samedi 14 mai 2011

Francisco Javier IRAZOKI/Ramiro PINILLA y los cuentos



Ramiro Pinilla
Por Francisco Javier IRAZOKI

"Me asusta el grupo. El tiempo hace estragos. Esto se controla mejor estando solo"

Ágil y enamorado, Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923) es una leyenda literaria y humana irrenunciable, y no sólo por Verdes valles, colinas rojas (Tusquets), una de las obras mayores de la literatura española. Acaba de publicar Los cuentos (Tusquets), y aquí de nuevo este “Homero apocalíptico y zumbón” (Santos Sanz dixit) vuelve a demostrar su audacia e impertinente juventud.

Desde que en 1960 ganó el Premio Nadal y el Premio de la Crítica con la novela Las ciegas hormigas, los lectores más exigentes esperaban nuevos libros de Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923). Pero, decepcionado por la industria editorial de la época, durante décadas se mantuvo recluido en la provincia. Hasta que reapareció en el siglo XXI. Su novela Verdes valles, colinas rojas, dividida en tres partes y galardonada con el Premio Nacional de la Crítica y el Nacional de Narrativa en 2006, es sin duda una de las obras mayores de la literatura española. Esta frase sólo puede asustar a los militantes de la envidia y a quienes desconocen la imaginación poderosa del autor. Es imposible encontrar un fragmento decorativo o superfluo en las 2.200 páginas del conjunto. El talento de Ramiro Pinilla incluye la objetividad en los retratos políticos. Porque huye de los maniqueísmos como de los lugares comunes y supercherías. Hace unos días le han editado el libro Los cuentos (Tusquets), donde él comprime su mundo literario. El escritor, ágil y enamorado a sus casi 88 años, se expresa con la juventud de los hombres lúcidos.

Aunque los relatos reunidos en Los cuentos fueron editados por primera vez en la segunda mitad de los años setenta, en ellos abundan las alusiones a la guerra civil española.

- Al acabar la guerra civil española tenía usted quince años. ¿Cuáles son sus recuerdos de la contienda y de los primeros tiempos de la posguerra?
- Recuerdo el primer bombardeo de Bilbao por los trimotores alemanes. Yo desayunaba una tortilla francesa, que no acabé. Corrimos a la casa sólida del barrio, una de cemento de seis pisos. Nos amontonamos en el primero. Para protegernos mejor de las bombas, una mujer pidió que se bajaran las persianas de las ventanas. Hubo en la ciudad trescientos muertos. Los bombardeos siguieron hasta la entrada de Franco, el 19 de junio de 1937. Yo estaba en Getxo cuando los italianos acamparon frente a nuestro caserío. Los hambrientos chavales nos atiborrábamos de macarrones. En el colegio Santiago Apóstol de Bilbao los alumnos formábamos como militares y cantábamos el Cara al sol. Mi amigo Juanito penó muchos años en el Batallón de Trabajadores. Habían llamado a su quinta y hubo de incorporarse al frente, como tantos otros infortunados, él, que de tener alguna ideología sería un tibio nacionalista por su condición de labrador vasco. Lo volví a ver en un permiso de guerra y le oí musitar, hundido, un veredicto que me impresionó: "De esta no vamos a quedar ni uno". Era una guerra desigual, la aviación alemana masacraba de día las posiciones del ejército vasco y no había respuesta posible contra ello. Las posiciones enemigas sólo podían reconquistarse de noche, pero amanecía y los bombarderos desalojaban las líneas recién conquistadas, y nueva retirada. El ejército vasco no se enfrentaba de igual a igual a una infantería de requetés, falangistas, tropa, italianos y moros. Cincuenta batallones del PNV se rindieron en Santoña, traicionando al resto del ejército, a la República. Son ya batallitas del abuelo. Pero aquello ocurrió así. En la retaguardia, cupones de racionamiento, hambre. Un único fraile entrañable, don Ignacio, me hizo amar la lectura.

Escribir en la fábrica de gas
 
- Estaba destinado a ser maquinista naval, pero eligió otros oficios que le permitiesen escribir. A veces estuvo pluriempleado. ¿De qué manera compaginó esos trabajos y la vocación literaria?
- Con responsabilidades no era fácil escribir. Por entonces, casado y con hijos, trabajaba en la Fábrica Municipal de Gas por las mañanas y en la editorial Fher por las tardes. Escribía en míseros tiempos muertos. Así escribí Las ciegas hormigas, incluso en impresos de la propia fábrica y en fugaces tiempos robados al horario de trabajo, en siete meses. Vivía ya en Getxo, adonde, en cierto modo, había ido a retirarme, a esconderme. Y, de pronto, el premio me desnudó, me sacó a la luz. Mi deseada vida oscura se iluminó y hube de salir del agujero. Fue duro. Yo no estaba aún formado o endurecido y sufrí marejadas. Me habían precipitado al oficio de escribir. Me desperté pronto. Siempre tuve por cierto que para escribir en libertad hay que vivir de otro trabajo.

- ¿Cuándo empiezan sus reflexiones políticas? ¿Tuvo acceso a lecturas prohibidas por el régimen de Franco?
- Reflexiones supongo que las había. Había intuición. La intuición suele preceder a la reflexión. Sólo cabía una intuición ante la rebelión militar que acabó con la II República y los crímenes franquistas en la guerra y en la larga posguerra: la eliminación física de los enemigos. Leí cosas de Ruedo Ibérico y narrativa norteamericana, en los años cincuenta, en la recién permitida Casa Americana: William Faulkner, John Steinbeck, George Santayana, etc.

- Transmite usted independencia o soledad política. Sin embargo, durante el franquismo fue militante del PCE. Ya en la democracia, firmó un manifiesto de ¡Basta ya! ¿A partir de qué límites se integra en un grupo?
- Hice bulto en el PC de Euskadi. Al acabar todo, me pregunté cómo no tenía carné, cómo no había pagado una sola cuota. Me asusta el grupo. Claro que hay principios maravillosos. Principios en el principio. Luego, el tiempo hace estragos. Esto se controla mejor estando solo.

Los Baskardo y los maketos

- En su novela Verdes valles, colinas rojas hay personajes de ideologías muy variadas. Según ha declarado, se identifica con los Baskardo, que viven al margen de las normas generales de la tribu.
- Los Baskardo son la identificación con la Naturaleza, con mayúsculas. No debemos alejarnos demasiado de las leyes naturales, pues la cosa animal aún pesa mucho. Nos parecen naturales los comportamientos de los animales, y los mismos no tanto entre nosotros. Hemos evolucionado, somos civilizados. En realidad somos criaturas desplazadas porque tenemos conciencia y la Naturaleza no la tiene. Nos sentimos culpables e inventamos dioses que nos guíen a un paraíso perfecto. ¿Nos imaginamos a una hormiga soldado alterando sus hábitos por seguir la letra de un dios? Los Baskardo rechazan los inventos de la civilización que los alejan de lo natural. Son la armonía. Los seres vivos evolucionan sin salirse nunca de lo natural. Naturalmente, yo no soy un Baskardo.

- Algunos personajes de su obra (Ella, Magda, Anaconda, Ángelo Boniato) vienen al País Vasco desde tierras lejanas. ¿Cómo recuerda la llegada de los inmigrantes para trabajar en Altos Hornos de Vizcaya y otras industrias vascas?
A su juicio, ¿qué trato se les dio?
- Malo. El nacionalismo los llamó, despectivamente, maketos. Sin embargo, sobre explotados mineros e industriales se levantó la riqueza vasca. Todavía son los grandes silenciados.

- A menudo se habla de su identificación con la literatura de William Faulkner. Ha explicado que durante años, antes de empezar la tarea de escribir, necesitaba leer un pasaje de Faulkner y retener su música. ¿Cómo fue esa fascinación y cuándo se liberó de ella?
- Me fascinó lo que latía bajo aquel lenguaje casi críptico. Faulkner lo podía haber evitado, pues lo de abajo no necesitaba de tantas llaves. Era un gran cabroncete. Sin embargo, en un tiempo necesité de esa maldita música para escribir. Luego vino Gabriel García Márquez. Mi agradecimiento a ambos.

Supongo que hoy camino solo

- Para conseguir la mayor eficacia literaria, usted propone el estilo invisible...
- Cada tema requiere un lenguaje, un estilo. Especialmente, un relato real y denunciante como Antonio B, que deseé llegara incluso a personas que apenas leían. Se trataba de esconder la literatura todo lo posible, de que no estorbara, de hacerla invisible.

ETA y los hermanos Marx

- El humor es un ingrediente sutil en sus libros. Usted incluso besa las imágenes de los Hermanos Marx o de Laurel y Hardy. ¿Es, más que un recurso literario, un agradecimiento vital?
- Tengo el humor por eficaz instrumento literario, un medio para naturalizar el relato, humanizarlo, invadir lo más serio o solemne. Tengo a diario a la vista a Mark Twain, Charles Dickens, los Marx, Laurel y Hardy. Alegraron mi juventud y los quiero.

- Ahora publica Los cuentos, el volumen que recopila todos sus relatos breves. Después de escribir novelas de muchas páginas, ¿por qué opina que en los textos cortos se concentra lo principal de su literatura?
- No está lo principal, sino el huevo de lo que vino después. Los personajes últimos ya estaban en estos relatos primeros. Han sido un embarazo lento.

No todos estos cuentos son cortos, algunos salieron tan largos como novelas cortas.

Bildu y el cambio de piel
 
- Supongo que sigue las noticias políticas de su tierra: la legalización de Bildu, el paro... ¿Prevé el futuro del País Vasco?
- Opino que había que legalizar a Bildu, como a cualquier otra organización política, pues político es su abandono de la violencia. Costará olvidar a los 900 muertos. Yo espero que la izquierda abertzale acabe contaminándose de democracia. Es el único futuro para nuestro país. Otra cosa es el aspecto moral y ético de esta decisión. Es difícil de creer en un cambio de la noche a la mañana. Los milagros no existen. Quienes han apoyado la violencia durante más de treinta años y hoy hacen equilibrios por no denunciar frontalmente a ETA no pueden haber cambiado de piel tan pronto. Pero el tiempo sí que puede hacer milagros.

- ¿Los escritores vascos plasman el abismo causado por ETA? ¿Cuando desaparezca el terrorismo aparecerán los libros ocultados por el miedo?
- La verdad es que no hay muchos libros narrativos sobre ETA. El más importante es de Fernando Aramburu. Confieso que no guardo en el cajón ningún tema peligroso a la espera de que desaparezca ETA. ¿Será porque mi formación interior se produjo a lo largo de las cuatro décadas anteriores a la aparición de ETA y luego el asunto de una independencia étnica como arranque me ha parecido muy menor junto a otros más serios y profundos para el hombre?

Íntimas esperanzas

- ¿Qué esperanzas íntimas le quedan? ¿Con qué convicciones las mantiene?
- El otro día me preguntó un vecino: "¿Cuándo se arreglará el mundo?" Le respondí que el mundo nunca ha estado arreglado. Sueños, sí, hubo siempre. Aún laten los estragos del derrumbe del comunismo soviético que iba a traer la justicia a todos los hombres. Hoy el sueño se llama democracia, con los Estados Unidos de América como modelo. ¿Los Estados Unidos?
 
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Los cuentos
Por Santos SANZ VILLANUEVA

Ramiro Pinilla
Tusquets, 2011. 348 páginas. 20 euros

El sello de la excentricidad, en el sentido de situarse en las afueras del círculo común de nuestra narrativa, marca casi toda la trayectoria de Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923) desde sus comienzos, al menos desde Las ciegas hormigas, novela visionaria que daba de lado al realismo social todavía dominante en 1960. Acentuó su singularidad en 1972 con Seno. Eran novelas extrañas pero aún sin la aleación de rareza y personalidad desvelada en 1975 por ¡Recuerda, oh, recuerda!, compilación de la novela corta del título, un relato breve y tres cuentos. Nada parecido a lo que se lee en este libro existía en nuestras letras. Ahí están ya un territorio fundacional bilbaíno donde se asientan sucesos inverosímiles y una estirpe de vascos cuya progenie se aleja hasta una edad perdida en remotas cosmogonías.

¡Recuerda, oh, recuerda! es un libro seminal. El autor siembra en él las semillas que germinaron otro decenio más tarde, 1986, en el primer volumen sin continuidad editorial de Verdes valles, colinas rojas aparecido en Libropueblo, modesta empresa propiciada por el propio Pinilla. Materiales de los relatos pasan a la trilogía que le ha valido el tardío reconocimiento público en su postergada salida en Tusquets. Además, el ámbito entero de la amazónica serie se halla ya en esas narraciones: ambientes, personajes y visión del mundo. Se trata de una peculiar realidad mítico-fantástica abierta, un proyecto narrativo gigantesco al cual se incorporan muy variados contenidos, que es lo que ocurrió con los motivos de la guerra civil de Primeras historias de la guerra interminable en 1977. Ambos conjuntos, Recuerda, oh, recuerda (sin los signos de admiración originarios) y Primeras historias... se agavillan ahora bajo el título poco exacto Los cuentos. La reunión se justifica porque compila un puñado de peripecias que forman un todo dentro del conjunto de sucesos que integran la recreación mítica global del País Vasco acometida por Pinilla.

Recuerda, oh, recuerda se remonta al Big Bang, o poco menos, y de allí avanza hasta la modernidad, apuntada en el viejo camino que luego fue la autovía de Bilbao. En el medio aparecen los grandes motivos del desarrollo de la especie, los antiquísimos mitos telúricos, el enigma de la trascendencia, la confrontación entre viejos tiempos y modernidad, las disensiones de clase...

Una poderosa imaginación que funciona con la libertad de quien asocia los arquetipos culturales con la fantasía alucinatoria y con un realismo simbólico sirve de sostén al mundo de Pinilla. Apoyándose en la hipérbole sin mesura, adoptando modos de un Homero entre apocalíptico y zumbón, el autor levanta una realidad autónoma pero paralela del mundo común. Además, una fibra cordial atraviesa los cuentos y el relato Recuerda, oh, recuerda cobija un hermoso ejercicio de soledad, fidelidades a las raíces y amor bajo la fábula desmedida de un rebaño de llamas feroces y humanas.

El otro conjunto de cuentos, Primeras historias..., comparte algunos rasgos básicos del entorno imaginario de Getxo, pero también se distingue por la atenuación de los trazos épicos. Los ocho cuentos enmarcados a partir de la toma franquista de Bilbao en 1937 son pioneros en el más reciente tratamiento novelesco de la sublevación militar sin explícitas referencias a la lucha de clases que la motivó. El autor presenta una inequívoca postura contraria a los sublevados y a su trama, pero no desarrolla los asuntos en el ámbito de la ideología. Se atiene a peripecias humanas, convulsionadas por un mundo trastornado y con las “viejas leyes de la hermandad, la dignidad y la moralidad” desbaratadas. La sobria densidad emocional inspira la despedida de una madre del hijo que aguarda el fusilamiento. El esperpento sirve de látigo para flagelar a un arquetipo del energúmeno cura del nacional-catolicismo.

Algún texto es pura historia de amor

Los cuentos aportan un filón de episodios al original territorio literario de Pinilla y también ofrecen al lector curioso el aliciente de retrotraerle hasta las fuentes de las sagas de Baskardos y Altubes y de la confrontación entre los hombres del hierro y del campo. Admiten, además, dos lecturas distintas. Una más profunda reta a establecer los nexos de la ficción con una compleja alegoría del mundo. Otra más ligera permite dejarse llevar por el encanto de unas historias pletóricas de locas invenciones.

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Comienzo de El megatafio, relato incluido en Los cuentos
por Ramiro Pinilla

'Los cuentos' reúne, revisados y en su edición definitiva, los dos únicos volúmenes de cuentos de Ramiro Pinilla, 'Recuerda, oh, recuerda' (1975) y 'Primeras historias de la guerra interminable' (1977). De escasa circulación en su momento e inencontrables desde hace años, esos dos volúmenes no pasaron del todo inadvertidos, pues algunos de los relatos fueron seleccionados en antologías con los mejores cuentos de la literatura española del siglo XX. Y es que contienen, sin duda, algunas de las páginas más luminosas y conmovedoras del autor.

En el tono mítico o en el realista, los dos libros muestran, a modo de embriones anticipatorios, algunos de los nudos narrativos de la deslumbrante trilogía 'Verdes valles, colinas rojas'. Y descubren la poderosa imaginación y la diestra versatilidad de un narrador de talla excepcional, que ya en estos libros supo con clarividencia que estaba construyendo un universo propio, inagotable y autosuficiente: un Getxo en el que se condensaba y cifraba la historia de todo un país. A continuación les ofrecemos el comienzo de 'El megatafio'.

El megatafio

Sucedió. En la última época de la verdadera Edad del Hierro a un cristiano muerto no se le hicieron funerales porque ante la mirada de los diez mil hombres rojos de su factoría quedó convertido en un tocho de metal. Fue en el tiempo en que los hombres de la Ría fabricaban en hornos altos aquel material ya olvidado que se llamó hierro y en que algunos todavía se acordaban de la guerra. La televisión en color difundió por todo el país el bloque soberbio de quinientas toneladas con irisaciones que hacían olvidar el oro, y los Grandes de España y los Infanzones, los Reyes de la Banca, los Presidentes de Consejos, los Magnates de la Industria y los Navieros, los Obispos y los Altos Militares acudieron fascinados a la convocatoria general. Deliberaron ante el tocho durante treinta días, pues no había peligro de descomposición. Hasta los Obispo convinieron en que era algo tan sublime que rebasaba los convencionalismos habituales de la religión y entraba en la categoría de los grandes símbolos eternos. Ante el gran lingote el latín se les trabó en la lengua y ni uno solo mencionó los funerales.

Don Cándido Baskardo Lapaza del Divino Cuerpo del Redentor ya era de los "hombres del hierro" cuatro siglos antes de venir al mundo, desde cuando un anteceso desertó de la casta de los "hombres de la madera", del caserío ancestral y de la tierra y se metió de ferrón. Durante quince generaciones los miembros de aquella rama prostituida no pasaron de ferrones, pero en la dieciséi apareció uno de mirada tierna y manos transparentes que se puso a comerciar con las Indias, casó con una Parient Mayor, que además era marquesa, y montó en la Ría cuatro hornos de fundición. Llevado de la mística ferrona creó un imperio industrial de minas y altos hornos, destinado a culminar la verdadera Edad del Hierro, y en el siglo XIX las instituciones militares, civiles y religiosas le colgaron en un acto conmovedor el título de Padre de la Provincia.

Tuvo tres hijos de su matrimonio con la marquesa, pero legó todos sus títulos y su poder a un nieto natural, hijo de un hijo natural, Efrén, que fue el único que había heredado en su sangre el metal de la familia, y que casó con una condesa y consolidó la verdadera esencia de la estirpe.

A su hijo, Don Cándido Baskardo Lapaza del Divino Cuerpo del Redentor, lo empezaron a llamar de Don desde la cuna. Era un niño ceniciento que miraba a distancia y que nunca aprendió a jugar porque creció vigilado por un ejército de criados de polainas rojas y criadas de pechos aplastados bajo almidones por prescripción de la condesa, y por otro ejército de profesores particulares que eran desinfectados en la puerta. A los diez años lo enviaron a Inglaterra y a los quince volvió convertido en lord. Cuando su mayordomo se asomaba a la playa haciendo sonar una campanilla, el pueblo la desalojaba y lo veía llegar escoltado por una guardia personal con uniforme de húsar y tomar un baño vertical. Todo lo que supo de las cosa del mundo lo supo a través de un equipo de jesuitas que instaló en el palacio una dependencia universitaria. Aprendió de memoria los nombres de todas las dinastías y de todos los reyes habidos desde el Diluvio; se convirtió en una autoridad en glorias imperiales, en virreyes, en evangelistas, en conspiraciones, en colonias de indios y de negros, en códigos de esclavitud, en batallas de exterminio y en Cruzadas, pero nunca hizo el servicio militar y moriría creyendo que la Historia se cerró horas antes de la Revolución Francesa.

Al morir su abuelo heredó noventa y tres títulos aristocráticos, doscientas presidencias y cincuenta y dos nombramientos de cofradías y órdenes religiosas y militares, y un poder omnímodo obre navieras, fábricas, fundiciones y minas; alcaldes y gobernadores; montes, valles y ríos carreteras, ferrocarriles, playas, pa tanos y acueductos; nieblas, sirimiris y mareas oceánicas; gana os, cosechas, hombres, mujeres y niños; pueblos, ermitas torres; Bancos, consejos de administración, iniciativas nacionales, provinciales y particulares, noviazgos y fallecimientos, bodas y bautizos, fiestas y deportes, y fue nombrado presidente perpetuo del Athlétic de Bilbao, pero comía pan del día anterior, pues nunca dejó de practicar el estoicismo que le infundieron los jesuitas. Los nuncios y los obispos, las cofradías y las congregaciones religiosas le permitieron añadir a sus nombres y títulos el de Divino Cuerpo del Redentor. Fue por entonces cuando nació la leyenda de que el Papa le había autorizado a comulgar nueve veces por día y a confesarse a sí mismo.

Conservó su lejanía a lo largo de toda su vida. Habitaba un palacio interminable y sombrío, frente a la mar, con muebles como catafalcos y cortinas gregorianas, en el que sólo se celebraban fiestas cuando venía el rey de Madrid a tomar los nueve baños de sal. Sus últimos cincuenta años vivió solo. Muchos de sus criados se fueron de este mundo sin saber cómo sonaba su voz. Vagaba por aposentos y corredores como el fantasma de sí mismo, con un rosario de cuentas de hierro entre los dedos y su sangre latiendo al ritmo del indetenible crecimiento de su poder. A lo largo de su vida no tuvo que dar una sola orden, pues las cosas se hacían solas a su alrededor. Al principio -Cándido Baskardo lo tenía por una locura de juventud-, en una asamblea ecuménica de mandos de su imperio, Satanás se filtró por entre la maraña de cruces y mantos de órdenes y cofradías, de rosarios, escapularios y hostia de comunión, y le tentó. Dio una orden de palabra que conmovió a toda la provincia. En realidad, se limitó a repetir lo que acababa de leer en un libro de alquimia: que el perejil hacía disminuir la producción de hierro. D rante diez años la policía y el ejército invadieron las cocinas de los obreros para cortar su consumo. Cándido Baskardo no volvió a permitir que le tentara su propio poder. Tras piadosas meditaciones de muchos meses, fue iluminado por la revelación de algo que siempre supo, pero que el perejil había perturbado: que su pode no era poder sino la armonía el universo heredada de su abuelo y de su padre. Una noche despertó sentado en su lecho medieval y recitó la inspiración que acababa de tener:"El hombre fue creado por Dios para que produzca hierro." La vieja mística ferrona de los siglos precedentes alcanzó en él la sencilla apoteosis de los sistemas planetarios. Hasta su muerte, casi cien años des ués, vivió consciente de la responsabilidad que Dios concede a los dioses. No entorpeció con órdenes humanas la marcha del mecanismo perfecto. La experiencia le confirmó que de su cuerpo emanaban las disposiciones con la simplicidad de una leche nutricia. Se sumergió en la humildad absoluta. Los consejeros, administradores, secretarios, ingenieros, alcaldes, gobernadores, caciques, generales, obispos, almirantes y prebostes entraban en el jesuítico despacho del palacio, extendían sobre la gran mesa sus planos, documentos, balances, encíclicas y memorias, miraban su mirada perdida que nunca sabían qué miraba, y corregía sin una duda lo incorrecto, o sentían que se les colaban órdenes inéditas con u a pulcritud que los hacía estremecer. Simplemente manteniéndose vivo controlaba la Bolsa, el Debe y el Haber, las importaciones y las exportaciones, el caudal de la Ría, la procreación de los obreros los partidos políticos, los jornales de hambre, los sermones de los púlpitos, los bailes de los domingos, los chiquitos de las tabernas, los penaltis del fútbol, las huelgas, las calorías de los productores, la inmigración de maketos, la pesca de angulas, la flota del carbón, las fluctuaciones del hierro y el coste de producción, pero jamás pisó una sola de sus factorías porque no soportaba el sudor ácido de menestral. En los tiempos que siguieron a sus baños en la playa, aún se le podía ver en los Ejercicios Espirituales de Loyola o inaugurando algún centro benéfico de los muchos que creó. Incluso en dos ocasiones estuvo en el balcón municipal para entregar la Copa al capitán del Athlétic campeón. Pero durante más de cincuenta años vivió sin salir de su palacio, alimentando su propia leyenda.

Su último acto público fue en una librería. Al pasar en su carroza de cuatro caballos descubrió en el escaparate, perdido en la masa de tomos industriales, un librito microscópico y de color rosa, con una ninfa tocando el arpa en la portada. Cándido Baskardo dejó la carroza y pisó la acera, instalando un jalón en la vida de las gentes que lo vieron. "¿Qué es esa cosa?", preguntó dentro de la tienda. Su tono lejano estremeció al librero, quien no se atrevió a ocultar la vergüenza. "Poesía", contestó temerariamente. Cándido Baskardo regresó a su carroza y ordenó al cochero adquirir toda la edición y todas las ediciones de todos los libros de esa especie. Dispuso la elaboración de un Índice de títulos del Enemigo, que superó al de Roma y sus mandados recorrieron las librerías de la provincia las bibliotecas de los hogares y durante un mes ardió en el Arenal una hoguera de purificación. [...]

 
Articulo : http://www.elcultural.es  14/05/2011

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