lundi 27 juin 2011

Juan CRUZ/ El camino de la soledad

REPORTAJE:
El camino de la soledad
Por Juan CRUZ

Ayer hubiera cumplido cien años. El escritor argentino Ernesto Sabato murió el pasado 30 de abril dejando tras de sí unos pocos, pero fundamentales, textos para la literatura en español. También el ejemplo de una postura moral y una personalidad retraída, alejada de las luces de la fama.

Niebla en Buenos Aires la semana en que Ernesto Sabato hubiera cumplido cien años.

A él le gustaban los días soleados. Le dijo un día a Elvira González Fraga: "¡Cómo te puede gustar el otoño!".

Y, sin embargo, parecía que Sabato, el autor apesadumbrado de Sobre héroes y tumbas, era, iba a ser, un hombre para el otoño, o para el más oscuro invierno. Para los días grises que hay ahora sobre Buenos Aires, donde murió poco antes de ser centenario, el último 30 de abril.

Un hombre de otoño, o de invierno. En su autobiografía, Antes del fin, que apareció a finales de los años ochenta, Ernesto Sabato escribió: "De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: 'Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta".

¿Era, tan solo, ese ser de otoño? No, ni mucho menos. Elvira, que lo conoció en 1962 y que luego tomó contacto más continuado con él a partir de 1982, hasta que se convirtió en su compañera infatigable, tiene esa imagen del hombre apesadumbrado, pero también la evidencia de que Sabato apostaba por la vida, "disfrutaba de los gozos pequeños, aunque hubiera sombras grandes".

Pero en los libros, en las apariciones públicas, en lo que la gente veía del Sabato público persiste esa imagen del hombre verdaderamente abrumado por el desastre del mundo, que él abordó en sus libros, en sus discursos y en sus cuadros. Dejó de escribir, y empezó a dictar, en torno a 2004, aunque dejó de publicar novelas a partir de Abaddón el exterminador, que apareció en 1974, y ya no pintó más desde 2008, dos años antes de su muerte.

Hay un momento preciso en que dejó de sentirse capaz de competir, desde su edad, con los que eran más jóvenes. Fue en Lanzarote, adonde fue a visitar, con Elvira, a sus amigos José Saramago y Pilar del Río, en 2002, en uno de sus más largos viajes por España. Vio entonces a Saramago en plenitud, y él mismo se vio disminuido, acariciado ya por las temibles heridas de la edad. Desde ese momento ya Sabato dejó de ser para sí mismo el que había sido. Ya estaba junto a un muro sin puerta, verdaderamente.

Aun así, siguió pidiendo colores, y Elvira se los siguió dando, para pintar, que fue la ocupación más duradera entre las que animaron su vida. "Él apretaba el tubo de pintura, y que saliera el color ya era para él una fiesta". Siguió buscando lectura, y ella le leyó, "sin que él me lo pidiera", libros suyos, El túnel, Sobre héroes y tumbas, pero también algunos textos de sus autores favoritos: Juan Rulfo, Flaubert, Kafka, Stendhal, Dostoievski... En un tiempo había descubierto la actuación como una de las bellas artes que le animaban, "y hacía un espléndido Pedro Páramo, bordaba esa obra de Rulfo, le gustaba decirla, era Pedro Páramo en persona, brutal, no te lo podés creer...". Y hacía también de borracho, "hacía de Quijote, y de Sancho... Le fascinaba el final del Quijote, cuando Sancho Panza le explica al caballero que todo aquello por lo que luchaba no era la utopía sino la realidad".

¿Y cuando ella le leía sus textos qué pasaba? "Ah, se quedaba mirando, pensativo, mirando hacia la nada. Era la actitud de un chico extasiado ante un pensamiento que no dominaba, o quizá tenía el semblante de un herido de guerra".

Un hombre acosado que tenía miedo de su propia alegría. Su padre era descendiente de montañeses sicilianos, "acostumbrados", como explicaba el propio Sabato en sus memorias, "a las asperezas de la vida; en cambio mi madre, que pertenecía a una antigua familia albanesa debió soportar las carencias con dignidad". Por decirlo rápido, esa procedencia educó a Sabato en la aspereza y en el rigor. Cuenta Elvira que cuando su novela más celebrada, Sobre héroes y tumbas, apareció en la lengua de los ancestros de su madre, el entonces joven novelista fue con la edición reciente a la casa de los padres. La madre apartó el libro escrito en albanés y pasó a hablarle de los problemas de sus tíos. Y, antes, cuando regresaba del colegio con notas sobresalientes, aquel padre de ascendencia siciliana firmaba sin ver el resultado del esfuerzo de Ernesto.

Matilde Kusminsky-Richter, la esposa de Sabato, madre de sus hijos Jorge (que fue ministro de Educación de Alfonsín, y murió en accidente en 1995) y Mario, cineasta, escribió una vez en una carta al escritor Carlos Catania, que la colocó en la introducción de su libro de conversaciones con Ernesto: "... Sabato es un hombre terriblemente conflictuado, inestable, depresivo, con una lúcida conciencia de su valer, influenciable ante lo negativo y tan ansioso de ternura y de cariño como podría serlo un niño abandonado. Esta necesidad casi patológica de ternura hace que comprenda y sienta de tal manera a los desvalidos y desamparados".

En sus libros autobiográficos, incluido el último, España en los diarios de mi vejez, que apareció en 2004, el propio Sabato avala lo que Matilde escribe a continuación en esa carta a Catania: "Pero también -y debo subrayar que cada vez menos- es arbitrario y violento, y hasta agresivo, aunque creo que estos defectos son producto de su impaciencia (...). Para escribir, para liberarse de sus obsesiones y traumas necesita verse rodeado de un muro de cariño, de comprensión y de ternura (...) ha sido desde niño un alma meditativa, un artista".

Tenía, en efecto, "un interior melancólico, pero al mismo tiempo rebelde y tumultuoso". Aflora esa intimidad en sus novelas, y en el espacio público; pero en la intimidad adoraba la música, la perfección de la belleza, el vino, las comidas contundentes a las que al final tuvo que renunciar para poder luchar por la vida, que se le prolongó casi hasta los cien años. Pero en ningún momento renunció a ese sentimiento de urgencia imperativa con la que se condujo ante el arte y ante la vida. "Todo debía ser urgente", cuenta Elvira, "hasta un vaso de vino. ¡Alcánzame un vaso de vino, es urgente!".

Como un niño junto a un muro sin puerta. Escribió Sabato: "La educación que recibimos (él era el décimo de once hermanos) dejó huellas tristes y perdurables en mi espíritu (...) La severidad de mi padre, en ocasiones terrible, motivó, en buena medida, esa nota de fondo de mi espíritu, tan propenso a la tristeza y a la melancolía". Pero, como el padre, "debajo de la aspereza en el trato" Sabato mostraba "un corazón cándido y generoso".

Que afloraba cuando no había escritores alrededor. Se distanció de Jorge Luis Borges por motivos políticos (y bien que lo sintió Sabato, dice en sus memorias), pero volvieron a verse, esporádicamente, con distancia, e incluso compartieron un libro de conversaciones; y fue amigo hasta la muerte de José Saramago, que viajó "como en peregrinación" a Santos Lugares, la casa de Ernesto, y este fue con Elvira a verles a Pilar y a José en Lanzarote... Pero sus afinidades literarias eran clásicas y del pasado, y la vida no lo llevó por saraos o ferias. Su sentimiento de urgencia no lo convertían en un asistente cómodo a los festejos.

Pero sí se sentía cómodo en los pueblos o en su propia soledad, ante la pintura, con la música. Un día fue a Londres, una ciudad de Catamarca fundada en 1500. ¿Cómo puede llamarse Londres un sitio como este, que tiene su propia personalidad?, preguntó Sabato a un campesino que desconocía la existencia de Inglaterra. "¿Sabe usted, don Ernesto, de algún otro sitio donde haya londrinos?".

La vida literaria fue su objetivo pero también su horror, la buscó y huyó de ella con las mismas pasiones, a veces autodestructivas. ¿Quemó libros? Por lo menos, los descartó, no los hizo publicar, los quemó, pues, en cierto modo. Dejó de escribir novelas cuando su obra Abaddón el exterminador fue recibida con desdén por la crítica. Y el retraimiento lo hizo un hombre feliz con poco, y por tanto huraño con muchos. Le fascinaban las multitudes que le aclamaban (en España, por ejemplo) cuando ya era un mito artístico y político, sobre todo a raíz de su trabajo civil al frente de la comisión que estudió el horror con que los militares argentinos sometieron a este pueblo a un cruento e inolvidable invierno. Pero nunca recuperó la ilusión por el proyecto literario.

Elvira González Fraga dice que era un hombre de proyectos, los buscaba; estar con jóvenes, ayudarles a salir adelante desde la Fundación que ella dirige. Ese era un afán. ¿Los otros? Seguir viviendo. Nunca se dio por vencido, ni cuando empezó a padecer la afasia que le dejó sin habla dos años antes de morir. Sin habla pero con conciencia. Un día le pusieron las imágenes de Haití, aquel horror. Y él asistió desde su butaca inmóvil, con sus ojos asustados, como si tuviera urgencia por reclamar ayuda ante el desastre.

¿Era un hombre apesadumbrado? Sí, pero ese no era el único Sabato. "Él sentía que todo el mundo debía estar abrumado por lo que ocurría en la vida. Pero no estaba tan solo triste. Le gustaba la vida", dice Elvira, "y lo que más le gustaba era sentirse en su surco, feliz consigo mismo, y hablando con gente como aquella de Londres".

Él terminó la parte más rabiosamente autobiográfica de Antes del fin con estas palabras: "Quienes han unido a su actitud combatiente una grave preocupación espiritual; y, en la búsqueda desesperada del sentido, han creado obras cuya desnudez y desgarro es lo que siempre imaginé como única expresión para la verdad".

Fue su pasión, conseguir eso. Y aunque parecía un hombre llorando junto a un muro, la vida era su proyecto. Su amigo canario Óscar Domínguez le habló en el París surrealista del suicidio, cuando Sabato aun no había escrito Sobre héroes y tumbas. Y Ernesto le respondió a Óscar, que finalmente se suicidó: "No, Óscar, tengo otros proyectos".

Ese Sabato de los otros proyectos era el que se encerraba en su casa a escribir, a pintar, a escuchar música y a esperar que se fuera el otoño, esa estación triste que se parece más al semblante de un niño junto a un muro sin puerta que al proyecto que animaba al hombre que aquel niño hubiera querido ser.

Todos los libros citados de Sabato en este reportaje han sido publicados por Seix Barral.

Capítulos e ideas

Sabato quería que sus novelas tuvieran un aire sinfónico. Y cuando no lograba ese propósito las dejaba a un lado. ¿Las quemaba? Las descartaba al menos, dice Elvira González Fraga, su compañera de tantos años, a quien le regaló algunas partes de La fuente muda. "Él tenía mucho sentido musical y sus libros fueron sinfonías que él me explicaba muy detenidamente. Él introdujo Informe sobre ciegos en Sobre héroes y tumbas porque precisaba ese ritmo para alcanzar lo que él creía que era el esplendor sinfónico". La fuente muda debe su título a un verso de Antonio Machado. "Y yo no la vi quemar; en realidad, yo no vi quemar ninguno de sus libros. Como todos los que escribió, esta novela le llevó a hacer un trabajo previo muy grande, pero si no alcanzaba esa perfección que buscaba las dejaba ahí, nos las seguía".

Escribió Sabato en Antes del fin: "Por mi propensión a las llamas, hubo veces en las que me arrepentí; obras que hoy recuerdo con nostalgia, como El hombre de los pájaros y la novela que escribí durante mi periodo surrealista, La fuente muda, título que tomé de un verso de Antonio Machado, y de la que sobreviven pocos capítulos y algunas ideas. Quienes conocen mis reticencias y contradicciones saben lo difícil que es soportarme en cualquier empresa. Así lo sufrieron todos los que, desde distintas partes del mundo, me han solicitado autorización para trabajar en mis novelas.

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FRAGMENTO LITERARIO: Inédito
Páginas inéditas salvadas del fuego
Por J. C.

Ernesto Sabato regaló a Elvira González Fraga, su compañera, capítulos de la novela La fuente muda, algunas de cuyas páginas inéditas publica ahora Babelia. En su búsqueda de la perfección, el escritor aparcó esta obra, que pretendía ser surrealista, y que redactó en los años cincuenta

Los sucesos que terminaron con la locura y muerte de Carlos (llamémoslo así) acontecieron en 1939, antes de comenzar la guerra. Y, sin embargo, todavía suelo oír opiniones horribles acerca de él, todavía debo pelearme por él. Hay gentes "realistas", esas que dicen atenerse a los hechos, para las cuales la verdad es sólo lo que puede decirse en palabras claras y de límites bien nítidos, como se ve un objeto geométrico a la plena luz del día; para esa clase de gentes, la verdad acerca de Carlos son terribles palabras como cobarde, traidor, criminal. Y, no obstante, un hombre puede huir y no ser un cobarde, puede abandonar un movimiento y no ser un traidor, puede matar y no ser un criminal.

Hay una sola persona, quizá que podía haber dicho la verdad: Georgina. Es cierto que Georgina abandonó a Carlos a su propio derrumbe y este abandono puede parecer un hecho favorable a la teoría de sus enemigos. Pero yo tengo mis motivos para sostener que esa actitud de Georgina nada tiene que ver con los argumentos empleados por esas gentes siempre dispuestas a tirar la primera piedra. Por el contrario, esa actitud -que estoy lejos de justificar- precipitó al pobre Carlos en su desesperación y en su locura; y preparó el acto último y menos comprendido de su existencia: el asesinato de Yenia. El 27 de febrero de 1939, a las tres de la madrugada, en la pieza de la calle Gay-Lussac, Carlos mató a su amante: la apuñaló varias veces, luego la roció con nafta y la quemó.

No hay duda de que fue Carlos el autor de esa muerte, aunque no haya documentos que lo prueben. Pero este acto no revela de ningún modo -en mi opinión- que Carlos fuera un criminal en el sentido corriente de la palabra. No sé si adelantar lo que a mi juicio revela porque espero, deseo fervientemente, que la lectura de estas páginas hablen por sí mismas. Pero me siento tentado de decir una sola cosa y es que la aniquilación de Yenia sólo revela que Carlos no fue un héroe; porque el heroísmo, como alguien que no recuerdo ha dicho, consiste en ver el mundo tal como es y sin embargo vivir y amarlo.

¡Cuántas veces he estado a punto de quemar estos papeles! Ahora, aquí, lejos de Buenos Aires, sentado sobre la hierba, a la orilla de un arroyo, todo aquello parece tan lejano e increíble que me hace dudar una vez más sobre la necesidad de relatar nada. Quizá contribuya a crearme este estado de ánimo la guerra: después de esa guerra bárbara y después que miles de seres indefensos se pudrieron o fueron quemados en campos de concentración, parece hasta vergonzoso ocuparse del destino de un solo hombre. Quizá sea también el campo: como a la luz del día, las ideas nocturnas parecen menos terribles, así el campo desagrava el espíritu del hombre que viene de la ciudad, oscura y desesperanzada. Quizá sea eso, en efecto: el estar tan lejos de las ciudades y de sus hombres, el recostarse en la hierba, el oír apenas el murmullo modesto del arroyito, el ver al Jeff que corre vanamente detrás de un martín-pescador, el ver las vacas que miran pensativamente a lo lejos.

Quizá sea todo eso lo que ahora me ha tentado una vez más a quemar los papeles. Pero, también una vez más, he sentido la impresión de que cometería una traición. ¿Una traición a quién?, me pregunto yo mismo. ¿A Carlos? Pero ¿acaso él pensó jamás que yo publicaría su historia después de su muerte? ¿No habría motivos para suponer, más bien, que sonreiría despectivamente de mis escrúpulos reivindicatorios, de mi deseo de justificarlo? Ya lo veo encogiéndose de hombros, levantando sus cejas, arrugando su frente con arrugas horizontales y mirando a lo lejos, a ningún punto, tal como era tan común en él, y comentando amargamente:

-¿Justificar qué? ¿Mi vida? Pero si mi vida no tiene justificación, si yo también soy una porquería, un fracasado. Además ¿por qué hay que justificar nada, mi vida o lo que sea? ¿Por qué ha de ser uno justo? ¿Y ante quién? ¿Ante los demás hombres? ¿Y ellos cómo se justifican? O quizá pensés que hay que justificarse ante Dios. Pero ¿acaso Dios es justo? Dejame de idioteces, por favor...

Después chuparía su eterno cigarrillo, en esa forma ansiosa con que lo hacía, y seguiría mirando a lo lejos, sombrío, aislado, insalvable.

Sin embargo, dejó esos papeles, esos trozos de novela, esos extraños cuentos, esas curiosas estadísticas. ¿Por qué no los destruyó si ya nada le importaba después de su muerte, si tanto le daba pasar a la posteridad (ante la pequeña posteridad que toda hombre tiene) como un canalla o como una pobre, indefensa criatura? Se puede argüir que si no los destruyó pudo ser, precisamente, porque nada le importaba de nada. Puede ser. Si le hubiera importado, en efecto, me los habría podido dejar a mí. Pero ni eso. Ahí quedaron, en su pieza de la calle Odesa, entre sus libros y sus bárbaros dibujos, donde la policía los requisó, con el resto de sus cosas.

Nada le importaba, pues. Y, no obstante..., una vez más he querido quemar todos esos papeles y una vez más (la última) he tenido la impresión de que cometería una traición a Carlos.

Su cuerpo murió en 1939; pero su alma, como pasa siempre, ha quedado en pedazos, dispersa aquí y allá, en el recuerdo mío, de Antonia, en el alma de Georgina y de sus enemigos, en su novela inconclusa, en sus cuentos, en sus extrañas estadísticas. Es curioso que el alma quede así destrozada y que cada amigo o enemigo se lleve un trozo, como el recuerdo de un país que se visitó, o como un despojo de guerra. Así andan los restos de Carlos, dispersos a los cuatro vientos, en recuerdos cada vez más imprecisos, en simpatías y en odios. Y me parece digno de ser meditado el hecho de que el odio de un enemigo contribuya así (y a veces con más fuerza) al mantenimiento de un alma.

Sea como sea, esos restos se hacen cada día más evanescentes y así Carlos va muriendo con los años la muerte final y verdadera. Ya sólo quedan visibles algunos pedazos, que se aferran a la vida como esos islotes que el río va socavando poco a poco, hasta que por fin desaparecen por completo. El tiempo es, en efecto, un río que termina por arrastrar y deshacer todo ¡y tan pronto!

Buena parte del alma de Carlos (quizá la más representativa) está en estos papeles y me parecería una traición destruirlos y dejar que sólo sobrevivan en estos próximos años los trozos más deleznables. Por eso he dicho que esta tentación de quemarlos, aquí, en la paz del campo, será la última. Publicaré los papeles de Carlos, aunque sean inconexos, aunque sean oscuros, aunque sean a veces ficticios. Al principio tuve el propósito de ordenarlos y hasta de rehacer la historia de mi amigo. Por aquel tiempo tenía yo aún la curiosa opinión de que una vida es algo que puede ser ordenado, aclarado y completado. Por aquel tiempo creía todavía en las reconstrucciones, a pesar de conocer el desaliento de Lord Raleigh.

Ahora soy más viejo, es decir más realista o más escéptico: sé ahora que la inconexión y la falta de sentido también forman parte de la realidad; sé, asimismo, que pretender reconstruir una vida es como pretender reconstruir un sueño con sus misteriosos escombros, con los restos de frisos soñados y las vagas columnas. La razón trata, vanamente, de realizar una arquitectura, pero ¡qué frágiles, qué pobres, qué groseras son sus reconstrucciones!

Ahora sé que querer reconstruir a Carlos sería algo así como querer ver plenamente ese templo fantasma.

Y Dios me libre de hacer una novela, con la trágica vida de mi amigo, porque eso sería peor que una traición.

Mi tarea, pues, es muy modesta y muy sencilla: es la tarea de un albacea.

 
Articulo : http://www.elpais.com  25/06/2011

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