samedi 30 juillet 2011

Rolando REVAGLIATTI/¡A escena, Actores!



Rolando Revagliatti publicó desde 1988 dos volúmenes con cuentos y relatos: «Historietas del amor», «Muestra en prosa»; uno conformado por cinco piezas teatrales: «Las piezas de un teatro»; quince poemarios: «Obras completas en verso hasta acá» (dos ediciones), «De mi mayor estigma (si mal no me equivoco)»; «Trompifai», «Fundido encadenado (tres ediciones), «Tomavistas» (cuatro ediciones); «Picado contrapicado» (dos ediciones), «Ripio» (tres ediciones), «Desecho e izquierdo» , «Propaga», «Ardua» (cinco ediciones), «Corona de calor», «Del franelero popular» (dos ediciones) Además, «El Revagliastés», antología poética personal, a través de la colección de poesía Poeta Joaquín Giannuzzi.Los poemarios «Fundido encadenado», «Picado contrapicado», «Propaga» y «Pictórica» cuentan con ediciones artesanales como libro-caja y como libro- estuche a través del sello Nostromo Editores.

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¡A escena, Actores!
Por Rolando REVAGLIATTI

Helia Pérez Murillo, mi com­pañera en las clases de interpretación, así como en las de expresión corpo­ral, enseñaba literatura inglesa en un colegio religioso. Religiosa ella, rara avis, buen humor y mal aliento, no respondía a los cánones usuales de quien se prepara para ejercer de actor. Se anexaba a los grupús­culos más laburadores sin deses­timar a los que apuntaban hacia un destino de reviente. No todos la querían (nunca ocurre) y me­nos aún, la comprendían. Deta­lles simpáticos la adornaban: en substancioso revoltijo portabas tijerita, carreteles de hilo blan­co e hilo negro, dedal, aguja, alfileres de gancho. Costurera ambulante, un botón me co­siste apenas nos conocimos.

Por años trazamos un mismo derrotero estudiantil. Realizamos, a propuesta mía, los seminarios de maquillaje y de foniatría. Hicimos “de pueblo” (cate­goría “figurante”), bajo contrato, en la tragedia campestre “Donde la muer­te clava sus banderas” de Omar del Carlo, en el Cervantes. Vos, como “mujer ribereña”; yo, disfraza­do de montonero, detrás de una dece­na de ursos por igual disfrazados, en un cuadro secundábamos a Venancio Soria (Alfredo Duarte) peleando a fa­cón con su padre, el general Dalmiro Soria (Fernando Labat), en el segun­do acto. Se te veía en el escenario. Amí, en cambio, como dije, cubriendo las espaldas del pelotón, con barba y gorro, el más bajo, sólo se me hubiera distin­guido con la perspicacia de la que mi padre y su primo Boche carecieron cuando recibíamos los aplausos. De ese saludo en la función del estre­no, conservo una foto: allí estamos: vos, sobre la derecha, empollerada y con pañuelo en la cabe­za; yo, en el otro lateral, inclinado, con poncho y lanza.

Nunca olvida­ré aquella friega en­tusiasta que me propinaras con linimento Sloan, antes de irnos a comer Traviatas al barcito de la galería de la Sala Planeta. Ese calambre fue de lo más genuino, y por mí la pantorrilla hubiera podido quedarse agarrotada. Me dulcificaste. De qué buen grado te habría ofrecido todo mi territorio con­tracturado. Te deseé con continuidad. Me enfebrecitabas al cerrarte el sacón de vizcacha o cuando te instilabas el colirio. Virginidad agazapada, He­lia, vos, transida y amagante con tus treinta y cuatro años en ristra, mien­tras yo, con ocho menos, te alcanzaba mis versos esotéricos, mis silvas a la metalurgia y a la agricultura, mi única lectora, siempre una palabra amable, como una novia. También siempre tuviste hermanos mayores, todos machitos, y siempre confundía yo la voz de tu mamá con la tuya, por te­léfono. Tu padre, siempre, además, fue un anciano delicado de salud. Vivías en una mansión de ésas que emputecen a un pequeño burgués que como yo la otearía desde afue­ra y de noche, a bordo de su Ami a dos tonos de colorado, bien de chapa, en una callejuela de Adro­gué, mucho árbol y parejo empe­drado, mucho, muchísimo parque alrededor de la casona. Yo te de­jaba, Helia, en el portón que se abría a toda esa manzana lóbrega y rodeada por ligustro.

Estuve casado durante los dos pri­meros años de tratarnos. La conociste a Viviana. Te amedrentaba su indepen­dientismo enérgico y su desconcertante labilidad. Por entonces, con Antonieta y Alejandro concurríamos a los café-concert, previa presentación de nues­tros modestos carnés de la Asociación de Estudiantes de Teatro. Sucesos que acontecían cuando te mandaste con Samuel Gomara esa atrevida improvi­sación en clase, incorporando los diá­logos de Ionesco en “Delirio a dúo”. No te notamos más que ligeramente turbada cuando tu ducho partenaire te lamía a través de la malla amarro­nada y te besuqueaba en la nuca y se entretenía en tus nalgas y hasta en el perineo con los avispados dedos de su pie derecho, el mocoso. Nos quedamos boquiabiertos, y encima el texto no molestaba, abstrusas lí­neas que habían logrado justificar, ustedes, el adolescente aventura­do y la ex-catequista. El recuerdo de tus desmandadas acrobacias, las nítidas imágenes de aquel recíproco adobe juguetón, me impulsaron a masturbarme. Y durante un tiempillo disfrutaste de popularidad.

María Palacini me informó de tu presencia en una velada de gala en el Teatro Colón con un joven británico, alto y rubio, con el que platicabas en su idioma. Al salir, él te había tomado del brazo, según la chismosa que los siguie­ra hasta una parada de taxis. Asocio con que nos extasiabas recitando en inglés los sonetos de Shakespeare. Y no te ha­cías rogar. Ya más nacionales (Dragún, Gambaro, Monti), nos divertíamos me­morizando escenas, tirándonos almo­hadones, para automatizar la incorpo­ración de la letra.
No me gustaba que te trataras con un psiquiatra, que fueras a recibir consejos y medicación de ese vetusto chanta catolicón, amigo de tu padre. Te costaba dormirte, tenías sacudidas en la cama, lipotimia y taquicardia de origen emocional. Circulabas también con la farmacia a cuestas, y el kiosco: pastillas de menta y mandarina, Ge­nioles por las dudas, Efortil, antiespas­módico, Curitas, terrones de azúcar, saquitos de té. ¿Qué no he visto salir de tus carterones? ¡Ah, y el asma! El asma que habías superado tratándote con ese doctor, lo que hacía que sintieras por él una gratitud incondicional. Eras, en cierto modo, su cautiva. ¿Nunca de una pasión descontrolada?... En tus jornadas de retiro espiritual te imaginaba incan­descente, y después retornando a mí, aún sin el alivio procurado. Retornando, digo, vos, la no siempre macilenta. Cada tanto algo ocurría y tu cabellera lucía limpia y alborotada, vestías una ropa de calidad, calzabas zapatos acordes.

Remanida en expresión corporal, tus progresos fueron magros al principio. Allí se expuso tu confusión. El profesor soslayó la calentura larvada que rezu­mabas. Gocé cuando me embadurnabas y desembadurnabas mientras realiza­bas las prácticas cosmetológicas y de caracterización: Ratón Mickey, villano, mariquita; cíclope, linyera, marciano, bucanero. Jamás desprovista de ahínco deslizabas tus algodones por mi cara.

Cuando en pleno auge grotows­kiano, Guido y Jorge se desnudaron re­creando las circunstancias de un cuen­to originariamente infantil, te observé: impávida, negándote al impacto visual. ­

Retaceaste, luego, el imprescindible co­mentario.
Vivía solo cuando me in­sinué y me disuadiste: nada cambiaría entre nosotros. Yo, en broma atrope­llaba: “Soy el hombre de tus...” Y apelabas a mi compostura. Me descubriste besan­do a un minón por el obelisco; y ciñendo de la cintura a una espigada pendejita del Bellas Artes, en la esquina de Quintana y Libertad. Y de esos en­contrones, ni una pala­bra.

Astuto, te sugerí pre­parar para el fin del cuar­to año lectivo una pie­za corta de Tennessee Williams: “Háblame como la lluvia y déja­me escuchar...” Acep­taste conmovida. “La mujer alarga el bra­zo, un brazo delga­do que sale de la deshilachada manga de su kimono de seda rosa y coge el vaso de agua, cuyo peso parece inclinarla un poco hacia adelante. Desde la cama el Hombre la observa con ternura mientras ella bebe agua.” Ensayaríamos en mi departa­mento una vez por semana. Con el tex­to nos meteríamos cuando la etapa de improvisaciones avanzara. En los dos primeros sábados estuvimos trabados. En el tercero ubiqué mi cabeza en tu regazo y me amparaste. “En la ciudad le hacen a uno cosas terribles cuan­do está inconsciente. Me duele todo el cuerpo, como si me hubieran tirado a puntapiés por una escalera. No como si me hubiera caído, sino como si me hubieran dado puntapiés.” En el si­guiente sábado me acariciaste, no sin algún grado de entrega, breve, claro está. En el quinto, te retrajiste. “Me metieron en un cubo de basura que había en un callejón, y salí de allí con cortes y quemaduras en todo el cuerpo. La gente depravada abusa de uno cuando se está inconsciente. Cuando desperté estaba desnudo en una bañera llena de cubitos de hie­lo medio derretidos.” En el sexto sábado, como había mucho ruido en el palier, nos mudamos al dor­mitorio. Incluimos el borde de la cama (matrimonial). En el séptimo, y habien­do adoptado ya ese ambiente, apagué la luz y susurré, mi voz entrecortada, la tuya opaca, neutra. “Recorreré mi cuer­po con las manos y percibiré lo asom­brosamente delgada e ingrávida que me he quedado. ¡Oh, Dios mío, qué delgada estaré! Casi transparente. Apenas real, ya.” En el otro fin de semana nos reunimos, además, el domingo. Vos arderías subrepticia­mente, y yo, agitado sufría y cerraba la puerta, te invitaba a trastornarte con el auténtico temporal que zarandea­ba la persiana, apagaba la luz y en completa oscuridad intercalaba frases de Williams, mientras con impericia me libraba del gastado pantalón de corderoy (de bastones an­chos) y de la polera. Algo se me anun­ciaba desde la médula, al tantearte; sofrenado me encimé y desgarré de in­deseado semen, todo mi ser ridículo y perentorio, me ofrendé al slip de nai­lon. Destemplado justifiqué el recule, atiné a desdecirme y vos te adaptabas, Helia querida, módica, en lo tuyo. Me fui vistiendo con ocultado desdoro, encendí la luz, alegué desconcentra­ción y desánimo, toma­mos mate con bizcochi­tos de anís en la cocina.
Durante los días subsiguientes recobré ímpetus. Un tropezón no es caída. Mis ante­cedentes de eyaculación precoz habían sido ais­lados y en circunstancias atípicas o calamitosas. El ensayo de la obra, no obstante lo viciado del procedimiento, nos con­formaba. Y fuimos con­substanciándonos con el texto. “Tendré una habi­tación grande, con posti­gos en las ventanas. Habrá Y me sentiré tan agotada después de mi vida en la ciudad, que no me importará estar sin hacer nada, simplemente oyen­do caer la lluvia. Estaré tan tranquila. Las arrugas desaparecerán de mi cara. No se me inflamarán nunca los ojos. No tendré amigos. No tendré ni siquiera conocidos”: tu largo monólogo final, el poético y enrarecido clima de la pieza. El punto era cómo enajenarte, cómo enajenarte y mandar, mandar la escena al carajo. “Sus dedos recorren la frente y los ojos de ella. Ella cierra los ojos y levanta una mano como para tocarle. El le coge la mano y la mira volviéndola, y después oprime los dedos contra sus labios. Cuando se la suelta ella le roza con los dedos. Acaricia su pecho delgado y liso, como el de un niño, y luego sus labios. El levanta la mano y desliza sus dedos por el cuello y el escote de su kimono a me­dida que se afirma el sonido de la man­dolina.” Creadas las condiciones de río revuelto, pescar, arrebatar los nu­merosos peces, los peces de tu sote­rrada lujuria. Y así, otra vez a oscuras la escena, impregnado, mórbido, con suavidad te bordeo, nictálope, busco tu boca con mis dedos, rozo tu nariz, beso tus párpados con alevosía, me desenvaso de las incordiosas prendas, doy contra tus dientes interceptando mi lengua, sin arredrarme aplasto tu mano con mi sexo, te aplasto, tenaz y corroído, te encepo los pies, girás la cabeza como que te dispararías, pero yo te sigo en el giro sin separarme, y resistís también con las piernas, aunque tu mano no pugna por zafarse de mi aplastamiento. Es más: me siento aferrado; advertirlo me nutre de renovadas ínfulas, no cejo, y tu boca y tus piernas algo se distien­den; yo confío, me arrellano, tu lengua soliviantada no atina a organizarse; ¿qué es esto?: esto es mi nobilísimo ti­roneo de tu ropa, la cual desparramo, te quito las medias, te dejo en aros y en crucecita. ¿Y quién piensa en el in­menso dramaturgo norteamericano, si hiendo tus pezones y debajo te te­nemos, transpirada y silenciosa?; “... el viento limpísimo que sopla desde el confín del mundo, desde más lejos aun, desde los fríos límites del espacio ultra­terrestre, desde más allá de lo que haya más allá de los confines del espacio”; y tus brazos a los lados, como desmem­brada, y a no distraerme, que esto en cualquier momento se quema, ya adviene lo superlativo, y se quemó cuando subiste las rodillas. Costó un poquito pero percibí que me alentabas. Respirabas mejor, acordate, después de los espasmos.

Aún hoy, años después, ensaya­mos de vez en cuando la escena. Nunca presentamos en el curso nuestra ver­sión libérrima. Apenas toleraste una mínima luminosidad. Nunca me per­mitiste pasar a los papeles sin el ritual de “el suelo de aquel departamento junto al río...cosas, ropas... esparcidas... Sos­tenes... pantalones... camisas, corba­tas, calcetines... y muchas cosas más...” Nunca te permitiste, fuera de contexto, un ademán extra-compañeril. Nunca aludimos al diafragma que aportaras a nuestros encuentros. Nunca me de­jaste ni un mísero recado de tinte qué ganas que tengo, y siempre arreglaste con prontitud para reunirte conmigo a ensayar cuando, como hasta ahora, te lo propongo.
Helia: siento urgencia por des­cristalizar esta trama. No te amo. Todo es perfecto. Quiero más con vos. Ansío secuestrarte. Variados argumentos. El epitalamio, el epitalamio. Pronto me mudo. Ensayemos otra obra. Disponé vos: Beckett, Jean Genet, Arrabal, Ha­rold Pinter, Sartre, Schiller, García Lor­ca, Osborne, Ibsen, Armando Discépolo, Strinberg, Pirandello, Eurípides, Valle- Inclán, Racine, Benavente, Adellach, Camus, Albee, Leroi Jones, Aristófa­nes...

***
“Historietas del Amor” tuvo edición en soporte papel en noviembre de 1991 a través del sello RundiNuskín Editor, en la colección La Hoguera, Buenos Aires, la Argentina. Se conformó con las prosas que esta edi­ción incluye –todas las cuales se han modificado- exceptuando una cuyo título había sido “La llama de la patria” y que ha sido suprimida como tal (instancias de ella sirvieron para la concepción de textos que integran poemarios del autor). Las primeras versiones de estos cuentos, relatos y microrelatos fueron escritos entre diciembre de 1983 y marzo de 1988. Para la presente edición-e se añade un microre­lato de 2008 titulado “Declaración”.

La edición de 1991 contó con dibujos de Rodolfo Albarracín (y de un retrato y de una caricatura de Revagliatti también debidos a Albarracín), Juan Andino, Clara Bullrich, Dimas Coello, Gabriela Membrives, Pablo Ruina, Horacio Seto, Cristina Siri y Pablo Valer. Fue prologada por Hugo Enrique Boulocq y, a modo de epílogo, se sumaron textos de San­tiago Castellano (Fugaz aunque aleccionadora experiencia bajo los influjos de “Historietas del Amor”, inspirado en nueve de sus veintidós piezas narrativas) y de Hugo Alberto Patuto (“Impresiones”, a partir de siete de sus piezas narrativas). Los tres trabajos se reproducen ahora en las últimas páginas.

Todas las prosas fueron socializándose en más de setenta publicaciones periódicas so­porte papel : “Puro Cuento”, “Fresa y Chocolate”, “Extramuros de la Lengua”, etc., de la ciudad de Buenos Aires; “Ácido”, “Plaquetas del Candirú”, “Nueva Avenida”, etc., de la provincia de Buenos Aires; “La Ygwana de Cuarzo” de la provincia de Córdoba; “Che” de la provincia de La Pampa; “El Faro” de la provincia de Chaco; “Calentura por la Cultura” de la provincia de Neuquén; “La Noticia” y “Benteveo” de la provincia de Tucumán; “Sensación de Cultura” y “Ciudad Gótica” de la provincia de Santa Fe (en la Argentina); “¡Qué va!” en Venezuela; “Cabichu’i” en Paraguay; “Crítica”, “Brechas” y “Muestrario” en México; “Cometa de Papel” en Perú”; “Tiempo”, “El Divisadero”, etc., en Chile; “Li­teratura” y “Poietike” en Brasil; “La Prensa” en Colombia; “Graffiti” en Uruguay; “Emozioni” en Italia; “Cuadernos del Tábano”, “Texturas”, “Papeles de Sir Guarriaran”, “El Vendedor de Pararrayos”, “Cuader­nos del Matemático”, “Vians Literature”, “Tribuna de la Cultura”, etc., en España.

Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ∕Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules

Violeta PARRA: cabeza de pájaros azules Por Juan ÍÑIGO IBÁÑEZ 2017 marca el centenario de la cantautora de “Gracias a la vida” y ta...