dimanche 12 juin 2011

James EDWARDS/Entrevista a Philip ROTH

Entrevista Narrador norteamericano
Philip Roth: "Correr al lado de los mejores me exigía lo mejor"
Por Javier Edwards R.
 
Acaba de obtener el prestigioso Premio Man Booker y su más reciente novela, Némesis , ocupa un lugar privilegiado en las vitrinas. Aquí, el reconocido, admirado y también debatido escritor norteamericano habla en extenso acerca de su obra, de sus lecturas, de sus compromisos y temores.

Llego a su departamento en Manhattan, el Upper West Side, a sólo una cuadra de Central Park, y lo encuentro en el lobby del edificio recogiendo su correspondencia. "¿Me busca a mí?", pregunta con amabilidad. Subimos en el ascensor y llegamos a un departamento amplio, cómodo y sencillo, claramente un lugar de paso, de trabajo. Hace años que Philip Roth (1933) vive en el campo, en Connecticut, al norte de Nueva York, en una casa donde encuentra el silencio y la soledad que necesita para escribir. Iniciamos la sesión con las fotografías de rigor y, mientras el fotógrafo hace lo suyo, comienzo a tantear terreno, con el respeto generado por otras crónicas que lo describen mañoso, arbitrario, impredecible. En cambio, me encuentro con un hombre cuya presencia, cuya palabra, cuyo gesto, revelan inteligencia, profundidad y una modestia auténtica, consciente de ser quien es y de lo que ha escrito . Un ambiente confortable envuelve esta conversación con uno de los grandes de la literatura contemporánea norteamericana.

-Después de haber escrito casi 30 novelas, ¿qué puede decir acerca del acto de escribir?
-31 libros en realidad (precisa). Bueno, siempre ha sido una dificultad para mí. Al menos en lo que respecta a las novelas, uno escribe un libro cada cuatro años o más, con muchos falsos comienzos y en el camino sobrevienen los bloqueos. Una vez que me instalo frente a la máquina de escribir, tengo que llenar, al menos, una página al día. Si lo logro, para mí el trabajo de ese día está cumplido y si, en lugar de una son cuatro, es maravilloso. Si no escribo nada, me siento miserable y eso, a veces, puede durar una semana o dos, quizás más.

-¿Es doloroso enfrentar la página en blanco?
-Sin duda, comenzar un nuevo libro es el momento más doloroso. Nunca tengo una idea acabada hasta que llego al final; al escribir voy construyendo mi camino de conocimiento hasta el centro mismo de la historia. Escribir siempre representa una dificultad para mí.

-¿No es más fácil cuando ya hay un oficio?
-No, no es más fácil; tampoco es más difícil. Y ello es porque cada vez que uno comienza es un libro nuevo; he podido escribir 30 novelas antes, pero no ésta en particular. Me enfrento a los mismos descubrimientos que tuve que realizar en oportunidades anteriores: iniciar el viaje otra vez, un viaje distinto en el que no se sabe qué se encontrará al final o si se encontrará algo.

-¿Cuáles diría que son las principales fuentes de su imaginación literaria?
-Yo creo que los lugares han sido especialmente importantes para mí. Ya sea el lugar del cual provengo, Newark, que en realidad vine a descubrir como tal a fines de los años 80, o Londres, donde viví varios años, o Jerusalén o Palestina; todos han sido sumamente estimulantes al momento de escribir. Pienso en Praga en los tiempos de la invasión rusa, el Oriente Medio con sus conflictos; en todos hay algo explosivo, los lugares y la gente están en peligro, esa circunstancia me ayuda en el proceso de escribir, genera la tensión, me da el elemento dramático que necesita todo buen relato.

-¿Cuál de todos los elementos de conflicto es el más importante: el peligro, la tensión política o social?
-El peligro suele ser, como en Praga, en Jerusalén, un peligro político y la gente debe enfrentarlo deliberadamente; pero también existen otros peligros o amenazas, como la polio, en Némesis . En el marco de esas situaciones límite, mis personajes son estrujados y, a través de ello, uno ve cuál es su comportamiento, como reaccionan en condiciones extremas.

-De toda la galería de personajes en peligro que ha creado, ¿cuáles son los que le resultan más entrañables: Portnoy, sus alter-egos, Bucky Cantor?
-Bueno, poco recuerdo ya a Portnoy (se ríe aludiendo a que la novela es de 1969). Fuera de bromas, Portnoy es un personaje interesante, vive en una situación farsesca, en la que su rebelión contra los estándares morales impuestos por la generación anterior se manifiesta a través de la decisión de vivir en un estado permanente de autocomplacencia. Pero, aun así, está en una situación límite, en una de tipo cómico. Hay otro personaje que me gusta mucho, el protagonista de El Teatro de Sabbath (1995), que enfrenta una situación extrema: ha perdido a su mujer, también a un hermano que muere en la guerra; ha perdido la esperanza y quiere morir, pero todo se da en un escenario de comedia, es una situación negra, llena de trampas y doble significado. En La Humillación (2009), el actor que descubre que ha perdido su magia, la habilidad de interpretar sus papeles, también vive su situación límite.

-A propósito de Simon Axler en "La Humillación", ¿ha sentido algo similar?
-Sí, por supuesto, muchas veces. No lo he sentido por largos períodos, afortunadamente, pero he vivido la sensación de creer que no puedo seguir escribiendo, que ya lo he hecho demasiado. Pero estas son dudas, miedos, que experimenta todo escritor.

 
El lector tras el escritor

-Usted declaró que no ha leído nueva ficción durante los últimos 20 años.
-Bueno, leí la ficción escrita por mis contemporáneos, también los clásicos, y siempre leí, y lo sigo haciendo, los libros de DeLillo, Doctorow, Updike, Joyce Carol Oates. Nunca me ha tentado leer los libros de los escritores más jóvenes, quizás porque me sentí tan vinculado a los escritores de mi propia generación. También, he vuelto a leer a autores que leí a los 20 ó 30 años: Conrad, Faulkner, Hemingway y varios más que olvido en este momento.

-¿Y cuál es la impresión que le dejan esas relecturas?
-Que todos ellos son fantásticos (se ríe con una gran carcajada), ellos siguen siendo buenos, no me han desilusionado para nada, quizás son incluso mejores que lo que yo creí en un principio. Ultimamente, estoy leyendo mucha historia y estoy disfrutando esos textos.

-Y ya que menciona la historia, ¿cree que su obra representa un buen retrato de la sociedad norteamericana?
-Bueno (suspira), he hecho lo mejor que he podido. Pero uno está limitado por distintos factores, no sólo el talento si no también por el conocimiento. En los años 90 comencé a escribir una serie de novelas, comenzando con Pastoral Americana (1997), Me casé con un comunista (1998), La mancha humana (2000), en las que quise que la historia se filtrara dentro del libro y quería que la personas respondieran a las circunstancias de la historia, desde sus vidas privadas. Todo quizás se entronca con esa novela más antigua, La gran novela americana (1973). La verdad es que hubo un momento en mi vida, cuando regresé a los Estados Unidos en 1988, luego de vivir por un largo tiempo en Londres, en que me sentí desvinculado de todo lo que me rodeaba y tuve la necesidad de lanzarme a recuperar aquello que estaba en mis raíces americanas, como individuo y ciudadano: la guerra de Vietnam, el anticomunismo per se, Corea. Y hacerlo implicó un placer enorme.

-¿Cuál es su mirada sobre las diversas fases de su obra literaria?
-Pienso que en el principio yo no sabía lo que estaba haciendo. A los 20, a los 30 años, difícilmente uno cuenta con todas sus herramientas, ni siquiera sabe con claridad cuáles son y uno intenta descubrir: cómo son mis libros, qué deben ser, cómo deben verse, sobre qué deben tratar. Uno es un aprendiz. Y después, distintos intereses van surgiendo al paso y uno va haciéndose cargo de ellos, ya sea el sexo o la familia o la paranoia.

-¿Es el enojo, la rabia, uno de esos intereses o temas?
-He escrito acerca de la rabia, sí, pero no soy un escritor rabioso o enojado. Cuando Portnoy está enojado o, mejor, payaseando con el enojo, yo estoy feliz como escritor. Cuando mis personajes se revelan enojados, yo los dejo, los observo y me siento encantado con esa manifestación. Yo no estoy motivado, al menos eso creo, por algo tan primario como la rabia, la envidia o el orgullo; no se trata de que esté libre de esas emociones, pero no son mi móvil primero, ellas son herramientas para escribir y decir. Y es que, de una manera u otra, esta emoción o sentimiento está presente en la literatura entera, desde la Ilíada en adelante. El enfrentamiento y el conflicto son el gran motor de la historia.

-¿Hay algo de orgullo en su origen judío-americano, en las raíces, en el proceso de inmigración de sus antepasados en los Estados Unidos?
-Yo no siento orgullo como la figura proveniente de ese proceso; lo veo más bien como una fuente de conocimiento, sé cómo todo ello fue sentido y lo que significó para la familia y la comunidad que me ha rodeado. Es decir, yo he tenido curiosidad sobre la historia de esas personas y creo entender cómo piensan. Es la historia de mi gente pero, para ponerlo de otro modo, es la historia de mi propia región, porque resulta que la gente del lugar de donde yo vengo eran inmigrantes judíos. Sobre ellos he escrito porque es la gente que conozco.

-¿Y qué puede decir acerca de la represión sexual y la reacción frente a ella que viven sus personajes?
-Mi primera experiencia universitaria fue en un college cristiano, donde la represión sexual era total, no era sólo un tema judío. Eran los años 50 y quizás no me habría dado cuenta de ello, de eso que había experimentado inconscientemente, si los años 60 no hubiesen arrojado su luz de denuncia y liberación. Entonces escribí acerca de esa represión porque fue parte de mis experiencias, porque me di cuenta y me dije "mi Dios, pero en qué condiciones estábamos viviendo".

-¿Cuál es su opinión sobre Styron, Updike, Malamud y Bellow?
-Bueno, todos ellos son figuras mayores de la literatura norteamericana. Fueron mis amigos, en un grado u otro, casi no puedo creer que hoy estén muertos, compañeros de toda una vida. La gran cosa que ocurrió en Norteamérica, después de la Segunda Guerra Mundial, es la irreductible diferencia e identidad entre todos los escritores relevantes. No hubo escuela o tendencia, canon, no había una forma de escribir. Todos eran originales y, por tanto, cuando mencionas esos cuatro nombres no hay forma de conectarlos o de unificarlos bajo un concepto literario. Cada uno de ellos supo administrar el talento en el que fueron maestros. Todos escribieron obras monumentales. Styron, Las Confesiones de Nat Turner ; Bellow, muchos grandes libros, pero quizás el que más, Herzog ; John Updike escribió una enormidad, entre sus mejores Conejo es Rico y Conejo en Paz ; y Malamud publicó su mejor libro al principio, El Dependiente . Todos grandes y si uno piensa en la literatura como en una carrera de caballos, correr al lado de ellos fue un gran premio, un honor; era correr al lado de los mejores y eso exigía de mí, también, lo mejor. Tener como contemporáneos a un grupo tan talentoso de escritores, es lo mejor que me pudo pasar. Y hay también que mencionar a Doctorow y Joyce Carol Oates, todos de primer nivel.

-¿Y no genera temor estar rodeado de tanto talento?
-¡No! Por supuesto a veces uno los lee y piensa, ¡ouch!, qué bien escrito, porque no lo escribí yo, pero, definitivamente, más vale estar rodeado por un grupo de talentosos que lo contrario. Eso te ayuda a ser más fuerte, te obliga a ser mejor.

-¿Piensa que sus últimas novelas son similares en términos de calidad?
-Creo que hay algunas que son mejores que las otras, pero son similares en cuanto a su interés por los cataclismos. Hay una catástrofe ocurriendo en cada una, a distintos niveles: la guerra, la peste, perder los talentos.

-¿Hay algo en esta sensación de catástrofe que pueda relacionarse con los ataques terroristas del 11-S?
-Es una interesante idea, pero no, no creo que exista esa conexión.

El tiempo se ha pasado volando. Philip Roth tiene otros compromisos, trámites que realizar en este día en Manhattan, lugar al que viene de tanto en tanto y del que huye cuando quiere escribir, refugiándose en su casa de Connecticut. Antes de despedirnos, le pregunto cuál será su próxima novela. "No sé; la que tenga que ser".

 
Articulo : http://diario.elmercurio.com  05/06/2011

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