samedi 30 juillet 2011

John GRANGER/ Imaginando un mundo sin Harry POTTER

HORA DE Balances ¿Qué viene tras los 500 millones de copias en 67 idiomas?
Imaginando un mundo sin Harry Potter
Por John Granger Washington Post 


Mientras la última película de la saga rompe récords de audiencia, comienzan a aparecer balances sobre el impacto para la industria del libro y los hábitos de lectura. En este texto, John Granger, del Washington Post, traza una positiva mirada sobre este fenómeno sin precedentes en el mundo editorial. Además, reseñamos las opiniones del Times de Londres y de algunos "enemigos literarios" del niño mago, como Harold Bloom y A.S. Byatt.  


Una serie de siete libros. Ocho películas. Un parque temático. Cuando la última ola de la Harry Pottermanía está en la cúspide -al menos hasta que J.K. Rowling estrene su sitio web "Pottermore"- podemos observar retrospectivamente la aventura editorial más exitosa desde el "Pequeño libro rojo" de Mao, capaz de recaudar mil millones de dólares por película y que ha convertido a la Rowling en la primera mujer escritora multimillonaria.

Pero un mundo sin Harry Potter no sólo tiene que ver con negocios. Sin Harry, no existiría toda una generación de nuevos lectores. La Rowling cambió nuestra idea de lo que pueden hacer los relatos. Las siete aventuras de Harry son el primer texto compartido del siglo XXI: una narrativa ubicua de la que todos han oído hablar o han leído. Con ventas cercanas a las 500 millones de copias en 67 idiomas, Harry forjó un vocabulario nuevo y contagioso para los lectores de todo el mundo. Sus personajes dickensianos -desde Hermione Granger hasta Severus Snape-, son conocidos por los niños de los seis continentes. Términos como "Muggle" y "Aquel que no se debe nombrar" son ahora comunes.

Eso sí, por universal que sea el dialecto de Hogwarts, la contribución de la Rowling ha sido más que una jerga de magos. Como lo señaló el novelista Lev Grossman en una editorial del Wall Street Journal de 2009 titulado "Los buenos libros no tienen por qué ser trabajo duro", el aplastador predominio de Harry en las listas de best sellers -que obligó al New York Times a crear una lista aparte para niños para "dejar algo de espacio" a los otros libros- aceleró, a mi juicio, la desaparición de la novela literaria. Esas piezas artísticas, con mucha introspección del narrador y frases bien construidas, pero con poco dramatismo y transformación de los personajes, han sido aclamadas en la torre de marfil, pero despreciadas por quienes compran libros desde hace tres generaciones. Después de Potter, la trama dejó de ser un crimen.

Rowling volvió a despertar la conciencia en el lector de lo que desea en una historia escrita, deseos que ahora los escritores y editores se matan por satisfacer. En una palabra, eso quiere decir "significado", aunque haya sido mirado en menos por críticos literarios como Harold Bloom, A.S. Byatt y William Safire.

Aunque algunos lo hayan calificado como "una pérdida de tiempo para los adultos", Harry Potter ha resucitado y renovado la alegoría. En 2007, Rowling dijo que los símbolos cristianos que utiliza en sus textos han sido "siempre obvios". Ellos son los que crearon y aún impulsan la Pottermanía. Los libros se venden mejor que otros, no por efecto de internet, el marketing o las películas. Predominan en las estanterías porque hacen mejor lo que se supone que debe hacer todo libro: entregar significado, instruir junto con deleitar, como opinan los autores cristianos Sir Philip Sidney y C.S. Lewis. Sin la Rowling, estaríamos mucho menos "encantados".

El poeta Ezra Pound exhortó en una ocasión a los escritores a "hacer cosas nuevas": innovar, innovar, innovar. El experto en Lewis, Andrew Lazo, señaló que los Inklings, un grupo de escritores de fantasía británicos que incluyeron a Lewis y J.R.R. Tolkien, optaron en vez por "renovar, renovar, renovar", convirtiendo una vez más la narrativa en ficción, no mucho después de que James Joyce amenazara con hacerla desaparecer.
La Rowling ha seguido el camino de los Inklings con una mezcla épica de novela para escolares, romance gótico, novela policíaca y novela de época de la Regencia inglesa sobre moral y buenas costumbres. No es por accidente que tantos best sellers del siglo XXI sean aventuras en serie con elementos paranormales en los que figuran el amor como sacrificio y la resurrección. Es la marca Potter y, aún más importante, la marca de una antigua y amplia corriente de la literatura inglesa romántica.

Un mundo sin Harry Potter sería un mundo con menos novelas con una trama. Sería un mundo de ficción sin suficientes ventas como para atraer la atención de los medios. Sería un mundo con más autores que dejan de lado buenas historias para dedicarse a experimentos literarios y menos lectores. En lugar de ello, tenemos un planeta lleno de niños (y muchos adultos) que no sólo escapan de su mundo, sino que exploran una realidad más grande que se encuentra debajo de su superficie.

Valente, Bloom, Byatt y otros 'enemigos' de Potter

Con el sugerente título "¿Pueden estar equivocados 35 millones de compradores de libros? Sí", el crítico norteamericano Harold Bloom publicó una columna en el Wall Street Journal (2000) que causó escozor entre los seguidores de Potter y lo transformó en un enemigo tan temible como Voldemort (recibió centenares de cartas con insultos). Allí aseguraba que la prosa de Rowling está cargada de clichés y "no presenta ninguna demanda a sus lectores". Luego, en una entrevista con Juana Libedinsky señaló que "la serie de Harry Potter es una porquería. Como toda porquería, eventualmente, el tiempo la dejará en el olvido".

Otra enemiga mortal de Potter es la erudita escritora y filóloga inglesa A.S. Byatt , autora de "Posesión". En una crónica publicada en The New York Times (2003) mostraba su especial inquietud por el hecho de que Potter fuera leído por tantos adultos. "Auden y Tolkien escribieron sobre el arte de inventar 'mundos secundarios'. El mundo de la Rowling es un mundo secundario secundario, compuesto de motivos derivados de todo tipo de literatura infantil, inteligentemente armados como un patchwork ". Según Byatt, el mundo mágico de la Rowling es "pequeño" y allí "no hay lugar para lo sobrenatural".
En Chile, el crítico Ignacio Valente tampoco fue benévolo con la serie. En marzo del 2000, escribió: "La debilidad primera de estas novelas 'mágicas' afecta -duro es decirlo- a la naturaleza de la magia misma, de la propia maravilla. No hace falta entrar en detalles para evocar, en la memoria del lector, la índole literaria y antropológica, telúrica y moral que reviste la maravilla en el mundo de Alicia, y de la magia luminosa o tenebrosa en el mundo de Aslan y la Bruja Blanca, o en torno a Gandalf y el Señor Oscuro de Mordor. (...) Sin embargo, lo que sobreabunda en estos libros es una magia más trivial, excesiva y a ratos tediosa. Convertir escarabajos en botones, o viceversa (...) demasiado truco con aire de mecanismo, demasiado sortilegio, conjuro, anticonjuro, pociones, fórmulas, abracadabras, antídotos, hechizos tan numerosos como cansadores".

En suma, según Valente "esta magia se parece mucho al poder, a una mera forma alternativa -fácil e intranscendente- del poder muggle . En vez de interpelar y denunciar a la técnica y tecnología de un mundo deshumanizado, la misma magia es aquí una especie de técnica, que se aprende en un colegio ad hoc y, por eso, arrastra cierto automatismo. Con razón se usan aquí como sinónimos estos tres términos: magia, brujería y hechicería. Hay una suerte de cosificación de la magia, que es también su deshumanización".

Articulo: http://diario.elmercurio.com 30/07/2011

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