lundi 27 juin 2011

El "otro" padre de José DONOSO

Revelación Cartas fechadas entre 1945 y 1967:
El "otro" padre de José Donoso

Las escasas menciones que el autor de Coronación hizo de su progenitor contribuyeron a crear un personaje distante, con poco vuelo intelectual y ajeno al destino literario de su hijo. Las cartas publicadas en estas páginas el domingo pasado, y que forman parte de un epistolario editado por Cecilia García-Huidobro, muestran otra realidad. Sobre esto opinan el escritor chileno Gonzalo Contreras y el crítico peruano Julio Ortega.

No era el joven Kafka

No conocía las cartas del padre a José Donoso y la verdad sorprenden. Sus cercanos tenían una imagen del doctor Donoso como un personaje severo, de poco vuelo y estrechos intereses, lo que las cartas, a mi modo de ver, desmienten en buena parte. Recuerdo haberle escuchado en una ocasión que su padre, su tono lo decía, "era (sólo) un médico... y por lo menos no fue un comerciante, como el padre de Kafka". Con ese desdén tan típico de Donoso, quería apuntar al grado inferior en que se situaban para él, las profesiones liberales clásicas y burguesas como las de abogado, ingeniero, o médico, respecto de un creador. Sólo lo salvaba al padre, el no haber sido un mercader. Hay que decir que su hermano Gonzalo, médico también, era a la vez un excéntrico genuino, un espíritu independiente como pocos, al cual el mismo Pepe admiraba sin reservas. En el corto documental, "Pepe Donoso" del cineasta Carlos Flores, hay la escena de un diálogo entre padre e hijo que es ilustrativo del tema. José Donoso, arrellanado en un sillón, con un calculado sarcasmo le recrimina al doctor el haberse opuesto, o la poca fe que habría tenido éste respecto de su vocación literaria. El doctor Donoso se defiende con un "noo... Pepe, eso nunca", y el público presente en aquel estreno, soltó una carcajada. Nadie dio crédito al pobre doctor de sus buenas intenciones acerca de su hijo, o que al menos, la cosa no fuera tan así. Porque por las escasas ocasiones en que lo mencionó, uno debía concluir que el doctor carecía de toda mundanidad y sensibilidad por las artes (defectos para Pepe inexcusables) y que parecía ser él, con su pesado espíritu, quien habría cortado las alas y el vuelo poético a su propia esposa, la madre y portadora del gen creativo en la familia. Sin embargo, creo yo, las cartas nos muestran un ser muy distinto a aquel mistificado por José Donoso; nos revelan a un hombre profundo y reflexivo, culto, intelectualmente refinado, amante de su familia y atento observador de todos sus hijos y sus peculiaridades. Pese a las mistificaciones del autor de El obsceno pájaro de la noche , explicables o más bien indispensables en la imagen formativa de un escritor, nadie de los que lo rodeaban podía dejar de sentir que Pepe Donoso había tenido una infancia feliz. Eso explica también la evocación entrañable y recurrente de la casa de calle Holanda, o de su nana Teresa Vergara. No sabremos nunca los verdaderos sentimientos del doctor José Donoso hacia su hijo, pero intuimos que no participa muy activamente o no ocupa un lugar destacado en la galería de fantasmas esperpénticos del autor, y desde luego, no es ni por lejos, el padre de Kafka.

Donoso y la mirada chilena

Como casi todo lo que tiene que ver con la figura de José Donoso, las cartas del padre, que ha dado a conocer Cecilia García-Huidobro, conciernen, precisamente, al ver y figurar la perturbadora, zozobrante, y posiblemente insondable persona de un escritor a quien, cada uno a su turno, creyó conocer para después descubrir, casi con horror, que conocía sólo a medias.

Patriarca doméstico, que hace de la carta la ordenanza gentil de sus dominios, el padre le dedica al hijo una mirada afable pero cautelosa. Cada frase de aliento es también de vigilancia. A veces sugiere más por lo que al decir calla o presupone. Preocupado por su economía, por su salud y por su integridad moral, predice con clarividencia los grandes dilemas del futuro escritor. En efecto, Pepe Donoso vivirá como un heredero que pasa por un momento de dificultad, sólo que ese momento duró cuarenta años. Su salud será una larga resignación a la enfermedad, real e imaginaria. Y su integridad, hecha en la agonía chilena de la clase social, sufrió de lo que Stendhal llamó "accidentes del amor propio". Al final, sus seres queridos y sus muchos amigos no parecen haber conocido a la misma persona.

Como su hija Pilar, maravillosamente buscándose a sí misma en los Diarios de un escritor al que no acaba de conocer, el propio padre se resigna a convertirse en personaje suyo. Le escribe: "esta nueva vida de santiaguero es tan desprovista de relieve que llega a asustar por su monotonía". La mirada del hijo parece dictar esa sanción de la vida literal, que el novelista perturbará con sus monstruos, delirios y sospechas.

Estas cartas sugieren que es en la mirada mutua, en lo que sabemos y no sabemos del otro, donde se decide el teatro de esa máscara (personas y personajes) que domina la comedia herida de la vida chilena en la obra de Donoso. La mirada del padre presupone la del hijo; tanto como el hijo, en uno de sus textos, espiará a su propia madre siguiéndola embozado a lo largo de la Rambla de Barcelona. El padre, se diría, le cede al hijo esa mirada acuciosa y desamparada.

Gracias a estas cartas, no sin ironía donosiana, lo conocemos menos, y lo admiramos más.

 
Articulo : http://diario.elmercurio.com  26/06/2011

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