lundi 27 juin 2011

Julio ORTEGA/ Secretos inútiles de Mirko LAUER

Secretos inútiles de Mirko Lauer
Por Julio ORTEGA

Si es verdad que una teoría tiene la forma de una biografía, en el caso del escritor peruano Mirko Lauer (1947) su larga dedicación a las vanguardias como escenario de la modernidad en el Perú trama la ruta de su identidad civil y literaria.

No conozco otro escritor que sea al mismo tiempo experto en la historia de la vanguardia literaria, buen poeta inventivo de registro exploratorio, comentarista politico informado y agudo, y novelista dedicado a forjar su propia versión de la novela policial. Lo notable no es sólo la alta calidad de estos trabajos sino la independencia crítica desde donde se gestan y su configuración como un proyecto crítico de la modernidad conflictiva de la laboriosa sociedad peruana. Es buena ocasión para decir algo sobre todo ello ahora que la editorial Periférica acaba de publicar su excelente novela Secretos inútiles, a la que seguirá Órbitas, tertulias, y seguramente luego, la más reciente, Tapen la tumba, tres brillantes variaciones del género negro; aunque tratándose de Lima, su escenario social, habría que decir el género gris.

La temprana familiaridad de Lauer con otras lenguas modernas le permitió traducir poemas al irónico español peruano de esa época, y dedicarse a la obra del grande y burlesco Martín Adán, que por lúdica parecía más cercana de las vanguardias heroicas. Ya su juvenil libro de poemas, En los cínicos brazos (1966) acontecía como una encrucijada entre el habla urbana de la periferia moderna y el coloquio vanguardista y su imaginario apropiado. Lauer siempre estuvo tentado por el relativismo irónico y bien pudo haber sido nuestro mayor satírico. Pero su libro Ciudad de Lima (1968) demostró no sólo la capacidad formal sino la voluntad comunicativa de un poeta decidido a interrumpir la literatura con su estética libérrima. Su “Sextina Ayacuchana,” al modo de Pound y de Belli, fue la primera señal de que su regusto vanguardista era una forma de afincamiento, libre tanto de la glosa cultural como del énfasis militante. Uno de los mejores libros de la poesía de la época, quería ser más que poemas, buscaba darle forma actual al habitat melancólico del verismo literal dominante. Santa Rosita y el péndulo proliferante (1972) será su libro más radical; su saga exploratoria hizo explotar el habla coloquial y doméstica con una textualidad en permanente diferencia, casi desasida de lo literal. Pronto, fue evidente que la identidad literaria de Mirko Lauer se definía en el arduo trabajo sobre el lenguaje liberado de las obligaciones cotidianas, menos coloquial que alterno, más textual que oral. Por eso, en los años siguientes, tal vez depués de su estancia en China como traductor, reconoció a sus interlocutores en los poetas de la promoción de los 70s, sobre todo en Mario Montalbetti y Magdalena Chocano y, más tarde, en esa misma trayectoria de un lenguaje en debate con la lengua en el demótico tecno-barroco de Roger Santibáñez, tres de los mejores poetas peruanos de hoy. Montalbetti fue un linguista chomskyano, y Magdalena Chocano una historiadora formal. Como para Lauer, la poesía era para ellos una acitividad operativa, un desplegado que restaba el poema del lenguaje, cernido como su refracción. Sobrevivir (1986) es el libro prosódicamente más formal de Lauer, y su contribución más importante a la posibilidad de anudar la herencia contemporánea de una vanguardia desanudada por su ruta trasatlántica, menos literaria (como había querido Vallejo) y más libre de los discursos normativos de un mundo latinoamericano permanentemente mal explicado (como entendió Emilio Adolfo Westphalen). Se trata de un canto en construcción, tan mundano como desaprensivo de “la literatura mundial,” esa pesadilla Goetheana.

De esa larga confluencia peruana de voces en conflicto con la institucionalidad literaria, fueron hito las antologías que Lauer preparó con Abelardo Oquendo. Primero, la edición limeña de Vuelta a la otra margen (1970), que reúne el formidable momento poético que configuraron Carlos Oquendo de Amat, Martín Adán, César Moro, Emilio Adolfo Westphalen, Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren; muestra que tuvo una nueva versión en Surrealistas y otros peruanos insulares (Barcelona, 1973), publicada por Joaquín Marco en OCNOS, la que prologué. Es más claro hoy que esa militancia vanguardista se ejercía como la construcción de una comunidad bien habida, con capacidad de decidir su propio lugar en el mundo de la poesía contemporánea, esa citadela ultraletrada, que acontecía en las afuera del demótico abusivo. Es, precisamente en los años 70, cuando después de la experiencia de un “proceso revolucionario” que Lauer calificó como “revolución burguesa” o reformismo nacional, y que fue toda la Revolución que nos tocó en suerte, y cuando vuelve a la Universidad para poner al día sus acreditaciones académicas, que el poeta le cede la palabra al crítico. En efecto, optó Lauer por ampliar su noción de la vanguardia. Tal vez seguía el ejemplo de Westphalen, que se había interesado en el arte popular a partir de su largo diálogo con José María Arguedas, aunque desde la perspectiva de su lugar en los mercados; pero dedicaría tiempo también a la irrupción de las vanguardias plásticas. De modo que los otros libros de Lauer, la Antología de la poesia vanguadista peruana (2001) y La polémica del indigenismo (2001) no son compilaciones de ocasión sino la puesta en evidencia de dos formas de la tradición moderna en el Perú, que el poeta como crítico se propuso hacer rotar.

Y, ¿cuál es la hipótesis que este largo y productivo trabajo de vocación peruana genera y propone? Yo diría que es la reconstrucción de la polis en el lenguaje de la comunicación. Esa reconstrucción pasa inevitablemente por la crítica para, enseguida, postular la peculiaridad de lo diverso en el Perú; al punto que convierte a la vanguardia peruana en un espejo retrovisor de las vanguardias europeas. Esto es, la vanguardia es la forma de una inclusividad postergada que nos reclama, de cara a este siglo. Sólo que Lauer lo postula desde la afirmación de las sumas soñadas por el lenguaje crítico y celebratorio del apocalipsis burgués. En su trabajo, Lauer diseña el indigenismo como si se tratara de una búsqueda moderna de nuestro propio lenguaje, tal como ocurre en su ingeniosa monografía Andes imaginarios, Discursos del Indigenismo 2 (1997).

En lugar de elegir entre la tradición y lo moderno, Mirko Lauer parece haber elegido su dificil articulación. Y lo ha hecho al modo de una analogía barroca, donde la diferencia de los términos conceptualiza un territorio en formación. Ocupadísimo lector de la incertidumbre de la política peruana, Lauer pulsa diariamente, con sentido común y veracidad, las lineas de fuerza que configuran y deciden nuestro sentido de la polis, de esa comunidad improbable que hace política para buscar espacio en la frágil, aun si laboriosa, familia peruana. Tampoco creo tan alejado ese trabajo diario de comentarista político del otro, más pausado, de analista literario y ensayista de lecturas cruzadas. Felizmente, ya no hay gente que se pregunta si el Julio Cortázar comprometido con las revoluciones latinoamericanas es contradictorio con el talante lúdico, poético y travieso del Cortázar del juego y el humor. Son complementarios, como las dos caras de una moneda, y no se podría desechar a uno sin mutilar al otro. De cualquier modo, en sus ensayos advertimos la apuesta más íntima y seria de Lauer por un sentido moderno de la pertenencia, que se traduce en la reflexión por el lenguaje poético, ese sincretismo de saberes y creencias que sosteniene la rara fe en un país desigualado, en el cual sus poetas, marginados y perseguidos, siguen imaginando la otra margen, la del territorio vuelto habitable por la palabra.

Por lo mismo, no es sino necesario que un poeta que se desdoblara en crítico para preguntarse por el carácter conflictivo de la edad comunitaria peruana, se convirtiese ahora en novelista policial. Primero, para preguntarse si la corrupción es el crimen antisocial por excelencia, equivalente en la tragedia clásica a la pérdida de la comunidad en la metáfora del desierto. Lo extraodiario no sólo es la inquietante atmósfera de incertidumbre que la novela acarrea de su mano, sino la inquisitiva hipótesis de una novela policial donde el crimen se despliega en la conversación. En cada una de estas novelas, los personajes se proponen desentrañar el discurso latente de la culpa que resuena a lo largo del idioma. Estas novelas son el sueño en voz alta de una estirpe que, al final, sólo tiene el crimen para intentar reconocerse. La pregunta por nuestra versión de lo moderno se ha hecho, nos dice Lauer, una investigación policial.



El crimen, se diría, nos ha hecho contemporáneos.



Biografía: Julio Ortega, Perú, 1942. Después de estudiar Literatura en la Universidad Católica, en Lima, y publicar su primer libro de crítica, La contemplación y la fiesta (1968), dedicado al "boom" de la novela latinoamericana, emigró a Estados Unidos invitado como profesor visitante por las Universidades de Pittsburgh y Yale. Vivió en Barcelona (1971-73) como traductor y editor. Volvió de profesor a la Universidad de Texas, Austin, donde en 1978 fue nombrado catedrático de literatura latinoamericana. Lo fue también en la Universidad de Brandeis y desde 1989 lo es en la Universidad de Brown, donde ha sido director del Departamento de Estudios Hispánico y actualmente es director del Proyecto Transatlántico. Ha sido profesor visitante en Harvard, NYU, Granada y Las Palmas, y ocupó la cátedra Simón Bolívar de la Universidad de Cambridge. Es miembro de las academias de la lengua de Perú, Venezuela, Puerto Rico y Nicaragua. Ha recibido la condecoración Andrés Bello del gobierno de Venezuela en 1998 y es doctor honorario por las universidades del Santa y Los Angeles, Perú, y la Universidad Americana de Nicaragua. Consejero de las cátedras Julio Cortázar (Guadajara, México), Alfonso Reyes (TEC, Monterrey), Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales, Chile) y Jesús de Polanco (Universidad Autónoma de Madrid/Fundación Santillana). Dirije las series Aula Atlántica en el Fondo de Cultura Económica, EntreMares en la Editorial Veracruzana, y Nuevos Hispanismos en Iberoamericana-Vervuert. Ha obtenido los premios Rulfo de cuento (París), Bizoc de novela breve (Mallorca), Casa de América de ensayo (Madrid) y el COPE de cuento (Lima). De su crítica ha dicho Octavio Paz:"Ortega practica el mejor rigor crítico: el rigor generoso."

Articulo : http://www.elboomeran.com  26/06/2011

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