samedi 14 mai 2011

Daniel ARJONA/ Microrrelatos terroríficos para Viernes 13

Microrrelatos terroríficos para Viernes 13
Por Daniel ARJONA

Algunos de los más negros y mejores narradores españoles alimentan nuestras pesadillas en el día fatal

La superstición anglosajona de temer al viernes 13, émula de la de nuestro martes ídem, tiene el nombre técnico de friggaatriscaidecafobia, una variante de triscaidecafobia o miedo al número 13. Asociados al desastre y a la mala suerte, en los viernes 13 se suspendería toda posible felicidad y emergería la catástrofe y el terror puro y desnudo. Popularizado en el ámbito de la cultura de masas a través de una exitosa saga de películas, el viernes 13 viste ya irremediablemente en nuestro imaginario los ropajes del miedo. Este viernes 13, El Cultural se ha propuesto alimentar las pesadillas de sus lectores con una serie de microrrelatos terroríficos e inéditos de algunos de los mejores, y más negros, narradores españoles actuales: Jon Bilbao, Montero Glez, Félix J. Palma, Carlos Salem, Juan Ramón Biedma y Cristina Fallarás. Jon Bilbao (Ribadesella, 1972)

Este ingeniero de minas, guionista y traductor ha irrumpido en el panorama literario español con una obra desasosegante de altos vuelos. Si su primer libro de relatos, Como una historia de terror, se llevó el Premio Ojo Crítico 2008, el segundo, Bajo el influjo del cometa, obtuvo en 2010 el Tigre Juan. Su última obra recién publicada es Padres, hijos y primates (Salto de página, 2011), una road movie tan opresiva e intrigante como bien escrita.

El rey de la casa

El abuelo enciende la chimenea. Acomoda los troncos con un hurgón. Trabaja sin mudar la sonrisa que luce desde que volvieron del hospital. Descansando en un sillón, la madre lo observa, respira despacio. Crecen las llamas y el abuelo se sacude las manos. Contemplan juntos el fuego. El gato llega de la cocina. Arquea el lomo y traza un ocho alrededor de las piernas de la madre y se traslada a las del abuelo. Tras las ventanas cae un anochecer gris azulado. Salvo el crepitar del fuego y los ronroneos del gato, no se escucha ningún sonido. Permanecen con la vista perdida en las llamas hasta que a la madre empieza a parecerle que la calma es excesiva.

En el piso de arriba el padre sostiene en brazos al bebé, su primera criatura. Lo mira incrédulo y un tanto asustado. Un bracito se agita deseando hacerse con todo lo que le rodea. El padre acerca una mano al rostro del bebé, con el índice extendido, como si pretendiera tocarlo para asegurarse por completo de su existencia. La criatura le aferra el dedo, como hacen los bebés. Aprieta con fuerza sorprendente, como hacen los bebés.

El crujido de los huesos llega hasta el último rincón de la casa.

 
Montero Glez (Madrid, 1965)
Roberto Montero González, o Montero Glez para sus amigos y lectores, es uno de nuestros más sólidos narradores actuales. Se descubrió con Sed de champán (1999), se consolidó con Manteca colorá (2005) y explotó con Pólvora negra (2008), galardonada con el premio Azorín. Su última novela salió a la luz en 2010 con el título de Pistola y cuchillo (El Aleph), la ficción definitiva sobre el gran Camarón de la Isla.

 
Augurio
Era poco dado a la fantasía y eso lo reflejaba en sus novelas, siempre realistas. Tal fue así que cuando le invitaron a una ceremonia vudú, más que asombro mostró indiferencia. Ante su estado, el viejo de la tribu se acercó a preguntarle con qué mano escribía. A lo que el escritor respondió adelantando su mano derecha. Entonces, el viejo acercó el cuenco donde habían desangrado un gallo e indicó que la metiera ahí, la mano. Así hizo el escritor.

Al día siguiente, para ejercitar su inventiva, agarró papel y bolígrafo y se puso a describir lo que tenía cerca: la bandeja con restos del desayuno y la jarra del zumo, intentando detallar los dibujos que esmerilaban el cristal. Pero no pudo, se quedó con la mirada sobre la línea en blanco. Arrugó el papel y lo rompió. En ese momento, la jarra hizo añicos. Entonces se dio cuenta: todo lo que ponía o quitaba sobre el papel, se cumpliría.

Para asegurarse, escribió un relato donde otro novelista, más laureado, moría en un accidente. Fue terminar de escribirlo y cumplirse el augurio. Así decidió escribir una novela autobiográfica donde, por primera vez, conquistaría el terreno de la fantasía. El protagonista sería él mismo que, por un pacto con el diablo, conseguiría laureles de reconocimiento. La escribió en su refugio de invierno, junto al fuego de la chimenea. Fue terminarla cuando sonó el teléfono. Al ir a cogerlo tropezó, cayendo el manuscrito a las llamas. El escritor se llevó la mano a la cabeza pero no porque no tuviese más copias, qué va. Fue porque el calor le subía, abrasándolo vivo.


Félix J. Palma (Sanlúcar de Barrameda, 1968)
Si el género fantástico ha adolecido siempre en España de una larga tradición de descuido, salvo excepciones, Félix J. Palma es, indudablemente su más reciente redentor. Con Las corrientes oceánicas obtuvo en 2005 el premio Luis Berenguer pero fue con El mapa del tiempo (2008) cuando dio con un bestseller fantástico de calidad que vendió decenas de miles de ejemplares, se llevó el Premio Ateneo de Sevilla y recientemente acaba de lograr la proeza, en su traducción inglesa, de ser editado en Estados Unidos. Lo último suyo, El menor espectáculo del mundo (Páginas de Espuma, 2010) es una original antología de cuentos de amor mágico y sorprendente.

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Después de la oficina
Esa noche, llegó tarde del trabajo. Tras depositar un beso redondo en la cabeza de su hija y otro en la de su mujer, que le esperaban sentadas alrededor de una cena fría, les explicó que había tenido que retocar varios contratos a última hora. Luego añadió que cenaran sin él y subió al dormitorio a darse una ducha. En el baño, arrojó por el desagüe los tickets de la cuerda, el camping gas, los alicates y demás artículos que había comprado en la ferretería. Después, se desnudó con parsimonia ante el espejo, intentando contemplar su cuerpo algo fofo con los ojos del miedo. En la ducha, le sorprendió la ausencia de remordimientos. Sabía que no había sido un impulso, si no algo que había ido fermentando en su mente desde el último año, pero imaginó que la falta de remordimientos se debía a que aún no había hecho nada irremediable. Al menos para ella. Pero mañana lo haría, ¿para qué había dado ese paso si no? Las imágenes de lo que ocurriría mañana le provocaron una memorable erección que lo justificó todo.

Al día siguiente, pusieron su foto en las noticias. Le sorprendió que llevara el mismo lazo en el pelo. Y que su hija la conociera. Al parecer, coincidía con ella en Lengua y Matemáticas. Les dijo que era simpática, que quería ser cantante, que le gustaban los macarrones con tomate. "Pobrecita", comentó su mujer, "¿dónde estará?". Cuando cambiaron de noticia, él salió a fumar a la terraza. Recordaba que en las afueras de la ciudad, antes de llegar a la fábrica abandonada, había una pizzería. Tal vez tuvieran comida para llevar. Al despedirse de su mujer, le dijo que esa noche también llegaría tarde.


Carlos Salem (Buenos Aires, 1959)
El poeta, narrador y agitador literario de la noche madrileña Carlos Salem ha alcanzado una fama tan tardía como merecida en la práctica de la más negra narrativa. Su primera novela, Camino de ida, se llevó el Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón 2008 a la Mejor Primera Novela Policial escrita en Español. Y ha cosechado un notable éxito en su traducción al francés. Su segundo texto largo, Matar y guardar la ropa, obtuvo en 2008 el premio Novelpol. Su última novela publicada, una insospecha y muy divertida historia de amor urbana lleva el título de Cracovia sin ti (2010).


Tres palabras
Queridos lectores:
 
Cuando lean este relato, yo habré muerto.

Obsesionado desde niño con los cuentos fantásticos de Leopoldo Lugones, ya entonces intuí que nuestra mente alberga el conocimiento absoluto. Sólo había que acceder a él. Piensen en la reminiscencia de Platón, pero sin demiurgos. Es más fácil y terrible. Todo está ahí, en las vastas regiones del cerebro que no utilizamos. Lugones lo sabía: Sonidos. Pero la llave para acceder al saber total no está formada por notas musicales sino por palabras. Descubrí la combinación indagando en los últimos momentos de genios repentinos que se quitaban la vida sin motivo aparente. Tres palabras comunes que habían pronunciado sin saberlo.

Yo sabía. Y supe más cuando las dije. Supe todo. Supe tanto que conocí el sinsentido de la vida y la inutilidad del amor. Sé lo que alguien me dirá, antes de que lo diga; me amargo de antemano con cada mentira que me contarán; y todos los datos que han sido y serán se proyectan a la vez en mi mente, eliminando cualquier sorpresa o gozo. Por eso me mataré cuando envíe este texto a El CULTURAL, y no resistí la tentación de incluir en él las tres palabras malditas de apariencia inocente. Ustedes las han leído, aunque no sepan cuáles son, y las pronunciarán tarde o temprano. Y antes de suicidarse, se las transmitirán a otros, para contagiarles el horror.

No espero que me perdonen.
Porque ya sé que no lo harán.


Juan Ramón Biedma (Sevilla, 1962)
Existe un autor español de terror aparentemente oculto y poco conocido por el gran público cuya nueva novela convoca inmediatamente una legión de incondicionales y ávidos seguidores. Juan Ramón Biedma es jurista de formación y se dedicó durante años a la gestión de emergencias. Emergencias imponentes son también novelas suyas como El manuscrito de Dios (2004), o El imán y la brújula (2007). Recientemente ha publicado una aterradora e inusual historia de zombies ambientada en una Sevilla apocalíptica: Antirresurreción (Dolmen, 2011).

 
Sobras de ti
Intentó activar la nueva botella de oxígeno situada sólo a unos pocos centímetros demasiado lejos de sus dedos con el mando a distancia del televisor y únicamente después de cinco o seis intentos volvió la cara hacia su marido, los mismos ochenta y tres años que ella, que de pie todo lo largo que seguía siendo, con un milhojas de crema de fresa en la mano contemplaba -no puedo absolverte de haberme perdonado- analítico y desapegado, siempre fue devoto de los documentales, como el aire entraba cada vez en menor cantidad y con un efecto menos benéfico en sus pulmones, como las uñas de sus manos y sus pies se hundían en las sábanas y como su piel se tintaba despacio con el precioso añil suave de los que mueren asfixiados.

Cincuenta años antes, mientras la sacaban del quirófano, a la espera de que alguien le dijera si había sido niño o niña, hasta que la cara del policía que la esperaba fuera le recordó los gritos de los vecinos, las patadas de su marido y la sangre por los muslos, todavía tuvo tiempo de sentirse la mujer más feliz del mundo.


Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968)
La curtida periodista Cristina Fallarás ha descubierto en los últimos años un alma de apasionada novelista. Autora de negrísima narrativa, en su haber se cuentan títulos como No acaba la noche (2006) o la reciente Las niñas perdidas (Roca, premio LH Confidencial 2011), un descenso a los infiernos de la otra y más oscura Barcelona en la que se mueve como pez en el agua una detective embarazada.
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¿Qué has hecho?
¿Qué has hecho, retrasada, qué coño has hecho? ¡Joder, tienes que ir al médico, tenemos que llamar una ambulancia!

Él me gritaba pero su voz estaba sumergida en un cubo de agua sucia o llena de algas y yo tan, tan cansada, esa niña, sólo quería sentarme en el sillón de la tele, esa niña no existía, estaba allí de pie cuando llegué, en el centro del recibidor, pero yo sabía que no era nadie, con sus ojos como piedras negras.

¡Retrasada de mierda!

Siempre igual, desde entonces, pequeña retrasada, yo qué sabía, qué puede saber alguien tan pequeño, te van a llevar presa, cuchilla, aguja, te van a colgar por lo que has hecho, hilo, chupete, pobre niñito. Han pasado los años y todo sigue igual, cuando abrí la puerta la niña estaba allí, mirándome desde sus piedras, no es la primera vez, estoy muy cansada, ella volvía a gritarme sin voz, seguramente diciéndome que era sólo yo, la pequeña retrasadita con la aguja en la mano, costura, pestaña, necesito otra pastilla, cuna, grito. Esta niña soy yo, pensé, era demasiado pequeña para entender aquello, no podía ser, tenía que haber un error. ¡Fuera! Creo que dije ¡Fuera! y la niña empezó a gritar, pero sin voz, yo no oía nada con su cuello en mis manos, o mi cuello, mi propio cuello de retrasadita, esto se va a acabar, creo que dije, abría la boca como tantas otras veces, pero esta vez no había vuelta atrás.

¿Qué has hecho, retrasada? Estás enferma. Hay que llamar una ambulancia.

¡Mamá! había gritado, al fin la niña tenía voz, mi voz, pero yo no tenía hijas, que yo recuerde. ¿Qué me dicen ahora de que si mi niña?

 
Articulo : http://www.elcultural.es  14/05/2011

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