samedi 4 juin 2011

José PROMIS/ Cuestión de opiniones

Cuestión de opiniones
Por José PROMIS

Un par de años atrás, el economista y profesor chileno Sebastián Edwards se instaló en el campo de la narrativa nacional con El misterio de las Tanias , un bien urdido, ameno e interesante relato donde la imaginación mezclaba el crimen y el espionaje con conocidas figuras de la historia latinoamericana.

Algunas semanas atrás ha aparecido en librerías su segunda novela, Un día perfecto , con méritos similares a la anterior, entre los que destacan un argumento cuidadosamente elaborado al servicio de una historia que acapara el interés del lector desde sus escenas iniciales y la presencia de un narrador que sabe dosificar la información, y que está provisto además de un lenguaje que se desarrolla con naturalidad y que sólo en contadas ocasiones, por ejemplo cuando entrega la palabra a sus personajes, deja entrever su interna retórica, su condición de lenguaje elaborado literariamente.

El conflicto de la segunda novela de Edwards tiene lugar en la ciudad de Arica y se desarrolla apretadamente, entre las dos de la tarde y las once y cuarto de la noche del día 10 de junio de 1962. Como el lector recordará, fue el día en que la selección chilena de fútbol derrotó a la Unión Soviética en el Campeonato Mundial que tuvo lugar ese año en nuestro país. Sobre este referente, que por algunas horas hizo desaparecer cualquier tipo de diferencia social, política o económica en un país que celebraba enfervorizado el mayor logro de su historia deportiva, la novela nos presenta el mundo secreto de dobleces, dolores silenciados, soledad y contradicciones de un pequeño grupo de personajes que, por diversos motivos, se ven envueltos en la jubilosa celebración de la victoria nacional sobre uno de sus contrincantes más poderosos, una especie de triunfo de David sobre Goliat, como lo ha manifestado el propio Edwards: José Manuel Morandé y su esposa Ofelia; Esteban, hermano del marido, quien ha regresado al país después de una larga ausencia; o fuga, sería mejor decir, provocada por una profunda herida sentimental; Leo Horn, el árbitro del partido, quien fuera en su juventud miembro de la resistencia holandesa contra los nazis; Juan Domech, un periodista español exiliado que no oculta sus simpatías hacia el socialismo soviético y, finalmente, el propio Lev Yashin, el arquero de la selección soviética, considerado hasta el día de hoy como el mejor portero de la historia del fútbol mundial.

La exultante atmósfera de un triunfo inesperado envuelve el insólito encuentro de una pareja de amantes. Entiendo, entonces, que Sebastián Edwards haya definido categóricamente a su novela como una historia de amor. Pero ya sabemos que, con frecuencia, la manera como un autor lee e interpreta su propio relato no coincide con la percepción que obtienen los lectores o los críticos. Aunque el conflicto sentimental de dos de sus personajes ocupa la mayor parte de las páginas, el mérito de la novela radica, para mí, en otra dimensión. Si leyéramos la novela como lo hace su autor, Un día perfecto se transformaría en una narración sin unidad, sin propósito reconocible, con un argumento a la deriva al cual se integran episodios desconectados del hilo central del relato o, al menos, de complicada inserción. Por el contrario, si la leemos como una historia de sentimientos fraternales, la novela recupera de inmediato su unidad perdida. El motivo amoroso se convierte en el recurso que despliega lo que considero como verdadero propósito del relato: imaginar un cuadro de situaciones que al calor de la eufórica fraternidad nacional que despierta un triunfo deportivo, ilumina las raíces de la fraternidad privada, diáfanas muchas veces, pero que también pueden ser contradictorias y ocultar oscuridades y tormentos, lealtades y traiciones.

Articulo : http://diario.elmercurio.com  29/05/2011

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