samedi 23 juillet 2011

Jack FARFÁN CEDRÓN/Poésia & Prosa



Jack Farfán Cedrón (jagot@hotmail.com)
Revista Kcreatinn sobre Azul@rte:
Jack Farfán Cedrón sobre Azul@rte:


Perú del mundo: el País de la maravillas
Por Jack FARFÁN CEDRÓN

El peruano no agradece.
¡Vaya acto sorpresivo!

Con plomo en las manos,
no reconoce que otra mano pueda pesar menos
que la suya callosa
a punta de envidia entre la más apretadora de las amistades.

Alas, muy largas, elegantes,
para salir despavorido del compañero
que ha caído en la arena movediza de la desgracia
de donde el peruano no se atreverá a sacarlo,
la arena perdida con el pie de las derrotas,
como agradecimiento por haber sido su maestro,
con esto de que al peruano le calza bien la victoria esta
de que el discípulo supera y pisotea a su maestro,
¡por cojudo!

Encuentra, sí, tres pies al gato,
peruanito operado de la vergüenza
y demás pechugonadas de granja;
la caries en el diente del caballo regalado;
los microporos del asfalto acabado de construir
por el gobierno de turno;
la cólera del ingeniero esforzado que cuidaba
no le arruinasen el cemento fresco
de una de las primeras obras de su vida.

Criticón, renegado, maletero;
rajón, inmoral, apertrechado de lo que es ajeno;
perdedor en un 100 a la enésima potencia
del porcentaje casual de sus neuronas
que podrían llegar a la Luna
si se lo propusiera el peruano,
muy en el fondo rendido de su victoria,
el repecho de su bravuconada, el machista
de su payaso impotente ladeado sobre las chuletas jugosas de su mujer insatisfecha,
y las almorranas calculándole la tunda de mañana en la oficina de sentado.

Jode como los gallinazos, el peruano con…,
como las madres,
como las rameras capaces de tragarse hasta el último tronco enlechado de la cola de
parroquianos más delincuentes
de mi muladar llamado Perú, con P de Puta.

Peruano,
placera agarrando de las mechas a la frutera que le ha ganado por un huesito de ciruela
en la venta bazofia de la mañana,
peruano con…, peruano bicolor y la inmunda noticia que me trago
al cerrar los ojos para no ver la mugre de la televisión
y pajearme hasta el unánime expiro del derrotado
que irremediablemente perderá en su patria,
hasta la última victoria que le corresponda por derecho de persistencia,
por derecho de cagado,
en su propia patria de expatriado.

Peruano, fercho que se quedó con el vuelto del vendedor de cerveza,
y que conchanmente regresó después de tres semanas “por su vuelto”
y no recibió más que el puñetazo del “para ti no hay cerveza, conchatumadre”,
y el ventanazo de rigor en la cara dura sin rasurar del conchán camionero,
como para que le arda como una rata blanca en el culo,
como para que le arda cual monedazo de mentol chino leopaldo en el ojete.

Perú, presidiario violado
porque la volverá a cagar afuera;
muerto, volverá a recoger su mierda para tragársela
y recaer con la gangrena de estómago,
la contradicción del contador viviendo por las huevas,
poeta que descansa los domingos,
inmoral funcionario,
bosteza mientras sudamos en la cola
con las cebollas puestas en el sudor de la nariz
y demás aditamentos para la pécora de la esperanza bicolor del trabajo más empapelado
que la habitación de Bukowski antes de que se comprara el primer Jaguar, fruto de sus
derrotas literarias;
mientras el frío sume el cóccix hasta grados atronadores
para la pista de veinte kilómetros
donde por fin te reconozco,
Perú de mis sudores,
de mi biliar rutina tragada cada día
como el pan líquido que no conozco
aunque el peruano
no haga gestos al tragárselo
aun en la misa de su abuelita,
espera, espera se abra el templo
para continuar pudriendo sus huesos apolillados
en una conmoción explosiva
al abrir la tapa del wáter:
inhalar mi país.

No creo que sirva tanto para limpiar
la carroña de su suciedad, el enarbolar, lavar una bandera,
sacarse la escarapela al pasar por una frontera menos lapidaria
que la mano huesuda hundiendo el puñal por la espalda
a la que tanto se empuerca el peruano,
buscando las perlas de sus dientes derrotados,
las flores en el fango que hociquea al permanecer como tantos otros porcinos, gordo,
remolón; mientras critica, mientras esputa rabia y rencor, conformismo como su ano
operado del tránsito peneal de sus caros inicios de mariconería secundaria.

Patriota, ésta es su nación, su P de puto.
Daría un plomazo a quien traicione a su patria,
a quien ose arrebatarle la cornucopia
de su pericotería en los estados cubículos
atrincherados en instituciones amuralladas de expedientes
largos como su aburrimiento.

Bosteza, perucho,
devuélvese al espejo empañado con raíces negras de telaraña,
peina su calva cerosa ascendiendo con el precio del combustible
y el dolor, y la unción de los Estados Desunidos
al yugo racista de los cholos más choleadores del mundo,
los peruanos.

Las diez de la mañana.
El funcionario entra a calentar la silla giratoria;
en diagonal, ya da las doce del ombligo oficinesco
que ya no puede estirar por esas arrobas de caga demás en el vientre,
los cachetes que le cuelgan de tanto trabajo acumulado
en los anaqueles de su caminito de autoayuda,
un libelo rojo que esconde bajo sus pedos de golosinas entre horas
infectas de sopor burocrático:
Manual para ser el perfecto y peruano perdedor.

La tarde será tan corta como un refrigerio de dos horas,
a una hora antes del crepúsculo del té y galletitas de animalitos,
para no dormirse palideciendo frente a la caja estupidizante de la televisión
marcando estandartes bicolores,
escoltas al paso de más batracios presidentes
pisando la bosta de caballos bien alimentados
con la paciencia de funcionarios pajeros
que creen que la misma modorra
produce más y más bestias curulescas
dando el ignominioso ejemplo
de cómo no debemos ir a la escuela
para aprender a crecer como ellos,
para salir de ahí para seguir cagándola,
como el preso violado que sale
para cometer el doble de sus fechorías,
como si el quid del asunto fuera purgar,
purgar
para salir volando a zurrarse nuevamente en la buena noticia del paraíso:
PERÚ DEL MUNDO: EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Nada si no tocas –inédito

***
Ciento veintisiete horas dos vinos
Por Jack FARFÁN CEDRÓN

“A nosotros los reunidos como espectros que existen”

Pronto paso al lugar que sobresaltan
los miedos que tú estrangulabas
casi pudiendo estar
en los pasos del dios particular
y helado
palabras de viaje en los bolsillos
La caverna de la pálida
que entra deteniendo
el rostro fulgente de la piedra
fue la piedra
la puerta de la entrada
en pleno estertor
de labios que no están

***
La letra entra con savia
Por Jack FARFÁN CEDRÓN

Todo mundo que ha renegado de su perra niñez, cree que la verdadera sabiduría se esconde en la naturaleza. El enclaustramiento como proceso disciplinario en la educación es una cosa hueca, desfondada, obsoleta. ¿Y lo sigue siendo? ¿Quién, aparte de la mayoría de maestros, ignora esto? Y la amenaza de “La letra entra con sangre” hace que salga todo despavorido. Ahí que los destinos descarriados se basen en perder esa conciencia llamada Caos, esa vaga irrealidad sobre la cual ensayamos a diario nuestros banales pensamientos.

Repetidos, aburridos, llenos de lugares comunes de los que nos asqueamos los unos a los otros. Los castigos infligidos para lo único que han servido es para crear seres que odian la lectura.

Hace poco entregué un volumen más a este valle de burros titulados, con la ilusa esperanza de, ya no ser castigado con sus irónicos comentarios, con sus burlas con síndrome de down, sus risitas de rata. Asalariados, seres a quienes se les hizo entrar la letra con sangre. Nunca soñé comprenderlos, pero ahora que uno debiera estar por encima de ellos, se pone horizontal respecto de las penurias comunes tan compadecibles. Agacho mi cabeza. Me digo: “Cómo no odiar la lectura, cuando ha entrado de un solo sopapo en la jeta del alumno”.
En un país donde comprar un libro, o es un lujo, o una cara excentricidad o la zoncera más dilapidadora del dinero, que no hay que desperdiciarlo. Aprovecharlo sería mandarse con una caja de cerveza en el barrio; y si sumamos todas y cada una de las cajas de cerveza tragadas como descocidos de viernes a domingo, y suponiendo que hubieran aprovechádolo en bibliotecas, otra sería la historia de los seres arruinados por el códice rojo de “escuelita fiscal del barrio donde nací”.

Cómo cambiar esto, cómo no ser igual a un profe que te capa de la creatividad desde la transición, diciéndote: “sigue a la manada”; “haz lo que todo el mundo hace”, entre otras sandeces con el sello “educativo”. Si aprovechas sus sabias intenciones, digamos, siguiéndolos unos cinco años de escuela o colegio; cómo, peor aun, no conseguir un trabajo que te endilgue los tragos (be)viernes; cómo, qué, cuándo, cómo, dónde, para un catedrático de color humilde con su sentencia malabrigo, “es una pérdida de tiempo y hasta holgazanería lanzar unas plaquettes que aburrirían a mis alumnos de postgrado”. En el caso de compartirles un verso de uno de sus alumnos despistados que un día llegó obeso y arruinado, arrastrando la cadena de legajos que desde que dejó la bestialidad universal de seguir una carrera, aún vivía lejos de los otros, de ésos que se reían de ver ciertos marcianos leyendo otras cosas en vez de ponerse a leer libros que versen sobre su carrera. Hasta le decían que deje eso y se ponga a leer sus cursitos. Comprender que era parte de su ignorancia, aferrarse al tomito donde Sábato consolaba: “Querido y remoto muchacho…”, para no caer en la cuenta sangrienta, que por ese ramal o escuela viene, de llorar sangre viva, ante esa mierda masa humana burlona del carajo, que, caramente, señores poetas, amigos queridos, los mismos catedráticos les infundían la cachita contra el poeta de la clase, contra el artista que hasta hoy no se cacha a ninguna compañera; qué raro; y la compañera, qué decir, patas, cuando a ella lo que le causaba risa era un puto poeta, que, ¡por favor! ya más no le diera más de esos escritos; hasta que, por fin, luego de, por decir, unos diez años, quiénes son esos falsos aprendices regidos por el sistema violento, el códice rojo, la palmeta, patada, cachetadón, la maquinita “matrícula” de inicio de semestre que ya nos tenía podridos.

Tras una ventanilla con el intermitente olor infecto de su mal humor; aburridos de una carrera que ahora les da de comer. ¡Qué fuck you asco! Como si de eso se tratara la vida, “Trabajar para comer”, y al rato, desaguar, máquinas de deshechos. Si, perfectamente avocados al riesgo que no trata de ninguna fatalidad, óiganlo bien, académicos, perfectamente podemos seguir en lo nuestro. Haraganes, sí; locos, drogadictos, enfermos de la mente, sí; que sacian sus penurias rompiéndose los lomos, sí; al menos, óiganlo bien, profesionales, unos minutos al día, sí; para no ser un puto Magíster en Burrada que entró con sangre. Sí. Esos, los llamados raros, en quienes Bukowski confiaba más que en la gran mayoría necesitada de halagos, son los que no aprendieron bajo el rojo lema violento que rigió un estigma que borra y borrará los libros del bodegón anímico de jumentos “bien parados”.

Los raros. Se trazan lineamientos, exiliados, soportando cada argumento que siempre llegará a la lógica, de que el trabajo y la línea de la reproducción son las únicas salidas (accesorios incluidos) para hacerle frente a cualquier problema, muchacho. Entra en razón. “los artistas se mueren de hambre”. Cuando, señores magistrados, profesionales y demás empleados venteando las orejotas de piajeno, hasta en las radios alertaban, hacia el año 1990, bajo un, no sé si llamarlo lema, de prevención sanitaria contra el Vibrio cholerae, “amigo campesino, NO TE CAGUES EN LAS ACEQUIAS”.

Ponte a pensar, alma en pena, iletrada por desuso de tu piel altamente corrosiva al tacto celulósico. Hemos llegado a tal grado de animalización, más por uso del analfabetismo que por deceso del alfabeto amateur. Las cartillas sobran y bastan para creer que podemos tranquilamente leer diez minutos al día, sin llegar a ser un Cervantes, por ejemplo, pero con la ejercida complacencia, de, por lo menos, no abominar los mails o SMS’s con el juvenil lenguaje abreviado de “tkm” de mierda, creyéndonos, señores, protagonistas de la cara ruina que ustedes llaman “Educación”, putos verdugos; si ustedes mismos llaman a esa masa de descerebrados que hoy odian leer, señores profesores, a quienes castraron desde niños, sesteándoles en sus mentes frágiles que el estudio era un suplicio, cuando, puede tranquilamente, maestros, Magísteres en Burrada y asquerosa política, puede entrar, ¡LA LETRA ENTRA CON SAVIA! 

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...