samedi 14 mai 2011

Francisco Gutiérrez SANÍN/Mary SHELLEY, protégenos del mal

Columna
Mary Shelley, protégenos del mal
Por Francisco Gutiérrez Sanín

¿Existe una especie de menosprecio o prevención de los colombianos respecto a la ciencia? Estos prejuicios no son nuevos ni exclusivamente nuestros.

Cualquiera que revise con un poco de meticulosidad la prensa colombiana se encontrará con que está llena de reproches contra la ciencia, a veces con minúscula, a veces con mayúscula, casi siempre antropomorfizada. A partir de diversos motivos (el invierno, la crisis nuclear de Japón) se ha publicado toda una serie de críticas abiertas o veladas a ella. Incluso desde otro ángulo, un columnista de El Tiempo, Juan Esteban Constaín, declaró que preparaba sus clases “para vacunar a los muchachos contra el terrible dogmatismo de la ciencia –la Ciencia como ideología y como religión, qué vanidad, qué estupidez– y para que recuerden siempre que la universidad debería formar sabios, no burócratas” (31 de marzo de 2011, p. 27). Me temo que el profesor Constaín ya va a encontrar a su gente más que vacunada, dadas las largas y profundamente arraigadas tradiciones de repudio a la ciencia y a la innovación que hay en nuestro país. Quién sabe qué efecto tenga una vacuna sobre otra; acaso lo pueda averiguar algún vanidoso investigador. Por mi parte, estoy convencido de que el país necesita desesperadamente miles de competentes científicos y otros tantos competentes burócratas.

La idea de que hay una suerte de sabiduría superior que se puede enfrentar con ventaja a la ciencia probablemente provenga de una matriz religiosa, y no es extraño que en un país como el nuestro, que nunca alcanzó una laicización completa, tenga libre curso. Quizás haya otros factores. Alguna vez leyendo un texto de Mariano Ospina Pérez sobre el café, me encontré con que este cultivo era descrito como la gran empresa del país, el escenario básico de presencia del Estado y de formas de regulación modernas, y a la vez como un proceso productivo en esencia resistente a la tecnificación. Obviamente hoy, sobre una nueva oleada de desarrollos tecnológicos –basta con visitar la página web de Cenicafé–, ya no diríamos lo mismo. Pero Ospina estaba pensando en cosas como la introducción de tractores o la automatización de la recolección. Incluso el “ideal de lo práctico” que describió Frank Safford en su conocido texto –basado en cartas de un Ospina decimonónico– celebraba como único referente de interés intelectual las aplicaciones técnicas de utilidad inmediata, un giro que aún hoy es enormemente popular en Colombia y que ha tenido un efecto muy destructivo sobre nuestra anémica experiencia científica. Se podría argüir que la celebración de los éxitos de Patarroyo –o de los presuntos éxitos, como que son objeto de controversia– muestra una cara distinta a la que estoy describiendo. Y sí. Con todo lo trivial que sea, con todo el esfuerzo de simulación que involucra, esa idea implícita de que hay algo en común entre el deporte de alta competición o los espectáculos de consumo masivo, por una parte, y la ciencia (o la novela, o la arquitectura), por otra, seguramente tenga algo de inevitable en los procesos de construcción y afirmación de tradiciones. Ganamos en fútbol de salón, Gabo es nuestro, tenemos a Patarroyo: hay motivos para tranquilizarse.

El problema está en que la ciencia tiene altas barreras a la entrada –sus lenguajes especializados–, lo que la pone en una situación especial. Siendo un lego, puedo disfrutar un partido de fútsal, gozarme una novela de Gabo, y diferenciar entre ésta y las parábolas de Paulo Coelho (que pretenden, precisamente, ser sabias, no apenas científicas o racionales). Un lego, en cambio, no tiene la menor posibilidad de terciar en debates científicos de algún nivel de especialización, lo que revela los severos límites –y, precisamente, el raquitismo en el que tiene lugar– de la celebración de un científico activo como una diva de la balada pop.

Pero fenómenos análogos se ven, aunque con importantes variantes, más o menos en todas partes. Que aquí existan arraigadas corrientes anticiencia no quiere decir, por supuesto, que sean exclusividad nuestra. De hecho, casi desde el momento mismo en que la ciencia tal como la conocemos empieza a revelar su capacidad de transformación de la naturaleza, aparecen textos orientados a mostrar los peligros de la hubris del conocimiento sin límites. Es decir, de “la vanidad y la estupidez” de la ciencia. En contraste con las críticas de inspiración directamente religiosa, estos artefactos culturales tienen un sabor indiscutiblemente moderno. En esa deliciosa novela que es Frankenstein, de Mary Shelley, un científico –que en la versión original es presentado como bienintencionado; después el cine producirá decenas de versiones diferentes, en la mayoría de las cuales el doctor alemán pasa a tomar un cariz definitivamente maligno– desafía las reglas básicas de la vida y la muerte, pasa la proverbial línea intangible que nunca hay que pasar, y recibe eventualmente la debida retribución. Con la brutal trayectoria homicida del siglo XX, que reveló que la ciencia, del brazo de máquinas de guerra, tenía la capacidad de destruir el mundo en que vivimos, la figura del monstruo tecnológico se tuvo que multiplicar, para aparecer en todos los escenarios –convencionales, nucleares– a los que se le convocaba. ¿Cuántas variaciones alrededor de este tema central hemos visto y leído? Miles, algunas de ellas maravillosas. Una de mis predilectas es Jurassic Park. Si el lector disfruta, como yo, del cine kitsch, entonces le recomiendo a los Godzillas japoneses o algunas de las obras inmortales de Ed Wood. En una extravagante y estupenda película de Stanley Kubrick, Von Neumann, el creador de la teoría de juegos, está retratado como el Dr. Strangelove, un halcón guerrerista que contribuye a llevar el mundo al desastre. Von Neumann de hecho era más o menos así. Genialidad destructiva: estupidez, vanidad. ¿Parecerá una provocación parafrasear aquí a Santa Teresa?: se han derramado más lágrimas por exceso de inteligencia que por su defecto. Curiosamente, la teoría de juegos permite comprender bastante bien por qué pasan esas cosas (dilemas de acción colectiva, etc.).

Nótese, empero, que Jurassic es a la vez –y en contraste con Frankenstein– una celebración de la ciencia y sus maravillas. Esto hace parte de toda una tradición de apología a la ciencia, a su paciente disciplina, a sus honestidades íntimas, a su capacidad de contrarrestar el dolor y aplazar la muerte. Un Premio Nobel gringo ya casi olvidado, Sinclair Lewis, escribió en la década de 1920 una novela de aventuras sobre un científico, Martin Arrowsmith, un elogio algo ingenuo y rectilíneo, pero fresco y sincero, a todo lo que tiene la ciencia de austero y laborioso compromiso moral. Trabajo duro y gris, comenzar y recomenzar sin descanso... Marie Curie alguna vez dijo que no había grandes diferencias entre la actividad del laboratorio y la de la cocina, y algo de eso se transparenta en la novela de Lewis.

La ciencia está condenada a vivir, pues, en tensión dinámica. Pero ni en la ficción ni en la vida, ni en Jurassic Park ni en el invierno o en la crisis nuclear, los problemas creados por la hubris del conocimiento pueden ser resueltos sin conocimiento. Los que renuncien al desafío quedarán condenados a sufrir todos los costos sin tener acceso a ninguno de los beneficios.


Articulo : http://www.elmalpensante.com  Abril 2011

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