La novela de los hijos
Escrita ya la novela de los niños de la dictadura, en "Formas de volver a casa" Zambra ha optado por escribir la novela de los hijos de la dictadura.
.
.
"Pinochetismo pop": así titulé, hace ya mucho, una columna dedicada a trazar ciertos paralelismos en la forma en que dos destacados escritores chilenos, Alberto Fuguet (1964) y Rafael Gumucio (1970), afrontaban, en dos libros muy distintos ( Las películas de mi vida y Memorias prematuras , respectivamente), los años que Chile vivió bajo la dictadura de Augusto Pinochet. Señalaba allí el rasgo común que salvaba las diferencias entre los dos libros, y que los reunía con otros títulos de escritores españoles y latinoamericanos más o menos coetáneos, dedicados también a rememorar las dictaduras recientes de sus países respectivos. Dicho rasgo era la asunción de la propia infancia como perspectiva extrañadora ("marciana", escribía yo), moralmente inmadura y en consecuencia exonerada de responsabilidad. De ello se desprendía, me parecía a mí, una lectura en definitiva indulgente del pasado colectivo, abstraída de proyecciones ideológicas.
Algo más joven que esos escritores, también para Alejandro Zambra (1975) la dictadura pinochetista permanece asociada a los años de su infancia (en su caso, de la primera infancia), pero, en lugar de conformarse con la perspectiva inocente que ésta le procura, trata, en su última novela ( Formas de volver a casa , recién publicada por Anagrama), de escrutar las sombras latentes en sus vivencias y recuerdos más remotos, y lo hace con pretensión más esclarecedora que propiamente interpeladora.
Su apuesta narrativa consiste en superponer a la óptica de la infancia la de la herencia. Escrita ya, y de varias maneras, la novela de los niños de la dictadura, Zambra ha optado por escribir la novela de los hijos de la dictadura. La expresión deja lugar a algunas ambigüedades que, lejos de confundirlo, convienen al propósito de Zambra y a la complejidad y delicadeza con que lo enfrenta. Pues hijos de la dictadura eran, ciertamente, los que la vivieron como niños. Pero son también quienes, en los años transcurridos desde entonces, han terminado por ingresar en la madurez y están obligados a interpretar y asumir y no sólo recordar aquel pasado.
Niños en la dictadura, hijos de la dictadura: el sutil desplazamiento que Zambra realiza es altamente significativo; pues la de niño es una condición pasajera, en tanto que la de hijo es permanente, y acumula sentido y responsabilidad. Ya no se trata de recorrer con humor o rencor o piedad las páginas del álbum familiar o escolar, en cuyas fotos se reconoce uno mismo, abochornado o divertido, con pantalones cortos. Se trata más bien de preguntarse quién hizo la foto, quién sale en ella y quién no, y cuál es la razón. Qué hacía toda esa gente allí. De qué se sonríen. Por qué se esconde aquél detrás de los demás. Y qué son esas zonas oscuras.
"Los niños entendíamos, súbitamente, que no éramos tan importantes. Que había cosas insondables y serias que no podíamos saber ni comprender. La novela es la novela de los padres, pensé entonces, pienso ahora. Crecimos creyendo eso, que la novela era de los padres. Maldiciéndolos y también refugiándonos, aliviados, en esa penumbra. Mientras los adultos mataban o eran muertos, nosotros hacíamos dibujos en un rincón... Mientras la novela sucedía, nosotros jugábamos a escondernos, a desaparecer".
Escribir la novela de los hijos, entonces. Eso es lo que Zambra se siente llamado a hacer y a lo que convoca en una suerte de muy discreto llamamiento generacional que prolonga y amplifica el trabajo de sus dos anteriores novelas. Y que apunta, desde muy otra posición (la que le impone pertenecer a una generación posterior), en dirección concurrente y al cabo complementaria de la que señaló Roberto Brodsky en su espléndida Bosque quemado .
Esto no pretende ser una reseña. Queda, pues, para otros, la tarea de evaluar la meditada forma en que Zambra organiza su relato, que comienza con el terremoto que sacudió Chile en marzo de 1985 y se cierra con el muy reciente de febrero de 2010, y cuyas dos partes centrales se titulan, programáticamente: "La literatura de los padres" y "La literatura de los hijos". Entre una y otra, el juego metaliterario y autográfico recuerda al mejor Coetzee, una resonancia que se extiende al rasgo más distintivo del estilo de Zambra, que -como el del mismo Coetzee, aunque de muy otra forma- viene a ser la frugalidad, término que connota ascéticamente su poquedad, su laconismo.
Ya hacia el final del libro, resulta elocuente la inserción de dos espléndidos poemas que recuerdan de qué naturaleza es la inspiración de la que se nutre la obra entera de Zambra.
Sólo añadir que, aun siendo yo mismo un lector inconstante y muy incompleto de la última narrativa chilena, no deja de admirarme la determinación, el vigor y la variedad de registros que viene empleando, en su conjunto, para contar y dilucidar colectivamente lo ocurrido con los negros años de la dictadura pinochetista y sus secuelas. Por grandes que sean las diferencias entre ésta y la dictadura franquista, mi impresión es que en España quedó por escribir esta novelística de los hijos que Zambra postula, y que algo tiene ello que ver con la desorientación en que buena parte de los no tan jóvenes narradores españoles navegan en la actualidad.
Articulo : http://diario.elmercurio.com 01/05/2011
