samedi 16 juillet 2011

Miguel NÚÑEZ MERCADO/ Textos



Miguel Nuñez Mercado, Nacido en Limache, en 1956, Chile, Ha obtenido variadas distinciones literarias en certámenes de carácter regional y nacional. En esta su primera publicación individual, aunque parte de su obra. Ha sido difundida en numerosas revistas y periódicos.

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Las lentejas
Por Miguel Núñez Mercado

Me gustan las lentejas. No podría asegurar con absoluta propiedad de dónde me viene esta preferencia culinaria. En realidad, las legumbres no son muy cotizadas por estos días. No lo han sido nunca. Pese a que tras ellas hay una historia de muchos milenios. Se les puede encontrar en los Libros de los Muertos de Egipto; en las comedias de Aristófanes; y hasta en un dramático párrafo de la Biblia.

El goloso de Esaú vendió a su hermano Jacob su primogenitura “por un plato de lentejas”. Hasta Don Quijote comía, los viernes, de estas leguminosas. Todo esto lo aprendí, hace muchos años, del agricultor puchuncavino Juan Mena Pérez. Su historia -escrita- debe andar, por ahí en alguno de mis reportajes. Debo reconocer que ha sido el “lentejero” más prodigioso que he conocido.

No sé si Juan Peréz Mena vive todavía. Como yo estoy convencido que la muerte sólo es el olvido, para mí sigue vivito y coleando. Y –como siempre- hablando bondades de sus leguminosas preferidas y abundando sus historias hasta lo indecible. “El 53 por ciento de las lentejas de Puchuncaví tenían un diámetro de unos siete milímetros. Algo así como el porte del botón de una camisa”, recuerdo que aseguraba.

Aunque no tuve la suerte de tener en mis manos -o en mi plato- semejantes prodigios de legumbres, creo que Juan Pérez Mena, no andaba tan lejos. Unas viejas etiquetas amarillas de las exportadoras “Duncan Fox” o de la “Gianolis Moustakis” dan cuenta de las enormes leguminosas. Desde la selva rubia de los campos puchuncavinos -que crecía junto al océano- las lentejas viajaban orgullosas por todo el mundo.

Juan Pérez Mena, entonces, hablaba de un Puchuncaví de otros tiempos. Cuando su infancia aún le aleteaba en el corazón como un pájaro y el pueblo lo podía cruzar sólo de unas zancadas. Antes que el supuesto “desarrollo” se comenzará a elevar hacia el cielo y comenzara a echar humos de día y de noche. Incluso muchos antes que su profesor marista –quillotano y trotamundos- le advirtiera que la chimenea le traería al pueblo más males que progreso.

Ahora escribo y me acuerdo de Juan Pérez Mena y me pregunto si aún vive y me respondo que no ha muerto. Recuerdo sus viejas historias donde mezclaba a personajes de la Biblia, a Don Quijote y Aristófanes y a una enorme cantidad de seres -de carne y hueso e imaginarios- a quienes, según él, le gustaban las lentejas.

A mi me gustan. Aunque ya no sean tan enormes como las que se cultivaban en Puchuncaví antes que llegara el “progreso” y cuando todavía a Juan Pérez Mena le revoleteaba en el corazón un pájaro.

***
Los pájaros
Por Miguel Núñez Mercado

Hace tiempo que se fueron los pájaros. No tengo idea cuándo partieron y –debo reconocerlo- sólo ahora me preocupo del tema. Es extraño, porque yo siempre he sido un amante fiel de las aves. Creo que la ornitología está en parte de mis genes y, aparte de algunos plumíferos que mandé a mejor vida con alguna certera pedrada, soy de los que tienen una irremediable vocación pajarera.

Por eso, me resulta extraño que antes, y cuando correspondía, no me preocupara de la silenciosa partida de los pájaros y que sólo recién ahora ponga “el grito en el cielo”. Quizás –y esto lo aventuro- creí que siempre las aves de mi infancia iban a estar aquí y que el sortilegio de colores y cantos de los jilgueros, los zorzales, las tórtolas, y unos cuantos pajarracos más, venían incluidos en el “combo” de la vida.

Sin embargo, parece que no es así, y mi mundo pajarero de hoy sólo me ofrece un horizonte gris de gorriones, cernícalos, aguiluchos y jotes. Estos últimos hacen nata entre nosotros. Puros pajarracos feos, desconfiados, oportunistas y carroñeros. Una mirada al espejo de los chilenos. Quizás, por eso, el cóndor fue elegido el “Pájaro Nacional”. Yo, que soy más emotivo, habría elegido al picaflor para acompañar al huemul en el Escudo.

Claro que el tema es otro y ya me estoy yendo por las ramas. He dicho que me preocupa que se hayan ido los pájaros. Como está de moda echarle la culpa a los otros –especialmente a los que ya pasaron- para mí sería fácil decir que la culpa del exilio de las bandadas la tienen los agricultores, los agroquímicos y la tala indiscriminada de la flora en los cerros.

Está demás decir –porque es cuestión de mirar para cualquier lado- que hemos cambiado los espinos, los tebos y los boldos, entre otros, por los cultivos de paltos a destajo. Cuando los cerros se vengan abajo, nos vamos a acordar que alguna vez hubo árboles de raíces profundas que mantenían a los promontorios en sus sitios. Quizás sólo lleguemos a saber, por algún reportaje del “Discovery Channel” que tuvimos por estos lados maitenes, guayacanes y litres.

Aunque, la verdad, es que los pájaros se fueron por otra cosa y -como no soy ninguna lumbrera- me ha costado entenderlo. El problema es que se ha cambiado la forma de vivir en estas comarcas. Ya no hay patios con parrones, con caquis, con higos, con nísperos, con manzanas. Las delicias pajariles gastronómicas desaparecieron. Hace tiempo, las acequias cortaron su flujo hasta las quintas y los árboles se secaron. Si los pájaros hubieran seguido por estos lares, se habrían muerto de hambre. No les quedó otra cosa que el exilio…

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...