samedi 23 juillet 2011

el CULTURAL/75 años de la guerra incivil

18 de julio. Acciones ejemplares
75 años de la guerra incivil

75 años después del comienzo de nuestra última guerra incivil, el 18 de julio de 1936, queda la memoria atroz de un conflicto terrible entre hermanos, que, sin embargo, hizo que aumentara entre combatientes como George Orwell su “fe en la decencia del ser humano”. El escritor inglés fue testigo de excepción de que en ambos bandos se multiplicaron gestos asombrosos de generosidad y valor. El Cultural da cuenta hoy de cinco de ellos, gracias a Andrés Trapiello, Ignacio Martínez de Pisón, Lorenzo Silva, Jorge Martínez Reverte y Pedro Corral, que resucitan, por ejemplo, la guardería de JRJ y Zenobia en el Madrid asediado, al defensor del hijo de “Clarín”, o al poeta Miguel Hernández y sus alpargatas.

El alférez Sánchez Eguibar, defensor de Leopoldo Alas
Por Jorge M. Reverte

En enero de 1937, Oviedo sigue oliendo a pólvora y sonando a estampidos de artillería. La ciudad está en manos de las tropas rebeldes que manda el general Aranda, aunque semicerrada por las tropas milicianas fieles a la República. 

Desde octubre del año anterior, los combates se reducen a bombardeos de los republicanos sobre las ruinas de la capital asturiana. Los mineros de la dinamita han perdido la batalla principal por la posesión de Oviedo, pero conservan la mayor parte del territorio asturiano. Han dejado de asaltar a cuerpo limpio las posiciones enemigas, y se conforman con mantener a las tropas franquistas entretenidas en la defensa, sin jugarse la vida de los hombres que componen sus mermadas filas. Son superiores en número, pero no tienen apenas municiones. 

La defensa es un trabajo arduo para los hombres de Aranda, pero les queda tiempo para proceder a la tarea justiciera de castigar a los que han permanecido fieles a la República. Uno de los hombres que se enfrentan a los juicios sumarísimos de los militares victoriosos es Leopoldo Alas, hijo del escritor más importante que ha dado la ciudad. Alas era rector de la Universidad y es un hombre de paz y concordia. Pero le juzgan por terribles hechos como haber apoyado a los estudiantes en 1934 y aparecer en una foto de periódico en la que se le ve presidiendo un acto en el que hay unas pancartas que reza: “Lucharemos por la libertad.” Le acusan también de ser masón y de haber promovido una enseñanza laica para España. El fiscal pide para él pena de muerte. 
A Leopoldo Alas le defiende de oficio un joven alférez al que le quedan muy pocos recursos y tiempo. Se ha tomado la molestia de estudiar el asunto y ha llegado a la conclusión de que Alas es un hombre de paz, que ha intentado siempre evitar actos de violencia, que no ha participado en los actos de locura homicida que han llenado Asturias de cadáveres durante los meses anteriores. Y hace un apasionado ejercicio para demostrar que, si bien Alas es republicano, es un hombre de bien.

Pero a la derecha ovetense el solo nombre del ex rector le provoca náuseas y explosiones de odio. No le están juzgando solo a él, sino también a su padre, el hombre que se atrevió a escribir La Regenta, una novela demoledora contra la hipocresía y los usos reaccionarios. Los militares que componen el tribunal actúan, además, bajo la influencia de una ideología que considera a la masonería como algo que debe extirparse de raíz. “España será católica o no será”, es la frase que resume el ansia exterminadora de muchos. 

El juicio es rápido, dura una jornada escasa. Y el defensor, el alférez Diego Sánchez Eguibar, se la juega con su apasionada defensa de Alas. 
Al ex rector le fusilan en febrero. Sánchez Eguibar, un hombre honrado, se desespera por la flagrante injusticia. Ha hecho todo lo posible por salvarle la vida. Su indignación es tal que al finalizar la guerra colgará el uniforme para siempre. 
Un hombre digno es fusilado. Un hombre digno se ha rebelado. 
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El bien en minoría
Por Andrés Trapiello

Cuando se dice que en las guerras aparece lo mejor y lo peor del ser humano, es exacto en cuanto a la cualidad pero no en la cantidad. Pues lo cierto es que mientras el terror, la barbarie, los crímenes, las injusticias y atropellos proliferan de modo generalizado, unas veces promovidos por el Estado y otras por la ausencia de él, los actos virtuosos y nobles, en franca minoría, sólo suelen ser posibles por la determinación y el coraje particular de individuos que a menudo deciden actuar al margen, exponiéndose con ello a ser arrollados por ese mismo mal que tratan de combatir.

Es como si el mal radical encontrara todas las facilidades espaciotemporales para desplegarse, en tanto que el bien hubiera de abrirse paso siempre a duras penas contra todos y contra todo. No hay, pues, simetría posible entre una mayoría y una minoría. Por eso hablamos de seres excepcionales, porque son la excepción.

Así debemos entender la actuación de los Jiménez, JRJ y su mujer Zenobia, en las primeras semanas de la guerra civil. No tuvo mucho más tiempo el poeta, porque amenazado él mismo, se vio obligado por las circunstancias a escapar del país para preservar su vida. En ese tiempo en que Madrid vivía su orgía de checas y “paseos”, la Junta para la Protección de Menores les confió una docena de niños, a los que él y su mujer instalaron en uno de los pisos que Zenobia solía alquilar, y se ocuparon de vestirlos y darles de comer. Como los Jiménez no eran ricos, pronto hubieron de empeñar algunas cosas en el Monte de Piedad para sufragar los gastos. Yendo a buscar una cuna para uno de aquellos niños, el poeta fue detenido en un control por un anarquista que le ordenó que le mostrase la dentadura: buscaban a alguien que tenía sus mismas trazas y, al parecer, los dientes de oro. El episodio pasaría años más tarde a su poema “Espacio”: a JRJ, el poeta de la minoría, le salvaron sus dientes blancos y sanos, y el anarquista moriría esa misma tarde de una bala que era “para él, para él, no para mí”. 

El percance persuadió al poeta del peligro tan grande que corría en Madrid, ydecidieron marcharse de España, pero nunca abandonaron a esos niños, y a pesar de sus escasísimos recursos, se las arreglaron durante toda la guerra para girarles dinero, suyo propio y de otros. Todo ello lo hicieron con discreción siguiendo el consejo evangélico: “Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. Jamás alardeó de su conducta y únicamente gracias a su libro Guerra en España conocimos los detalles exactos. En ese sentido JRJ, como se dice en Las armas y las letras, encarnó mejor que ninguno de los intelectuales de entonces las palabras de Hannah Arendt: “En las circunstancias imperantes en el Tercer Reich, tan sólo los seres 'excepcionales' podían reaccionar 'normalmente'”. JRJ, que en Puerto Rico no quiso estrechar la mano de Serrano Poncela (“no me he exiliado para darle la mano a un asesino”), extremó su excepcional “minoridad” negándose a volver a la España de Franco.

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Dos hermanos
Por Ignacio martínez de Pisón

Cuando José Robles intercedió por su hermano Ramón, estaba muy probablemente firmando su propia sentencia de muerte. En julio del 36, Ramón Robles Pazos, capitán de infantería y veterano de la guerra de África, tenía treinta y siete años. Las diferencias políticas (monárquico el militar, republicano el otro) habían levantado un muro entre los dos hermanos y, según varios testimonios (incluido el de John Dos Passos, del que Pepe era traductor y buen amigo), su relación era escasa desde que, dieciséis años atrás, Pepe había obtenido una plaza de profesor en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore.

De hecho, los hijos de éste casi no conocían ni a su tío Ramón ni a su mujer. Por eso sorprendió tanto a la hija menor, la adolescente Miggie, la visita que su tía Adelaida les hizo en el piso madrileño en el que ese verano estaban pasando las vacaciones. Muchos años después, Miggie, ya anciana, recordaba todavía el rostro lloroso de su tía y el aspecto taciturno de sus pequeños primos. No sabía a ciencia cierta Miggie cuál había sido el objeto de esa visita inesperada, pero intuía que había tenido que ver con algún problema grave de su tío Ramón. Un vistazo a la hoja de servicios de éste basta para aclararlo. El 21 de julio, Ramón Robles había salido de Madrid con la intención de cruzar la línea del frente y llegar a Toledo para contribuir a la defensa del Alcázar. No lo consiguió. Fue detenido en Getafe y conducido a una checa que había en el paseo de las Delicias. La intervención de su hermano Pepe, con buenos contactos en el entorno del gobierno republicano, fue providencial, y Ramón fue puesto en libertad esa misma noche, previo compromiso por su parte de ponerse al servicio de la República, tan necesitada de oficiales en esos primeros momentos de la contienda. 

En diciembre del 36, Pepe fue detenido en Valencia por individuos que trabajaban para los servicios secretos soviéticos, y pocos meses después se supo que había sido fusilado y enterrado en secreto. De las muchas hipótesis sobre los motivos de su desaparición, una de las más reiteradas es la que le acusaba de haber ayudado a su hermano a pasarse a la llamada zona nacional. Lo más llamativo es que por entonces Ramón permanecía aún en la España republicana. En diciembre, de hecho, estaba en la cárcel de Ventas, detenido por negarse a “servir en las filas del Ejército Rojo”, y el 26 de enero del 37 fue procesado por desafección al régimen y puesto en libertad provisional. Sólo dos días después, Ramón buscó refugio en la Embajada de Chile, y el 19 del mes siguiente logró ser transferido a la Embajada de Francia. Su fuga, “siempre bajo la protección de Francia”, no se produjo hasta marzo del 38. 

Las fechas no admiten discusión: a esas alturas, hacía algo más de un año que su hermano Pepe había sido asesinado en Valencia. Era difícil, por tanto, que éste hubiera colaborado en una fuga que no se había producido. Pero, en la siniestra lógica de sus captores, esa colaboración ni siquiera debía de ser necesaria. Para ellos, la deslealtad de Ramón Robles a la República bastaba para demostrar la deslealtad de su hermano Pepe. Y, por consiguiente, para detenerle y para negarle el derecho a la defensa y para matarle... No sabemos hasta qué punto la intercesión de Pepe sirvió para salvar la vida de su hermano Ramón en julio del 36. Lo que sí sabemos es que, muy probablemente, aquello acabó costándole su propia vida. 

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Los soldados, la nieve, las alpargatas
Por Pedro Corral

En el Alto de Celadas, al norte de la ciudad de Teruel, el teatro de la guerra se ha convertido en un paisaje polar, donde la niebla y la nieve cubren el escenario como un inabarcable sudario, con temperaturas de 20 grados bajo cero y rachas de viento que cortan como cuchillas el paño de los uniformes y escarchan hasta la última gota de sangre en la carne de los soldados. Los acemileros guían el torpe paso de las mulas sobre la tierra helada de vuelta de la primera línea con su carga de muertos y heridos de rostros blanquecinos, maquillados por la muerte y el frío. Son las bajas de la 11ª División republicana, comandada por Líster, cuyo hombres resisten en los llanos de Concud las embestidas de las fuerzas de Franco. 

Bajo la fuerte ventisca que azota el Alto de Celadas, donde está el puesto de mando de la 11ª División, deambula el poeta Miguel Hernández, su comisario de cultura, atrapado entre la alegría de la noticia del nacimiento de su primer hijo con Josefina Manresa, Manuel Ramón, y el interminable coro de lamentos de los heridos que esperan ser evacuados a retaguardia. 

La guerra en el infierno polar de Teruel sorprende a los médicos de la división con una desconocida epidemia: la gangrena seca en los pies provocada por la congelación, que será bautizada como “los pies negros de Teruel”. Muchos combatientes han aguantado las bajas temperaturas en las trincheras calzados con unas simples alpargatas de tela y esparto, las mismas que lleva Miguel Hernández desde su llegada al frente. A pesar de todo, resiste las dentelladas del frío sin queja. El comisario de la 11ª División, Santiago Álvarez, le recuerda “donde más nevaba”. Y Manuel Azcárate asegura haberle visto caminar por la nieve en alpargatas y pasar las noches en una tienda de campaña. 
Miguel Hernández sabe muy bien cuáles son las consecuencias de andar con alpargatas, a 20 grados bajo cero: a muchos de los soldados que sufren la congelación de los pies, los médicos han tenido que amputárselos. La llegada de una remesa de botas al puesto de mando supone un alivio para todos los mandos y comisarios que se encuentran en el Alto de Celadas. Cada cual solo piensa en calzárselas lo antes posible. Miguel Hernández es una excepción: se niega a cambiar sus alpargatas por unas botas. Sabe muy bien que quienes más necesitan las botas son los soldados que combaten y viven al raso, día y noche, en las trincheras de primera línea, con jirones de mantas liados a sus alpargatas para luchar contra la congelación. El gesto del poeta es toda una declaración de principios, pero finalmente es obligado a calzarse contra su voluntad unas botas, ya que su negativa deja en evidencia a los mandos del “ejército del pueblo” que se han arrogado, en virtud de la jerarquía, aquel privilegio. 

El propio Hernández dejó sin querer en su poema “El soldado y la nieve” el mejor testimonio de lo que significó su voluntad de sufrir, como un soldado de a pie cualquiera, las penalidades provocadas por el frío en la batalla de Teruel. Y es que el poeta no hablaba de oídas cuando escribió: “Diciembre ha congelado su aliento de dos filos,/ y lo resopla desde los cielos congelados [...] Muerde, tala, traspasa como un tremendo hachazo,/ con un hacha de mármol encarnizado y leve [...]”. 

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Carcelero a su pesar
Por Lorenzo Silva

El lugar es la cárcel Modelo de Madrid. El momento, una noche cualquiera del otoño de 1936. Manuel está de servicio. No es para esto para lo que ingresó en el cuerpo de Seguridad, pero no es la primera vez que tiene que custodiar a detenidos. Entre todos, recuerda ahora a uno: José Antonio Primo de Rivera. 

Le tocó vigilarlo meses atrás, en la Dirección General de Seguridad, donde entonces estaba destinado. Donde también vivió el 14 de abril de 1931, cuando la gente llenó la Puerta del Sol para proclamar la República, y vino un oficial a decirles que disolvieran a la multitud, y los guardias le replicaron que saliera a disolverlos él, si creía que eso podía y debía hacerse. 

Porque Manuel nunca sintió que el uniforme que viste lo enfrentara al pueblo, y es curioso que eso es lo que le quedó de la conversación con aquel hombre, elocuente y carismático, al que trató con deferencia, como cree que hay que tratar a todos los que en estos días acaban entre rejas por sus ideas. 

- Cuando hagamos la revolución -les decía, como en un mitin-, los primeros que vais a salir ganando sois vosotros, que ya no tendréis que ser los sicarios del capital, como sois ahora. Le viene el líder de Falange a la mente a Manuel al ver a todos los que tienen allí, en la Modelo, y que supuestamente están del mismo lado.De pronto, entre los detenidos, distingue a un hombre de mediana edad. Lo conoce: es el teniente que tuvo de instructor en su servicio militar, en Artillería. Abre la celda y se le presenta. El oficial lo recuerda. Le pregunta qué hace ahí. 

-No sé, vinieron por mí y me trajeron, eso es todo. 
Manuel no sabe qué decir. Las cosas no están fáciles, y menos para los uniformados como él, a quienes las milicias, que ahora gobiernan Madrid, no vacilan en acusar de traición. 
-Si hay algo que pueda hacer por usted, dígamelo. 
-Mire usted por sí y por los suyos -le responde el oficial-. Poca cosa puede hacer por mí ahora, que no sea rezar. 
Manuel siente redoblado el deber de ofrecerse a aquel hombre, al que recuerda justo, aunque sus ideas sean opuestas: 
-Aquí me tiene, en todo caso. 
Los dos perderán la guerra. El oficial, en Paracuellos, pocos días más tarde, en una de las sacas que Manuel y sus compañeros, privados de toda autoridad, no podrán evitar. Manuel, en 1939, cuando lo expulsen por haberse ceñido a lo que creía su deber, seguir obedeciendo al gobierno elegido por el pueblo. 
Setenta y cinco años después, el nieto de Manuel siente el deber de recordarlos a ambos. 

Articulo : http://www.elcultural.es  27/07/2011

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