dimanche 3 juillet 2011

Pedro Pablo GUERRERO/ Ana María del RÍO y los secretos del huerto

Novela "Pero ahora no es verano"
Ana María del Río y los secretos del huerto
Por Pedro Pablo Guerrero
 
La autora de "Siete días de la señora K." (1993) -uno de los libros más inquietantes y controvertidos de los 90- regresa a la novela, después de un silencio de trece años.

Makena regresa a la casa de campo en Mallara, donde cada verano llegaban sus padres y sus tíos. Vacaciones eternas en las que hordas de primos recorrían las incontables habitaciones del viejo caserón de madera, se internaban en el parque, dormían en el extenso huerto de naranjos y nadaban en la piscina. Pero ahora no es verano. El motivo que reúne a los Bulnes es muy distinto. Acaban de morir los patriarcas: el Tata y la Memé. Hay que organizar el funeral y sacar la posesión efectiva, mientras amenaza, a las puertas del fundo, el fantasma de la Reforma Agraria. Lo que pone muy nerviosos a los adultos, pero no a Makena, que tiene sus propias preocupaciones: hace semanas que no está en "sus días", como dicen las mujeres de la familia. Algo de lo que no se atreve a hablar con su madre. Y su padre, el único que la hubiera escuchado, ha muerto hace poco. Necesita decírselo a su primo Tarso, debe hablar con él, pero no llega y, cuando por fin lo hace, la esquiva. "El amor viene a transformarlo todo", se dice Makena.

Pero ahora no es verano marca el regreso de Ana María del Río (1948) a la novela, después de más de una década de silencio, sólo interrumpido por algunos libros juveniles y un par de recopilaciones, avaladas por el impacto que provocó su obra en el medio literario, y que la hizo ganar el Premio María Luisa Bombal en 1986 con Óxido de Carmen ; el Premio de Novela Andrés Bello 1990 ( De golpe, Amalia en el umbral ); el Premio Letras de Oro Universidad de Miami 1991 ( Tiempo que ladra ) y el Premio Municipal de Santiago 2005 ( Lita, la niña del fin del mundo ).

-¿Qué pasó que estuviste tantos años sin publicar?
-Mucha agua debajo del puente. Desde mi separación hasta una enfermedad fregada que tuve. Me operaron, fue un atado. Pero ahora estoy bien. Yo tenía el tema en barbecho hace tiempo, había escrito muchos cuentos, malos todos, pero uno sabe que hay algo rumiando ahí que tenía que sacar. Y al final salió. Fue muy raro. En las vacaciones pasadas, en enero, tuve que ir a unas cabañas en Chillán con mis nietos y mi familia. En las noches escribía, escribía y escribía, hasta que terminé el libro. La novela salió de una sola vez, sin borrador. Yo creo que fue por haberme salvado de la muerte. De repente, cuando te pasa eso, ocurre algo adentro que te pone las cosas claras.

Calificada por Mariano Aguirre como "la narradora más inquietante" surgida en la década del 80, junto a Diamela Eltit, su nouvelle Siete días de la señora K. (1993) provocó un revuelo inédito: por primera vez en la literatura chilena se rompía el tabú de escribir explícitamente acerca del autoerotismo, además de abordar en otros relatos del mismo libro aspectos omitidos de la sexualidad femenina. Fue uno de los mayores éxitos comerciales de la nueva narrativa, mientras que la crítica Ana María Larraín, reconociendo el talento de la autora, no dejó de aludir a lo "fuerte" del tema y a su ambigüedad "antes antropológica que moral".

-A tus libros siempre los rodea un aire de escándalo.
-Mira, a ese respecto tengo una especie de galardón; me lo dio Jorge Edwards cuando me criticó una novela: "Ana María del Río, como Balzac, es vulgar cuando tiene que serlo". Si uno se mete a hablar de sensualidad no puede parar. No se trata de caer en la pornografía, pero tampoco de ser "potijunta". Es a lo que más miedo le tengo. Si ya asumo tocar un tema se toca a concho. No puedo decir: "Dejemos a nuestros personajes en el dormitorio y vamos a...", como hacían los escritores del siglo XIX. Yo no podría escribir de manera eufemística.

-¿Hay mucho pudor en la narrativa chilena?
-La literatura chilena es "potijunta". No toda, desde luego. Está llena de eufemismos o de una vulgaridad ilegible, pero no logra el equilibrio. Pienso que hace falta más libertad con la palabra para tocar temas de frente. No morbosamente, sino de frente, sin tanta cortinita.

-Esta novela está atravesada por el tema del incesto. ¿Por qué te interesó abordarlo?
-Como dice el cantante, que levante la mano la que no ha estado enamorada de un primo hermano. Traté de hacerlo lo más sutil posible: el amor entre lanzado y puro, distinto, que no vamos a tener nunca más, y que también tiene que ser en un reducto cerrado, como un fundo.

-Ya, pero hay una diferencia entre enamorarse de un primo y acostarse con él.
-Perdón, no hay nada más sexual que los veranos entre primos. Eso lo quise destacar. Difícilmente puede haber algo más sensual que esas siestas pasadas en el huerto de naranjas. El calor todo lo exacerba. Comer fruta, sandías, chorreándose. Se despiertan todos los sentidos, y en la adolescencia, obvio, eso estalla. Más encima la exquisitez del secreto, lo prohibido.

-¿Por qué eliges el punto de vista narrativo de una adolescente para contar la historia de los Bulnes?
-Ensayo y error. Traté mil veces de escribir en tercera persona. Quedaba horrible. Panfletario. Desabrido. Necesitaba algo que fuera galopante, no un modo pausado de narrar.

-¿Pasaste tu infancia en un lugar como Mallara?
-A ver, no es una novela autobiográfica. Como en todo, hay hilachas de la vida familiar que se entremezclan, pero los Bulnes son una familia ficticia y los sucesos son totalmente ficticios. Lo que sí es cierto es que quedábamos encerrados en las vacaciones, durante tres meses, cincuenta primos, con muchos tíos. Era un espacio narrativo latente. De hecho, yo tenía obligación de escribir, porque después de almuerzo mi madre encerraba a los primos en un salón gigante para que no salieran a insolarse. Todos teníamos que resolver un problema de matemática y escribir un cuento. ¿Qué hacer? Nos dividíamos. Gabriel Ruiz-Tagle, que era un as para los números, hacía los problemas de matemáticas. Y yo, los cuentos. Historias infames, de una página. Éramos rápidos. A las tres de la tarde ya estábamos todos listos.

-¿Dirías que en "Pero ahora no es verano" haces la elegía de esa forma de vida terrateniente?
-Podría ser. Nada volvió a ser lo mismo después de la muerte de los pilares del lugar, sus creadores. En Mallara hay pioneros que están en la historia de Chile, como el que hizo el túnel para robarle las aguas al Maipo y regar ese valle de secano que no valía nada. Esa solidez de personas se pierde en la generación que le sigue. O se diluye. Con excepciones, por supuesto. Luego, la Reforma Agraria empieza a romper un dique. Llega gente que ya no comulga con los valores de los mayores. Es algo imparable. Fue una tragedia para muchas familias, pero también lo que había antes era demasiado medieval como para que persistiera.

-Tú eres muy directa. ¿Por qué llamar Mallara y no Mallarauco al lugar de la novela?
-Por dos cosas: me gusta más como suena Mallara y porque el espacio de la ficción se llama así. Si le pongo Mallarauco va a salir alguien diciendo: ¿cuándo ha habido esto en Mallarauco? No quiero que empiecen las checklists , son una lata. Como dice Vargas Llosa, es increíble la dificultad que tiene la gente para aceptar la ficción. Siempre cree que está leyendo un reportaje.

-¿Ves una relación entre tu novela y "Casa de campo", de José Donoso?
-No. A Donoso lo conocí, estuve unas cuantas veces con él. Él vivió en una casa donde viví, en la calle Galvarino Gallardo. El altillo donde escribía Donoso era el mismo donde yo hacía títeres. Donoso trabaja el esperpento, yo trato de evitarlo. No es que no trabaje gente rara, pero Donoso crea un imaginario más denso que el mío.

-¿Has vuelto a la casa de Mallara?
-Como yo la conocí, se perdió definitivamente cuando murieron los dos patriarcas. Luego la rescataron familiares y la dejaron muy bonita, restaurada, pero ya no era lo mismo. Cuando volví un par de veces fue como ir al museo de mi propio pasado, y el último terremoto la destruyó casi entera.

 
Articulo : http://diario.elmercurio.com  03/07/2011

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