dimanche 22 mai 2011

Javier ROJAHELIS/ Los escritores que lloran el fin de las máquinas de escribir

Nostalgias Los efectos del avance tecnológico:
Los escritores que lloran el fin de las máquinas de escribir
Por Javier Rojahelis

El cierre de la última fábrica de máquinas de escribir le ha puesto la lápida definitiva a uno de los elementos técnicos más emblemáticos del siglo XX. Un artefacto que no sólo pobló las oficinas, sino que también se convirtió en el compañero inseparable de los escritores.

Se veía venir su muerte definitiva, pero la verdad es que la gran mayoría ya la daba por muerta hacía mucho tiempo. Por esto mismo, no fueron pocos los que se sorprendieron al escuchar la noticia de que finalmente había cerrado la última de las compañías dedicadas a la fabricación de máquinas de escribir (con sede en la India). "¿Cómo? ¿Todavía se fabricaban?" fue la pregunta que se repitió en varios lugares. Claro, era raro recordar cuándo había sido la última vez en la que cada uno de nosotros había tecleado en una máquina de escribir o había tenido que elaborar un informe en ella o había dejado volar la imaginación literaria sobre ese sonoro teclado Qwerty. ¿15 años? ¿20 años?

Lo más probable es que la noticia no haya asustado a nadie en Chile, en donde la mayoría de los hogares ya ha visto rotar varios modelos de computadores a lo largo de estos años y donde, por lo mismo, existe un gran porcentaje de niños y adolescentes (si es que no son prácticamente todos) que jamás ha escrito algo en una máquina de escribir o ha tenido contacto con ella. Esto no quita que la noticia tal vez sí tenga una mayor repercusión en lugares en los que aún hay gente que incluso se gana la vida tipeando en las viejas máquinas de escribir, como ocurre en México, donde en la Plaza Santo Domingo todavía se encuentran escribanos que a cambio de una cierta cantidad de dinero escriben cartas y mensajes por encargo.

Los escritores y sus máquinas

Sin embargo, la postal que ahora desaparecerá definitivamente es la que muestra aquella imagen romántica del escritor frente a la máquina de escribir. Una imagen que estuvo presente durante gran parte del siglo XX y que tuvo que ver con la creación de una buena porción de toda la literatura que marcó la centuria pasada. Ahí están las instantáneas o los testimonios que retratan a Hemingway con su Underwood portátil, a Agatha Christie tecleando su Remington, a Bukowski machacando su Olympia SG, a Herman Hesse sacándole tinta a su Smith Premier, a Tennessee Williams con alguna de sus Olivetti, a Simenon dándole vida a Maigret con su Royal 10, a Tolkien creando con su Hammond o a nuestro Pablo Neruda poetizando con las teclas de una Hermes suiza. Postales a las que se suman las de otros grandes hasta llegar a Mark Twain, quien es sindicado como el primer escritor que comenzó a escribir sus obras literarias con el artefacto mecánico.

El caso de Paul Auster

Pero no sólo las máquinas de escribir de los autores ya muertos han llegado a las subastas, también las de aquellos que aún están vivos y productivos. Este es el caso de Cormac McCarthy, quien subastó su Olivetti Lettera 32 en 250 mil dólares, un precio más que justo si se toma en cuenta que en dicha máquina McCarthy escribió toda su obra, desde el "Guardián del vergel" hasta "La carretera". Lo que sí hay que consignar es que McCarthy es uno de los pocos autores que no se han dejado seducir por las nuevas tecnologías, y que si bien remató su Olivetti, la verdad es que la subasta fue con el fin de realizar un donativo, después de lo cual no dudó en volver a comprar otra máquina del mismo modelo para seguir escribiendo tal como la he hecho durante todas estas décadas. Algo muy distinto a otros veteranos escritores, como Philip Roth, quien ya desde los años 90 que abandonó la máquina de escribir para entregarse a la pantalla del computador.

Otro ejemplo destacable, de autores que se mantuvieron fieles a las máquinas mecánicas, es el del escritor Paul Auster ("Trilogía de Nueva York"). El caso es emblemático en el sentido de que Auster es un autor que en la mitad de su actividad creadora se vio rodeado por las nuevas tecnologías y por la llegada de los computadores y los procesadores de textos. A pesar de ello, Auster continuó hasta la llegada del siglo XXI fiel al tecleo de su Olympia e, incluso, hizo un libro destinado exclusivamente a ella que se tituló "La historia de mi máquina de escribir". En él se puede leer cómo Auster se mantuvo con el artefacto desde 1974 sin ni siquiera sentirse tentado por las versiones eléctricas del mismo: "La otra posibilidad era utilizar una (máquina) eléctrica, pero no me gustaba el ruido que hacían aquellos artilugios: el continuo zumbido del motor, el discordante soniquete de las piezas, la cambiante frecuencia de la corriente alterna vibrando en los dedos".

Después, en la década de los 80 y sobre todo a principios de los 90, Auster fue viendo cómo sus amigos adquirían computadores Mac e IBM para trabajar con ellos, pero él no cedía. Además, él mismo cuenta que cuando se vio tentado por la nueva tecnología, muchos de esos amigos le comenzaron a contar historias terroríficas acerca de pérdidas de trabajos completos por culpa de la pulsación de una tecla equivocada. Poco antes de finalizar el siglo XX, Auster presintió el final definitivo de la época de las máquinas de escribir y comenzó a asegurarse adquiriendo una gran cantidad de cintas de tipeo. Con mucho esfuerzo logró reunir 50 cintas, las que fue utilizando con sumo cuidado, aprovechando su rendimiento hasta el máximo. El libro, escrito en el año 2000, termina con la confesión: "Incluso en este preciso momento, cuando rememoro los nueve mil cuatrocientos días que hemos pasado juntos, la tengo justo delante de mí, desgranando con aire entrecortado su música antigua y familiar." En todo caso, el romanticismo tiene límites y, en la actualidad, si bien Auster sigue escribiendo en su Olympia, su editor le obligó en los últimos años a usar el computador para poder utilizar el formato de disco en las entregas.


Articulo: http://diario.elmercurio.com  22/05/2011

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