samedi 2 juillet 2011

Sandro Romero REY/ Keith RICHARDS: el escritor fantasma

Artículos
Keith Richards: el escritor fantasma
Por Sandro Romero Rey

Me temo que mis seres queridos me odian. Ya no se aguantan un afiche más, un libro más, un disco más, una película más. Los Rolling Stones siguen siendo los dueños de mi corazón de piedra. Y ya tengo cincuenta y tantos. “What a drag it is getting old”. “Se te quedó pegada la aguja”, me dicen y yo agacho la cabeza, avergonzado. Pero, a la vuelta de la esquina, salgo corriendo y me compro, qué se yo, el álbum pirata Taxile On Main Street, o los Wingless Angels o el Vintage Vinos, o el reciente homenaje a Ian Stewart. Y claro, cómo no, en ese supermercado del recuerdo en que se ha convertido el merchandising de los Stones, cae como anillo de calavera al dedo el libro de memorias de Keith Richards.

Life, se llama el mamotreto de 564 páginas (515, en la edición española). Un amigo de buenas pulgas dice que el libro se ha debido llamar, conociendo a su autor, Alive. Cuidado, le dije. Me vuelvo peligroso cuando no respetan a Keith Richards. Aunque es su culpa. Keith mismo se ha encargado de fabricarse la peor imagen posible, porque ése ha sido su sello de fábrica desde siempre, desde que mi vecino, el hierático Andrew Loog Oldham, se inventase la chapa de los peores chicos del barrio para los Rolling Stones.

Ahora, con 68 años a cuestas, el guitarrista ha decidido confesar que a él, ante todo, lo que le ha gustado en la vida son los libros. “Quiero terminar mis días en una biblioteca”, dicen que dijo, y hace algunos años, según lo confiesa en sus memorias, casi pierde sus artríticos dedos, tratando de bajar un tomo de no sé qué enciclopedia en su casa de Connecticut. Sí. Le gustan los libros a Keith Richards. Mucho más que las guitarras, que el speedball, que los jamaiquinos, que las rubias, que el blues de Chicago. Su Vida fue presentada en la Biblioteca de Nueva York y ha sido considerada una joya literaria de nuestros tiempos. “El mejor libro de la década”, me escribió un amigo entusiasta en Facebook. Por supuesto, el libro está muy bien. Sería el colmo que James Fox, el hombre que firma discretamente el libro de Mr. Richards, hubiese desperdiciado la oportunidad de pasar en limpio la sucia memoria del sobreviviente más famoso del mundo.

El lector se devora la Vida de Keef de una sola fumada, en el idioma que sea, y no quiere que se acabe nunca. El adicto lo termina y lo vuelve a empezar, porque le da pesar de que la vida de un hombre sea tan breve. Es entonces cuando viene la pregunta: pero, ¿el lector fanático ya no se sabía toda esta historia? ¿Cuántos libros se han escrito sobre los Stones? ¿Cien? ¿Mil? ¿Cien mil? En mi biblioteca, para no ir más lejos (ni quiero saber qué pasa en la biblioteca de Keith Richards, donde se caen los libros), reposan más de cincuenta. Hay biografías sobre Mick Jagger (hasta yo escribí una) y memorias de viejos cómplices, como las del pusher Tony Sánchez. Hay libros “sociológicos”, como el del francés Philippe Bas-Raberin, o el inolvidable testimonio de Robert Greenfield sobre la gira del 72. Tengo incluso libros, como el de Massimo Bonanno, donde se puede saber qué han hecho los Stones, día por día, desde 1962 hasta 1992. Sí. Hay de todo. Pero quizás los libros más interesantes son los que han escrito, hasta el momento, los mismos Rolling Stones. Porque, por lo visto, no solo Mr. Richards ama los libros. Empezando por el ex bajista Bill Wyman, quien a comienzos de la década de los noventa, publicó su primer mamotreto titulado, como su segundo álbum en solitario, Stone Alone (escrito a cuatro manos con el antiguo editor del Melody Maker, Ray Coleman). Coleccionista furibundo, Wyman se jacta de haber guardado desde la primera notícula sobre la banda, a principios de los sesenta, hasta coronar la colección más completa de trivia stoniana de que se tenga memoria, mucho más que la del apasionado Chris Eborn, quien publicó un libro que nos deja exhaustos, junto al especialista Geoffrey Giuliano. Pero Bill Wyman lo rebasa. Es tanto lo que tiene el bajista, que sus memorias se interrumpen el 5 de julio de 1969, cuando terminó la primera parte de la fiesta, en el concierto gratuito de Hyde Park, in memoriam Brian Jones. ¡Y solo hablando de la década del sesenta completa 564 páginas! Su segundo volumen es un coffee table book profusamente ilustrado de 512 páginas, que ostenta el sonoro título de Rolling With The Stones. El librazo salió publicado cuando la banda cumplió sus primeros cuarenta años y casi diez años después de que el bajista ya hubiese abandonado el grupo para inventarse a los Rhythm Kings (aunque Keith Richards se burla en su Life diciendo que Wyman cambió a la mejor banda de rock del mundo por un local de fish & chips, refiriéndose a su restaurante inglés llamado Sticky Fingers, donde los rollingstonianos jubilados, cuando vamos a Londres, nos chupamos los dedos…). Y como los viejos muchachos no se querían quedar con las ganas, Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts y Ron Wood también publicaron su enorme volumen de pasta dura que titularon bíblicamente According To The Rolling Stones, como para que nosotros los pobres coleccionistas tuviésemos todas las facetas de una misma, sucia cara.

Keef Riffhard

Sí. Hay más libros de los Rolling Stones que discos oficiales de los Rolling Stones. Y el apasionado los disfruta tanto como los salvajes sonidos de la banda. Pero las memorias de Keith Richards merecieron especial atención porque nadie se esperaba que el guitarrista, el principal candidato a convertirse en cadáver bien parecido durante la década de los setenta terminase, a los cincuenta años de fundación de la banda, escribiendo y publicando sus secretos. En 2007, el guitarrista Ron Wood ya había sacado su propio volumen de 358 páginas titulado simplemente Ronnie, traducido al español como Memorias de un Rolling Stone. Al parecer, el compañero de andanzas de los Stones desde 1975 no necesitó de nadie que le diera una mano para escribir su testimonio y se desenvolvió correctamente como escribano, de la misma forma que lo hace como destacado dibujante y pintor, en distintas galerías de arte del mundo, cuando sus ocupaciones nocturnas como músico se lo permiten. De igual forma, a comienzos del milenio, el primer productor de la banda, el mencionado Andrew Loog Oldham, publicó dos estupendos libros llamados Stoned y 2Stoned, donde cuenta su versión de los acontecimientos, desde su perspectiva y desde la de los principales protagonistas de la gesta stoniana. “Hay tres caras de una misma historia: la tuya, la mía y la verdad”, dice Oldham en el primer tomo de sus memorias. Y, por lo visto, eso es lo que ha sucedido con la fantástica saga de los Stones que, por ser real, no deja de ser fantástica ni digna de ser repetida de acuerdo a la cara de quien la mire. Supongo que autores como el argentino Rodrigo Fresán quisieron convertir en ficción lo que para otros ha sido leyenda. Contagiadas novelas como Jardines de Kensington, donde Fresán pretende inventarse la capital inglesa a través de la vida de James Barry y de un falso Swinging London, terminan convirtiéndose en viajes y la misma realidad se encarga de competir con ellas en delirio y en desmadre.

Para la muestra, Life de Keith Richards. Supongo que nadie se sorprendió cuando Bob Dylan publicó el primer volumen de sus Chronicles en el 2004, porque todos sabemos que Mr. Zimmerman es poeta. O más: nos parece que se está demorando el segundo volumen que se adivina con el título de sus recuerdos. ¿O será que va a suceder como con su grupo, los Travelling Wilburys, que sacaron el primero y tercer volumen, sin publicar el segundo? Con las estrellas del rock nunca se sabe. Uno no se sorprende, decía, con que Dylan escriba y publique un libro de memorias (porque de los otros ya han salido varios) pero, me imagino, el mundo celebra que Keith Richards, el delincuente juvenil de 68 años más buscado del planeta, se haya encerrado en su casa a dictarle a James Fox la corriente de su inconsciencia. Y el resultado es una fiesta, por supuesto. Aunque el libro se introduce con una mentira piadosa manuscrita en la solapa: “Esto es Vida. Aunque ustedes no lo crean, no se me ha olvidado nada. Gracias y alabanzas, Keith Richards”. ¡Claro que se te olvidaron una cantidad de cosas, Keith! El chiste, por supuesto, viene de la memoria de uno de los más grandes yonquis de la tierra, a quien lo más normal es que se le hayan borrado todas las canciones de su cerebro.

El héroe y la heroína

En sus memorias, a lo largo de trece extensos capítulos, Richards se encarga de contarnos su versión de los deshechos, con profusos encabezamientos, como si se tratase de las andanzas de don Quijote o de Tristram Shandy. Y arranca con una perla, con eso que los profesores de guion llaman un teaser. Durante la gira de 1975, en Arkansas, detienen al intelectual Keith Richards en un carro lleno de droga hasta en sus últimos rincones, acompañado del escritor Ronnie Wood, el sobreviviente judío Freddie Sessler (sobreviviente de los nazis, aunque no de los polvos de la compañía Merck) y el jefe de seguridad Jim Callaghan. El capítulo es una pequeña pieza del teatro del absurdo, donde el guitarrista termina juzgado y absuelto por borrachos representantes de la ley del llamado Cinturón Bíblico, hasta el punto de que el lector termina por entender el mito del pacto con el diablo de los Rolling Stones. “Y todavía me pregunto qué demonios pasó con el coche”, termina filosofando Mr. Richards. “Se quedó en el garaje de la comisaría cargado hasta arriba de drogas. Me encantaría saber qué sucedió con el material aquel. Quizás alguien siga conduciendo ese coche aún repleto de mierda”, concluye, nostálgico, el guitarrista escritor.

Y a partir de allí, por supuesto, el libro se desgrana. Desde sus recuerdos infantiles en la Inglaterra de la postguerra, como hijo único, rodeado de tías mujeres, su paso por el coro infantil que cantó en la coronación de la reina Isabel (si Keith Richards no hubiese cantado en ese coro y Mick Jagger no hubiese sido hijo de un profesor de educación física, los Stones no hubieran sido los Stones, digo yo…), pasando por su inmensa saga drogadicta, hasta llegar a sus plácidos días como leyenda viva, más allá del exilio y de la muerte, megaestrella que ha cantado ante un millón de espectadores en las playas de Copacabana (o Cocabacana, según los adictos costeños), líder indestructible de toda una generación que encontró en las drogas, el sexo y la música la mejor manera de inventarse la felicidad. Life es una delicia, por supuesto, pero hay allí mucho más que en otras biografías sobre Keith Richards publicadas a lo largo de los últimos años (estoy pensando, por ejemplo, en la “biografía desautorizada” de Victor Bockris que salió en español justo en el momento en el que se lanzaron las memorias citadas, como para confundir a los compradores despistados). Hay mucho más, digo, porque el libro de Keith Richards no es tan solo una colección de anécdotas con fondo musical sino también el proceso de despojamiento de un hombre al que lo que más le ha gustado en la vida es esconderse detrás de los salvajes riffs de su guitarra y no dar demasiadas explicaciones al respecto. Y eso, qué duda cabe, es mucho más desconcertante que toda la poesía de un bardo de profesión. Me pregunto qué saldrá de un libro de memorias de Charlie Watts o de Mick Jagger. Sus amigos, al parecer, ya lo contaron todo. Pero los adictos a los Rolling Stones, como lo saben mis seres queridos, terminamos leyendo la misma historia, contada con caras distintas.

Articulo : http://www.elmalpensante.com  junio 2011

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