samedi 18 juin 2011

Gonzalo ROBLEDO/ Teru MIYAMOTO: "La literatura japonesa contemporánea es infantil"

ENTREVISTA a Teru MIYAMOTO
"La literatura japonesa contemporánea es infantil"
Por Gonzalo ROBLEDO

Con más de 80 libros, es uno de los autores más admirados en Japón. Kinshu. Tapiz de otoño es su presentación en España. Desde su casa en Osaka, habla de su trayectoria, del libro electrónico y de las artes

Teru Miyamoto tiene ochenta libros de narraciones publicados en japonés y como cada uno le toma un promedio de tres años escribe varios a la vez. Imagina las tramas sobre la marcha. Le basta encontrar un eje central que lo incentive y sus personajes empiezan a moverse sobre la página.

"No preparo una estructura, no soy ese tipo de escritor", asegura este hombre menudo, afable, de voz pausada y enemigo declarado de la retórica, las metáforas y todo tipo de exceso literario.

En 1978, a los 31 años, consiguió el más codiciado reconocimiento literario de los escritores japoneses, el Premio Akutagawa, y pese a una vida de frecuentes convalecencias a causa de tuberculosis y ataques de ansiedad no ha parado de trabajar. Ahora se edita una obra suya por primera vez al español: Kinshu. Tapiz de otoño (Alfabia), que podría ser catalogada por el lector extranjero de "muy japonesa".

Encontramos a Miyamoto (Kobe, 1947) en su casa situada en el sector más elegante de Shin Itami, en las afueras de Osaka, donde entre sorbo y sorbo de té verde nos cuenta que escribe todos los días de dos a seis de la tarde, bebe sake, investiga sus libros por la noche y dos veces por semana practica el golf. Adora ese deporte pues en él encontró un ídolo español que le sirvió de motivación para su trabajo.

"Después de ver el swing de Seve Ballesteros aprendí que todo es posible si se hace con pasión".

Explica cómo un día, mientras intentaba imitar el famoso giro de Ballesteros mirando una fotografía, arqueó con tal fuerza el torso que se lesionó una costilla. Su médico no pudo evitar la risa.

Sus historias suceden en ambientes cotidianos y están pobladas por elencos reducidos. Describe tragedias personales con la concisión de alguien acostumbrado a indagar en episodios familiares. Como narrador ejerce la compasión y tiene una visión positiva pero distanciada de la existencia originada en una especie de humanismo budista que en vez de explicar lo deja todo al karma.

Está presente en Internet, con una sobria página web que le administra un ayudante con corbata, quien se encarga además de su agenda diaria. No tiene dirección de correo electrónico, sufre de alergia a los teclados y escribe con una pluma de tinta negra. "Estoy preparado para el libro electrónico", queriendo decir que no se opone a que sus textos sean convertidos al formato digital. Respecto a la incorporación de elementos audiovisuales en las novelas electrónicas su objeción es previsible, pues prefiere "que cada novela despierte imágenes diferentes en cada lector".

Para los traductores de Miyamoto, el principal reto es encontrar el tono y el ritmo de una narrativa afinada, libre de estridencias y sin ninguna concesión a las tendencias de moda.

El hecho de tener más seguidores dentro que fuera de Japón es atribuido por algunos críticos a que su obra carece de las rarezas con las que espanta el tedio de sus personajes Banana Yoshimoto o a que no se deja embelesar como Haruki Murakami por los iconos de la cultura popular americana.

Confiesa que solo leyó las primeras obras de Murakami. "La literatura escrita por mis contemporáneos japoneses es infantil". Se decanta por los clásicos y los libros de historia, con el ocasional libro extranjero recomendado por sus amigos.

De la literatura en lengua española cita a Gabriel García Márquez y a Mario Vargas Llosa, y lamenta la escasez de traducciones al japonés de obras de autores españoles. A Antonio Muñoz Molina lo leyó gracias a las traducciones que hizo un amigo suyo profesor de literatura.

"El invierno de Lisboa se me quedó en el corazón", afirma.

Aunque solo habla japonés tiene una peculiar opinión sobre lo que llama "la lógica de cada idioma".

Para explicarla traza una línea recta entre un imaginario punto A y otro B: "Los norteamericanos llegan a un concepto así (directamente)". A continuación, su dedo describe un amplio semicírculo para ilustrar el parsimonioso circunloquio de los japoneses y después dibuja un rápido zigzag para describir los inesperados cambios de rumbo que encuentra en la forma de comunicar del idioma español.

Kinshu. Tapiz de otoño, su primera novela en español, podría ser vista como muy japonesa porque está centrada en una escena de doble suicidio y sus protagonistas incurren a menudo en ese silencio telepático característico de las relaciones sociales en un país donde quedarse callado es signo de muy buena educación.

La obra, escrita hace treinta años, marca un punto de inflexión en el historial clínico de Miyamoto, pues su inspiración surgía mientras descubría su tuberculosis y su desarrollo fue una forma de paliar agudos ataques de ansiedad.

Era otoño y en un viaje al monte Zaô, en la provincia noreste de Yamagata, empezó a sentir una extraña fatiga cuando miraba un espectacular cielo estrellado. El cansancio resultó ser el inicio de la tuberculosis que lo obligó a ingresarse. Cuando sus compañeros de hospital empezaron a morir, Miyamoto reflexionó sobre la vida y la muerte, y el cielo estrellado de Zaô lo remitió al insignificante tamaño del ser humano en el universo. Al mismo tiempo consultaba a un psiquiatra para tratar su ansiedad.

"El médico me dijo que los ataques de ansiedad eran típicos de genios como Mozart, Einstein y Goethe. Lo decía para animarme, pero me alegré y me puse a escribir".

Empezó a escuchar a Mozart y a urdir la trama de un hombre y una mujer que se encuentran fugazmente y por casualidad en el monte Zaô diez años después de su divorcio, ocurrido cuando el marido es hallado moribundo en la habitación de un hotel junto al cadáver de su amante.

Aki, la esposa abandonada, casada de nuevo y madre ahora de un niño discapacitado, siente que tiene muchas cosas que decir, y más con una intención catártica que con el ánimo de entablar un diálogo envía una larga misiva a su exmarido.

El intercambio de cartas permite al lector conocer al mismo tiempo que los protagonistas secretos inusitados y participar del desarrollo paulatino de una nueva relación que termina con la última página y decide el rumbo de la vida de ambos.

Miyamoto se muestra sorprendido y casi contrariado de que el suicidio haya estigmatizado la imagen literaria de un archipiélago famoso por el haraquiri, los pilotos kamikaze y, más recientemente, los suicidios colectivos pactados por Internet. Enfatiza que "el doble suicidio en el que se ve implicado el protagonista masculino de Kinshu se debe a una licencia dramática".

"Necesitaba que (Yasuaki) entendiera lo que es debatirse entre la vida y la muerte. Inventé el personaje de la amante que lo intenta matar con ese fin".

Señala que de sus ochenta libros publicados solo dos tienen temas de suicidio.

"Personalmente, estoy en contra del suicidio. Debido a mi físico débil y a mis enfermedades, valoro mucho la vida".

Para evitar una larga disquisición religiosa sobre el karma le preguntamos qué quisiera ser si tuviera esa segunda oportunidad que ofrece el budismo a sus creyentes y responde risueño y sin titubear: "Todo menos novelista. El otro día, para una foto, tuve que poner sobre una mesa mis ochenta libros, y solo con ordenarlos quedé sudando".

Ya en serio explica que "la imposibilidad humana de expresarse con palabras ha dado lugar a artes como la pintura, la música o el ballet. Solo los novelistas estamos condenados a explicar cosas que no se pueden expresar con palabras".

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CRÍTICA: LIBROS
Una belleza conmovedora
Por José María GUELBENZU

Un hombre, Yasuaki, es encontrado en la habitación de un hotel junto a su amante. Se trata de un doble suicidio, pero el hombre sobrevive. La amante, una geisha, es una antigua compañera de estudios. La esposa de Yasuaki, Aki, se divorcia de él tras el terrible incidente, también presionada por su padre, que tenía en gran aprecio a Yasuaki y pensaba hacer de él su sucesor al frente de la empresa familiar, pero la situación anula toda proyección de futuro. "Por utilizar un término ecuestre -dice su padre a Aki para representar la situación- el caballo se ha partido las patas delanteras".

Diez años más tarde, Aki está casada de nuevo con un hombre convencional en un matrimonio convencional y un día, llevando a su hijo Kiyotaka, discapacitado, a visitar el monte Zaô con la intención de enseñarle las estrellas desde la cumbre, pues las estrellas constituían la fascinación del niño, se cruza a la distancia con su exmarido. De esa visión fugaz surge el impulso de escribirle y el impulso se continúa en una correspondencia entre ambos.

El planteamiento de Miyamoto es muy original. No se trata de un intercambio de sentimientos al uso tras el cual los separados, después de diversos avatares, se reencuentran. Al contrario: lo que el autor muestra a través de esta correspondencia iniciada por la curiosidad e incitada por el deseo de saber quién es cada uno en relación con lo que fueron es un ejercicio de sinceridad acerca del dolor que dos personas se causaron en un momento dado de su existencia y del sentido de aquel dolor muchos años más tarde, cuando la herida está cerrada, pero la memoria se niega a desaparecer.

El tono de la correspondencia está teñido de una cierta tristeza, pero su singularidad reside en el cariño y la delicadeza con que tratan de reconocerse, cada uno a sí mismo y también al otro. Hay una indagación en el pasado, en el sentido de la culpa y de la expiación, en la sucesión de cartas bajo la cual asoma, muy tímida, la alegría de reconocerse como seres humanos y no como enemigos. La importancia de la correspondencia está en que toda posible esperanza, no de reunión sino de salvación de cada uno de los dos, está en el hecho de que el presente les permite reconocerse como seres capaces y conscientes; de que es desde el presente, lo que son ahora, desde donde cabe redimir los errores cometidos y los malentendidos irresueltos; ninguno de los dos busca un reencuentro (o, mejor dicho: ambos saben que no será posible) pues lo que ambos buscan sin saberlo es una serenidad que sólo gracias a y desde su correspondencia será capaz de aflorar y devolverles la propia estima y la conciencia de su realidad actual. Exactamente ahí es donde reside la notable originalidad del planteamiento de Miyamoto.

De esta manera, lo que se desarrolla ante los ojos admirados del lector es una lección en profundidad del valor de la autoestima recuperada. Todo ello guiado por una escritura leve y agridulce, lúcida y dura también, que poco a poco va estableciendo un puente de afecto que devuelve con admirable dignidad a su lugar la imagen de cada uno, tanto respecto a sí mismo como al otro. La delicadeza se une a la lucidez a través del deseo de entender que abre la memoria de los dos antiguos enamorados hasta que, no el amor, pero sí la esencia de aquel amor se abre paso entre ellos para revelar la verdad que dio vida a un amor perdido, pero no olvidado.

Lo que ambos recuperan finalmente es su propia lucidez ante su vida presente y su futuro. Saben que no volverán a verse, del mismo modo que no se han visto durante el cambio de cartas, porque la vida de cada uno tiene un rumbo distinto; su experiencia es una experiencia espiritual de introspección, autoanálisis y deseo de comprender para saldar cuentas con el pasado; pero el modo en que logran alcanzar esa lucidez es el tema y el estilo del libro, de una belleza conmovedora y una intensidad pocas veces lograda con tanta emoción como en esta hermosa historia de amores contrariados; una historia breve, decantada y precisa que alcanza con igual precisión el corazón y la cabeza del lector.

Kinshu. Tapiz de otoño
Teru Miyamoto
Traducción de María Dolores Ábalos
Alfabia. Barcelona, 2011
240 páginas. 21,50 euros

Articulo : http://www.elpais.com  18/06/2011

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