samedi 23 juillet 2011

José María RIDAO/ Profetas y maestros

PENSAMIENTO
Profetas y maestros
Por José María RIDAO

Nada de lo vivido durante los tiempos de euforia, antes de la crisis, es enteramente inédito. Queda la esperanza de no sacrificar la experiencia a los pronósticos

Durante los tiempos de euforia, antes de que estallara la crisis económica, el éxito se representaba en la figura de un joven que amasaba inmensas fortunas tecleando apresuradamente ante una pantalla. Como la mayor parte de las representaciones, también esta era un señuelo: por cada joven que realizaba el ideal, millones de ellos se enfrentaban a una realidad cada día más precaria y en la que se les iban cerrando poco a poco todas las puertas. Algunos se sobreponían aferrándose a la esperanza de que, si hubo quienes consiguieron triunfar, nada podría impedírselo a ellos. Otros, en cambio, se dejaban arrastrar a una de las formas más arteras de la resignación, e imaginaban que la condición de joven era un valor sin fecha de caducidad. No advertían que, por más que lo fuera en el plano social, en el individual distaba de serlo: mientras que el culto a la juventud se perpetuaba a fuerza de mensajes propagandísticos que anegaban el espacio público, ellos irremisiblemente envejecían, y se veían poco a poco desalojados del lugar que imaginaban haber ocupado de una vez y para siempre.

El relato de la decepción, del brusco despertar individual del ensueño social que dominó durante los tiempos de euforia, antes de que estallara la crisis, importa menos que las ideas inspiradas por el culto a la juventud que se pusieron en práctica, tomándolas por revelaciones que, esta vez sí, cambiarían el curso de la historia. De la figura del joven que representaba el éxito se destacó, sobre todo, el instrumento que le ayudó a alcanzarlo: la pantalla ante la que tecleaba. Por este camino, el culto a la juventud se hizo inseparable de otro culto, casi de otra idolatría: las nuevas tecnologías dejaron de ser consideradas como lo que eran, un simple aunque poderosísimo instrumento, y se convirtieron en el motor del primer motor que lo movía todo, según la metáfora con la que los teólogos pretendían demostrar la existencia de un ser supremo. Desde la globalización a las revueltas árabes, pasando por las acampadas en las plazas españolas, las nuevas tecnologías se utilizaron como explicación de cualquier acontecimiento, sustituyendo el análisis de las causas sociales, económicas, políticas o de cualquier otra naturaleza por un discurso que más parecía una reiterativa oración ante una nueva divinidad que la tentativa, siempre incierta, de comprender racionalmente los fenómenos.

De la misma manera que la invocación de las nuevas tecnologías eximía de cualquier reflexión sobre las causas de los fenómenos, también ahorraba el análisis de sus efectos. A un prodigio supuestamente provocado por Internet y las redes sociales le sucedía otro, y a este un tercero, y así indefinidamente, de manera que, al final, las nuevas tecnologías parecían haber precipitado al mundo en una trepidante carrera cuyo único y no minúsculo problema era que se ignoraba por completo su dirección. Pero no porque, regularmente, el curso de los acontecimientos no lanzase señales, la mayoría de alarma, sino porque, boquiabiertos todos ante los prodigios de las nuevas tecnologías, ante los milagros de la nueva divinidad, no había nadie en el puente de mando para interpretarlas. La crisis, se dijo, cogió a los gobiernos por sorpresa, cuando, como luego se advirtió, era inverosímil que el volumen de las transacciones financieras multiplicase por cifras astronómicas el de los intercambios de la economía real. Las revueltas árabes, se dijo también, estallaron de improviso y, sin embargo, había sido una temeridad desentenderse de la ignominiosa tiranía que padecían millones de ciudadanos, sacrificados al espantajo del miedo. Las plazas españolas se llenaron de un día para otro de ciudadanos de toda condición, no solo jóvenes, gritando "lo llaman democracia y no lo es", sin que, hasta entonces, se hubiera advertido la humillación a la que se les sometía forzándoles a escoger entre partidos que no podían ganar y partidos que no lo merecían, mientras, de nuevo, se esgrimía el socorrido espantajo del miedo.

Referirse en pasado a esta situación es, en realidad, el único resquicio para una débil esperanza: la esperanza de que se haya aprendido. Esto es, la esperanza de que, ante el horizonte de dificultades que se dibuja, regrese aquella cordura elemental que aconsejaba no sacrificar la experiencia a los pronósticos, no escuchar a los profetas sino a los maestros. Nada de lo vivido durante los tiempos de euforia, antes de que estallara la crisis, es enteramente inédito, en el sentido de que, también en el pasado, se adoptaron cultos arbitrarios e idolatrías que sólo revelaron su verdadero rostro después de una catástrofe. La ventaja de los profetas sobre los maestros es que parecen hablar para su tiempo, y la cercanía produce el mismo encanto que la flauta sobre las serpientes, en tanto que los maestros lo hacen sobre épocas remotas, despertando una equívoca impresión de lejanía. Podrán ser, sin duda, distantes las épocas sobre las que hablan los maestros, pero el fondo de los problemas humanos evoluciona con menos rapidez que la forma bajo la que se presentan. Haciendo de la forma un absoluto se llega de inmediato a la conclusión de estar asomándose a un mundo desconocido, donde los profetas gustan de situar su reino. Atendiendo al fondo, sin embargo, estremece descubrir que la condición del ser humano tal vez no resida en otra cosa que en tropezar dos, tres, mil, infinitas veces en la misma piedra. Exactamente como lo recuerdan los maestros.

Articulo : http://www.elpais.com   23/07/2011

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