Las nostálgicas moradas de Silva Acevedo
Por Ignacio RODRIGUEZ A.
Pareciera ser que los grandes viejos poetas chilenos de la generación del 60 se están despidiendo. Hernán Miranda comenzó a hacerlo en Viajes inconclusos y ahora Manuel Silva Acevedo reitera con Lazos de sangre ese gesto de filiación y retirada. Como el de Miranda, este es un libro menor, pero los grandes viejos poetas tienen el "sagrado" derecho a escribirlos y sus lectores a situarlos con cariño y con respeto en el enorme contexto de la producción de cada cual. Entre otras obras, nada menos que Viaje a Corfú y Lobos y ovejas .
Lazos de sangre es la "última mirada" de la infancia y, por lo tanto, una obra autobiográfica. Compuesta de poemas narrativos, éstos rearticulan un pasado con elaborada técnica escritural pero un tanto afectados por la rutina del oficio. Carecen de aliento aunque rebosan de calidez. Trae reminiscencias del criollismo, en el sentido de que recupera vínculos con la tierra y, por lo tanto, con el ser nacional, y ofrece un camino de reencuentro con la tradición y la identidad. Hay también amor por el barrio y un homenaje nostálgico a la solemnidad del "terno oscuro" y "el cuello almidonado" de nuestros funcionarios públicos del pasado, fuente de aprendizaje que se prolonga en un entrañable afecto por el liceo, en este caso el Instituto Nacional. Pero además recorre la historia y la intrahistoria: la Gran Depresión y las tardes de domingo en el cine; Balmaceda y el cáncer de su abuelo, la revista El Peneca, el Silabario Matte, el Siglo de Oro, la Guerra Española, La Moneda en llamas y la casa de Toesca 2029. En fin, este es un libro de rescate que invoca al poder salvífico de la memoria, que busca restablecer los vínculos familiares y las raíces y que apela también a una recuperación de la oralidad propia de los ritmos de la poesía popular. En este sentido, se inscribe en los parámetros de la plena inteligibilidad, de un cierto realismo costumbrista que, sin embargo, incluye textos en cursiva donde reaparece el trasfondo lírico de la subjetividad. Hermosísimo es en esta línea el poema "Nostálgicas moradas" que cierra el libro, de aroma sutilmente kavafiano, del cual transcribo la primera estrofa: "Morar y morir en un mismo barrio/ es lo mejor que te puede pasar./ Aunque recorras el mundo entero/ tu casa siempre te espera/ en el mismo lugar/ frente a una plaza soleada/próxima a un discreto bar".
Como se aprecia, aquí se cumple también lo que afirmaba Heidegger: "El lenguaje es la casa del ser. En la morada que ofrece el lenguaje habita el hombre". Por ello, el mundo, y lo que en él acontece, no puede ser pensado como una cosa que se encuentra frente a nosotros, sino como nuestra propia ubicación, el lugar donde habitamos y desde el que comprendemos, el único espacio propicio o "lárico" desde el que es posible ejercer el oficio o sacroficio ("sacrificio") de la poesía. Kavafis, por su parte, sostiene en su poema "La ciudad": "No hallarás otra tierra ni otro mar./ La ciudad irá en ti siempre. Volverás/ a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;/ en la misma casa encanecerás./Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-/ ni caminos ni barco para ti./La vida que aquí perdiste/ la has destruido en toda la Tierra". Impulso espiritual este que prefigura todo el entramado existencial de Lazos de sangre .
Articulo : http://diario.elmercurio.com 01/05/2011
