samedi 23 juillet 2011

Muerte del pintor Lucian FREUD




Lucian Freud
Retrato de la sexualidad

Nació un 8 de diciembre de 1922 y murió el 21 de julio de 2011. Vivió 88 años dedicado al arte, al estudio el desnudo y las emociones interpersonales. Ha sido el pintor de los instintos y los deseos básicos, el de los óleos inquietantes, crueles, arrogantes y hasta obsesivos. También, el artista más cotizado de entre todos sus contemporáneos. Prefería a la gente común, aunque un retrato de Kate Moss, embarazada y desnuda, le convirtió en icono popular. Tras los pliegues de la carne, su aproximación al retrato fue, sobre todo, psicológica. No en vano era el nieto de Sigmund Freud.

Siempre reticente a conceder entrevistas, a hacer pública su vida o sus impresiones, Lucian Freud se ganó la fama de provocador. Su trabajo es eminentemente autobiográfico, sólo pinta a aquellas personas que le importan y por las que se preocupa, aunque también es conocida su tendencia a invitar a chicas bonitas a posar para él. Así, su primera obra maestra,Chica con rosas, retrata a Kitty Garman, la hija del escultor Jacob Epstein que se convirtió en su primera esposa el mismo año en que realizó el cuadro, 1948.

Freud nació el 8 de diciembre de 1922 en Berlín, de padres judios y nieto de Sigmund Freud. En 1933 la familia tuvo que emigrar a Gran Bretaña, donde Freud comenzó a despuntar como pintor ya en 1938 en una pequeña exposición de arte juvenil en el Guggenheim Jeune. Al año siguiente adquirió la nacionalidad británica y murió su prestigioso abuelo, que vivía también en Londres desde 1938. Tras unos años dedicados a su formación artística se publicó su primer autorretrato en la revista “Horizon” en 1940 y, unos años más tarde, en 1944, tuvo lugar su primera exposición individual en la galería Alex Reid and Lefevre de Londres. También en 1940 conoció a Francis Bacon, con quien mantuvo durante muchos años una estrecha amistad confirmada en 1951 y 1952, cuando ambos se retrataron mutuamente. En 1954 los dos pintores representaron a Gran Bretaña, junto a Ben Nicholson, en la Bienal de Venecia.

El retrato psicológico

En 1972 comenzó una serie de cuadros, que continuó hasta mediados de los 80, sobre su madre, ya que ella había perdido todo el interés por él debido a una depresión que la redujo a una pasividad completa. En la obra Gran Interior W.9 la madre aparece junto a la novia, pero ambas estás separadas, incomunicadas, ya que nunca posaban juntas. El sistema de Freud imponía que las modelos no se relacionasen entre ellas, sino exclusivamente con el artista... y éste solía dejarlo todo terminado antes de irse a la cama, por si no sobreviviese a la noche. Los modelos de Freud han sido siempre aficionados, incluso sus hijas han posado desnudas para él, los modelos profesionales nunca le han gustado, “ya les han mirado tanto que les ha crecido una nueva piel, cuando se quitan la ropa no se quedan desnudos, su piel se ha convertido en otra prenda de vestir”.

La Hayward Gallery de Londres organizó en 1974 la primera retrospectiva dedicada a este artista, especialista del retrato y el desnudo, cuyas obras tienen una intensidad psicológica tan importante que algunos críticos han visto en ellas la impronta de su abuelo. En los últimos diez años la obra de Freud ha mostrado todas las facetas de una vida, de una búsqueda, gracias a la complicidad de las personas que posan, Freud dice que pinta gente “no por cómo aparentan ser, sino por cómo son realmente”. En 1987 tiene lugar la primera representación importante del artista fuera de Gran Bretaña gracias a la retrospectiva organizada por el British Council en Washington, París, Londres y Berlín. 

El elemento erótico

En la última década Freud ha transformado su estudio en escenario de relaciones duraderas, logrando así una dimensión nueva en sus óleos. Leigh Bowey impactó al pintor con “unas pantorrillas que le llegaban hasta los pies” y se convirtió más en un actor que en un modelo profesional, pero su muerte en 1994, a causa del sida, convirtió a Big Sue, una oficial del departamento de Salud y Seguridad, en la modelo principal de Freud. El pintor ha dicho en más de una ocasión que los cuadros que le excitan son aquellos que tienen “un elemento erótico, no importa cual sea el tema”, y así en su obra puede verse una amplia gama de sexualidad, heterosexual y homosexual, imaginaria y táctil, que deja entrever el gusto del pintor por la encubierta animalidad de la mujer.

La Tate Britain le dedicó una gran exposición retrospectiva en 2002, que posteriormente viajó a CaixaForum Barcelona y a Los Ángeles. 

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La carnalidad según Lucian Freud
Leandro Navarro. Amor de dios, 1. Madrid. Hasta el 24 de mayo. De 12.000 a 66.000 e.
Por José MARIN-MEDINA
Publicado el 11/05/2006

La voluntad de expresar la potencia de la condición corporal o carnalidad del hombre, propósito que rige la pintura de Lucian Freud (Berlín, 1922), no sólo se mantiene en su obra gráfica, sino que en ella se ahonda gracias a las aristas penetrantes y a la compleja trama lineal de esta singular manera de dibujar que exige el procedimiento elegido: el aguafuerte.

Se trata de un dibujo rayado, arañado, que se abre como una incisión sobre la plancha metálica de su base, mediante la presión variable en intensidad e intenciones del pulso de su autor. Este dibujo seco opera, así, con la viveza de una herida cuyo expresivo diseño -entallado y entintado- se estampa sobre la lámina de manera impecable, contando con los efectos de la presión rotunda del tórculo. En Freud ese dibujo cobra una riqueza y variedad magistrales en fuerza y sutileza, en tono y matiz, en luces y penumbras, en pureza y sensualidad de línea, así como en el dominio de esa especial capacidad plástica que caracteriza al grabado calcográfico. Siendo cierto, pues, que los aguafuertes de Freud se establecen en clara correspondencia con su pintura, en ellos también se advierte no sólo ya la formación escultórica que tuvo (estudió con el escultor J. Skeaping en el Central School of Arts and Crafts, de Londres), sino, sobre todo, en sus formidables logros de efectos de estatuaria, como los de la rotunda “presencia” de las figuras y la grave “pesantez” de las formas.

Aguafuertes, pues, puramente lineales, cabalmente ortodoxos, con calidades de talla, sin sumar recursos tan legítimos y comunes como el de las manchas y punteados del granulado de resina del aguatinta. Láminas inolvidables, inconfundibles por la calidez de línea, la dinámica de su estructuración, la exaltación de su ritmo y la rapidez de su tempo, caracteres que no se diferencian de los de su pintura. Sorprende que la consistencia y trama del dibujo se pronuncien en estos grabados con registros tan similares a los que produce la densidad de la materia en sus óleos. A ello coadyuva la identidad de su temática, centrada en el retrato y el desnudo, géneros que Freud mezcla en una suerte de “desnudos retratados”. 

Del medio centenar de aguafuertes que forman la obra grabada por Freud en su plenitud, o sea, del año 1982 a esta parte, la galería Leandro Navarro presenta 17 láminas. El clasicismo trascendido de modernidad de este conjunto no resulta ni demasiado apegado a la tradición ni decididamente innovador. Estas estampas respiran una especie de reserva frente a las profecías de las vanguardias. Su indudable vigencia radica en el predominio que los sentimientos del artista tienen, por encima de la observación objetiva. Se trata de una lección aprendida en sus años juveniles por Freud de su maestro antiacadémico, sir Cedric Morris que defendía que “lo que el artista siente sobre las apariencias importa más que lo que ve; y el dibujo, dictado por el sentimiento, puede usar la distorsión para imprimir emotividad”. 

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Lucian Freud ...y el cuerpo se hizo pintura
Por Kevin POWER 
Publicado el 24/10/2002

R. B. Kitaj afirmó que cada generación tiene su propio rostro y el problema del artista es encontrarlo.

La obra de Freud (Berlín, 1922) nos propone elementos de este rostro desde su primera obra maestra en 1948, Chica con rosas. Se trata de un retrato de Kitty Garman, la hija del escultor Jacob Epstein, sentada, los hombros cuadrados con cierto aire de confianza y vestida con una blusa de rayas oscura y una falda de terciopelo. O en la imagen de Harry Diamond en Interior en Paddington (1951), un hombre agresivo, devorado por el resentimiento, corto de estatura, que nos mira desafiante, enfadado con el mundo y con todos los que pretenden gozar de sus banalidades. 

Freud se muestra agudamente consciente de los peligros de la auto-indulgencia pero también la entiende como una manera de cristalizar el gusto y de manifestar a los demás sus emociones más íntimas. En 1972 empieza a pintar a su madre ya que ella había perdido todo interés por él. Su depresión la redujo a una pasividad completa y posaba casi sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Según su madre, la primera palabra que pronunció Freud fue alleine, que significa “déjame solo”. ¡Ahora le había tocado a ella! Gran interior W.9 produce una sensación de división entre dos figuras: la madre y la novia. Nunca posaban juntas, aunque una vez la madre la había oído rompiendo objetos en la habitación de al lado. Las obras con dos modelos son siempre difíciles. Bacon, por ejemplo, prefiere situar la figura aislada en los trípticos, cada una en un compartimento aparte, mientras que Freud propone una solución en que las mujeres no se relacionan la una con la otra, sino exclusivamente con el artista. Esta obra se guía por una sensación de soledad y deja de existir cualquier distinción entre vida y arte. A Freud le gustaba dejar todo más o menos terminado después de cada sesión, por si no sobreviviera a la noche.

La relación entre pintor y modelo suele ser práctica, profesional, y forzosamente explotadora. Da lugar a una intimidad conspiratoria, una familiaridad transferible a la obra en la medida en que ésta se convierte en el tercer y principal interesado de la relación: literalmente, el objeto de amor. El retrato desnudo II de1980 lo demuestra perfectamente: una mujer a punto de parir, llena y madura, con un toque de suntuosidad melancólica. Incluso trabajó con sus propias hijas. Hay que tener en cuenta que alguien desnudo exige cierta consideración y, en el caso de sus hijas, tanto del padre como del pintor. ¡Pero son ellas las que dan su consentimiento!

En las obras de los últimos diez años somos testigos de los distintos componentes de una vida y de una búsqueda. Esto no sucedería sin la complicidad de las personas que posan. Su obra trata de sus emociones, su estudio, su casa, los lugares que frecuenta y los espacios conocidos a través de la propia pintura -como el suelo de la habitación de Van Gogh o una pequeña obra de Watteau detrás del retrato de su dueño-. De algún modo, las personas que aceptan ser retratadas desnudas renuncian a la protección de la autoestima en que se basa la confianza en uno mismo, aunque sigue existiendo la posibilidad de inclinar la balanza en contra del egocentrismo y del ortodoxo control del pintor.

La década en que Freud consiguió una nueva dimensión comenzó cuando la habitación que utilizaba como estudio se convirtió en el escenario de relaciones duraderas con Leigh Bowery o Sue Tilley. Bowery fue más un actor que un modelo profesional. Freud le había visto en una cola y se quedo impactado por ese hombre cuyas pantorrillas llegaban hasta los pies. Posó casi a diario durante dos años, logrando, a través de esta calidad burlona de un cuerpo tan consciente de sí mismo, una tensión extraordinariamente seductora. En Leigh Bowery (1990) vemos a este provocador, despojado de sus trajes de diva y con una expresión perversa. Con la muerte de Bowery a causa del sida en vísperas del Año Nuevo de 1994, Big Sue, una oficial del Departamento de Salud y Seguridad y dueña de un cuerpo espectacular, se convierte en su modelo principal. Inicialmente, Freud se sintió atraído por su tamaño, un paisaje de pliegues y cráteres, pero con el tiempo se interesó más por las heridas e irritaciones producidas por el peso y el calor. 

Prima la sensación de reciprocidad entre el artista y su tema, y la obra se deja invadir por una gama amplia de sexualidad, heterosexual y homosexual, imaginaria y táctil, dirigiendo el pensamiento hacia zonas más arriesgadas. Freud afirma que los cuadros que realmente le excitan tienen un elemento erótico, no importa cual sea el tema. Se percibe un gusto por la encubierta animalidad de la mujer. Son los modelos mismos quienes desean sentarse o tumbarse, empapados de cierta sensualidad que posee la indolencia. 

Freud ha logrado lo que quería. ¡Que la pintura nos sorprenda, nos moleste, nos seduzca, nos convenza!

Album :

Articulo : http://www.elcultural.es  23/07/2011

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