lundi 27 juin 2011

Antonio MUÑOZ MOLINA/ Un cómplice de PROUST

REPORTAJE: IDA Y VUELTA
Un cómplice de Proust
Por Antonio MUÑOZ MOLINA

Las fotos de Eugène Atget me hacen acordarme del mundo de Proust; no los salones obvios de alta sociedad que imaginan quienes no lo han leído, sino lugares mucho más secretos, personajes y sensaciones que permanecen en la memoria mucho después de la lectura, y que son los primeros que reconoce uno cuando vuelve a ella.

En el París de Atget, como en el de Proust, hay kioscos circulares cubiertos por completo con carteles de grandes letras que anuncian espectáculos teatrales y musicales, niños que juegan en los parques burgueses vestidos con mucha formalidad y vigilados por institutrices, artesanos y vendedores ambulantes que pasan por la calle cantando pregones, organilleros que se detienen en una acera y miran hacia los balcones a los que tal vez se asome alguien para lanzarles unas monedas. Pero en las fotos de Atget están también los indicios de un París proletario y un París clandestino, la ciudad de sombras a la que desciende según va haciéndose adulto el narrador de En busca del tiempo perdido, para observar a la vez de lejos y de cerca a los personajes de Sodoma y Gomorra, los hombres que se ponen colorete en las mejillas y carmín en los labios, las mujeres que se visten de hombres. En algunos escenarios de Atget se distingue una figura desenfocada o medio desvanecida, o reflejada en un espejo, o velada tras un cristal: en esos patios de hoteles particulares sobre cuyo pavimento empedrado repican los cascos de los caballos que tiran de los coches de los ricos, pero en los que también hay talleres, tiendas modestas, pasadizos que llevan a viviendas muy humildes.

El París de Proust es todavía una ciudad arcaica en la que no hay demasiada distancia física entre los pobres y los ricos: la criada Françoise, iría a abastecerse a las pescaderías y a las carnicerías que se ven en las fotos de Atget antes de preparar sus platos suntuosos; en una de las mejores escenas de seducción de la literatura, que el narrador de la novela observa con una ecuanimidad de entomólogo, el barón de Charlus baja por la escalera del principal en el que viven los duques de Germantes y se encuentra por primera vez con el chalequero Jupien, que tiene su taller en los bajos del palacio, y entre los dos se establece una danza muda de cortejo que tiene toda la excitación simultánea del deseo y el peligro. A diferencia de Proust, su narrador no es homosexual, ni es judío. Cuando cuenta una escena de amor entre dos hombres o entre dos mujeres lo hace siempre desde un punto de observación seguro y también inverosímil, el rellano de una escalera por donde no pasa nadie más, un ventanuco oportunamente situado, la rendija de una puerta o entre dos cortinas. Cuando veo una foto de Atget en la que hay un callejón estrecho que lleva a un zaguán sobre el que está colgado un letrero de hotel me acuerdo de las aventuras eróticas del barón de Charlus o de su sobrino Robert de Saint-Loup, que se embozaban para visitar los prostíbulos y salían de ellos, dice Proust, con la actitud furtiva de mostrar el ángulo de menos visibilidad posible, como queriendo reducirse a dos dimensiones. Muchos años después de la muerte de Proust en 1922 todavía perduraba un submundo de presuntos amantes suyos de alquiler, de rufianes a los que habría protegido, testigos más o menos dudosos que exigían dinero a los biógrafos para contarles chismes de su vida erótica.

Del París de Proust y del de Atget sabríamos mucho menos si ellos dos no se hubieran tomado el trabajo maniático de documentarlo. En esos kioscos circulares en las esquinas de los bulevares Proust veía de niño los carteles todavía brillantes de engrudo con el nombre de Sarah Bernhardt, y experimentaba precozmente el desequilibrio entre la fuerza anticipadora de la imaginación y la incertidumbre sobre el cumplimiento del deseo, el desencanto intuido de una realidad que para él nunca estuvo a la altura de sus fabulaciones. Al despertarse en su dormitorio burgués forrado de cortinajes y terciopelos, Proust escuchaba cada mañana la sucesión de los pregones de los vendedores ambulantes, los paragüeros, los músicos pedigüeños y ciegos: si no fuera por las fotos de Atget no sabríamos cómo eran las caras y las ropas de esas personas para las que no hay sitio en ningún relato histórico, transeúntes del tiempo de los que no queda ningún rastro. Proust, que tenía una sensibilidad musical más sofisticada que casi cualquier otro escritor, dedica páginas memorables al despertar de los sonidos de la ciudad, componiéndolos más que describiéndolos, con una textura que parece de Debussy o de Wagner, de esos pasajes de Sigfried en los que se tiene la sensación de estar de verdad adentrándose en un bosque.

Como Proust, Atget es un testigo que se mantiene a cierta distancia del espectáculo humano y sensorial que al mismo tiempo le obsesiona, y al que dedica íntegras todas las fuerzas de su imaginación, las de su vida entera. Cargado con una vieja cámara de trípode, fuelle y cortinilla negra que pesaba veinte kilos, Atget salía a las calles con la primera luz del amanecer, no muy distinto por su aspecto de los buhoneros a los que retrataba. Su mundo social y el de Proust eran dos planetas lejanos entre sí. Todavía adolescente Eugène Atget empezó a trabajar como marinero en buques transatlánticos. Quiso luego ser actor y no llegó a nada, papeles de tercer orden en compañías de provincias. Parece mentira que alguien con un talento tan poderoso diera tantos rodeos hasta encontrar su vocación. Intentó la pintura y también fue un fracaso. Probablemente en la decisión de hacerse fotógrafo habría algo de resignación: no fotógrafo de sociedad, con estudio propio, sino proveedor de imágenes para que pintores de poco relieve las copiaran en sus cuadros.

Poco a poco, ese trabajo sin porvenir se convirtió en una pasión. Atget veía la ciudad no como un decorado, como un catálogo monumental, sino como un río de lugares y vidas que estaba cambiando siempre, de lugares habituales en los que solo él, al fijarse, encontraba algo memorable, en los que solo él advertía con angustia la proximidad de la ruina: la ciudad popular y trabajadora, la de los pobres, los obreros, las prostitutas, la de las caras fantasmas que miran tras un cristal al fondo de un pasadizo, la de los descampados donde se levantan chabolas, atracciones baratas de feria, tiendas y barracones de circo.

Berenice Abbott lo retrató casi al final de su vida y tenía un aspecto de viejecillo jovial y un poco ido, indiferente al conato tardío de celebridad con que lo halagaban los surrealistas, hacia los que no sentía ninguna afinidad. Le quisieron algunas fotos en su revista corporativa y él aceptó a cambio de que no mencionaran su nombre, lo cual no dejaría de desconcertar a aquella banda de señoritos egocéntricos. Comprendió igual que Proust que el único tema y la única materia del arte es el tiempo. El mejor linaje de la fotografía del siglo XX empieza con el nombre de Eugène Atget.

Eugène Atget. El viejo París. Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23. Madrid. Hasta el 27 de agosto.

 
Articulo : http://www.elpais.com  25/06/2011

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