lundi 27 juin 2011

Joaquín ESTEFANÍA/ Una olla a presión sin válvula de seguridad

CRÍTICA: EL LIBRO DE LA SEMANA Carmen M. Reinhard y Kenneth S. Rogoff
Una olla a presión sin válvula de seguridad
Por Joaquín ESTEFANÍA

Históricamente, las similitudes con experiencias pasadas suelen ser grandes. Políticos y economistas practican la creencia de que una crisis financiera es algo que siempre les sucede a otros, en otros países, en otras épocas. Hasta que llega el desastre

La historia económica es una de las ciencias sociales que más ha avanzado. A través de la evidencia empírica que proporciona (datos, series largas, interpretaciones fundadas...) es posible arriesgar, con mayores seguridades, qué puede suceder en el futuro, sin falsos determinismos. Ello sirve también para estudiar la honda crisis económica que el mundo padece en los últimos cuatro años y, que se mida como se mida, por su potencial destructor, por su alcance, por sus profundos efectos, es la más grave desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado. Unos la han denominado la Gran Recesión y otros (como los autores de este libro) la han calificado como la Segunda Gran Contracción que ha padecido el capitalismo en sus años de existencia.

Carmen M. Reinhard y Kenneth Rogoff son dos de los mejores economistas que hay en la actualidad. Vinculados en el pasado al Fondo Monetario Internacional (FMI), hoy dedican la mayor parte de su actividad a dar clase en algunas de las mejores universidades norteamericanas y a escribir textos seminales como Esta vez es distinto. Ocho años de necedad financiera, que ahora se publica en castellano después de dos años de su aparición en inglés, y que ha devenido en uno de los libros centrales para la explicación y el análisis de la crisis económica. En esta diferencia de dos años entre su edición inglesa y la castellana está una de las principales debilidades del libro: aunque dedica muchas de sus páginas a estudiar genéricamente las muchas crisis de la deuda soberana que en el mundo han sido, los impagos de diversos países y las consecuencias que se derivaron de los sucesivos default de las naciones que dejaron de amortizar lo que debían (la campeona en la lista de suspensiones de pagos es Venezuela, que desde su fundación en 1830 ha sufrido 10 episodios de impagos de sus créditos), no ha podido abordar en concreto lo que en los últimos 14 meses está bullendo en la Europa del euro con su deuda soberana, con tres países -por ahora- que han debido ser intervenidos: Grecia, Irlanda y Portugal. Por cierto, en esta coyuntura en la que se especula sobre la posibilidad de que quiebre el país heleno, hay que recordar que no sería la primera vez: desde 1800 y hasta varios años después de la II Guerra Mundial, Grecia incumplió sus préstamos prácticamente de forma continua.

La teoría económica explica que es la naturaleza volátil de la confianza, incluida su dependencia de las expectativas de la gente sobre acontecimientos futuros, lo que hace tan difícil predecir el momento de una crisis de deuda; los economistas no tienen una idea clara sobre qué clase de sucesos afectan a la confianza ni cómo evaluar en términos concretos cuán vulnerable puede ser la misma. Lo que se percibe a lo largo de la historia de las crisis es que siempre que un accidente está esperando manifestarse, al final así sucede; que cuando un país incurre en un endeudamiento (público o privado, o ambas circunstancias), termina metido en problemas; que cuando una multiplicación del precio de sus activos, incentivada por la deuda, parece demasiado buena para ser real, es porque seguramente es así.

En este contexto, Rogoff y Reinhard plantean la principal tesis del libro, la que le da el título: el síndrome de "esta vez es distinto". Hemos estado aquí antes. Hay poco nuevo. Históricamente las similitudes con experiencias pasadas suelen ser muy grandes. Las llamadas a invertir y a especular, tan comunes y al tiempo tan costosas, en medio del boom que precede a una crisis financiera en cualquiera de sus modalidades (bancarias, deuda exterior, deuda interior) se deriva de la percepción de que "esta vez es distinto". La idea de que las viejas reglas financieras han caído en desuso casi siempre es seguida al pie de la letra. Los analistas financieros y, sobre todo, los dirigentes de los Gobiernos explican que las cosas se están haciendo mejor que antes, que han aprendido de los errores del pasado. Una y otra vez la sociedad se convence de modo artificial de que la bonanza que se vive en un momento determinado, a diferencia de las que precedieron, está construida sobre bases firmes, reformas estructurales, innovación tecnológica y buenas políticas. ¿Les suena?

Así surge el síndrome de "esta vez es distinto": la firme creencia (y nunca mejor lo de creencia) en que cierta combinación de factores deja sin efecto las antiguas leyes de la inversión. Lo esencial de este síndrome se basa en la falsa ideología de que una crisis financiera es algo que les sucede a otros, en otros países, en otras épocas, que aquí no puede ocurrir, que las dificultades no nos llegarán a nosotros aquí y ahora. Estamos haciendo bien las cosas, somos más inteligentes..., hasta que llega un batacazo que multiplica sus espasmos por la presencia del marco de referencia de nuestra época: la globalización.

Hay dos maneras complementarias de entender el "esta vez es distinto"; la primera, la que le dan Rogoff y Reinhard, que ironizan sobre quienes se desentienden de la historia y en una especie de voluntarismo adanista creen que lo que sucede ahora es nuevo y no se ha repetido mil veces más; la segunda, la de quienes interpretan que en esta ocasión es diferente porque es mucho más grave y profundo que en las sucesivas crisis cíclicas menores de las últimas décadas, y que se une a los acontecimientos de la década de los treinta del siglo XX, que terminaron en una guerra mundial.

Que el libro no haya llegado a abordar los problemas del euro relacionados con la deuda soberana de algunos países europeos no significa que no estén presentes, aunque sea de modo premonitorio. Más bien, lo que se describe permitiría deducir lo que iba a ocurrir un poco después, y la enorme capacidad de contagio que tienen las dificultades relacionadas con problemas bancarios o de deuda. Hay dos tipos de contagio: el que califican como "derrame a fuego lento", y la combustión acelerada que produce una transmisión inmediata a través de las fronteras y cuyos efectos son rápidos y violentos. Apoyándose en otros estudios, los autores -que pertenecen a la corriente principal de los economistas del planeta, más conservadores que progresistas- llaman contagio al episodio que tiene efectos considerables e inmediatos en varios países, es decir cuando las consecuencias son "rápidas y violentas" y se despliegan en cuestión de horas o días. La reacción "rápida y violenta" contrasta con aquellos casos en los que las primeras reacciones a escala mundial son más bien tímidas. El desarrollo gradual y prolongado de este tipo de reacciones no está exento de crear un efecto acumulado de graves implicaciones económicas. Llaman "derrame" a estos episodios graduales. La actual exposición de diversos países europeos al aumento de la prima de riesgo y la posibilidad de problemas en cadena que pudieran dar al traste con la experiencia del euro, y que son de gran actualidad ¿a qué tipo de contagio pertenecen? Por cierto que Reinhard y Rogoff incorporan también un concepto del que los ciudadanos griegos hablan mucho estos días: la teoría de "la deuda odiosa": si un prestamista da dinero a un Gobierno que a todas luces es cleptomaniaco y corrupto, los siguientes Gobiernos de ese país no tendrían por qué estar obligados a saldar las deudas, ya que la responsabilidad se encuentra tanto en el prestatario como en el prestamista.

Esta vez es distinto termina con una reflexión sobre lo que se ha aprendido en ocho siglos de necedad financiera y lo que falta para mejorar el contexto en que se actúa hoy: no existe, por ejemplo, un marco legal supranacional que obligue al cumplimiento de los contratos de deuda a través de las fronteras; se precisa un sistema de indicadores de alerta temprana para cuando llegan las dificultades (aunque cuando existe ese sistema, como en el caso de la actual crisis financiera -apalancamiento elevado, déficit de las balanzas por cuenta corriente, inflación del precio de los activos, desaceleración del crecimiento económico- casi nadie le hizo caso); o la creación de una nueva institución financiera independiente que ayude a desarrollar y hacer valer las regulaciones a escala mundial.

Este es un libro de economistas y en ello reside su fortaleza y su debilidad. El trabajo histórico y estadístico es impecable y complementa las intuiciones que antes que Reinhard y Rogoff tuvieron otros científicos sociales sobre la secuencia de las crisis sistémicas. Pero al mismo tiempo, los autores no se salen un ápice de lo que dominan y es clamorosa la ausencia de los análisis políticos y sociales imprescindibles, tan importantes como los estrictamente técnicos, para dilucidar qué va a suceder. Y ello a pesar del reconocimiento explícito de que esta Segunda Gran Contracción supondrá "un parteaguas en la historia económica del mundo y su desenlace final redefinirá la política y la economía de al menos una generación".

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Primeras paginas de :
«El amigo americano. España y Estados Unidos: de la dictatura a la democracia»
Por Charles POWELL

Capítulo 1
La administración Nixon y España: los inicios
 
Las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y España durante la presidencia de Richard Nixon (1969-1974) estuvieron marcadas tanto por la evolución interna de la vida política española y norteamericana como por diversos acontecimientos de ámbito internacional que habrían de tener importantes consecuencias a medio y largo plazo. En Estados Unidos, el cambio más significativo fue sin duda la crisis que se desató como resultado del estallido del escándalo de Watergate en el verano de 1972 y que provocaría finalmente la dimisión de Nixon dos años más tarde. Este proceso se tradujo en un notable aumento del protagonismo y autonomía de Henry Kissinger, su consejero de Seguridad Nacional desde enero de 1969, que a partir de septiembre de 1973 ostentaría también el cargo de secretario de Estado. Durante estos años, en España se produjeron dos hechos que influyeron decisivamente en la relación bilateral: la proclamación de Don Juan Carlos como sucesor de Franco a título de rey en julio de 1969, momento a partir del cual la administración norteamericana le cultivaría con creciente intensidad y el asesinato en diciembre de 1973 del presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, que fue interpretado en Washington como el principio del fin del régimen.

En el ámbito externo, los acontecimientos que más incidieron sobre la relación bilateral fueron la guerra del Yom Kippur, que enfrentó a Israel con sus vecinos árabes en octubre de 1973; la «Revolución de los Claveles» ocurrida en Portugal en abril de 1974, que puso fin a la dictadura más antigua de Europa occidental; y la guerra que estalló en julio de 1974 entre Grecia y Turquía por el control de Chipre, que provocaría la caída de la Junta militar y el restablecimiento de la democracia en Atenas. A pesar de tratarse de fenómenos muy dispares y sin ninguna relación directa entre sí, los tres fueron importantes a nuestros efectos porque contribuyeron a aumentar significativamente el valor geopolítico de España a ojos norteamericanos.
 
Nixon y Kissinger: un tándem muy especial

Debido en buena medida a las consecuencias del escándalo de Watergate, a menudo se olvida que, cuando ambos llegaron a la Casa Blanca en enero de 1969, Nixon tenía mucha más experiencia práctica de las relaciones internacionales que Kissinger. Durante la Segunda Guerra Mundial, el futuro presidente había servido en la Marina estadounidense y aunque nunca entró en combate, sus diversos destinos le permitieron recorrer buena parte del Pacífico. A su regreso a Estados Unidos, un grupo de republicanos de California, su estado natal, le animó a presentarse a las elecciones para la Cámara de Representantes celebradas en 1946, en las que derrotó a un veterano demócrata, Jerry Voorhis. A Nixon nunca le interesaron mucho las grandes políticas públicas domésticas y siempre le atrajeron más las cuestiones internacionales.

De ahí, por ejemplo, su interés por formar parte del Herter Committee on Foreign Aid, que le envió a Europa en 1947 para estudiar sobre el terreno la implementación del Plan Marshall. Y de ahí también que utilizase su vinculación al House Un-American Activities Committee para acusar a un alto funcionario del Departamento de Estado, Alger Hiss, de espiar para la Unión Soviética, escándalo que le permitió dar el salto a la escena pública nacional. Tras resultar elegido senador por California en 1950, puesto que utilizó para darse a conocer como un anticomunista militante, en 1952 fue elegido vicepresidente, el segundo más joven de la historia norteamericana, gracias sobre todo al tirón electoral de Eisenhower, el gran héroe militar de la Segunda Guerra Mundial, a cuya sombra permanecería durante sus dos mandatos presidenciales. Aunque Nixon nunca tuvo una relación fácil con el presidente, compartían la misma visión del papel de Estados Unidos en el mundo, totalmente opuesta al aislacionismo de sus rivales demócratas, Adlai Stevenson y John Sparkman1.



Nixon fue uno de los vicepresidentes más activos de la historia política estadounidense. En ausencia de Eisenhower, presidía a menudo las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional, práctica que le permitió familiarizarse más a fondo con las grandes cuestiones internacionales.

También utilizó su puesto para viajar por todo el mundo, sobre todo a lugares confl ictivos donde la presencia de un vicepresidente norteamericano podía resultar controvertida. Nada más ocupar su cargo, en 1953 se embarcó en una amplísima gira de setenta días de duración por diecinueve países del Lejano Oriente, entre ellos Corea del Sur, donde hizo entrega de una carta de Eisenhower para su máximo dirigente, Syngman Rheeque, instándole a respetar el alto el fuego alcanzado con Corea del Norte y dar por concluida la guerra. Al parecer, fue durante este viaje cuando Nixon comenzó a sopesar la posibilidad de un acercamiento a China, que finalmente impulsaría en 1971. En 1955 visitó México, Centroamérica y Cuba, donde conoció a Fulgencio Batista, que le causó una excelente impresión, mientras que Rafael Trujillo, presidente de la República Dominicana, le produjo el efecto contrario. Al año siguiente, Nixon efectuó una segunda gira por el Lejano Oriente, centrando su atención en la recién creada república de Vietnam del Sur, donde pudo constatar su enorme dependencia de la ayuda norteamericana.

Aunque al parecer tuvo dudas al respecto, debido sobre todo a su sectarismo y agresividad, Eisenhower pidió a Nixon que le acompañase de nuevo como candidato en las elecciones presidenciales de noviembre de 1956, en las que derrotaron ampliamente a sus rivales demócratas. A pesar de su virulenta retórica antisoviética, Eisenhower y Nixon no hicieron nada en respuesta a la invasión soviética de Hungría ocurrida a fi nales de ese año, aunque el segundo al menos se tomó la molestia de viajar a Austria para conocer de primera mano

las difi cultades experimentadas por los miles de refugiados húngaros que deseaban entrar en el país. La administración republicana tampoco acudió en ayuda de Francia y el Reino Unido durante la crisis del canal de Suez, lo cual difi cultaría las futuras relaciones norteamericanas con el general Charles de Gaulle tras su regreso a la presidencia en 1958.

Nada más iniciar su segundo mandato como vicepresidente, Nixon emprendió una nueva gira, que en esta ocasión le permitió conocer varios países africanos e Italia. Sin embargo, fue sin duda su amplia gira latinoamericana, realizada a principios de 1958 con el pretexto de asistir a la toma de posesión de Arturo Frondizi como presidente de Argentina, la que más le marcaría políticamente. Durante su estancia en Montevideo, Nixon se empeñó en reunirse con un grupo de estudiantes que habían protestado por su presencia en Uruguay, experiencia de la que salió airoso. El vicepresidente quiso repetir su actuación en Lima, donde la agresividad de los estudiantes fue en aumento, dando lugar a encontronazos violentos. En Venezuela, país en el que gobernaba una Junta militar tras la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, que había obtenido asilo en Estados Unidos, la situación se desbordó por completo y los Nixon fueron recibidos a escupitajos por manifestantes inusitadamente hostiles, que a punto estuvieron de hacer volcar su coche. El ambiente que todo ello generó en Estados Unidos fue tal que unas quince mil personas acudieron a recibirles cuando regresaron a Washington en un insólito acto de desagravio colectivo. Aunque Nixon atribuyó estos episodios a elementos comunistas escasamente representativos, no dejó de observar que su fuerza iría en aumento si las oligarquías y juntas militares que gobernaban muchos de los países que había visitado no daban paso a ejecutivos menos corruptos y más eficaces. Al poco tiempo tuvo ocasión de reunirse con Fidel Castro, que acababa de hacerse con el poder en Cuba y a pesar de que su programa económico le pareció lo más ingenuo que había oído hasta entonces en boca de un dirigente político extranjero, Nixon sugirió a Eisenhower que no se le empujara al ostracismo, consejo del que éste hizo caso omiso2.



El viaje de Nixon que más contribuyó a su proyección nacional e internacional fue sin duda su visita a la Unión Soviética en julio de 1956, en el transcurso del cual tuvo un famoso intercambio ante las cámaras de televisión norteamericanas con Nikita Khrushchev, en el que defendió la superioridad del modelo económico capitalista frente al entonces existente en la URSS. Aunque la visita no tenía un objetivo concreto, a Nixon le permitió constatar personalmente la pobreza y relativo subdesarrollo de buena parte del país y a matizar su temor a una posible agresión soviética. Antes de regresar a Washington, el vicepresidente pasó por Varsovia, donde una multitud entusiasta le ofreció un espectacular recibimiento que le conmovió profundamente y que le hizo replantearse algunas de sus ideas preconcebidas sobre la influencia soviética en Europa central y oriental.

Aunque Eisenhower no mostró nunca un gran entusiasmo por su candidatura, Nixon se presentó a las elecciones presidenciales de noviembre de 1960 contra el candidato demócrata John F. Kennedy, que le superó por una diferencia de tan solo 120.000 votos, uno de los resultados más reñidos de la historia electoral norteamericana. La elección fue seguida con gran interés por el régimen de Franco, que temía que un presidente demócrata se mostrarse menos amigable que uno republicano. Al comentar los resultados con su primo y confidente, Francisco Franco Salgado-Araujo, el jefe del Estado le confesó que «hubiese sido mejor que ganase Mr. Nixon. Con los republicanos tenemos muchos más amigos y nos comprenden mejor. El presidente Eisenhower es muy leal a la amistad española y ha resuelto favorablemente todas las dificultades que se han ido presentando. Entre los demócratas hay bastantes enemigos del régimen que aún no se han dado cuenta de los motivos del levantamiento militar, que no ven que nuestro triunfo lo ha sido contra el comunismo internacional y que si hubiéramos sido derrotados Moscú sería dueño de la Península Ibérica y la situación europea sería catastrófica»3.

Tras un breve respiro, en 1962 Nixon se presentó a las elecciones a gobernador de California, siendo derrotado de nuevo, resultado inesperado que se debió en parte al aumento de popularidad de los demócratas registrado en respuesta a la habilidad de Kennedy durante la «crisis de los misiles» y que muchos interpretaron como el fin de su carrera política. Nixon aprovechó su regreso a la actividad privada para realizar un largo viaje por Europa en compañía de su familia en junio de 1963, en el transcurso del cual visitaron Madrid, ciudad desde la que se desplazaron a Segovia, Toledo y el Valle de los Caídos. A pesar de no ocupar puesto oficial alguno y de tratarse de una visita privada, insistió en ser recibido por Franco, que se encontraba en Barcelona, encuentro que Nixon siempre recordaría con agrado. En sus memorias, el futuro presidente reconocería con cierta pesadumbre que durante la guerra civil española había tomado partido por los defensores de la Segunda República, «cuya orientación comunista rara vez se mencionaba en la prensa» y que, lejos de ser el «dictador rígido y desagradable» caricaturizado por los medios de comunicación norteamericanos, se encontró con «un líder sutil y pragmático cuyo interés principal era mantener la estabilidad interna necesaria para el progreso de España»4.

Durante su charla en el Palacio de Pedralbes, Nixon, que había nacido en el seno de una austera familia cuáquera, quiso saber si el régimen estaba dispuesto a facilitar el culto a los protestantes, a lo que Franco respondió que la libertad religiosa era un asunto que dependía del Vaticano y de la Iglesia española, más que de su Gobierno.

Cuando el norteamericano se interesó por la sucesión, cuestión que creía importante que se aclarase pronto para dar garantías de estabilidad a los inversores privados extranjeros, su interlocutor dijo ser plenamente consciente de ello, aunque transmitiera la sensación de no haber tomado todavía decisión alguna al respecto. El interés de Nixon no era puramente académico, ya que por aquel entonces el bufete de abogados neoyorquino para el que trabajaba estaba estudiando una posible inversión de Pepsi Cola en España. A lo largo de la conversación, Franco puso también un gran interés por hacerle ver que España no era un «Estado policial», como con frecuencia se afirmaba en Estados Unidos, sino un país donde existían niveles razonables de libertad de expresión. En una conversación posterior con el joven diplomático de la embajada norteamericana que le acompañó durante su estancia y que se convertiría en uno de los mejores conocedores de España del Departamento de Estado, George W. Landau, Nixon afirmaría que el jefe del Estado español le había parecido un hombre leído, que había reflexionado a fondo sobre las relaciones internacionales y un anticomunista convencido. Sin embargo, para sorpresa de Landau, en este primer encuentro Franco también le dio la sensación de ser «un hombre profundamente atribulado»5.

El asesinato de Kennedy en noviembre de 1963 y la crecientemente desafortunada política hacia Vietnam desarrollada durante la segunda mitad de la década de los sesenta por su vicepresidente y sucesor, Lyndon B. Johnson, convencieron a Nixon y sus seguidores de que no era descabellado soñar con un segundo asalto a la Casa Blanca. El político republicano también supo aprovechar la reacción conservadora que se estaba fraguando en amplios sectores de la sociedad norteamericana en respuesta a los profundos cambios sociales y culturales que estaba experimentando Estados Unidos. Fiel a sus costumbres, durante estos años Nixon siguió viajando incansablemente por Europa, Asia, África, Oriente Medio y América Latina, en un esfuerzo calculado y sostenido por seguir alimentando su bien acreditada reputación como experto en cuestiones internacionales. Algunas de estas visitas sirvieron sobre todo para fomentar su ya considerable escepticismo sobre la posibilidad de que los países del tercer mundo llegaran a gobernarse democráticamente, duda que manifestaría explícitamente en sus memorias en relación con Argentina6.

La campaña electoral que culminó en las elecciones presidenciales del 5 de noviembre de 1968 fue una de las más traumáticas de la historia política norteamericana, pero al menos puso fi n a una etapa de turbulencia inusitada marcada por los asesinatos de Martin Luther King en abril y del candidato Robert F. Kennedy en junio. En España, el apuradísimo triunfo electoral de Nixon, que obtuvo un 43% del voto popular frente al 42% del candidato demócrata, el vicepresidente Hubert Humphrey, fue recibido con gran satisfacción por Franco y su Gobierno. Antes de las elecciones, el almirante Carrero Blanco había manifestado al representante de la petrolera Gulf Oil en Madrid, John P. Fitzpatrick, que deseaba de todo corazón que ganara Nixon, porque sería más fácil entenderse con alguien que parecía comprender bien a España. En su opinión, al distanciarse de las políticas preconizadas por Johnson, sobre todo en relación con Vietnam, Humphrey no solo había sido desleal, sino que además estaba poniendo en peligro la infl uencia estadounidense en la región y su estatus como superpotencia global. Por su parte, al analizar el triunfo de Nixon con Franco Salgado-Araujo, el jefe del Estado le confi ó que «tengo mucha confi anza en él, estoy seguro de que no se dejará dominar por los rusos y no aceptará nunca los hechos consumados, sino que sabrá hacer ver a los políticos comunistas que cualquier decisión unilateral que tomen y que constituya un atentado a la paz no será aceptada por el mundo occidental [...] el nuevo presidente, aun cuando se proponga hacer una política pacifi sta, nunca rechazaría la guerra por falta de decisión personal»7.
 

1. Conrad Black, Richard Milhous Nixon. The invencible quest, Londres, Quercus, 2007, pp. 100-101 y 107-123. El amigo americano.indd 38 10/3/11 13:09:49 Nixon y Kissinger: un tándem muy especial 39

2. Ibíd., pp. 356-363. Richard Nixon, The Memoirs of Richard Nixon, Nueva York, Simon & Schuster, 1978, pp. 185-193. El amigo americano.indd 40 10/3/11 13:09:50 Nixon y Kissinger: un tándem muy especial 41

3. Francisco Franco Salgado-Araujo, Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, Planeta, 2005, pp. 394-395. El amigo americano.indd 41 10/3/11 13:09:50

4. Richard Nixon, The Memoirs…, op. cit., p. 45 y 248.

5. Telegrama de Madrid al Departamento de Estado, «Former Vice President Nixon Calls on Franco», 21/6/1963. Carta de George W. Landau a Mr. Hillenbrand, «President’s visit to Spain», 24/9/1970. Nixon Presidential Materials Project. White House Central Files. Subject Files. CO 139 Spain, Box 66. RG 59. NARA. El amigo americano.indd 42 10/3/11 13:09:51 Nixon y Kissinger: un tándem muy especial 43

6. Richard Nixon, The Memoirs…, op. cit., p. 283.

7. «Memorandum of Conversation with Admiral Luis Carrero Blanco, Vicepresident», 7/10/1968, fi rmado por John P. Fitzpatrick. General Records of the Department of State. Bureau of European Affairs. Office of Western European



Articulo : http://www.elpais.com  25/06/2011

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