dimanche 29 mai 2011

Francine PROSE/De la gula como inmoralidad

ENSAYO:
De la gula como inmoralidad
Por Francine Prose

Para un hedonista no hay nada más inmoral que reprimir los sentidos y convertir al del gusto en mero acto fisiológico. La gula se ha vuelto un pecado estético (y dietético). A los gordos se les condena por su apariencia y no porque hayan hecho algo malvado.

Demasiado pronto, con demasiada delicadeza, a un precio demasiado alto, con demasiada voracidad, demasiado. Según San Gregorio Magno, pionero en la enumeración de los siete pecados capitales, éstas son las cinco maneras en las que la gula se manifiesta, o bien se esconde, cebando la trampa con una razón más, con la exquisitez cara, el apetitoso tentempié entre comidas.

De hecho, la fórmula de Gregorio describe las distintas formas en que la mayoría de nosotros comemos, planeamos comer o pensamos sobre la comida, con una frecuencia más o menos diaria. En realidad, de las cinco señales de advertencia que identificó el papa como signo distintivo del glotón, sólo hay dos –«con demasiada voracidad» y «demasiado»– que sigamos relacionando con la gula. ¿Acaso el deseo de comer carne cara o de disfrutar de platos delicados suena a crimen contra Dios, una maldad que nos envía directamente a pasar la eternidad en el tercer círculo del Infierno? Si la gula fuera en realidad un pecado, ¿quién de nosotros estaría libre de culpa?

Como la lujuria, su transgresión hermana, el pecado de gula refleja una constelación de complejas actitudes hacia la confluencia de necesidad y placer. A diferencia del resto de pecados capitales, la lujuria y la gula están aliadas con conductas necesarias para la supervivencia del individuo y de la especie. Uno debe comer para vivir. Es de suponer que la raza se extinguiría si no se permitiese que la lujuria pusiera en práctica su magia. Y la única opción que tiene la religión es reconocer y aceptar estas realidades obvias.

La solución tradicional a los problemas de la gula y la lujuria ha consistido en sugerir que el elemento de pecado sólo interviene cuando nos relajamos y disfrutamos satisfaciendo las necesidades del cuerpo. Se nos permite comer y practicar el sexo siempre y cuando no nos guste. Igual que el reto al que se enfrenta el verdadero creyente es ser fértil y multiplicarse sin sentir lujuria, debería ser posible comer sin saborear la comida. De modo que el concepto de gula considera el límite de lo que necesitamos para sobrevivir y trata de disociar el requisito mínimo de calorías diarias de las contaminantes influencias de las ansias, la obsesión o el placer. Y es que ambas, la lujuria y la gula, no son tanto una cuestión de acto como de motivo, no tanto de contenido como de deseo, no tanto de impulso como de compulsión.

Tal vez el Padre del Desierto del siglo IV, Evagrio Póntico (un hombre cuyo régimen ascético en el desierto constituyó una protesta contra el pecado de la gula y, al mismo tiempo, una ocasión para pasar un considerable período de tiempo contemplando su naturaleza) sea quien nos ha proporcionado una definición más completa del pecado, no tan lógica ni tan sistemática como la de Gregorio Magno, pero mucho más lírica y apasionante:

«La gula es madre de la lujuria, alimento de los malos pensamientos, pereza en el ayuno, obstáculo para el ascetismo, peligro para los propósitos morales, imaginar comida y esbozar aliños, potro desbocado, frenesí desenfrenado, receptáculo de enfermedad, envidia de salud, obstrucción de los conductos (corporales), ruido de tripas, la más extrema atrocidad, cómplice de la lujuria, corrupción del intelecto, debilidad del cuerpo, dificultad para conciliar el sueño, muerte lúgubre».

* * *
Los superhéroes de la gula, desde Gargantúa hasta Diamond Jim Brady (1), han quedado relegados al pasado remoto, ignorante y atrasado. A sus herederos –los grandes comilones de hoy– se les acostumbra a considerar seres anormales o sociópatas o, incluso, más habitualmente, perdedores mediocres, inadaptados o especímenes humanos desgraciados. De vez en cuando, las personas tremendamente obesas (en quien tal vez vemos aterradoras imágenes de lo que nos puede suceder si dejamos de hacerles caso a los escrúpulos del control social y a nuestros propios superegos vacilantes) aparecen en las noticias de la noche o en programas de testimonios truculentos en horario de máxima audiencia. Con frecuencia, esas historias de las «noticias» tratan de algún desventurado hombre o mujer que ha engordado tanto que ya no puede salir de casa sin tener que llamar a un equipo de carpinteros para que amplíe la anchura de las puertas.

Al público le agrada y desprecia el espectáculo de esas estrellas de cine, hombres y mujeres, divas que ganan y pierden peso en cantidades prodigiosas. Cuando Liza Minnelli contrajo matrimonio en la primavera del 2002, se dio amplia difusión a la noticia de que la novia había perdido cuarenta kilos como preparación para la ceremonia. En la actualidad, si uno sufre exceso de peso, lo último que parece es que sienta pasión por los gustos y sabores de la comida.

Sin embargo, a pesar de la repugnancia por los diminutos aumentos de peso y los minúsculos incrementos de grasa corporal, la cultura está obsesionada por localizar los restaurantes más de moda y el último ingrediente exótico. El resultado suele ser el fenómeno de los jóvenes ricos y delgados que consumen unas raciones diminutas y absurdamente caras, o peor aún: las jóvenes en quienes la comprensible dificultad para interpretar los mensajes contradictorios emitidos por la sociedad en general contribuye al desarrollo de un sinfín de trastornos alimentarios comunes. Lo que se suele aceptar hoy en día (por lo menos, en la imaginación popular) es que los comedores compulsivos, los glotones modernos, tienen algunas «cuestiones» por resolver que implican una baja autoestima o abuso en el pasado, algún vacío insondable que tratan de llenar dándose un atracón de enormes inyecciones de comida que les engorda y que no resulta nada saludable.

¿Cómo el comer en exceso pasó de ser un mero vicio a convertirse en uno de los pecados capitales, con la reputación asociada de corrupción y contagio, el pecado que abre la puerta a males mayores? San Agustín sugiere –sin muchas explicaciones– que la gula conduce a la adulación. Posiblemente esté pensando en las serviles mentiras que dice la gente para asegurarse una invitación a una mesa con fama de espléndida y generosa.

En general, el razonamiento de los primeros teólogos sobre la naturaleza contaminante de la gula suele dividirse en dos categorías, con dos conjuntos de argumentos que en modo alguno se excluyen mutuamente. La primera objeción que se hace a la gula es que la adoración a los sentidos en general, y del sentido del gusto en particular, desvía la atención de las cosas sagradas y se convierte en un sustituto del culto a Dios. La frase recurrente en sermones y advertencias sobre la gula es la metáfora del estómago como si fuera Dios, como objeto de reverencia y devoción.

La segunda teoría es que la gula nos hace bajar la guardia, debilita las defensas morales y prepara así el terreno para la lascivia y el libertinaje, un argumento que pareció especialmente convincente en aquellos siglos, una época en que el término «gula» no sólo significaba exceso de comida (como lo entendemos casi todos hoy en día), sino también abuso de la bebida.

Según una leyenda popular medieval, Dios puso a prueba al ermitaño Juan de Beverley enviando un ángel que le obligó a elegir entre tres pecados: embriaguez, violación o asesinato. El ermitaño, con mucha sensatez, como hubiera hecho cualquiera, escogió la embriaguez. O quizá no con tanta sensatez, como se vería enseguida, porque, en el estupor insensato provocado por el alcohol, violó y asesinó a su propia hermana.

* * *
San Agustín habla de la comida como de una medicina que necesitamos tomar, pero lo complicado es recorrer la distancia entre el hambre y la saciedad, por el peligro de caer en la trampa de la concupiscencia en algún punto del camino. Como apunta San Agustín y como saben todas las personas que hacen régimen, lo estrictamente necesario para la salud suele resultar demasiado escaso para obtener placer. El santo se enorgullece de que no siente la tentación de beber en exceso, de modo que abstenerse de la embriaguez representa una victoria mucho menos costosa que el triunfo sobre el seductor atractivo de la comida. Cita casos ejemplares para distinguir cuándo la gula sí condujo a otros pecados y cuándo no lo hizo. Refiriéndose a Noé, a quien después del diluvio se le permitió comer tanta carne como quisiera, y a San Juan Bautista, que sobrevivió con langostas en el desierto, Agustín señala que, obviamente, se trata de situaciones distintas de la de Esaú, que vendió su primogenitura por un plato de lentejas. La extraña preferencia alimentaria de San Juan Bautista distaba mucho de ser censurable como el pecado de los hebreos, que, mientras vagaban por el desierto, cometieron la maldad fundamental de preocuparse tanto por sus estómagos que eso les apartó de Dios.

Pero el fantasma de la gula nunca tenía la intención de impedir que los fieles comieran. Aunque a los piadosos se les advertía debidamente de las maneras insidiosas en que la concupiscencia y el placer podían hacerse pasar por necesidad, los primeros teólogos cristianos mostraron una actitud sorprendente y comparativamente tolerante (es decir, si la comparamos con sus ideas, a menudo extremistas, sobre el sexo y los encantos de la lujuria) con respecto a los excesos ocasionales. El pecado de la gula sí era una cuestión de grado, pero el grado que más parecía importar no era tanto el consumo excesivo como el apetito, el deseo y la atención excesivos: la obsesión por la comida, el placer que se obtenía del gusto, el dolor autoinfligido que provocaba pasar hambre y, en particular, cómo todas estas obsesiones relacionadas desviaban la atención de las necesidades más importantes y urgentes del alma y del espíritu.

 
(1) Gargantúa es un gigante glotón, personaje literario creado por el escritor François Rabelais (1494-1553). James Buchanan Brady, conocido también como Diamond Jim Brady (1856-1917), fue un hombre de negocios estadounidense, famoso además por su buen apetito, tanto de joyas como de comida [nota de los verificadores de datos].

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