dimanche 22 mai 2011

Juan Pablo GONZALEZ R./Gustav MAHLER: cien años de su muerte y cincuenta de su resurrección


ANIVERSARIO Las claves de creación
Gustav Mahler: cien años de su muerte y cincuenta de su resurrección
Por Juan Pablo González R.

Mahler dejó de escucharse después de su muerte en 1911. La guerra del 14 acabó con las grandes orquestas, pero también con toda una época. Su resurrección llegó en la década de los 50 de la mano de Bruno Walter y Leonard Bernstein y de una nueva generación de auditores.

A fines del siglo XIX la orquesta sinfónica llegaba a los límites de su crecimiento debido a la confluencia de factores técnicos, con el perfeccionamiento de los instrumentos de viento; artísticos, con el aumento de músicos formados en los nuevos conservatorios, y empresariales, con la consolidación de las orquestas profesionales en Europa y EE.UU.

Este era el panorama que le esperaba a Gustav Mahler (1860-1911) en 1880, al inicio de una carrera volcada más a la dirección que a la composición. A los treinta años de edad ya era considerado un maestro en la conducción de las grandes orquestas de la época. Bajo su batuta desfilarían, entre otras, la orquesta de la Ópera de Hamburgo, la Filarmónica de Viena y la Filarmónica de Nueva York, que dirigió hasta poco antes de su muerte. Conocido como un director exigente, Mahler siempre se esforzó por lograr la máxima precisión y compromiso de los intérpretes que actuaban bajo su dirección, lo que muchas veces le valió la antipatía de músicos y administradores. "Nunca había yo imaginado una palabra tan precisa, un gesto tan autoritario, capaces de reducir a los demás a una obediencia ciega", señala su amigo, biógrafo y discípulo, el director alemán Bruno Walter, pionero en el rescate de su obra.

Lo sublime y lo trivial

Debido a su nutrido calendario de conciertos, Mahler sólo podía componer con tranquilidad durante los veranos, retirándose con su esposa, Alma, y sus dos hijas al campo, donde componía en estrecho contacto con la naturaleza. Lo que escribía entre julio y agosto, lo orquestaba el resto del año en los momentos que su intensa labor como director se lo permitía. Con este método de trabajo, Mahler nos legó diez sinfonías, cinco ciclos de canciones con orquesta y dos ciclos de canciones con piano.

En sus sinfonías, Mahler logró reconciliar las dos vertientes opuestas de la música del siglo XIX: la persistencia del formalismo clásico de la llamada música absoluta, con Schumann y Brahms, y el impulso romántico hacia la música descriptiva, iniciado por Berlioz y continuado por Liszt. De esta forma, ya sea oficial o extraoficialmente, en sus sinfonías abundan los títulos descriptivos, como si fueran poemas sinfónicos. La primera es conocida como "Titán", la segunda como "Resurrección", la tercera como "Sueño de una mañana de verano", la quinta como "Gigante", la sexta como "Trágica" y la séptima como "La canción de la noche".

Junto a su cercanía con la naturaleza, en la obra de Mahler se manifiesta una obsesión por el sentido del sufrimiento humano y por las interrogantes que despierta la muerte. De quince hermanos, nueve murieron durante la infancia, viviendo la experiencia de la muerte como algo cotidiano en su familia. Luego perdería a su hija María a los cinco años de edad, lo que acentuó su espíritu trágico y sus interrogantes metafísicas, algo que ni el propio Sigmund Freud pudo ayudarlo a resolver. Su Sexta Sinfonía fue testigo de ello.

La música de Mahler interroga las profundidades del alma. Su obra nos habla de la agonía y trascendencia de ser humano, pues es la superación del sufrimiento lo que lo lleva a elevarse hacia lo desconocido. Grandes volúmenes sonoros, agudos contrastes temáticos y prolongados pasajes suspendidos son necesarios para lograr tales climas expresivos. Esto último lo logra magistralmente en el Adagietto de su Quinta Sinfonía, utilizado por Luchino Visconti en su adaptación cinematográfica de la novela de Tomas Mann, "Muerte en Venecia". Con su música, Mahler nos enfrenta a la epopeya de un héroe atormentado junto a los retazos de un romanticismo agonizante. Es el héroe en su ruta hacia el cadalso en medio de fanfarrias que anuncian la muerte de una época, con la débil esperanza sino de su resurrección, al menos de su persistencia en la memoria.

En su obra se entremezclan lo sublime y lo trivial. Las referencias a la música popular, que son muchas, no adquieren el sentido nacionalista que tienen entre otros compositores del fin de siglo, sino que nos retrotraen a la propia felicidad de la existencia humana, a la liviandad de lo cotidiano. Son el cable a tierra que tiende un compositor atormentado por tribulaciones metafísicas en medio de una época que encontraba su fin en la propia grandiosidad que la coronaba.

Las sinfonías de Mahler fueron condenadas por los críticos de su tiempo como "excesivamente largas, demasiado fuertes y algo discordantes". Mas aún, la prensa de Nueva York llegó a decir que su música no le sobreviviría. Luego de la muerte del compositor, parecieron cumplirse los vaticinios de los críticos, pues su música se interpretó mucho menos, llegando incluso a ser prohibida por "degenerada" en la Alemania nazi, dados los ancestros judíos del compositor.

Resurrección e idolatría

Gracias a los esfuerzos de su amigo Bruno Walter y a la tenaz labor de dirección y grabación realizada por Leonard Bernstein, las sinfonías de Mahler se hicieron conocidas a partir de la década de 1950. Esto coincidía con la aparición del disco de larga duración o Long Play y del sistema de alta fidelidad, que permitía escuchar en casa sus extensas sinfonías en unos pocos discos que reproducían fielmente desde lo más sutil hasta lo más poderoso del sonido. Además, con la aparición de una nueva generación de auditores, quedaba atrás la polémica sobre la decadencia posromántica de Mahler, que había opacado su reputación durante el modernismo de entreguerras.

La creación en Viena en 1955 de la Sociedad Internacional Gustav Mahler, con Bruno Walter como su primer presidente y Alma Mahler como socia honoraria, permitió realizar una edición crítica de su obra y también organizar las conmemoraciones de los diferentes aspectos de la vida del compositor. Así, despertó entre el público una pasión tan grande por Mahler, que lo ha llegado a transformar en ídolo y objeto de culto, como si fuera una estrella de rock. Sus seguidores coleccionan estampillas, postales, camisetas y medallas con su esfinge. Incluso, cada 7 de julio, los mahleristas celebran el cumpleaños del compositor escuchando sus diez sinfonías en forma continuada durante todo el día.

Mahler llegó a los límites de la tonalidad, preparando el terreno para su disolución. De este modo, Schoenberg, quien sistematizó lo que vendría después, le dedicó su famoso Tratado de Armonía en un gesto de reconocimiento a un maestro que su época no supo comprender. En su "In Memoriam a Gustav Mahler", publicado en 1912, Schoenberg nos habla de Mahler como de un santo. Cualquiera que lo haya conocido, afirma, debió haber tenido esa sensación. De hecho, pocos lo honraron en vida y muchos reaccionaron frente al santo martirizándolo, haciendo que dudara del valor de su obra. La incomprensión del artista por el público de su tiempo, tan común en la época contemporánea, tuvo una de sus primeras víctimas en Mahler, quien mereció conocer en vida el afecto y la pasión que tantos sentimos por su música a cincuenta años de su resurrección.

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