samedi 18 juin 2011

Camilo MARKS/ El profeta contestatario

El profeta contestatario
Por Camilo Marks

Cuando Henry Miller regresó a Estados Unidos en 1942, llevaba dos décadas en Europa y si no hubiera sido por el estallido de la guerra, probablemente no habría vuelto a pisar su país natal.

La vida errante, pobre, a veces al borde de la inanición que llevó junto a vagabundos, delincuentes o intelectuales, magistralmente retratada en sus dos novelas más famosas -Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio-, corroboró para siempre una indómita pasión por la libertad, un rechazo hacia la moral convencional, una tolerancia infinita hacia los demás. Miller escogió para radicarse la localidad californiana de Big Sur, entonces un paraíso incontaminado, casi inaccesible, con muy pocos habitantes, ajenos a los beneficios de la civilización. Sin proponérselo, estos colonos estaban implantando nuevas formas de convivencia, precursoras de las revoluciones sociales que tomarían cuerpo en las décadas siguientes.

El autor se encontró en una situación paradójica: era una celebridad mundial, lo visitaban estudiantes, escritores o simples admiradores, sus libros se leían en todas partes y eran traducidos a muchas lenguas, pero estaban prohibidos en su patria. Por consiguiente, aunque podría haber sido riquísimo, no percibía ingresos por ellos y tanto él como su mujer y sus dos niños, apenas tenían para comer. Big Sur y las naranjas de El Bosco (1956), ahora en nueva traducción (Edhasa, 2010, 500 páginas, $27.850) nació en esta peculiar coyuntura. Los problemas básicos de subsistencia estaban solucionados, porque todos se ayudaban, nadie permitía que otros descendieran a la miseria, cada uno actuaba para que las cosas fueran gratas.

Big Sur... carece de la virulencia, las connotaciones sexuales o las constantes imprecaciones contra la hipocresía de las obras previas de Miller. Es su texto más filosófico y enseguida llama la atención el tono sereno, reposado, estoico de una narración donde nadie se agita ni patalea. Sin embargo, no hay que engañarse: a medida que envejecía, Miller se volvía más radical y más contestatario respecto de los valores norteamericanos: la competitividad, la búsqueda de la fama y riqueza, la idea del progreso como motor social. En ese sentido, y también en el contacto con la naturaleza como fuente primordial de sabiduría, Miller está emparentado con insignes predecesores suyos como Emerson, Thoreau, Whitman.

La comunidad de Big Sur estaba compuesta de artistas, poetas o seres estrafalarios. Muchos habían dejado fortuna y familia para huir de la "pesadilla de aire acondicionado", uno de los títulos más conocidos de Miller para referirse al funcionamiento de las ciudades modernas. Sin excepción, todos tuvieron que usar las manos para construir casas, labrar la tierra, cultivar hábitos higiénicos en sus hijos. Miller publicó Big Sur... mucho después que esas dificultades estaban más o menos superadas, aunque uno puede imaginar cabañas sin servicios básicos, personas instaladas en completa soledad, una economía cercana al trueque.

Estos aspectos pintorescos pasan a segundo plano ante las reflexiones de Miller, sean de tipo general, sean referidas a los singulares amigos que hizo en ese remoto enclave. El pensamiento del novelista, refinado mediante lecturas y amplísimos conocimientos, tomó un giro anticipatorio, de corte anarco-pacifista, que lo convirtió en profeta de los beatniks, los hippies y toda suerte de fraternidades en pro del amor libre, antibélicos o inmersos en tareas místicas y esotéricas. En este período, Miller se aproximó a una fuerte religiosidad -el nombre de Dios figura una y otra vez en el volumen-, una búsqueda de lo absoluto ligada más con el panteísmo que con las creencias tradicionales.

En cuanto a los personajes de Big Sur..., la galería es interminable y Miller los describe con bondad, humor, admiración, profundo cariño. Se trata de hombres y mujeres de innegable talento, tal vez geniales, pero que han renunciado a los hipotéticos beneficios de la burguesía y, en particular, a cualquier clase de reconocimiento. Pintoras, dibujantes, inmigrantes, reformistas clericales, artesanos y muchos más son abordados con la misma veneración que el narrador siente por los grandes pensadores y los grandes maestros de la literatura, la música o la plástica que le son afines.

El relato no ha perdido un ápice de vigencia: los problemas que plantea son los que enfrentamos hoy, las interrogantes que formula continúan sin respuesta. Es uno de los mejores libros de Miller y una contribución importante a la narrativa del pasado medio siglo.

 
Articulo : http://diario.elmercurio.com  12/06/2011

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