samedi 30 juillet 2011

Pedro Pablo GUERRERO/ Thomas PYNCHON: 1970 o lo que botó la ola hippie

Esperada novela "Vicio Propio"
Thomas Pynchon: 1970 o lo que botó la ola hippie
Por Pedro Pablo Guerrero 


Acaba de llegar a Chile la última novela del escritor estadounidense, en la que echa una mirada irónica y compasiva a la generación del sesenta justo en el momento de su naufragio.  


"¡Ay la paranoia!" es una exclamación de El arco iris de gravedad (1973) que puede aplicarse a toda la obra de Thomas Pynchon, alcanzando hasta su novela más reciente. Vicio propio(2009) relata in crescendo las ramificaciones de una gigantesca conspiración situada en la frontera exacta entre los años 60 y 70: algo así como el brusco despertar, con resaca incluida, del sueño hippie. Las constantes alusiones al asesinato de Sharon Tate a manos de Charles Manson y su secta de rubias californianas, ocurrido el 8 de agosto de 1969 en la mansión de Cielo Drive, marcan el hito que separa ambas décadas.

Tal como lo vio gran parte de la sociedad norteamericana de la época, el brutal crimen significó el fin de la confianza en las buenas intenciones del prójimo y la bancarrota de los discursos mesiánicos de cambio social y búsqueda interior. Justo cuando la recién instalada administración Nixon declaraba la guerra a la contracultura, que por entonces no se reducía únicamente a los últimos hippies de trajes floreados, sino también a sectas de fanáticos religiosos, estudiantes de la UCLA imbuidos en lecturas marxistas y, sobre todo, a los Panteras Negras, que promovían abiertamente la lucha armada.

Un detective marihuanero

Vicio propio es una novela negra en toda la regla. Hay en ella un investigador privado, descendiente directo de Philip Marlow (Raymond Chandler), Sam Spade (Dashiell Hammett) y Lew Archer (Ross Mcdonald). También se mueve, como ellos, entre Los Angeles y la costa de California. Pero a diferencia de sus ancestros, Doc Sportello no viste impermeables ni se parece a Humphrey Bogart. Tiene el pelo largo, usa sandalias y fuma marihuana en vez de cigarrillos sin filtro. Vive solo, desde luego, pero en lugar de cantinas en penumbras visita colorinches bares de surfistas en Gordita Beach y le gusta ver películas viejas de John Garfield por televisión. Su modelo sesentero de femme fatale es Shasta, una seductora rubia -hay cosas que no cambian- con la que tuvo algo hace tiempo, pero que ahora es la amante de Mickey Wolfmann, un magnate de la construcción de origen judío, custodiado por una pandilla de motoqueros con tatuajes de calaveras y esvásticas.

La novela está llena de sarcasmos de ese tipo, como la declaración de un ex presidiario negro de la Black Guerrilla Family para explicar el trato que hizo en prisión con un integrante de la Hermandad Aria: "Descubrimos que compartíamos muchas opiniones sobre el gobierno de Estados Unidos".

El infaltable brazo de la ley es Bigfoot, un policía que debe su apodo a la costumbre de abrir las puertas a patadas. Odia a los hippies y a los "rojos", lo que no le impide ofrecerle a Sportello una suma regular de dinero por información. Nada de raro. Está de moda la serie televisiva "Patrulla juvenil" (Mod Squad), protagonizada por tres adolescentes (uno de ellos negro) que, a cambio de inmunidad por delitos menores, aceptan trabajar para las fuerzas del orden. No es el caso de Sportello, a quien, sin embargo, no le queda otra que intercambiar algunos datos cuando el no del todo incorruptible Departamento de Policía de Los Angeles empieza a cargarle la muerte de uno de los guardaespaldas de Wolfmann y lo relaciona con el posible secuestro del empresario.

Doc Sportello ha hecho muchas cosas en la vida de las que no está orgulloso, incluido su paso por una agencia de cobranzas. Sin embargo, conserva de esa época un par de amigos que lo ayudan a encontrar información "sensible", gracias a una tecnología experimental: ARPAnet, sigla de Advanced Research Projects Agency Network. ARPAnet es algo así como la matriz de la actual Internet, y fue creada por encargo del Departamento de Defensa de Estados Unidos en la Universidad de California, Los Angeles, con el apoyo de la corporación TRW, dedicada a la industria automotriz, aeroespacial y a bases de datos crediticios.

"Es una red de ordenadores, Doc, todos conectados por líneas telefónicas. UCLA, Isla Vista, Stanford. Pongamos que hay un expediente que ellos tienen y tú no, ellos te lo envían al momento a razón de cincuenta mil caracteres por segundo", le explican al atónito Sportello, deslumbrado con el conjunto de luces verdes y rojas encendiéndose y apagándose como "un árbol de Navidad" en computadores del tamaño de un refrigerador.
Este sueño realizado de la ciencia ficción pone a Doc sobre la pista de una goleta fantasmal, "Colmillo Dorado", que entra y sale de puertos de todo el mundo con cargamentos que no pasan por aduana. El buque participa en las intervenciones norteamericanas en Guatemala, África Occidental e Indonesia, transporta heroína de la CIA desde el Triángulo Dorado, y lleva armas a Bahía de Cochinos. Se relaciona además, como pronto queda claro, con la desaparición de Wolfmann y de Shasta.

Guerra Fría y vampiros

"Colmillo Dorado" no es un nombre elegido al azar por Pynchon. En los paranoicos tiempos de la Guerra Fría causaba furor en todo el mundo la serie de terror "Dark Shadows", emitida por la televisión norteamericana entre 1966 y 1971 y conocida en Chile como "Sombras Tenebrosas", que protagonizaba el vampiro Barnabas Collins, interpretado por el actor canadiense Jonathan Frid. EnVicio Propio , la serie tiene una presencia significativa. El vampirismo en todas sus formas se despliega adonde uno mire. Desde músicos de surf rock convertidos en zombis por la heroína hasta prestamistas chupasangre con inmunidad judicial, junto al elocuente apellido del empresario de la construcción que tiene de cabeza al FBI y la Policía: Wolfmann (Hombre lobo).
Pynchon desmonta concienzudamente el mito de paz y amor de California en los sesenta, mostrando cómo la especulación inmobiliaria devora barrios y suburbios para edificar condominios sobrevalorados adonde llegan a vivir hombres de clase media que los fines de semana hacen ejercicios de guerra con fuego real. Milicias de autodefensa pertrechadas gracias a los almacenes de excedentes militares y a solícitos proveedores de armas automáticas.

Entre las filas de la contracultura las cosas no andan mejor. Adictos a las anfetaminas hacen fila para inyectarse "vitamina B12" en dudosas consultas médicas. Hermanos negros sellan oscuros pactos con hermanos blancos. Heroinómanos perdidos son reclutados como agentes para infiltrar a grupos subversivos. Entran y salen de sanatorios cinco estrellas, se disfrazan de hippies en las protestas callejeras y son enviados a misiones cada vez más desquiciantes. "La preparación a veces incluía la lectura de Herbert Marcuse y del presidente Mao e incluso comprender los textos", recuerda con angustia uno de ellos.

Pero quedan outsiders que permanecen fieles a sus obsesiones, y Pynchon no disimula su afecto por ellos. Hay un surfista de nombre Flip, alias el Santo, empeñado en hallar la ola perfecta en mitad del océano. Está Sauncho Smilax, escudero y abogado ad honorem de Doc Sportello, que pasa la mayor parte de su tiempo libre descubriendo mensajes subliminales de control mental en los dibujos animados. Menos paranoica, Sortilège es una ecologista avant la lettre que cree en la venganza de la Tierra y en el regreso inminente de Lemuria, el continente sumergido del Pacífico.

Mala traducción

Pynchon se muestra en Vicio propio un poco más indulgente con los hippies de lo que fue con los beatniks de su propia generación, en la década del cincuenta, a los que retrató irónicamente en su primera novela, V. (1963), publicada cuando tenía 26 años. Sin embargo, confirma en ambos libros su gusto por mostrar la cara menos glamorosa de las contraculturas, idealizadas con el paso de los años por las nuevas generaciones de rebeldes o, en el otro extremo, ridiculizadas hasta la caricatura por sus adversarios.
Vicio propio es, en la obra de Pynchon, el equivalente a un parque temático de los setenta y el ocaso hippie bajo el signo de Nixon, tal como Vineland (1990) fue la crónica de los sesenta examinada retrospectivamente desde 1984, año de la reelección de Ronald Reagan en la presidencia de los Estados Unidos. El político republicano también aparece en Vicio propio , pero todavía como gobernador de California.

La aproximación a los sesenta no en el momento de su auge, sino del hundimiento, indica las preferencias de Pynchon. Le interesan más los náufragos que los héroes. Los personajes desamparados, sin rumbo, burlados por fuerzas muy superiores a las propias. Fichas de un juego cuyo sentido final se les escapa o del que toman conciencia demasiado tarde.

A diferencia de sus primeros libros, e incluso de su novela anterior,Contraluz (2006), no hay en Vicio propio la ambiciosa búsqueda experimental que hizo mundialmente conocido el nombre de Pynchon como uno de los pilares del posmodernismo narrativo. Por el contrario, la última entrega del autor acepta las reglas de la novela negra o hard-boiled con un sospechoso respeto. Hasta se da el gusto de saludar a los grandes maestros -Hammett y Chandler- en cierto pasaje de la novela. Todo se ajusta a los códigos del policial clásico: su argumento lineal, sin historias paralelas, las pistas falsas que el detective encuentra en el camino, los imprevistos aliados y enemigos, así como las piezas sueltas que encajan en el momento preciso.

Si la hubiera publicado sin firmarla, tal como Pynchon insiste en publicar sus libros con una inmensa x en el lugar de la solapa donde debiera ir su foto, Vicio propio podría haber pasado perfectamente como una novela escrita por James Ellroy. Están todos los ingredientes: una intriga en Los Angeles donde se mezclan drogas, sexo y corrupción policial a gran escala, con ramificaciones hacia los círculos más altos del poder. No significa esto que Vicio propio sea una novela menor de Pynchon. No lo es, en absoluto, por más que juegue en su contra la exasperante traducción del slang norteamericano a la jerga española peninsular: chachi, cabronazo, pirado, camello en vez de dealer ... Lo peor es que los editores también estropearon el título del libro, que en inglés es Inherent Vice , término legal para referirse, en el mundo de los seguros marítimos, al riesgo inevitable que las pólizas navieras prefieren no cubrir: cargamentos frágiles o peligrosos. Es decir, vicio inherente, tal y como debió quedar en su paso al castellano.

Vicio propio , entonces, no es un divertimento del autor. Prueba que, a los 74 años, Pynchon conserva todo el vigor de sus primeros libros, pero que ya no necesita demostrarlo en novelas de tamaño y alcance enciclopédicos. Atrás quedan, por el momento, las tramas rizomáticas, el cruce de géneros y los juegos metaliterarios. Permanecen, en cambio, las referencias a la cultura popular que dan a la novela mucho más que un aire de época. Vicio propio es una parodia lisérgica que invoca fantasmas arraigados en el imaginario colectivo de toda una generación. 1970 revive en la novela de Pynchon como un portal de espacio-tiempo que permite entrar y salir a voluntad del presente para comprender no sólo sus orígenes, sino también sus inquietantes proyecciones en el futuro inmediato.

Articulo: http://diario.elmercurio.com 30/07/2011

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