin rumbo.

-De manera que no conoce mis costumbres -se dijo en alto.

Quien quiera que estuviese controlando su ordenador en ese momento parecía hacerlo como si estuviera seguro, o segura, de que no había peligro de ser descubierto. Pero lo hay. ¿Aviso al jefe de gabinete? ¿Al servicio informático? Lo segundo le parecía más adecuado. Sin embargo, de momento no iba a llamarles; prefería seguir mirando la actividad de la f lecha. Había abierto una ventana negra y escribía palabras en clave, códigos que ella desconocía. Anotó algunos en un post-it. Imaginó con toda nitidez el titular en la prensa, el vídeo de YouTube, los comentarios en los blogs sobre lo fácil que había sido hackear el ordenador personal de la vicepresidenta. Y se encogió de hombros. Soportaría un escandalito más, como sus fotos en bañador circulando por todo el mundo, como el día en que la filmaron de espaldas paseando cogida de la mano con una vieja amiga. Es mi ordenador privado, no contiene datos que puedan comprometer al gobierno, ni a mí, así que no pienso montar un número ahora llamando a nadie. No tengo documentos de trabajo, fotos extrañas, he borrado los escritos personales. [...] Doctor

Pocas figuras públicas habrán recibido de sus contemporáneos tamaños elogios como Gregorio Marañón. España, nación ruidosa, propicia al artista genial, raramente suscita el científico digno de la admiración del mundo. A Marañón le cupo el destino de desarrollar una variada gama de aptitudes intelectuales. Cosa inhabitual en su país, fue un trabajador disciplinado (dormía cinco horas diarias), un hombre sereno, de polifacética sabiduría, entregado a actividades destinadas a socorrer al prójimo. Creía en valores escasamente útiles para la política, como la honradez y la verdad. Primo de Rivera le sirvió una ración de cárcel. Se desdijo del fervor republicano como quien se aparta de la pelea en un bar. Franco admitió su regreso a condición de que aportara al régimen la luz de su prestigio. Marañón traga el sapo: acepta una docena de honores, pronuncia discursos. Al llegar a casa, se quita el sombrero, el gabán y la máscara.

 
Articulo : http://www.elcultural.es  20/05/2011

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